SHAVUOT: El Origen Divino de la Torá I

Del Origen Divino de la Torá (por Rab Simjá Cohen)

Casi todas las consideraciones acerca de la ética y los valores de la Torá, o cada intento de explicarlas terminan en una discusión acerca de su origen divino. Todo debate serio respecto a cualquier tema religioso vuelve, finalmente, al mismo punto de partida: su derivación de la Torá. Esto es inevitable, puesto que es precisamente el origen divino de la Torá lo que le impone a cada uno de nosotros la obligación de comportarse de acuerdo con los valores religiosos que orientan cada detalle de nuestras vidas. Pero además de ser objeto de una discusión amistosa, ésta es una cuestión que conviene aclarar para nosotros mismos.

Seiscientos Mil Testigos

Comencemos con un relato. Un distinguido estudioso, cuya mujer le mostró un nuevo artefacto de cocina, preguntó qué era la etiqueta adherida a él.
“Estas son las instrucciones”, dijo ella.
Después de una brevísima reflexión su esposo hizo notar: “¡Qué tonta es la gente! Todos dan por sentado que el más sencillo artefacto de cocina requiere instrucciones del fabricante explicando su uso, pero ¿qué pasa con el hombre mismo? El es una criatura cuya vida está comprometida y es complicada. ¿No necesita, acaso, instrucciones de su Creador?”

Hoy en día, cuando muchos científicos ya admiten la existencia de un Supremo Hacedor (un punto que la generación anterior se negaba a reconocer), esta anécdota adquiere mayor relevancia aún. El dilema que surge es si es posible quedarse a mitad de camino y decir: “Estamos dispuestos a creer que somos obra del Supremo Hacedor, pero nosotros sabemos mejor cómo vivir nuestras propias vidas”.

Examinemos las fuentes bíblicas y veamos qué encontramos que nos pueda ayudar a definir nuestra posición. En Shemot XIX, 9 leemos: “Y el Señor dijo a Moisés: he aquí Yo vengo a ti en una nube espesa, para que el pueblo oiga mientras Yo hablo contigo…”. En el versículo 17 está escrito: “Y Moisés sacó del campamento al pueblo para recibir a D-s, y pusiéronse a lo bajo del monte”. Y en XX, 1-2: “Y habló D-s todas estas palabras diciendo: Yo soy el Señor, tu D-s” . Aún después de que la Torá fue entregada, leemos: “Todo el pueblo observaba las voces y las llamas, y el sonido del shofar, y el monte que humeaba…” (Shemot XX, 15).

La Torá fue otorgada de un modo totalmente distinto al del exigido por otras religiones para sus revelaciones proféticas, ya que tanto la cristiandad como el Islam sostienen que sus enseñanzas fueron entregadas por una sola persona o un gran número de personas. En el caso de la Torá, la nación entera estuvo presente reunida especialmente para presenciar los sublimes acontecimientos que se sucederían en el monte Sinaí.

Por cierto, ni el cristianismo ni el Islam impugnaron nunca la validez de lo ocurrido en el monte Sinaí. Por el contrario, lo han invocado como la prueba más convincente de la existencia de D-s y de Su dominio sobre el mundo. El otorgamiento de la Torá a Israel es el hecho más aceptado por todas las religiones de Occidente a las que pertenecen más de mil millones de personas, que representan la gran mayoría del mundo civilizado (con excepción de los países comunistas, los que después de varias décadas de una guerra de exterminio contra la religión, lograron extinguir la fe en gran parte de sus poblaciones). Actualmente, la ética de la sociedad occidental se apoya sobre fundamentos cuya autoridad procede de la Torá recibida a través de Moisés.

La razón por la cual la revelación en el monte Sinaí es aceptada por todas esas religiones es que ella satisface todos los criterios de un auténtico acontecimiento histórico (además de ser más milagroso y de infundir un mayor temor reverencial que cualquier otro suceso histórico). Un hecho atestiguado por cientos de miles de personas no puede ser ficticio. La revelación en el monte Sinaí fue presenciada por unos seiscientos mil hombres adultos, además de mujeres, niños y ancianos, y Moisés puso muchas veces de relieve este hecho, no dando lugar a la menor duda cuando proclama que el pacto fue hecho “con nosotros, todos los que estamos aquí hoy vivos” (Devarim V,3).

Por esta razón la revelación en el monte Sinaí es referida a través de toda la Biblia como un hecho que no requiere explicación ni prueba. Por ejemplo: “En el arca ninguna cosa había más que las dos tablas de piedra que había allí puesto Moisés en Jorev, donde el Señor hizo la alianza con los hijos de Israel cuando salieron de la tierra de Egipto” (Melajim VIII, 9). La misma aceptación incuestionable aparece en la profecía de Eliahu, en Tehilim LXXVII, 1-7 y en muchos otros pasajes.

Esta, entonces, es otra característica de los hechos históricos, Ellos fueron sustentados de modos diferentes por las generaciones siguientes. Aceptamos como un hecho que hubo un rey llamado Alejandro Magno y un legislador romano denominado Cicerón, porque es imposible introducir ficticiamente figuras públicas o hechos masivos en la historia registrada. De manera similar resulta imposible sostener que alguien apareció un día y se las ingenió para convencer a toda una nación que millones de ellos o de sus antepasados participaron en un acontecimiento totalmente inventado por él, y que fue capaz de introducir “de contrabando”, en la historia, un hecho de tal magnitud que ha cambiado la forma de vida de una nación y, eventualmente, de todo el mundo.

