AYUNO DEL 17 DE TAMUZ צוֹם שִבְעָה עָשָׂר בְּתַמּוּז‎ (Jueves 9 de Julio de 2009)(II)

El Beit Hamikdash (templo) en su gloria

El Beit Hamikdash era la sagrada morada de Hashem. ¡Qué halo providencial reinaba entre el pueblo de Israel y el Creador del Universo! ¡Cuánta santidad y belleza habla en esa espléndida mansión!

Ciertamente, durante los días en que el Beit Hamikdash existía, no había en todo el mundo una construcción tan extraordinaria como ésta, construida con grandes y pesadas piedras, acomodadas de modo excepcional. Algunas estaban recubiertas con un mármol verde azulado, similar al oleaje marino, lo que transmitía paz al observador.
Todos los portones del Beit Hamikdash estaban hechos de oro puro, lo mismo que la mayoría de los utensilios utilizados en el Templo. Allí había miles de candelabros decorados con flores y botones de oro, y al ser encendidos, el Beit Hamikdash quedaba inmerso en un mar de luz.

El Templo se encontraba dividido en dos grandes partes: el hall del Templo -heijal- y el patio del Templo (azara). En el hall estaban dispuestos tres de los más importantes utensilios del Templo. En el sector sur se ubicaba la menorá de oro, compuesta de siete brazos; en el sector norte se ubicaba la mesa del lejem hapanim (mesa con la ofrenda del pan), y en el centro del hall, se erigía el altar de oro, utilizado para los inciensos. En el extremo del hall había otra habitación: el Kodesh Hakodashim, el sitio de máxima santidad del Templo. Dos cortinas adornadas con hilos de oro cubrían su entrada y lo separaban del hall. Mas nadie corría estas cortinas ni ingresaba al Kodesh Hakodashim, salvo el Gran Sacerdote, una vez al año: el día de Yom Kipur.

¿Qué había en el Kodesh Hakodashim?

En este sagrado lugar se encontraba el arca que guardaba en su interior los Diez Mandamientos. El arca poseía una cobertura de oro, y sobre la misma había dos querubines de oro puro. Los querubines extendían sus alas una sobre otra simbolizando el amor de Hashem por Israel.

El Segundo Templo ya no contaba con el arca y en su lugar se encontraba la “piedra fundamental” -even hashtia- llamada de este modo porque a partir de ella se creó el mundo.

Desde el hall del Templo, doce escalones conducían al patio de los sacerdotes. Se trataba de un patio de grandes dimensiones en el que se encontraba el altar de cobre, denominado también altar externo. Sobre este gran altar se ofrecían la mayoría de los sacrificios del Beit Hamikdash.

Otro importante utensilio del Templo se encontraba en el patio de los sacerdotes. Se trataba del lavabo -kior- de cobre brillante en el que los sacerdotes lavaban sus manos y sus pies antes de prestar su servicio en el Templo.

Cerca del patio de los sacerdotes se encontraba el patio de los israelitas. En este inmenso patio se concentraba todo el. pueblo de Israel que peregrinaba a Jerusalén y acudía al Templo para rezar y ofrecer sus sacrificios. Y aunque esta masa humana era muy numerosa, llegando a miles de personas, de todos modos el patio los contenta. Inclusive un milagro solía producirse: “El pueblo se encontraba amontonado mas se arrodillaban holgadamente”.

En la esquina del patio de los israelitas se abría una habitación de suma significación denominada Lishkat Hagazit. Alli se reunía el Sanhedrín para juzgar casos monetarios y casos de vida y muerte, resolviendo todos los conflictos del pueblo. También en la Lishkat Hagazit se aclaraban y se enseñaban las leyes de la Torá. De este modo, el peregrinaje a Jerusalén representaba una oportunidad estupenda para que el pueblo estudiara Tora. Al regresar a sus hogares llevaban consigo las enseñanzas de los sabios. De este modo cumplían el versículo que enseña: “Porque de Tzión saldrá la Torá y de Jerusalén la palabra de Hashem”.

