SUCOT(X): Relatos de Sucot

Recuerdos de un Jasid

Sucot (la Fiesta de los Tabernáculos) es llamada la “estación del júbilo”, y para mí era precisamente eso.

Cuando yo era niño, no existían las sucot prefabricadas ni los revestimientos para techos. Poco antes de Sucot, jonie venía con un ayudante y sacaba la leña del garage para construir la sucá. Tenía entonces la oportunidad de usar martillo y clavos y todas esas herramientas maravillosas.

Dicho sea de paso, conservo un recuerdo más vívido que todos los demás. Había tomado un largo trozo de leña y martillado un clavo en él, sólo por diversión. Jonie me regañó diciéndome: “Alguien podría tratar de serruchar ese leño, y cuando se le estropeara el serrucho por causa del clavo, podría maldecir a quien puso allí ese clavo. Nunca hagas algo que podría traerte aparejada la maldición de alguien”. Tenía razón. Lo que más me gustaba era ir en el carro de caballo de Hersh a juntar ramas de sauce para cubrir la sucá. Solía ayudar a Hersh a hacer atados con las ramas y a cargarlos en el carro. Hoy, en mis ensueños, puedo revivir esas escenas, y a veces hasta oler las ramas recién cortadas.

Hoy, los adornos de la sucá pueden comprarse. En aquellos días, teníamos que hacerlos nosotros mismos. Papá solía escribir las letras sobre un trozo de cartón, y nosotros las coloreábamos. Pintábamos la fruta con pintura dorada para que pareciera oro.

Hacíamos pájaros de adorno para la sucá. Como no existían las pelotas de plástico, el cuerpo de los pájaros era un cascarón hueco de huevo. Lo obteníamos agujereando el huevo de los dos lados y soplando el contenido hacia afuera. (Este es el origen de la expresión idish de que algo “vale tan poco como un huevo vacío”).
Las alas las hacíamos de papel plegado de colores y las sujetábamos al cascarón del huevo con cera de sellar. La cabeza del pájaro se moldeaba con cera de abejas. Este era un procedimiento delicado, y si el frágil caparazón se rompía, había que repetir todo el procedimiento.
En nuestra sucá siempre había mucha gente comiendo, tanto rabinos itinerantes como habitantes del pueblo que no, tenían su propia sucá. Siempre había gente cantando y danzando, y se relataban muchas, muchas historias.

Simjat Torá marcaba el final de Sucot. El júbilo de bailar con los Rollos de la Torá no tenía límite. Quien hubiera visto a Papá bailar con la Torá nunca lo olvidaría. La danza de Papá definía esencialmente el concepto de júbilo tal como se entendía en las enseñanzas jasídicas. Papá sostenía la Torá mientras se unía en el canto de una jubilosa melodía, una melodía que se reservaba exclusivamente para Simjat Torá, y que nuestro antepasado, el Maguid de Chernobl, afirmaba haber escuchado a los ángeles celestiales en su adoración a Di-s. Papá luego permanecía quieto mientras el canto continuaba, y de pronto irrumpía en una danza que era a un tiempo serena y estática.