Hubo también una necesidad fundamental para la revelación en el monte Sinaí. Es difícil imaginar que el Creador no les haya dado instrucciones a Sus criaturas para cumplir Su voluntad o su destino sobre la Tierra. Asimismo sería irrazonable esperar que cualquiera sea capaz de reconocer a su Creador y entender por sí mismo Sus caminos cómo lo hizo el patriarca Abraham, o confiar en que todos y cada uno sean bendecidos con iluminación profético para guiar sus pasos. ¿Cuál sería, entonces, la forma más efectiva de comunicar a la posteridad que D-s se mostró ante Sus criaturas y les reveló Sus sendas? ¿Hay, acaso, algún modo más eficaz que manifestarse a Sí mismo ante una multitudinaria congregación de gente sabia, inteligente, crítica y tesonera, que testimonie el acontecimiento del monte Sinaí?

Todas esas ideas fueron expresadas por los grandes filósofos. En su Iguéret Teimán (“Epístola del Yemén”) Maimónides sostiene que “la grandeza de esto, visto y testimoniado por los testigos más selectos, como nunca antes ha ocurrido, es que toda una nación escuchó las palabras del Sacrosanto y contempló Su gloria con sus propios ojos. Todo esto fue concebido para fortalecer nuestra fe de modo que permaneciese inconmovible por toda la eternidad, con el objeto de que se asegure el acceso a la verdad y que nuestros pies se apoyen sobre una base firme, para que nuestros pasos no sean vacilantes”.

Rabí Iosef Albo consigna aún más explícitamente en su “Séfer Haikarim” (“Libro de los principios”) que “lo que es percibido por la mayor cantidad de gente es creído mucho más; por otra parte, D-s quiso que la Torá fuese entregada por Moisés con la mayor publicidad posible y ante una multitud de más de seiscientas mil personas… que comprendía hombres inteligentes y astutos de distintos caracteres y actitudes, de modo que no quedase el menor asomo de duda en las mentes de los beneficiados y de las generaciones subsiguientes. De esa manera, su recepción sería correcta y totalmente reputada como posible” (I, 19-20).

Revolución

Por cierto, la Torá misma subraya el carácter único del monte Sinaí: “Porque pregunta ahora de los tiempos pasados, que han sido antes de ti, desde el día que creó D-s al hombre sobre la Tierra, y desde un cabo del cielo al otro” (es decir, siempre, en todo tiempo y lugar) “si se ha hecho cosa semejante a esta gran cosa, o se haya oído otra como ella”. ¿Osó alguien, alguna vez, sugerir algo así?. No, porque no es posible inventar un suceso de tamañas proporciones. “¿Ha oído pueblo la voz de D-s, que hablase de en medio del fuego, como tú has oído y vivido?” Y más adelante: “A ti te fue mostrado, para que supieses que el Señor, El es D-s; no hay más fuera de El” (Devarim IV, 32-35).

Recuerdo ciertos temas de discusión sobre la fe con un grupo de jóvenes. Uno de ellos argumentaba que no era de sorprenderse que el pueblo hubiese aceptado realmente la Torá de Moisés. Después de todo, es razonable pensar que un hombre como Moisés, quien los liberó de la esclavitud en Egipto, era un dirigente carismático. Un hombre así se convierte en una especie de superhombre del que cada palabra se transforma en ley – un hecho que constatamos periódicamente. Mi respuesta fue que, en primer lugar, aún si su argumentación fuese valedera, ella no invalidaba la certeza de que la revelacion en el monte Sinaí era un hecho. Si bien puede ser razonable sugerir que el respeto en el que Moisés se sustentaba lo ayudó dándole autoridad a sus palabras, eso difícilmente lo facultaba para idear un acontecimiento tan imponente ante toda la nación de Israel.

De cualquier modo, agregué, en este caso el argumento del inquiridor ha sido totalmente infundado y estuvo basado en un error fundamental, pues a pesar del hecho de que Moisés fue, sin duda, un hombre superior que estuvo al frente de sus contemporáneos, de ningún modo el pueblo lo siguió ciegamente. Este hecho sorprendente es aclarado suficientemente en la Torá.

Consultemos cronológicamente los pasajes bíblicos más relevantes. Moisés ocasionó diez plagas que afectaron a Egipto. Fueron castigos extraños, destructivos y milagrosos. Provocó a la que era la más grande nación del mundo en aquel entonces, ridiculizando virtualmente a su faraón pagano, y la Torá no minimiza su posicion personal: “También Moisés era muy gran varón en la tierra de Egipto, a los ojos de los siervos de Faraón y a los ojos del pueblo” (Shemot XI, 3). Pero tan pronto como los hijos de Israel acamparon cerca del mar comenzaron a hablar en contra de Moisés. “¿No había sepulcros en Egipto que nos has sacado para que muramos en el desierto?” (Shemot XIV, 11), refunfuñaron. Después leemos que “toda la congregación de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y Aarón en el desierto” (Shemot XVI, 2) y su continua insatisfacción se intensificó hasta que Moisés clamó al Señor y dijo: “-De aquí a un poco me apedrearán!” (Shemot XVII, 4).

Aún después de que la integridad de Moisés fuera probada por un milagro manifiesto y el rebelde Kóraj y sus seguidores fueran castigados a la vista de todo el pueblo, la actitud de éste permaneció sorpresivamente invariable: “El día siguiente toda la congregación de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y Aarón diciendo: Vosotros habéis muerto al pueblo del Señor” (Bemidbar XVII, 6).

En asuntos espirituales el pueblo no siguio ciegamente a Moisés. Por eso decimos: “Y hablaron Miriam y Aarón contra Moisés… y dijeron: ¿Solamente por Moisés ha hablado el Señor? ¿No ha hablado también por nosotros?” (Bemidbar XII, 1-2). Pero repara en el hecho de que cuando hablamos de la mencionada rebelión liderada por Kóraj contra la autoridad de Moisés, éste no es acusado de mentirle al pueblo o engañarlo con falsas profecías. Antes bien “se juntaron contra Moisés y Aarón, y les dijeron: básteos, porque toda la congregación, todos ellos son santos, y en medio de ellos está el Señor. ¿Por qué, pues, os levantáis vosotros sobre la congregación del Señor?” (Bemidbar XVI, 3). La base de esta demanda contra Moisés, tal como fuera expresada por su hermana Miriam, es que las palabras de D-s no están dirigidas a Moisés solo, sino a toda la nación, y por eso argumentan, aparentemente, con justa razón: ¿Por qué Moisés debe ser diferente y gozar de una posición superior?