Cercano al patio de los israelitas se ubicaba otra extensión de grandes dimensiones: el patio de mujeres. Allí se reunían las mujeres y las niñas separadas de los hombres, a fin de cumplir estrictamente las normas de recato. Quince escalones separaban el patio de las mujeres del patio de los israelitas. En cada escalón se ubicaban los levitas y entonaban los quince cánticos graduales del Libro de los Salmos: Tehilim. Los levitas cantaban con afinadas voces y acompañaban sus cánticos, con arpas, flautas y címbalos. Sus maravillosas melodías alegraban los corazones y colmaban de felicidad a quienes ascendían a Jerusalén.

Al comienzo de la escalera habla una magnífica puerta -La Puerta de Nikanor- por la que se ingresaba en el patio de las mujeres. ¿Por qué era llamada de este modo? Esto lo relatan nuestros sabios en el Tratado de Yomá.

Un hombre judío llamado Nikanor deseaba entregar una donación al Beit Hamikdash. Se dirigió a Alejandria, en Egipto, y alli hizo preparar por expertos artesanos dos bellas puertas de cobre para el Templo. Las cargó sobre el barco con la intención de transportarlas hasta la Tierra de Israel. Durante el viaje una fuerte tormenta azotó la embarcación hasta el punto que la nave estaba a punto de quebrarse. Los marineros y el capitán del barco pensaron de qué modo alivianar la carga, y al observar las pesadas puertas de cobre, tomaron una y la arrojaron al mar. Sin embargo las aguas no calmaron su furia. Mas al pretender arrojar la segunda puerta, Nikanor se amarró a la misma y. exclamó: “¡Arrójenme con ella!”. De pronto el mar se calmó y no hubo necesidad de arrojarlo. Un gran pesar invadió a Nikanor por la primera puerta, mas algo maravilloso sucedió. Cuando el barco arribó al puerto de Ako, observaron que la puerta arrojada al mar se encontraba debajo de la embarcación. De este modo mereció Nikanor que un milagro sucediera gracias a su total disposición y entrega en beneficio del Templo. Las puertas fueron dispuestas en el Templo y denominadas “La puerta de Nikanor”.

Mas no fue éste el único milagro acontecido en beneficio del Templo. En el Tratado de Avot, nuestros sabios relatan otros milagros sucedidos en el Beit Hamikdash:

1) A pesar de la gran cantidad de carne ofrecida en sacrificio, jamás hedió, como así tampoco se vio una mosca en el sitio donde se degollaban los sacrificios.

2) El fuego en el que se quemaban los sacrificios era encendido en un sitio abierto, y sin embargo jamás las lluvias lo apagaron.

3) La columna de humo que ascendía de los sacrificios no era llevada por el viento ni inclinada en dirección alguna. Por el contrario, siempre subía de modo recto hasta el cielo.

4) Jamás se encontró defecto que descalificara la ofrenda del omer, la ofrenda de los panes de la fiesta de Shavuot o la de los panes de proposición. Igualmente, el pan de la proposición nunca fue descubierto seco sino siempre fresco como el día de su horneado.

5) Jamás una serpiente o escorpión dañó a una persona en Jerusalén, y nunca se dio el caso de que un hombre se quejara diciendo que era estrecho el sitio donde pernoctara en Jerusalén.

Hashem efectuaba milagros en el Templo y de este modo demostraba su afecto por Israel. La Providencia moraba sobre el Templo, otorgándole una inigualable belleza lo mismo que una impresionante santidad interna. La belleza del Templo también atraía a los habitantes de otras naciones, quienes al observarlo no cabían de asombro.

