SHAVUOT: Meguilat Rut (III)

Rut, grandeza y humildad

(Extraído de Nosotros y el tiempo. Rab Eliahu Kitov)

Cuando Rut decidió acompañar a Naomí para vivir en medio de un pueblo que le era desconocido, procuró ser tratada sólo como una mera criada que sirve a su ama. Cuando su ama muriera, también su vida finalizaría, pues no tenía ninguna otra razón por la cual vivir más que para servir a Naomí. Nunca pensó que se casaría con un hombre de Bet Léjem de la tribu de Iehudá. Ella era una moavita, ¿quién destruiría su simiente por ella? Pues la Torá establece (Deuteronomio 23:4): No entrará amonita ni moavita en la congregación de Di-s… por toda la eternidad. Esta prohibición no parecía hacer distinción entre hombres y mujeres, así como la prohibición (Deuteronomio 23:3,8,9) de aceptar un edomita, un egipcio o un mamzer -“bastardo”, hijo de una unión ilegítima- no discrimina entre hombres y mujeres.

Pero el Santo, bendito sea, quien crea la luz del Mashíaj, tenía un plan diferente. En las primeras generaciones luego de la entrega de la Torá nunca surgió el interrogante respecto de si esta prohibición de aceptar un amonita o moavita como parte del pueblo judío incluía tanto a hombres como a mujeres. Por ello, la halajá -decisión legal- sobre este asunto nunca había sido enseñada y por lo tanto no existía ninguna tradición al respecto. Hasta entonces nunca hubo un solo moavita digno de ser incluido en la congregación de Di-s. Fue sólo en la generación de Boaz y Rut cuando se planteó por vez primera dicha pregunta.

Entonces los Sabios se sentaron para analizar el caso y llegaron a la conclusión de que [la prohibición de] la Torá se refería a un amonita y no a “una amonita”, a un moavita y no a “una moavita”. Se debe resaltar que la Torá, cuando hace referencia a las prohibiciones de aceptar edomitas, egipcios y mamzerím, utiliza la forma masculina, aunque éstas también incluyen a las mujeres; sin embargo, la prohibición referente a los amonitas y moavitas es diferente, pues la Torá nos proporciona además el motivo de la misma: [No entrará amonita ni moavita en la congregación de Di-s]… Por cuanto no salieron a recibiros con pan y agua en el camino cuando salisteis de Egipto (Deuteronomio 23:5).

Esta afirmación no puede ser aplicada a las mujeres, pues no es usual que las mujeres salgan para proveer provisiones a los viajeros. Por otro lado, la prohibición de admitir en el pueblo judío a un edomita o a un egipcio [durante tres generaciones] y a un mamzer [para siempre] no presenta una razón adjunta y se aplica a hombres y mujeres por igual.

En la generación de Boaz Di-s iluminó las mentes de los Sabios que dilucidaron esta halajá, pues en ese entonces la misma tuvo aplicación práctica. Todo el pueblo de Israel estaba esperando por [el surgimiento de] Rut, quien volvía de los campos de Moáv para que la luz del Mashíaj se revele a través de ella.

Cuando Rut se unió a la congregación de Di-s, esta halajá fue olvidada una vez más por muchos Sabios y comenzó a surgir nuevamente la duda al respecto. Esta duda, que persistió en las generaciones subsiguientes entre los Sabios, también era parte del plan Divino, pues la puerta no debía dejarse abierta para todas aquellas moavitas que quisieran formar parte de la congregación de Di-s. Además, existía otra razón oculta que debía revelarse sólo cuando llegara el momento de permitir que la luz del Mashíaj brillara en todo su majestuoso esplendor. El Mashíaj debía pasar primero por etapas de miedo y estremecimiento. De este modo el camino del Rey Ungido -David- estaría siempre entre dos extremos: profundidades abismales por un lado, y cumbres Celestiales que conducen al Trono Celestial por el otro.

Esto es lo que la sabiduría Divina había decretado. El camino por el cual transitaría el Rey Ungido debía ser preparado con grandeza y humildad: grandeza sin parangón y humildad sin comparación. Las puertas de la sabiduría de la Torá y las profundidades de su verdad fueron abiertas a los Sabios en beneficio de Rut, para que ella pudiera casarse con Boaz. Boaz era el jefe del Sanhedrín -Corte Suprema de Justicia judía- y el líder del pueblo luego de la muerte de Elimélej. Su grandeza estaba a la vista, constituía un cimiento de soberanía. Por otro lado, Rut -una moavita conversa que recogía espigas detrás de los segadores- representaba la encarnación de la humildad misma, otros de los cimientos sobre los cuales se yergue la soberanía. El Santo, bendito sea, quien conoce la esencia del corazón, percibió también los concurrentes aspectos ocultos de sus personalidades: la humildad de Boaz y la grandeza de Rut.

Cuando dos gigantes espirituales se unen en matrimonio, ¿quiénes son sus hijos? Son, sin duda, héroes de una magnitud colosal. ¡Boaz se casó con Rut y David fue su descendiente! David, sobre quien el versículo declara: Es hábil en tañer, y poderoso en valor, hombre de guerra y perspicaz, un hombre de personalidad, y Di-s está con él (I Samuel 16:18).

Hábil en tañer – se refiere a su gran conocimiento de mikrá [Torá Escrita].

…y poderoso en valor – se refiere a su conocimiento de Mishná [la Torá de Oral].

…hombre de guerra – pues sabía cómo “luchar” en la “batalla” de la Torá.

…perspicaz – en su realización de buenos actos.

…un hombre de personalidad – en el Talmud, pues dio un nuevo brillo a la Halajá.

…y Di-s está con él – ya que la Halajá se decide siempre según su opinión (Rut Rabá 4).

Naomí tuvo el mérito de que sus intenciones coincidieran con el plan Divino. Luego de que Rut se convirtiera en su “hija”, la envió a Boaz para que el reinado no se apartara de su casa. Rut nunca se hubiera imaginado que ella heredaría la más preciada de las Coronas de Israel: el Reinado. En su humildad, se habría contentado con casarse con un pobre y simple joven, expresando constantemente su gratitud por haber merecido formar parte de la herencia de Di-s. ¿Cómo podía pretender ascender a las más elevadas alturas?

Rut habría podido escapar de la grandeza, pero no lo hizo, por cuanto dijo: “Ahora soy hija de Naomí. Haré que la grandeza retorne al lugar que le corresponde. Todo lo que soy es gracias a Naomí. Soy toda suya. Incluso aquellos rasgos que no son naturalmente míos, los convertiré en parte de mí. Por Naomí, vestiré incluso ropajes de realeza: …todo lo que me ordenes, haré” (Rut 1:5).

http://www.tora.org.ar/

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