De estos pasajes resulta suficientemente claro que no puede caber duda acerca de que los israelitas no siguieron ciegamente a Moisés. Por el contrario, lo encontramos sujeto a críticas permanentes que se originaban en la conciencia que el pueblo tenía de su propia importancia. Más aún, estas críticas no generaron duda alguna acerca del origen divino de la Torá. Si alguien hubiera expresado sus recelos, estos hubieran quedado registrados en la Torá, al igual que el relato respecto al becerro de oro, acerca del cual se informa cuidadosamente.

Examinemos el tema objetivamente. Supongamos que de pronto alguien se adelanta y anuncia que es el portador de alguna enseñanza que le fuera dada por D-s. Supongamos, además, que hemos sido impresionados por su distinción e integridad. Al leer detenidamente su documento vemos que está lleno de prohibiciones y amenazas de castigo respecto a todos los aspectos de nuestra vida. Su doctrina intenta, incluso, enseñarnos qué y cómo pensar y, en resumen, suprimir nuestros más fuertes deseos. ¿Aceptaríamos esa doctrina por la impresión que nos causa su portador, aun cuando impusiese ciertos actos que superan ostensiblemente nuestra naturaleza? ¿Acaso la credibilidad de los taumaturgos no es siempre combatida vehementemente?

Otro punto a considerar es que los preceptos de la Torá presentan una desviación total de la forma de vida que prevalecía en esa época. Por ejemplo:

1. El precepto de descansar en shabat parecía ser totalmente irracional en esos días;
2. los derechos asegurados a los esclavos, casi equivalentes a los de sus amos, contrastaban fuertemente con la costumbre prevaleciente de considerarlos como bestias de carga.
3. el amor por los extranjeros y los prosélitos;
4. los deberes de caridad, que sobrepasan los beneficios sociales otorgados actualmente a los menesterosos;
5. la protección a los huérfanos y viudas;
6. la obligación de pagar los sueldos diariamente a los trabajadores.

La Torá introdujo una revolución en la vida de los que la aceptaron. El espíritu de la Ley se oponía totalmente a todas las normas aceptadas de esa época: un D-s sin forma física en oposición a los ídolos de Egipto; la justicia y moralidad en oposición a la esclavitud y la opresión tiránica; la supresión de los bajos instintos en oposición al hedonismo. Aún en la actualidad, cuando los principios espirituales de la Torá han sido aceptados universalmente, hay quienes opinan que algunos de sus preceptos son incompatibles con el espíritu de nuestra era. Puede uno, entonces, imaginarse cuanto más duro habrá sido aceptar la Torá cuando era totalmente nueva y extraña, y no solo totalmente contraria al espíritu de esa época, sino “refutada” por la ciencia y cultura de ese tiempo, cuyos centros más importantes se hallaban en Egipto. Más aun, la Torá prescribe en contra de Egipto diciendo: “No haréis como hacen en la tierra de Egipto, en la cual morasteis” (Vaikrá XVIII, 3).

Toda una nación no pudo haber sido inducida, solo por el poder de la influencia personal de Moisés, a aceptar una revolución tan radical y una carga tan pesada de obligaciones que requiere sacrificios personales, tanto físicos como espirituales.

Pero por encima y más allá de toda discusión acerca del poder de la influencia personal de Moisés se halla el incuestionable hecho histórico de este acontecimiento sin parangón: “Y aconteció al tercer día, cuando vino la mañana, que vinieron truenos y relámpagos… y estremecióse todo el pueblo que estaba en el real. Y Moisés sacó del real al pueblo a recibir a D-s, y pusiéronse a lo bajo del monte. Y todo el monte de Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido sobre él en fuego… Y el sonido del shofar iba esforzándose en extremo. Moisés hablaba y D-s le respondía en voz” (Shemot XIX, 16-19)

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PIRKE AVOT : Cápitulo VI

Capítulo 6

Introducción

“Enseñaron los Sabios mediante el lenguaje de la Mishná. Bendito es quien los eligió a ellos y a sus enseñanzas”.

La Torá sólo será encontrada en quienes no posean malas características y estén llenos de cualidades positivas e importantes. Esto lo aprendemos del hecho de que los hijos de Israel antes de recibir la Torá debieron lavar sus ropas para purificarse de la impureza y de las suciedades que le impiden al alma comprender.

Los capítulos anteriores a éste, están repletos de importantes lecciones que acercan al alma a su Creador y la despiertan a Su servicio; y para que la misericordia Divina se despierte por las personas santas, se acostumbró comenzar a leer los Pirké Avot en los sábados anteriores a la entrega de la Torá.

Este capítulo habla solamente sobre el despertar a la Torá y el amor a ella. Y a pesar de que en los cinco capítulos anteriores también encontramos muchas enseñanzas relacionadas con esto, en este capítulo sólo encontramos enseñanzas referidas a la Torá, para enseñarnos que el despertar a la Torá y el amor a ella, es el objetivo primordial de los capítulos anteriores, y a través de sus palabras nos despertaremos para adquirir la Torá.

Este capítulo es conocido con el nombre Kinián Torá (la adquisición de la Torá) para enseñarte que si la persona se reviste de buenas cualidades antes de entrar en el pacto de la Torá, ésta penetrará como el agua dentro de sus entrañas, y el hombre que la estudie se podrá dedicar a la Torá en el nivel más elevado. ¿De dónde aprendemos esto? De la historia de Rabí Akivá. Cuando la hija de Kalbá Sabúa vió a un hombre recatado y modesto llamado Akivá, le dijo a él: “Yo me casaré contigo si tú irás a estudiar Torá a la Ieshivá”. Él acepto, y por cuanto que antes de ir a estudiar Torá él estaba colmado de buenas cualidades, al final llegó a ser el gran Rabí Akivá. Y es por eso que este capítulo comienza con una enseñanza de Rabí Meir, su alumno, como veremos a continuación en la primer Baraitá.