El mensaje de la danza era que el júbilo era una experiencia interior que debe hallar expresión externa sólo cuando llega a una intensidad tal que ya no puede contenerse. Entonces, y sólo entonces, puede explotar en una acción espontánea y manifiesta. Incluso entonces, la expresión de júbilo debe ser modesta y discreta.
Muchos años después, cuando aprendí las explicaciones jasídicas detalladas sobre “regocíjate con temblor” (Salmos II:11) pude comprenderlas. La danza de Simjat Torá de Papá fue una lección imborrable.
En los servicios de la noche del viernes ocasionalmente Papá recitaba el kadish de duelo. Nos contó la siguiente historia.
El Rebe de Apt, un antepasado cuyo nombre (Abraham Ioshúa Heshel), tengo el honor de llevar, solía vivir en la pobreza más abyecta. Algunas comunidades no podían pagar el sueldo de un rabino, y éste se ganaba la vida merced a la exclusividad que tenía su esposa sobre la venta de levadura. En el mejor de los casos, esto le permitía subsistir modestamente, pero las condiciones distaban de ser ideales.
Un año se aproximaba el festival de Sucot y el Rebe de Apt no tenía suficiente dinero para comprar comida para la fiesta, menos aún velas y ni remotamente lo necesario como para adquirir un etrog y un lulav. Como no tenía nada que preparar en su casa la víspera de la fiesta, el Rebe regresó a la sinagoga, tras advertir a su mujer que no pidiera dinero prestado ni aceptara beneficencia. Lo que el Todopoderoso deseara para ellos, es lo que tendrían.
Cuando el Rebe salió, un extraño golpeó la puerta y le dijo a la Rébetzin que era un mercader que se hallaba camino a casa y que veía que le resultaría imposible llegar antes del anochecer. Por lo tanto, debería pasar Iom Tov en uno de los pueblos por el camino, y éste le resultaba igual que cualquier otro, Sin embargo, como llevaba consigo una importante suma de dinero, deseaba alojarse en un lugar seguro, y el lugar más seguro que podía imaginar era el hogar del rabino local. Por eso, pedía permiso para pasar allí Iom Tov.
La Rébetzin le respondió que les agradaría mucho recibirlo en su casa pero que, como pasarían un Iom Tov hambriento, no sería muy apropiado invitar a otra persona a compartir su miseria.
“Eso no es problema”, dijo el extraño, sacando de su bolsa un billete de gran valor. “Todavía hay tiempo para comprar provisiones, y el gasto bien vale la pena pues estaré en una casa donde puedo descansar en paz y confianza”.
La Rébetzin tomó el dinero y se apresuro en ir al mercado. El extraño, seguro de que el Rebe indudablemente no tenía dinero para comprar un etrog y un lulav salió en procura de ellos.
Esa noche, al terminar los servicios, el Rebe se demoró estudiando en la sinagoga, pues sabía que no había apuro en llegar a casa, y tanto podía ayunar en la sinagoga como en la casa. Cuando finalmente llegó a su casa, le sorprendió ver desde lejos el resplandor de su sucá, pues sabía que no tenían velas. Cuando entró en la sucá y vio la mesa tendida con jalá y vino, su primer pensamiento fue que la Rébetzin no se había podido resignar a pasar un Iom Tov sin provisiones y había caído en la tentación de aceptar limosnas. Entró, pues, en la casa, con el ceño fruncido y regañó a su esposa por contrariar sus deseos.
¡Di-s no lo permita!”, dijo la Rébetzin, y le contó al Rebe sobre el extraño que había venido y le había pedido alojamiento, y había provisto las necesidades para él y para ellos también.
El Rebe no cabía en sí de júbilo, pues ahora el Todopoderoso le había permitido celebrar Iom Tov de manera festiva sin tener que aceptar beneficencia. Cuando entró el forastero, el Rebe lo abrazó, y cuando le mostró el etrog y el lulav con los que podría cumplir la sagrada mitzvá, el júbilo del Rebe ya no tuvo límites. Tomó al extraño de las manos y entró bailando con él en la sucá.
El rostro del Rebe irradiaba luz cuando se sentaron a la mesa y el extraño ocupó su lugar junto al Rebe. Le sorprendió que el Rebe le pidiera que se corriera un poco, y luego otro poco, y así hasta terminar sentado en el extremo de la mesa. Al terminar la comida, el extraño se acercó al Rebe. “Te ruego que no me interpretes mal”, le dijo. “Realmente no me debes nada, pues hice comprar las provisiones fundamentalmente para satisfacer mis propias necesidades. Si hubiera otros invitados en la sucá, podría comprender que tal vez ellos merecieran sentarse más cerca de ti que yo. Pero como tú y yo éramos los únicos en la sucá, ¿por qué me empujaste hasta el extremo de la mesa? ¿Por qué te molestó que me sentara cerca de ti?”, le preguntó.
El Rebe abrazó al extraño. “Hijo mío”, le dijo, “no pienses así. Eres muy querido para mí, y sólo el Todopoderoso puede recompensarte por lo que has hecho por mí. .¿Pero cómo puedes decir que no había otros invitados en la sucá? Sabes que los Patriarcas Abraham, Itzjak, Iaacov, Moshé, Aharón, losef y David, visitan la sucá. ¿Dónde se sientan? Perdoname, pero tenía que hacerles lugar”.
Al hombre le brillaron los ojos. ¡Pensar que tenía el privilegio de estar en compañía de los Patriarcas! Besó las manos del Rebe y lo abrazó. A la mañana siguiente cuando entró en la sucá, el extraño inmediatamente se sentó de buena gana en el extremo de la mesa.
Tras la comida de la segunda noche, el extraño se dirigió al Rebe. “Rebe”, le dijo, “si realmente he sido bendecido con el privilegio de compartir la sucá con los Patriarcas, me gustaría verlos en realidad”.
El Rebe meneó la cabeza. “No, hijo mío”, le dijo. “Sería una visión demasiado intensa como para que tu alma quedara contenida en tu cuerpo, y todavía tienes muchos años por delante”.
Al día siguiente, el extraño insistió. “He pensado” mucho en esto”, dijo.
“Ya tengo casi sesenta años, y tal vez todavía viva diez años más o menos. Valoro ver a los Patriarcas mucho más que unos pocos años de existencia sobre la tierra”. El Rebe trató de disuadirle pero como el extrañó se mostró inflexible, finalmente le concedió la capacidad de contemplar a los Patriarcas.
Al día siguiente, el extranó cayó enfermo, y cuando el Rebe se sentó junto a su lecho de enfermo, le dijo: “Siento que mis energías me abandonan, y sé que he de morir. Créeme, Rebe, no lo lamento. Haber podido contemplar a los Patriarcas valió más para mí que una docena de años; con gusto volvería a hacerlo. Sólo tengo una preocupación: no tengo hijos. ¿Quién dirá el kadish por mí?”.
El Rebe le aseguró que observaría el kadish. “¿Y qué pasará con el íortzait (el recuerdo anual)? Tú también eres sólo mortal, ¿y he de ser totalmente olvidado cuando tú hayas fallecido?”.
El Rebe pensó un momento y luego dijo: “Dejaré instrucciones en mi testamento para que mis descendientes reciten el kadish en tu memoria los viernes por la noche”. Así pues, Papá recitaba el kadish en nombre del extraño que había merecido tanto el privilegio de facilitar a su antepasado la posibilidad de pasar un Iom Tov festivo, como de ver a los antepasados de la nación judía.

