Parashá KORAJ. 30 SIVAN 5770 (12 de Junio de 2010)

La anatomía de una controversia.
Sobre los primeros versículos de esta sección de la Torá, la traducción aramea de Yonathán Ben Uziel nos relata lo siguiente:

“Tomó Kóraj una prenda suya completamente celeste… y se levantó con petulancia y enseñó leyes delante de Moshé sobre las prendas de color celeste. Dijo entonces Moshé: yo escuché de boca del Creador que los flecos de las prendas (Tzitziot) deben tener hilos blancos y un hilo de color celeste. Kóraj y sus adherentes hicieron prendas e hilos todos de color celeste, lo que no había ordenado Hashem…” (Traducción a Bemidvar 16.1-2)

La impureza de las controversias que suelen asentarse en las gargantas de los seres humanos tiene un ejemplo paradigmático en el “affaire” de Kóraj y sus adherentes, y tal vez, sin exagerar, la raíz de toda discusión y discordia encuentra en esta parashá su origen. En esta semana encontramos al gran maestro de la discordia, el análisis que él hace de la “verdad” y de la “justicia” es una clase magistral de los elementos que se encuentran en una controversia como concepto, como una inclinación turbia del espíritu humano. En nuestra sección se concentran las ideas principales que caracterizan a este instinto turbio de manera tal que nosotros, muchos años después, podamos corregir nuestra conducta y no caer en la penumbra de la discordia; tiene además esta sección el objetivo de enseñarnos lo que no hacer y como enfrentar las ideas y las discrepancias; queda al examen de la historia averiguar si algo se ha concretado de estos objetivos.

El personaje central que significó una piedra de tropiezo en este arduo periplo por el desierto es Kóraj; este es el hombre que ideó una polémica contra la conducción social y espiritual de Moshé y Aharón. Él construyó su polémica basándose en una idea principal, muchas veces repetida en el devenir político social de la historia universal, el slogan de la igualdad:

“Toda la congregación, todos son santos y dentro de ellos está Hashem” (Bemidvar 16.3)

A partir de este slogan conocido, alega Kóraj que la conducción de la comunidad debería estar en manos de todos, buscó enfrentar la realidad misma del control, del gobierno, con un valor ético que no siempre acompaña a estos cargos, pidió de ellos más “humildad”:

“¿Por qué ustedes se han elevado arrogantemente sobre la congregación de Hashem?” (Ibíd.)

No le importó alzar la bandera de la igualdad, a pesar que él mismo era un hombre cuya protesta se originó a partir de su gran petulancia y propia arrogancia, cuando se sintió discriminado porque una función, que pensaba le era correspondiente, le fue entregada a otro; así nos enseña Rashí (ad. Ibíd. 16.1) que Kóraj tuvo envidia del puesto que recibió su pariente Elitzafán Ben Uziel, cuando fue designado, por mandato divino, como contralor sobre la familia levítica de Kehat; entonces realzó el hecho que este familiar suyo era hijo del más pequeño de los hermanos de su padre, siendo que su padre le precedía debía él mismo, es decir Kóraj, haber tomado las funciones respectivas. Esta función era para Kóraj y desde su perspectiva un reconocimiento a su capacidad, por lo tanto el hecho que haya sido otra persona designada era una ofensa de tipo personal.

El tropiezo de la envidia es un factor importante también dentro de este tema, y tiende incluso a alcanzar a personas de elevada espiritualidad, personas que no son simples ni comunes, como dice Rashí: “Kóraj que era una persona inteligente…” (ad Bemidvar 16.7). Esta mala cualidad, la envidia, puede hacer que el hombre salga a protestar y a crear ideologías, como una especie de adorno para su imaginaria contienda; tal confusión de valores e ideas le pueden llevar a sostener exteriormente y a pensar en su interior que tal contienda no es particular, sino una lucha social por un mejor futuro, para combatir en especial la corrupción fiscal, aunque todo encubre una inclinación turbia del espíritu.

En esta gran revuelta en contra de Moshé encontramos, como un sistema básico, dos elementos que analizaremos para introducirnos en el marco de la estructura de esta polémica, ejemplo de todos los demás deseos de alcanzar poder.