(Basado en el comentario del jasid Rabí Iosef Iabetz, 1441 – 1507)

Baraitá 1

“Rabí Meir dice: Todo el que se dedica a la Torá por la Torá en sí, es meritorio a muchas cosas y no sólo eso sino que se merece todo el mundo; él es llamado amigo, amado, quien ama a D’os, quien ama a los creados, quien alegra a D’os, quien alegra a los creados. (La Torá) lo reviste de humildad y veneración, y le posibilita ser justo, piadoso, recto y fiel. (La Torá) lo aleja del pecado y lo acerca a los méritos. Y (las personas) se benefician de él mediante su consejo e ingenio, su inteligencia y su fortaleza, como está escrito: ‘Yo (-dice la Torá-) tengo el consejo, el ingenio; Yo soy la inteligencia y la fortaleza’ (Mishlé -Proverbios- 8:14). (La Torá) le brinda el reinado, el gobierno y el entendimiento de la ley. Los secretos de la Torá le son revelados y se convierte en un manantial que fluye y en un río que no deja de brotar y correr. A quien es recatado, paciente y perdona a quien lo avergüenza, (la Torá) lo engrandece y lo eleva por sobre todas las cosas”.

Generalmente nosotros no prestamos atención a las cosas que hacemos y tampoco tenemos conciencia del alcance que tienen nuestros pensamientos y nuestras acciones.

Aquí, Rabí Meír nos enseña que a pesar de que la persona pueda creer que al estudiar Torá y dedicarse a ella, se está preocupando sólo por sí misma – y en especial sólo por su intelecto – en realidad, esto es erróneo. La persona que estudia Torá no sólo estudia la palabra de D’os sino que también se ocupa del mundo que lo rodea, aún más de lo que otros piensan que ella se ocupa. Citaremos un ejemplo solamente:

“Todo el que se dedica a la Torá… él es llamado… quien ama a los creados…”. Por cuanto que él está apegado a su Creador y no le da extrema importancia a las cosas de este mundo, no siente en su interior celos de las cosas buenas que pertenecen a su prójimo. Por consiguiente, él ama a su prójimo porque no tiene ningún motivo para odiarlo, puesto que así es la naturaleza del ser humano: el hombre ama a sus semejantes si no está influenciado por los celos, el deseo o la búsqueda de honor.

(Basado en el comentario del jasid Rabí Iosef Iabetz, 1441 – 1507)

Baraitá 2

“Dijo Rabí Iehoshúa Ben Leví: Todos los día una voz sale del monte Jorev (Sinai) y proclama diciendo: ‘Ay de las personas que desacatan la Torá’, pues todo aquel que no se dedica a la Torá frecuentemente es llamado ‘amonestado’, como está escrito: ‘un colgante de oro en la nariz de un cerdo es como una bella mujer sin gracia’ (Mishlé -Proverbios- 11:22). Y también está escrito: ‘Y las tablas, obra de D’os son; y la escritura, escritura de D’os es, grabada (jarut)sobre las tablas’ (Shemot -Éxodo- 32:16). No leas ‘grabada’ (jarut) sino ‘libertad’ (jerut), pues sólo es libre quien se dedica al estudio de la Torá. Y todo aquel que se dedica a la Torá se eleva, como está escrito: ‘Y desde Regalo hasta La Heredad de D’os, y desde la heredad de D’os hasta Las Alturas’ (Bamidvar -Números- 21:19)”.

Y también está escrito: ‘Y las tablas, obra de D’os son; y la escritura, escritura de D’os es, grabada (jarut)sobre las tablas’. Cuando la Torá relata cómo eran las tablas de piedra que contenían los Diez Mandamientos, está escrito que la escritura estaba jarut al halujot (grabada sobre las piedras), pero en el texto debería estar escrito que la escritura estaba “jarut balujot” (grabada en las piedras) y no jarut al halujot (grabada sobre las piedras). Además, realmente es innecesaria esta información, pues de momento que las tablas eran de piedra, es evidente que la escritura estaría tallada sobre ellas.

Es por eso que nuestra Mishná nos enseña que hay una doble intencionalidad por parte de la Torá. Por un lado se nos quiere enseñar que la escritura estaba tallada en las piedras, y por otro lado, se nos quiere insinuar otro mensaje. Como es sabido, en el libro de la Torá no están escritas las vocales; sólo las consonantes aparecen en el texto. Es por eso que las letras J.R.U.T. de la palabra jarut (grabada), pueden ser leídas también como: jerut (libertad).

Dicen Nuestros Sabios que no hay persona más libre que quien se dedica al estudio de la Torá. En nuestra interpretación aprendemos que, en algún aspecto, las letras de la Torá no estaban fijas en el texto sino que la escritura estaba libre sobre las tablas, cosa que va más allá de lo natural.

Sin embargo, esta interpretación aparenta contradecir la realidad, pues alguien que se dedica el estudio y cumplimiento de la Torá, no solamente tiene obligaciones con su familia y con la sociedad, sino que también tiene que rezar tres veces por día, cumplir el shabat, estudiar Torá todos los días para saber cómo comportarse de acuerdo con ella, y muchas otras cosas más.

Pero esto no es exactamente así, pues los Sabios nos enseñan que a la persona que se escape del yugo de la Torá le serán impuestos otros yugos, como por ejemplo el esfuerzo que tendrá que hacer para obtener el sustento para su familia. ¿Y todo por qué? Porque él despreció a la Torá y demostró que se siente mejor cuando se dedica a su trabajo.