(extraído del libro “Generación en Generación” por Abraham Twersky, © Edit. Kehot Lubavitch)

Un Etrog del Paraíso

Era el primer día de Sucot (la Fiesta de las Cabañas) y todos los congregados en el Beit Hakneset del santo Rabí Elimelej de Lizensk estaban impregnados de un espíritu festivo singular. Se sentía el Iom Tov en el aire.

Rabí Elimelej se puso de pie en el “Amud” (púlpito) para comenzar a recitar el “Halel” pero se interrumpió. Todos los ojos se volvieron hacia él. ¿Por qué se detenía tan súbitamente en medio de su vaivén, mientras empujaba firmemente el etrog en sus manos? ¿Y por qué no proseguía con el servicio en su manera habitual? Era evidente que algo le preocupaba. Algo muy emocionante, a juzgar por la mirada de su radiante rostro.
Rabí Elimelej se dirigió a su hermano, el santo Rabí Zushe, quien había venido a pasar la festividad con él, para decirle ansioso: -¡Ven y ayúdame a encontrar el etrog que está impregnando toda la sinagoga con la fragancia del Jardín del Edén!

Y juntos fueron recorriendo el lugar, hasta llegar a un rincón del Templo. Allí estaba parado un individuo de aspecto tranquilo evidentemente sumido en sus pensamientos.