El Primer Templo y el comienzo de su caída

El rey Salomón construyó el Primer Templo 480 años después que los judíos salieron de Egipto. Siete años se prolongó su construcción y durante este período ninguno de los obreros del rey sufrió enfermedad alguna; ninguna herramienta se rompió, ningún material se extravió. Una vez concluida la tarea, el Templo fue erigido, y el rey Salomón convocó a todo el pueblo en el Beit Hamikdash en el mes de Tishrei, para que todos juntos celebraran su inauguración. En este instante tan aguardado y festivo, el rey Salomón profundamente emocionado bendijo al pueblo.

Tras la inauguración del Beit Hamikdash, Hashem se reveló al rey Salomón a través de un sueño y le dijo: “He escuchado tu plegaria y tu ruego… y si marchas por mi senda… íntegra y rectamente… mantendré eternamente tu reino en Israel”. Mas Hashem le aclaró qué sucederla si ellos y sus descendientes si no cuidaban los mandamientos y las leyes: “Y arrancaré al pueblo de Israel de sobre esta tierra y también esta Casa destruiré. Y entonces todos preguntarán: ¿Por qué Hashem hizo tales actos con esta tierra y esta Casa?”.

Este fue el mensaje divino revelado al rey Salomón. Y ciertamente, durante la época del rey Salomón, el pueblo cuidó estrictamente las mitzvot (preceptos), e Israel mereció vivir una etapa brillante de paz y tranquilidad. El reino de Salomón logró estabilidad y cada cual pudo sentarse calmamente “bajo su viña y bajo su higuera”.

El Beit Hamikdash permaneció en pie durante 410 años. Mas el pueblo de Israel se apartó del camino indicado por Hashem y marchó tras otros dioses, y ya en los días de Rejavam, hijo de Salomón, el reino de David fue dividido. Diez tribus de Israel proclamaron por rey a Ierovam ben Navat, conformando el reino de Israel y estableciendo a Shomrón por capital. Por otra parte, las tribus de Iehudá y Biniamin proclamaron por rey a Rejavam, hijo de Salomón, continuando con el reino de Iehudá y aceptando a Jerusalén por capital.

A partir de entonces el reino de Israel quedó separado en dos reinos, generando entre ellos una gran disputa hasta el punto de provocar la guerra entre los mismos hermanos. Por desgracia, tanto la tribu de Iehudá como las diez restantes continuaron pecando. Rendían culto a dioses extraños, colocaron altares en cada montaña y debajo de cada árbol, y siguieron el camino de las demás naciones. Mas Hashem no los castigó inmediatamente. Durante cien años les envió profetas que advirtieron al pueblo y les rogaron que se arrepintieran. Sin embargo todo fue en vano. Ellos no se arrepintieron y continuaron pecando y transgrediendo.

En especial continuó pecando el reino de Israel, hasta que la copa se rebasó. Hashem envió a Shomrón a Shalmaneser, el rey de Ashur, quien exilió a las diez tribus y al rey Hoshea ben Ela a la tierra de Ashur, y hasta nuestros dias nadie conoce su exacto paradero. En la Tierra de Israel sólo quedaron los miembros de la tribu de Iehudá. En aquellos dias reinaba Jizkiahu, quien siguió rectamente el camino de Hashem, tal tomo lo hiciera el rey David. Fortificó y profundizó en el pueblo el estudio de la Torá y el cumplimiento de las mitzvot; terminó con los altares y destruyó los ídolos a los que el pueblo servía. Así, el rey logró el arrepentimiento y la recomposición de su generación. Mas al morir ascendió al trono su hijo Menashé, y nuevamente volvió a apartarse del buen camino. Hizo, rotundamente, lo malo para el Creador. Construyó nuevamente los altares de culto al Baal, y dentro mismo de los patios del Beit Hamikdash construyó altares para servir a todas las constelaciones celestiales. Colocó un ídolo dentro del Beit Hamikdash, y renovó el culto a Molej. Durante su reinado también fue derramada la sangre de muchos hombres justos e inocentes.