El hombre fue traído a esta tierra para esforzarse. Si tiene el mérito, se esforzará en el estudio de la Torá, y si no lo tiene, deberá esforzarse en cosas sin importancia, así como explica el Talmud en el tratado de Sanhedrín (99b). Quien se dedique a la Torá ganará, pues todo el beneficio de su esfuerzo será para él. En realidad no será un yugo para él pues todo lo que hará, lo hará para él. Pero quien no se dedique a la Torá, deberá esforzarse inútilmente todos sus días para ganar dinero. ¿Para qué? Para que después de su muerte otros disfruten de él.

¿A quién se asemeja quien se dedica a la Torá? A un rey que obliga a su esclavo a contar monedas de oro todo el día, y por ese trabajo le paga dándole las monedas de oro que contó. Pero si el esclavo no querrá contar las monedas el rey lo castigará. En definitiva, sabemos que todo lo que el esclavo trabajó fue solamente para su beneficio, pues contó las monedas de oro que le pertenecían. Es por eso que no deberíamos llamarlo esclavo sino hombre libre.

(Basado en Rabí Jaim de Voloshin, 1749 – 1821, en su comentario “Ruaj Jaim”)

Baraitá 3

“Quien aprende de su prójimo un capítulo o una leo un versículo o una palabra o incluso una sola letra debe comportarse con él con respeto, pues así encontramos respecto de David el rey de Israel, que a pesar de que estudió de Ajitófel solamente dos cosas lo llamó su maestro, su señor, su allegado, como está escrito: ‘Y tú eres mi íntimo, mi señor y mi allegado’ (Tehilim – Salmos – 55:14). Y con más razón en otros casos: si David el rey de Israel, sólo aprendió de Ajitófel dos cosas y a pesar de eso lo llama su maestro, su señor y su allegado, quien aprende de su prójimo un capítulo o una ley o un versículo o una palabra o incluso una sola letra, con mucha más razón debe brindarle honor! No existe más honor que la Torá, como está escrito: ‘El honor es heredado por los sabios’ (Mishlé – Proverbios – 3:35); y también está escrito: ‘Bondad heredarán quienes tiene plenitud’ (Mishlé 28:10); y no hay bondad excepto la Torá, como está escrito: ‘Pues una buena enseñanza les he dado a ustedes; Mi Torá no abandonen’ (Mishlé 4:2)”.

Debemos comprender por qué el autor de esta Baraitá no dijo que quien le enseña a su prójimo algo debe ser honrado, sino que hizo depender el honor y la honra del maestro del aprendizaje del alumno, diciendo que en caso de que el alumno haya aprendido algo de ese maestro entonces él debe honrarlo. Además, tampoco está claro por qué dijo: “Quien aprende de su prójimo…” y no “Quien aprende de su maestro…”.

La respuesta a la primer pregunta es que hay veces en las que las personas escuchan de alguien alguna clase sobre un tema determinado, pero basados en el contenido de esa clase deducen alguna nueva y buena enseñanza que ese maestro no tuvo la intención de decir, a pesar de que podríamos pensar que el maestro también tuvo la intención de enseñar eso. Es por eso que aquí el Taná (autor de la Baraitá) nos enseña que a pesar de que en este hipotético caso descripto habría un alumno sin un maestro respecto de este aprendizaje en cuestión, de todas formas por cuanto que aprendimos algo de esa persona debemos respetarla.

Además, el Taná nos enseña que no sólo debemos respetar a personas más sabias y grandes que nosotros, sino también a personas simples e iguales a nosotros y es por eso que escribió “Quien aprende de su prójimo” y no “quien aprende de su maestro”.

(Basado en el comentario “Midrash Jajamim” de Rabí Moshé Jaim Kleinman)

Baraitá 4

“Así es el camino de la Torá: pan con sal comerás, agua en pequeña cantidad beberás, sobre el piso dormirás, una vida de sufrimiento vivirás y a la Torá te dedicarás, y si tú haces esto, ‘feliz eres, y será el bien para ti’ (Tehilim -Salmos- 128:2), ‘feliz eres’ – en este mundo, ‘y será el bien para ti’ – en el mundo venidero. No busques grandeza para ti y no procures más honor del que te corresponde por tu erudición. Y no desees la mesa de los reyes, pues tu mesa y tu corona es más grande que la de ellos, y tu Empleador es fiel para retribuirte el pago por tus acciones”.

Aparentemente, no es lógico lo que está escrito aquí. Si la persona seguirá el camino de la Torá cumpliendo al pie de la letra todos los detalles mencionados a continuación, ¿cómo puede ser que él sea feliz en este mundo?

La respuesta es que aquí la Baraitá no le está hablando a las personas pudientes que disponen con facilidad de todas las cosas aquí mencionadas, sino que se está dirigiendo a los pobres y les dice que incluso si su situación económica no les permite más, no deben abstenerse de estudiar la Torá ya que si ellos hacen esto, finalmente la estudiarán con riqueza, como estudiamos dos capítulos atrás: “Rabí Iojanán dice: Todo el que cumple la Torá con pobreza, al final la cumplirá con riqueza, mas todo el que no la cumpla con riqueza, al final la transgredirá con pobreza” (4:11).