1. Un acto de tontos.

En un primer lugar, toda polémica contra un designio divino es considerada como un acto ilógico. Como los maestros nos enseñan: “Kóraj, que era una persona inteligente, ¿Qué vio para dejarse llevar por esta tontera?” (Ibid. 16.7)

La descripción de este acto con el término “tontera” nos indica que esto fue algo que no tuvo ninguna utilidad, y así se entiende el significado de “tontera”, o sea carente de utilidad. Así simplemente se considera a la controversia y la separación, la controversia ciertamente no tiene fundamento, base y tono constructivo. Cabe entonces preguntar, ¿Por qué alguien como Kóraj se inclinó a esta polémica carente de utilidad?

Hay en el mundo un concepto, que el hombre o la sociedad, pueblo o estado podrá alcanzar éxitos no cuando se encuentren discerniendo sobre la naturaleza de una discusión, sino solamente cuando se encuentren en la paz y la moderación. Así nuestros maestros nos han enseñado sobre las sutilezas de la corrección de nuestras cualidades: “Por medio de la cualidad de la paciencia, alcanza la persona siempre mucho más que con toda la fuerza violenta que quiera aplicar” (Rav Jayim de Volhozin). Esta verdad es públicamente conocida por cada hombre y cada sociedad. A pesar de esto, la gran mayoría de los seres humanos actualmente se dirigen hacia el instinto de la división, y de la disputa, quieren de una u otra manera mostrar su fuerza, su capacidad de imponer y controlar. Las ideas de vencedor y vencido son términos de uso común entre las personas, tanto a nivel micro como macro, la presencia de una fuerza victoriosa es considerada como valor, sin embargo en el examen más profundo de los hechos casi siempre vemos que un vencedor termina finalmente siendo un vencido. Los valores éticos son afectados en cualquier lucha y el vacío que conlleva esta aparente victoria bajo el uso de la fuerza, hace que poco a poco el gusto de la victoria sea amargo, muy amargo.

2. Los adherentes:

Kóraj, sin embargo, no estuvo solo. Estuvo de una coalición de personas irritadas y molestas, en estos encontramos otro de los puntos que llevan a que un líder, en el peor sentido del término, obtenga algún tipo de ventaja. Pero, ¿Quienes eran sus adherentes? La Torá nos relata que había tres personas de la tribu de Reubén mencionados con sus nombres: Datán, Avirán y On Ben Pelet. Esta tribu, el primogénito de Yaakov, mantuvo en el orden del campamento un lugar cercano a las tiendas que habitaban Kóraj y su familia, la influencia de ellos fue fundamental para atraerlos a ser parte de la revuelta, en especial cuando tal influencia aprovechó el hecho que el primogénito de Yaakov no ocupaba un lugar de vanguardia en el campamento, sino secundario, así nos enseñan los sabios un dicho escueto pero profundo “¡Pobre del malvado y pobre de su vecino!”.

Según la opinión de los comentaristas, los ciento cincuenta hombres que apoyaron esta revuelta eran a su vez primogénitos que se sintieron desplazados, el nuevo orden del pueblo les había dado un puesto diferente al que hubieran deseado. Después del pecado del becerro de oro, donde tomaron parte los primogénitos de Israel, el sacerdocio que poseían como privilegio de primogenitura fue entregado a los Kohanim, quienes serían desde entonces los servidores en el Templo; esta disposición irritó a algunos que vieron en esta revuelta el momento para mostrar su molestia.

Vemos que los elementos de esta coalición son de suyo significativos y contradictorios. Todos tenían una objetivo: cambiar la conducción actual de Israel por un gobierno del pueblo, por esto se presentaron con una prenda toda celeste; quisieron indicar que ya no hay un solo hilo celeste, la conducción que reflejaba la individualidad de un solo líder, sino todos son “santos y dentro de ellos está Hashem”. Sin embargo en el corazón de cada uno de ellos se presentaron anhelos diferentes y contrarios; Kóraj, el levita, pidió la corona del liderazgo para él mismo; Datán y Avirán, los hijos de Reubén, pretendían devolver el gobierno a su tribu y desplazar precisamente la conducción de los levitas, mientras que los doscientos cincuenta hombres soñaron con devolver el liderazgo a los primogénitos, como si pretendieran desplazar tanto a los levitas y a todos los hijos de Reubén juntos.

Una coalición de una naturaleza tal no podía prosperar, así concluye la Mishná en Pirkey Avot (5.17): “toda discusión con fines espirituales, se mantendrá, una discusión que no tiene fines espirituales, desaparecerá.”

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