Los actos de Menashé terminaron por colmar la paciencia divina en referencia al reino de Iehudá. Hashem les envió a los profetas Najum y Jabakuk, quienes profetizaron sobre el final de Jerusalén y el reino de Iehudá. Por medio de tanta dura profecía era advertido el pueblo, mas sin resultado alguno. También el hijo de Menashé, Amón, siguió los pasos de su padre y arrastró al pecado al pueblo entero.

Sin embargo tras la muerte de Amón, ascendió Ioshiahu al trono de Iehudá, e hizo lo recto ante el Creador, quemando y terminando con todos los ídolos. Mas ya se había establecido el decreto divino y no alcanzó a calmar la ira divina provocada por las transgresiones de Menashé. Durante la vida de Ioshiahu no acaecieron calamidades, y gracias a su justicia el reino de Iehudá se mantuvo seguro y el Beit Hamikdash no perdió su estabilidad. Solo después de su muerte comenzaron los primeros signos de destrucción en Jerusalén y Iehudá.

La caída del Primer Templo

Un duro sitio

En el noveno año del reinado de Tzidkiahu, el décimo dia del mes de Tevet, se estableció el sitio a Jerusalén. Desde las alturas de las murallas podía observarse el numeroso ejército, verdaderamente incontable. Los babilonios aparecían como un panal de abejas; cada cual ocupado en sus tareas especificas. Rodearon la ciudad y erigieron catapultas a fin de voltear las murallas con mayor facilidad.

Tres años y medio se prolongó el sitio a Jerusalén. Cada día Nevuzaradán rodeaba la ciudad e intentaba nuevos métodos para derrumbar las murallas aunque sin éxito alguno: no logró voltear los muros ni conquistar la ciudad. Mientras Nevuzaradán consideraba la posibilidad de regresar, Hashem puso en su mente una idea: medir la altura de las murallas de la ciudad. Para su sorpresa, descubrió que las murallas encogían su altura cada dia ¡esto era, sin duda, producto de la mano divina! La intención era entregar Jerusalén en manos enemigas. Una gran alegría invadió a Nevuzaradán al descubrir lo que sucedía con los muros, y con renovada esperanza fortificó el sitio a la ciudad.

Víctimas del hambre y la sed

Jerusalén se encontraba encerrada: nadie podía entrar ni salir de la ciudad. Dentro de los muros el hambre crecía cada día. Los habitantes de Jerusalén ya habían vaciado completamente sus depósitos. Igualmente, las hierbas silvestres comestibles ya hablan sido recolectadas. También el pan escaseaba, y junto con éste los demás alimentos. Los habitantes de Jerusalén intentaron entablar conversación con los soldados de Nabucodonosor. Desde las alturas gritaban a los enemigos: “Soldados caldeos, tenemos una propuesta para hacerles. Si nos entregan pan, les bajaremos a cambio canastas repletas de oro”

Los soldados aceptaron la propuesta. Al dia siguiente, los habitantes de Jerusalén hicieron descender de las alturas de la muralla una canasta repleta de oro. Los soldados enemigos vaciaron la canasta y la llenaron de trigo, el cual fue molido, preparado y comido por los hebreos. Transcurridos algunos días los habitantes de Jerusalén volvieron a descender una canasta repleta de oro, y nuevamente los hombres de Nabucodonosor la vaciaron y la colmaron con cebada. Los israelitas subieron la canasta, prepararon los granos y se alimentaron durante varios dias. La tercera vez los soldados tomaron el oro y colmaron la canasta con paja. La cuarta tomaron el oro y devolvieron la canasta vacía. Notando los israelitas que los babilonios los engañaban y sólo pretendían la plata y el oro, interrumpieron este sistema de intercambio.