-¡Es éste! -dijo Rabí Elimelej, encantado. Y dirigiéndose a él le preguntó:
-Por favor, querido amigo, digame quién es y adónde consiguió ese magnífico etrog.
El hombre, con expresión sobresaltada por la inesperada pregunta, replicó lentamente, eligiendo con cuidado sus palabras:
-Con el debido respeto, Rabí, es una larga historia. ¿Quiere sentarse y escucharla?
-¡Por supuesto que si! -contestó el Rabí Elimelej.
-Estoy seguro que será una. historia que vale la pena oír.
-Mi nombre -comenzó el hombre de aspecto tranquilo- es Uri, y vengo de Streslisk. Siempre he considerado la bendición del Etrog como una de mis Mitzvot favoritas. Como soy un hombre pobre normalmente no podría darme el lujo de comprar un “etrog” según mis deseos, pero mi joven esposa está de acuerdo conmigo en su importancia y me ayuda trabajando de cocinera, así se independiza económicamente de mí. Estoy empleado como maestro en la aldea de Yanev, que no queda lejos de mi ciudad natal. En general uso la mitad de mi salario para nuestras necesidades y con la otra mitad compro un “etrog” en Lemberg. Pero, para no gastar dinero en el viaje, generalmente voy allí a pie.
Este año durante los Diez Días de Retorno (Aseret Iemei Teshuvá) entre Rosh Hashaná y Iom Kipur caminaba hacia Lemberg con cincuenta monedas en mi bolsa, con las cuales comprara un “etrog”. Cuando atravesé el bosque me detuve a la vera del camino para comer algo y descansar. Como era el momento de rezar Minjá, me dirigí hacia un rincón y oré.
Estaba en la mitad de Shemoné Esré (oración silenciosa de “19 bendiciones”) cuándo escuché quejas y lamentos, como de una persona en agonia. Instintivamente supe que era judío, aunque el hombre no había dicho una sola palabra intelegible. Me apuré en terminar mi plegaria para averiguar que ocurría y ver si podía ayudar en alguna forma.

Cuando me volví hacia el hombre, que estaba en evidente zozobra, contemplé a una persona singular y de aspecto tosco, vestido con ropas de campesino, con un látigo en sus manos, contando sus penas al cantinero.

De su perturbador relato, más incoherente aún por lo sollozos intermitentes, pude recoger que el hombre era un pobre judío que se ganaba el pan como carrero. Tenía esposa y varios hijos y apenas al ganaba lo suficiente para poder vivir. Y ahora le había ocurrido una terrible calamidad. Su caballo, sin el cual nada podía hacer, se había desplomado repentinamente en el bosque, no lejos de la taberna y se quedó allí sin poder levantarse.
Yo no podía soportar el verlo tan desesperado, y traté de consolarlo y asentarlo, diciéndole que no debía olvidar que hay un Di-s sobre nosotros, y que él siempre podía ayudarlo en su infortunio, por más grande que le pareciera.
El dueño del bar, conmovido por la historia del carrero le dijo: -Le vendo otro caballo por cincuenta monedas, aunque le puedo asegurar que vale por lo menos ochenta. Pero quiero ayudarlo en su dificultad.
-No me haga reir -replicó el carrero amargamente. -Ni cinco monedas siquiera tengo y me dice que puedo comprar otro caballo por cincuenta.
Sentí que no podía guardar el dinero para el “etróg” cuando había un hombre en una situación tan desesperante.
-Digame cuál es el precio más bajo que aceptaría por su caballo, le dije. El cantinero se volvió sorprendido
-Si me paga en efectivo, me conformo con cuarenta y cinco monedas ni un centavo menos. ¡Estoy vendiendo mi caballo con pérdidas ya!
Imediatamente extraje mi billetera y le entregué cuarenta y cinco monedas, mientras el carrero lo miraba, con los ojos desorbitados de sorpresa. Estaba mudo y su alegría era indescriptible.
-Ahora ve como el Todopoderoso puede ayudarlo, aún cuando su posición parezca completamente desoladora -le dije, antes de que saliera con el cantinero a ensillar el nuevo caballo.
Ni bien salieron, rápidamente junté mis pocas cosas y desaparecí, pues quería evitar el agradecimiento.
Luego llegué a Lemberg con las cinco monedas restantes en mi bolsillo, y naturalmente tuve que contentarme con comprar un etrog comun. Mis intenciones originales eran gastar cincuenta monedas en un etrog excepcional.
Generalmente mi etrog es el mejor de Yaner y todo e mundo suele venir a recitar la bendición apropiada con él. Este año me daba verguenza volver a casa con un ejemplar tan pobre, de manera que mi esposa estuvo de acuerdo en que viniera aquí, a Lizensk donde nadie me conoce.
-Pero mi querido Rabí Uri -gritó Rabí Elimelej, ahora que el maestro habla finalizado su historia- el suyo es verdaderamente un etrog excepcional, en el mejor de los sentidos! ¡Ahora me doy cuenta por qué tiene la fragancia del Jardín del Edén! Déjeme contarle la continuación de su historia.