(Basado en el comentario de Rashí – Rabí Shelomó Itzjaki, 1040 – 1105)

Baraitá 5

“La Torá es más grande que el sacerdocio y la realeza, pues la realeza se adquiere mediante treinta requisitos y el sacerdocio mediante veinticuatro, mas la Torá se adquiere mediante cuarenta y ocho cosas, y ellas son: (1) mediante el estudio, (2) escuchando efectivamente, (3) vocalizando lo que se estudia, (4) entendiendo mediante el corazón, (5) sintiendo miedo, (6) sintiendo temor reverencial, (7) siendo humilde, (8) estando alegre, (9) mediante la pureza, (10) mediante el trato con los Sabios, (11) mediante un trabajo con los amigos, (12) estudiando con los alumnos, (13) siendo tranquilo y asentado, (14) estudiando las Escrituras y la Mishná, (15) minimizando el dormir, (16) limitando las actividades comerciales, (17) limitando la conversación, (18) disminuyendo la risa, (19) limitando los placeres, (20) limitando las relaciones íntimas, (21) retardando nuestro enojo, (22) teniendo un buen corazón, (23) creyendo en las palabras de los Sabios, (24) aceptando los sufrimientos, (25) conociendo nuestro lugar, (26) siendo feliz con lo que tenemos, (27) evitando ser arrogante, (28) limitándose en las cosas que le son permitidas, (29) siendo amado, (30) amando a D’os, (31) amando a las creaturas, (32) amando la reprimenda, (33) amando la rectitud, (34) alejándose del honor, (35) no siendo arrogante en el estudio, (36) no disfrutando al tomar decisiones legales, (37) siendo solidario con los demás, (38) juzgando al prójimo para bien, (39) encaminando al prójimo hacia la verdad, (40) encaminando al prójimo hacia la paz, (41) asentando el estudio, (42) preguntando puntualmente y respondiendo específicamente, (43) aprendiendo del maestro y acrecentando el estudio personal, (44) estudiando para enseñar, (45) estudiando para hacer, (46) haciendo a su maestro más sabio, (47) ordenando los conceptos que ha estudiado, (48) citando las enseñanzas recordando quién la ha enseñado. He aquí que has aprendido que quien cita las enseñanzas que escuchó recordando el nombre de quien la ha dicho trae la redención al mundo, como está escrito: ‘Y dijo Ester al rey en nombre de Mordejai’ (Ester 2:2)”.

“La Torá es más grande que el sacerdocio y la realeza, pues la realeza se adquiere mediante treinta requisitos y el sacerdocio mediante veinticuatro, mas la Torá se adquiere mediante cuarenta y ocho cosas”. Debemos entender por qué al referirse a la Torá la Baraitá dijo que ella se adquiere mediante 48 cosas, pero respecto del sacerdocio y la realeza dijo que se adquieren mediante 30 ó 24 requisitos.

La respuesta es que la Baraitá nos quiso enseñar dos aspectos de la grandeza de la Torá – que encuentra por sobre el sacerdocio y la realeza: por un lado, respecto de la cantidad de requerimientos que se necesitan para adquirir cada una de ellas, y por otro lado, respecto de la calidad de los requerimientos que se necesitan para adquirir cada una de ellas.

La explicación de esto es que el sacerdocio y la realeza se adquieren mediante requisitos (maalot), mas la Torá se adquiere mediante cosas (devarim) y la diferencia esencial entre estos dos conceptos es que los requisitos son requerimientos o derechos que tienen relación con la importancia y el poder solamente y son cosas externas a la persona, pues ellas no se obtienen mediante el esfuerzo. Por ejemplo, sólo quien posea oro y plata, esclavos y siervas, campos y viñedos, será digno de considerarse parte de la realeza.

Pero esto no es así con la Torá, pues las cuarenta y ocho cosas mediante las cuales ella se adquiere no son externas a la persona sino que le pertenecen totalmente a él, pues él se esforzó mucho en hacerlas para incorporarlas a su alma, y por eso es que esas cosas no son llamadas maalot, pues los caminos para adquirir la Torá no tienen relación con la importancia y el poder, sino todo lo contrario, solamente con la humildad y el recato.

(Basado en el libro “Midrash Shemuel” de Rabí Shemuel de Uceda, 1538 – 1602)

Baraitá 6

“Grandiosa es la Torá, porque le da vida a aquellos que la cumplen, tanto en este mundo como en el Venidero, como está escrito: ‘Pues vida son (las palabras de la Torá) para quienes las encuentran, y curación para toda su carne’ (Mishlé -Proverbios- 4:22); y dice: ‘(La Torá) será medicina para tu cuerpo y curación para tus huesos’ (Mishlé 3:8); y dice: ‘Ella es un árbol de vida para los que se aferran a ely quienes la sustentan son felices’ (Mishlé 3:18); y dice: ‘Pues (las palabras de la Torá) son una bella guirnalda para tu cabeza y collares para tu cuello’ (Mishlé 1:9); y dice: ‘(La Torá) será en tu cabeza una bella guirnalda; una corona de gloria te protegerá’ (Mishlé 4:9); y dice: ‘Prolongación de días a su derecha, y a su izquierda riqueza y honor’ (Mishlé 3:16); y dice: ‘(Las palabras de la Torá) te otorgarán largos días y años de vida y paz’ (Mishlé 3:2)”.

La Torá es una gran cosa. Cuando uno estudia Torá, recibe recompensa en el Mundo Venidero, lo cual representa su capital. El interés que recibe de ese capital lo mantiene con vida en este mundo, como está escrito: “[Las palabras de la Torá] son vida para el que las encuentra y curación para todo su cuerpo” (Proverbios 4:22).

La Torá también te dará vida en el Mundo Venidero, como está escrito, “Es un árbol de vida para aquellos que se aferran a ella y todo aquel que la sostiene es afortunado” (Proverbios 3:18). La Torá será como un árbol de vida en el Mundo Venidero para aquellos que hacen el esfuerzo de estudiarla y entenderla, así como para aquellos que hacen el esfuerzo de ayudar materialmente a los que la estudian, sosteniéndolos.

Tal vez la persona se cuestione diciendo: “Si estudio Torá tendré vida en ambos mundos pero no obtendré riquezas y honor”. A esto el sabio nos responde que la Torá será para ti una grata compañía y una corona de gloria te protegerá. Además de darte vida y riquezas, la Torá te dará una corona de honor. Serás honrado y respetado entre las personas. Sin embargo, debes saber que todos estos beneficios sólo vendrán si estudias Torá sin intereses de por medio.