Mas el hambre azotaba terriblemente a la ciudad. También el agua escaseaba. El sufrimiento de los habitantes de Jerusalén comenzó a tornarse insoportable. Ahora descubrían los israelitas la veracidad de las palabras del profeta Irmiahu en la Megilat Eijá. Ciertamente Jerusalén aparecía como una ciudad fantasmal. Un silencio absoluto y cortante habitaba sus callejuelas. Cientos de cadáveres, producto del hambre y la sed, se encontraban desparramados por la ciudad; nadie tenla fuerza de enterrarlos. Un hediondo olor invadía el aire. Los que aún no habían muerto de hambre marchaban sigilosos como sombras, deambulando sin rumbo fijo como perros hambrientos buscando comida en los rincones. Revisaban los tachos de basura. Otros se acostaban en la entrada de sus casas, desalentados, aguardando su muerte segura.

Una mujer de Jerusalén dijo a su marido llorando: “¡Por favor! Elige la mejor de mis joyas y compra en el mercado un pedazo de pan. Por favor, sólo un trozo de pan”. Conmovido ante el pedido de su esposa, el hombre eligió la más bella de sus piedras, y se dirigió al mercado con la intención de comprar un pedazo de pan para calmar el hambre de su esposa y su hijo. Durante largas horas deambuló por las calles de la ciudad sin encontrar ni un solo un pedazo de pan duro. Golpeado por el desaliento y la decepción, fue presa de un fuerte mareo que lo arrojó muerto sobre la tierra. Con suma impaciencia la mujer aguardaba la llegada de su esposo. Al notar su demora, dijo a su hijo: “Sé valiente, mi hijo, y busca a tu padre”. El hijo hambriento emprendió la búsqueda. Al encontrar a su padre, muerto, se arrojó sobre el cuerpo inerte, y mientras lo abrazaba fuertemente perdió también su vida.

El sufrimiento provocado por el hambre y la sed era compartido por los habitantes de Jerusalén. El hambre no distinguía entre pobres y ricos. Ni siquiera a cambio de plata y oro era posible conseguir comida en la ciudad.

Uno de los hombres más ricos del lugar, poseedor de una gran fortuna, llamó a su sirviente y le dijo: “Toma toda mi plata, mi oro y mis piedras preciosas y consígueme un poco de agua para calmar mi terrible sed”. El sirviente tomó plata, oro y piedras preciosas del tesoro de su amo, y marchó con la intención de comprar agua. Al notar que su esclavo demoraba, el millonario subió al techo de su espléndida mansión para observar qué sucedía con su enviado. De pronto vio que retornaba con la vasija vacia en su mano. El rico gritó amargamente a su sirviente: “Rompe esa vasija ¿qué utilidad tiene si esta vacia?”. El sirviente cumplió el pedido de su amo y rompió la vasija en cientos de pedazos. Entonces el hombre rico saltó del techo de su mansión sobre la vasija destrozada, y su cuerpo se quebró completamente ante la severidad del impacto.

Durante dieciocho meses se prolongó la hambruna en Jerusalén, período en el que tampoco cesó el enfrentamiento entre los soldados de Iehudá y los de Nabucodonosor. Muy especialmente se destacó la valentia de Avika ben Gavtari, quien subió a la muralla y exclamó: ¡Quien esté a favor de Jerusalén y de su Templo que me siga!”. Al escuchar su convocatoria, numerosos valientes de Israel lo siguieron y enfrentaron al ejército babilónico. A pesar de su hambre y su debilidad, lograron provocar numerosas bajas en las filas enemigas. Los soldados caldeos arrojaban incontables flechas en dirección de Avika, mas éste las atrapaba con sus enormes manos y las arrojaba nuevamente al corazón de los enemigos. De este modo cayeron muchos de los soldados que sitiaban la ciudad. Mas el hambre y la sed determinaron el destino de los habitantes de Jerusalén. La oposición de los israelitas se debilitó, las murallas de la ciudad fueron volteadas, y de este modo logró ingresar a Jerusalén el poderoso

(Selección extraída del libro “Jerusalem de Oro”, © Ed. Jerusalem de México)

http://www.tora.org.ar

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