-Cuando el carrero, a quien usted salvó del desastre, contempló su inesperada buena fortuna, pensó que usted debía haber sido nada menos que el mismo profeta Elias, a quien el Todopoderoso habla enviado a la tierra disfrazado de hombre para ayudarlo en su desesperación. Habiendo llegado a esa conclusión, el feliz carrero buscó una manera de. expresar su gratitud al Creador pero el pobre hombre no sabía ni una palabra de hebreo, ni una oración. Entonces buscó un modo adecuado de dar las gracias.

Súbitamente su rostro se iluminó. Tomó su látigo y castigó al aire con todas sus fuerzas, al tiempo que gritaba de lo más profundo de su ser:
-¡Oh querido Padre en el Cielo! ¡Te amo mucho! ¡Te amo más aún que a mi querida esposa y a mis hijos! ¿Qué puedo hacer para demostrar mi amor por Ti? ¡Déjame hacer sonar mi látigo como prueba de mi amor! De inmediato el carrero hizo resaltar su látigo tres veces.
En vísperas de Iom Kipur -continuó su relato Rabí Elimelejel Todopoderoso estaba sentado en su Trono del Juicio, escuchando las primeras plegarias del Día del Perdón.
Rabí Levi Itzjak de Berdichev, quien actuaba como Asesor de la Defensa de sus hermanos judíos, empujaba un carro lleno de Mitzvot (buenas acciones) de los judíos hacia los Portones del Cielo, cuando apareció Satán, acusador de los judíos, y obstruyó el camino con bolsas de malas acciones, de modo que el carro no podía pasar y Rabí Levi Itzjak no podía proseguir su camino.
Mi hermano, Rabí Zushe y yo agregamos nuestras fuerzas para ayudar a Rabí Levi Itzjak a mover el carro hacia adelante, pero todo era en vano. Aún nuestros esfuerzos combinados no lo lograron.
De pronto llegó el sonido de restallar de un látigo, y un enceguecedor rayo de luz apareció, iluminando todo el universo, hasta los cielos mismos.
Ahí vimos a los ángeles y a los Tzadikin sentados en círculo, cantando alabanzas a Di-s. Al escuchar las palabras del carrero y el restallar de su látigo dijeron:
-¡Feliz el Rey que así es alabado!
De pronto, el ángel Mijael apareció trayendo un caballo, seguido por el carrero con el látigo en mano.
El ángel Mijael ató el caballo al carro de las Mitzvot judías y el carro hizo sonar su látigo. Súbitamente el carro dió un tirón hacia adelante, aplastó los pecados judíos que obstruían el camino y lo hizo llegar hasta el Trono de Honor. Allí el Rey de los Reyes, Di-s, lo recibió graciosamente y levantándose del Trono del Juicio, se dirigió a sentarse al Trono de la Piedad. Así un Feliz Año Nuevo quedó asegurado a todos los judíos.
-Y ahora querido Rabí Uri -concluyó Rabí Elirnelej- ya ve que todo esto fue a causa de su noble acción. Regrese a su casa en paz pero antes de irse, permítame tomar en mis manos este magnífico “etrog” y recitar “el Halel” con él.

(extraído de Maase Abot, Relatos Jasídicos, © Edit. Benei Sholem)

http://www.tora.org.ar/

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