El sabio concluye diciendo que cuando una persona estudia Torá para cumplir con la Voluntad del Creador no sólo obtendrá vida, riqueza y respeto, sino también paz y tranquilidad, como está escrito: “pues largos días, y años de vida y paz te incrementarán [las palabras de la Torá]” (Proverbios 3:2).

(Basado en el comentario “Meam Loez” de Rabí Itzjak Magriso, s. XVIII)

Baraitá 7

“Rabí Shimón Ben Iehudá dijo en nombre de Rabí Shimón Bar Iojái: La belleza, la fuerza, la riqueza, el honor, la sabiduría, la ancianidad y la vejez, y los hijos – son buenos para los justos y buenos para el mundo; como está escrito: ‘Una corona de gloria es la ancianidad; será encontrada en el camino de los justos’ (Mishlé -Proverbios- 16:31); y dice: ‘La corona de los ancianos son los nietos, y la gloria de los hijos son sus padres’ (Mishlé 17:6); y dice: ‘La gloria de los jóvenes es su fuerza y el esplendor de los ancianos es su vejez’ (Mishlé 20:19); y dice: ‘La luna se confundirá y el sol de avergonzará pues D’os reinará en el monte de Tzión y en Ierushalaim, y delante de sus ancianos habrá honor’

Baraitá 8

Dijo Rabí Yosi ben Kisma: Cierta vez marchaba yo por el camino y se encontró conmigo un hombre, y me dio la paz, y le regresé la paz. Me dijo: “Rabí, ¿de dónde eres?”. Le dije: “De una ciudad grande en sabios y escribas soy”. Me dijo “Rabí, que sea tu voluntad que mores con nosotros en nuestro lugar, y yo te daré mil millares de dinares de oro, piedras preciosas y perlas”. Le dije: “Aún si me dieses toda la plata y el oro, las piedras preciosas y las perlas del mundo, no moraría sino en un lugar de Torá”. Pues así hallamos en el libro de Salmos de David, Rey de Israel: “Mejor es para mí la Torá de Tu boca que miles en oro y plata” (Salmos 119:72). Y no sólo ello, sino que a la hora del licenciamiento del hombre del mundo no lo acompañan ni la plata, ni el oro, ni las piedras preciosas, ni las perlas, sino la Torá y las buenas obras. Pues fue dicho: “En tu caminar te guiará, en tu yacer te guardará y en tu despertar ella conversará contigo” (Proverbios 6:22). “En tu caminar” te guiará; en este mundo. “En tu yacer” te guardará; en la tumba. “Y en tu despertar ella conversará con tigo”, para el Mundo Venidero. Y asimismo se dice: “Mía es la plata y Mío es el oro, enunció el Eterno de las Huestes” (Jagai 2:8).

Baraitá 9

Cinco posesiones adquirió el Santo, Bendito Sea, en Su mundo. Y ellas son: La Torá es una posesión, los Cielos y la tierra son una posesión, Abraham es una posesión, Israel es una posesión, el Templo es una posesión. ¿De dónde se deriva sobre la Torá? De que está escrito: “El Eterno me poseyó como principio de Su camino, anterior a Sus obras desde entonces” (Proverbios 8:22). ¿De dónde se deriva sobre los Cielos y la tierra? De que está escrito: “Así habló el Eterno: los Cielos son Mi trono y la tierra el estrado de Mis pies; ¿qué casa me construirán y qué lugar sería Mi reposo?” (Isaías 66:1). Y asimismo se dice: “¡Cuán abundantes son Tus obras, oh Eterno! Todas con sabiduría las hiciste. Llena está la tierra de Tus posesiones” (Salmos 104:24). ¿De dónde se deriva que Abraham es una posesión? De que está escrito: “Y lo bendijo y dijo: Bendito sea Abram del Di-s Altísimo, poseedor de los Cielos y la tierra” (Génesis 14:19). ¿De dónde se deriva sobre Israel? De que está escrito: “Hasta que Tu pueblo pase, oh Eterno, hasta que pase este pueblo que adquiriste” (Éxodo 15:16). Y asimismo se dice: “Hacia los santos que están en la tierra, ellos y Mis poderosos; todo Mi deseo está en ellos” (Salmos 16:3). ¿De que está escrito: “El Santuario, oh Eterno, que establecieron Tus manos” (Éxodo 15:17). Y asimismo se dice: “Y los condujo al lindero de Su santidad; esta montaña que adquirió Su diestra” (Isaías 43:7).

Baraitá 10

Todo lo que creó el Santo, Bendito Sea, en Su mundo no lo creó sino en aras de Su honor. Pues fue dicho: “Todo ha sido convocado en Mi nombre, y por Mi honor lo creé, lo formé y asimismo lo hice” (Isaías 43:7). Y asimismo se dice: “El Eterno reinará eternamente, por siempre” (Éxodo 15:18).

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SHAVUOT: La entrega de la Torá

Selección extraída del libro “El Midrash Dice” por Rabino Moshe Weissman, © Ed. Benei Sholem)

Por veintiséis generaciones, desde la creación de Adám, Hashem había esperado transmitir a la humanidad la preciosa Torá la cual había precedido la creación del universo. Finalmente, El encontró un pueblo dispuesto a aceptarla. El grandioso momento de su Revelación fue aguardado ansiosamente por el universo íntegro puesto que con ello se llevaría a cabo el objetivo espiritual de la Creación.

Era Shabat de mañana, el seis de Siván, de 2448. Har Sinai (Monte de Sinaí) estaba estremecido de excitación ante el trascendental evento a punto de tener lugar sobre él. Todas las montañas estaban en un estado de agitación junto con él hasta que Hashem les hizo recobrar la calma. Los Benei Israel estaban aún durmiendo porque la noche de verano había sido corta. Ellos fueron despertados por truenos y relámpagos sobre Har Sinai y por Moshé llamándolos, “¡El jatán (novio) está esperando que la Kalá (novia) arribe a la jupá!” Moshé llevó al pueblo al Har Sinai como quien conduce a la kalá a la boda.

El pueblo Judío que estaba reunido al pie de Har Sinai, hombres y mujeres separadamente, fueron unidos por todas las millones de almas no nacidas aún de sus descendientes y por las almas de todos los guerim (conversos) quienes aceptarían la Torá en generaciones futuras. Cuando Hashem descendió sobre Har Sinai en un estallido de fuego, rodeado por una multitud de 22000 ángeles, la tierra se estremeció, y hubo tronar y relampagueo. Los Benei Israel oyeron el sonido de un shofar tornándose continuamente más fuerte, creciendo en intensidad hasta que alcanzó el más grande volumen que las personas podían soportar con posibilidad. El fuego de Har Sinai se elevó hasta los mismos cielos, y la montaña humeó como una caldera. El pueblo tembló de miedo.

Luego Hashem tomó Har Sinai y lo suspendió sobre el pueblo, indicando a ellos, “¡Si vosotros aceptáis la Torá, bien, pero si no, seréis sepultados bajo esta montaña!” Hashem de este modo forzó al pueblo a aceptar la Torá, a pesar de que ellos la habían aceptado previamente. Una espesa Nube envolvió la montaña. Hashem inclinó los cielos hasta que ellos alcanzaron Har Sinai y Su kisé hacabod (trono celestial) descendió sobre la montaña.

Es sorprendente el que la Torá no fuera entregada en medio de brillantes y deslumbrantes luces pero sí en el medio de una montaña oscurecida por oscuras nubes. La razón para ello puede ser entendida con la siguiente parábola:

Preparándose para la boda de su hijo, el rey decoró el palio nupcial con cortinas negras. “¡Esto no es lo que es usualmente hecho para la boda de un hijo!” los miembros de la casa real se quejaron. “¡La costumbre es colgar cortinas blancas!”

“Existe una razón para mi acción,” explicó el rey. “Los astrólogos predijeron que este matrimonio se disolverá en cuarenta días. ¡No quiero que el pueblo piense que yo no era consciente de esto por anticipado!”

Similarmente, Hashem no se reveló a Sí Mismo a K-lal Israel en medio de brillantes luces. Más bien, El se presentó en oscuridad y fuego desde que El previó que cuarenta días después de matán Torá, ellos harían el Becerro de Oro.

En ocasión de matán Torá, los Benei Israel no sólo escucharon la Voz de Hashem sino realmente vieron las ondas sonoras como ellas emergieron de la boca de Hashem. Las visualizaron como una ardiente sustancia. Cada Mandamiento que partió de la boca de Hashem viajó alrededor del Campamento íntegro y luego regresó a todo Judío individualmente, preguntándole, “¿Aceptas sobre ti mismo este Mandamiento con todas las halajot (leyes) pertinentes a él?” Todo Judío respondió, “Sí,” después de cada Mandamiento. Finalmente, la ardiente sustancia que ellos vieron, se grabó ella misma sobre las lujot. A pesar de que los Benei Israel habían solicitado ver la Gloria de Hashem y escuchar Su Voz, sus almas partieron de sus cuerpos cuando realmente experimentaron la Revelación. La Voz de Hashem resplandeció con tal fuerza que quebró árboles de cedro, hizo estremecer montañas, causó que las ciervas dieran a luz del shock, y descortezó dejando pelados bosques enteros.

Las naciones que presenciaron la conmoción pero no sabían su causa llegaron a Bilám quien era famoso por su sabiduría y lo interrogaron, “¿Está Hashem a punto de traer otro mabul (diluvio) sobre la tierra?”

“No,” Bilám tranquilizó a las naciones, “el mundo está en actividad porque Hashem está entregando la Torá a Su pueblo.”

Los Benei Israel no experimentaron el impacto total de la Voz Divina. Más bien, cada individuo la percibió de acuerdo con su inimitable capacidad para experimentar la shejiná (Presencia Divina). No obstante, ellos murieron después de cada Mandamiento dado que su nivel de profecía realmente excedió sus poderes de percepción. La Torá misma suplicó a Hashem restituir vida a los Benei Israel, argumentando, “¿Cómo puede el universo estar feliz al recibir la Torá si tus hijos mueren en el proceso? ¿Es una causa para regocijarse si el rey que casó a su hija al mismo tiempo mata a los miembros de su casa?”

Hashem entonces salpicó el Rocío del Renacimiento sobre los Benei Israel. Este fue el mismo Rocío con el cual El resucitará a los muertos en tiempos futuros. Los Benei Israel, no obstante, todavía se sintieron débiles del shock que ellos habían experimentado. Hashem por consiguiente llenó el aire con la fragancia de especias, y ellos se recuperaron. No obstante, su temor de la Voz de Hashem fue tan grande que apresuradamente huyeron al fin del Campamento, una distancia de doce mil (aproximadamente 1450 m.). Los ángeles de Hashem tuvieron que transportarlos de regreso a sus posiciones anteriores al pie del Har Sinai para escuchar el próximo Mandamiento.

Después de los dos primeros Mandamientos, los Benei Israel estaban tan asustados que rogaron a Moshé transmitir el resto de los Mandamientos preferentemente a escuchar la Voz de Hashem otra vez. A pesar de que Hashem había sabido de antemano que los Benei Israel no serían capaces de sobrevivir al escuchar Su Voz, El no obstante concedió su pedido original de escucharlo a El. El no quería que K-lal Israel alegara en el futuro, “¡Si sólo El nos hubiera concedido una Revelación directa, nosotros nunca hubiéramos servido ídolos!”

Rabino Moshe Weissman

http://www.tora.org.ar/

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