Parashá Balak (Balac). 14 TAMUZ 5770 (26 de Junio de 2010)

“Y se levantó Bilam por la mañana y ensilló su asna…” (Bemidvar 22,21)

Una asna salió de Petor en dirección a Moav, carga en su lomo a Bilam, el hechicero, un clarividente que carecía de un ojo. La asna y el hechicero, que habían creado entre ellos lazos de “intimidad” interesantes y extraños emprendían un viaje para cumplir un cometido que el hechicero decidió llevar a cabo. Incluso platicaron entre ellos, esta plática entre la asna y su amo se recordará como una imagen histórica que atestigua sobre los elementos más profundos de esta sección de la Torá.

La historia a la que nos referimos es conocida y famosa, la leemos cada año, de todos modos he aquí un resumen recordatorio:

Balak, el rey de Moav, se asustó muchísimo de la fuerza militar demostrada por Israel en sus luchas contra los reyes emoritas. La derrota de Sijón, el rey emorita, hizo caer sobre él un cierto pánico; sospechó sobre la suerte que podría tener su propio reinado, al parecer el mandato divino de no atacar a Moav era desconocido para él. Él entendió que en un enfrentamiento bélico armado y directo no lograría hacer retroceder a Israel. Por lo tanto, para adelantarse a acontecimientos nefastos, según su perspectiva, prefirió poner en práctica una táctica no común. Se dirigió a pedir ayuda de la magia, y solicitó la presencia de Bilam, el mayor de los pensadores de la época, el padre de todos los hechiceros. Su pedio era que este mago destruya a Israel con la fuerza de sus maldiciones, con la energía contenida en su boca, poderes que ya habían tejido leyendas entre sus contemporáneos. Estamos delante de la primera petición internacional en la historia para condenar a Israel, de manera tal que se pone en cuestionamiento el propio derecho del pueblo a su existencia, y siendo que el enemigo sabe que los medios militares no son suficientes para vencerlo, opta por la maldición, el rechazo vehemente a su presencia.

Bilam aceptó cordialmente el ofrecimiento y se entusiasmó con la idea de realizar una campaña de este tipo. Los motivos que llevaron a este hombre a aceptar el ofrecimiento de Balak deben tal vez buscarse en las contradicciones internas que él mismo presenta, a lo largo de la Torá en los trozos en los cuales se lo menciona vemos características psicológicas encontradas en su personalidad. Mientras dice a los enviados del rey de Moav que debe consultar a Hashem sobre el tema propuesto, no duda en presionarse a si mismo para maldecir a Israel:

“Y les dijo (Bilam) a ellos: pernocten aquí esta noche y les responderé cuando Hashem me hable…” (Bemidvar 22,8)

Al parecer tenía en su sistema de pensamiento la sensibilidad de consultar al Creador, la fuente de todos los poderes, en las decisiones críticas que quería concretar, y está completamente conciente del hecho que no podrá hacer nada sin la autorización divina. Hashem le contesta de manera clara y simple:

“No vayas con ellos, no maldigas al pueblo porque es bendito” (Ibíd. 12)

Es imposible dudar de la intención de Hashem, sin embargo Bilam se escabulle, en la intimidad de su corazón quiere ir con ellos y cuando responde a los enviados de Balak se expresa de forma diplomática lo que permite muchas interpretaciones:

“Vuelvan a su tierra, porque se niega Hashem a dejarme ir con ustedes” (Ibíd. 13)

Una frase indefinida, que no menciona en absoluto la oposición divina explícita al punto central de esta misión, la intención de parte del rey de Moav de maldecir a Israel. Bilam oculta la verdad y crea en ellos la sensación, que el Hashem como si quisiera guardar el honor del propio mago se niega a dejarlo ir precisamente con ellos, así nos dice Rashí: “No quiere Hashem dejarme ir con ustedes, sino con ministros de mayor rango…”

Cuando Bilam se encuentra en el punto máximo de sus “maldiciones” transformadas por Hashem en bendiciones deja entre ver algo se su complicada y contradictoria personalidad:

“Que muera mi alma la muerte de los justos y que sea mi fin como el de ellos” (Ibíd. 23.10)

El gran mago del momento, que el Creador del mundo se dirigió a él, quien fue alquilado para condenar a Israel, y de esta manera destruirlos, esta misma persona anhela que su fin sea como el de los justos, como el del propio Israel.

Hemos puesto atención en las contradicciones que reinaban en su propia persona, no es de extrañar entonces que a pesar que con todo el conocimiento que tenía de la supervisión divina, en todos sus aspectos, conocimiento que le hizo merecedor de recibir profecías verídicas, tuviera la esperanza de tener éxito en maldecir al pueblo de Israel en absoluta oposición a la voluntad del Creador.

Bilam se apura, un sentimiento destructivo como el suyo no puede esperar, sin embargo antes de llegar a su destino se encuentra con un contratiempo. La burra sobre la que cabalgaba se presentó como un elemento que le puso dificultades en el camino, las cuales no estaban previstas:

“Y vio la burra al ángel de Hashem parado en el camino con su espada desenvainada en la mano… y se salió del camino y se fue al campo… y golpeó Bilam a la burra para traerla nuevamente al camino” (Ibíd. 22.22)

Un miedo terrible se apodera de este animal y lo hace desviarse del camino principal, este hecho no previsto causa un gran enojo en Bilam que le lleva golpearla para traerla nuevamente al camino que él necesita… Este suceso, si pudiéramos congelarlo virtualmente, nos enseñaría una serie de situaciones psicológicas, así los maestros declaran en el Midrash: “este réprobo va a maldecir a una nación entera, que no le ha hecho nada, y comienza a golpear una burra para que no vaya por el campo” (Bemidvar Rabá 20.14). Las peguntas básicas que debemos hacernos son ¿Por qué Bilam golpea a su asna? ¿Por qué se enoja tanto con ella? La causa parece clara para todos, ella no le obedece, simplemente se ha “insolentado”, está actuando en estos momentos contra su propia voluntad; para Bilam correspondía golpearla y el enojo que tuvo contra ella era justificado.
Sin embargo, en aquellos momentos precisos Bilam estaba actuando como un asno, también él se había revelado en contra de la voluntad de su amo, siendo que sabía que este amo, Hashem, estaba sobre él y claramente le había declarado:

“No maldigas al pueblo porque es bendito…” (Ibíd. 12)

Esta reacción que tiene es una manifestación del sentimiento de justicia selectivo, que estaba muy enraizado en el corazón de Bilam. El pedía del otro, poniendo una situación en la que se presentaba como ofendido, normas de conducta que él se consideraba exento de cumplirlas; esta doble ética, una externa y otra personal es algo muy frecuente en la vida cotidiana, así también nosotros solemos, por ejemplo, castigar a nuestros hijos cuando mienten, y mientras que los amonestamos con el hecho que mentir es algo prohibido, solemos caer más de una vez en mentiras.

Sin entrar en la explicación del milagro que una asna hay hablado, así como lo enseña la Torá. Dirigiremos nuestra atención al mensaje ético que se deriva de esta situación; si preguntáramos por el hecho mismo y su finalidad, es decir el por qué habló la asna, los sabios declaran: “Para informarte que la boca y la lengua están en poder de Dios. Que si quiere maldecir, su boca está bajo la supervisión divina” (Yalkut Shimoni). Es decir que toda la finalidad de este milagro era afianzar la fe en un solo Dios que supervisa y controla todo el Universo.

El hablar del asna, que vino a arrancar el error básico del corazón de los hombres, un error que se basa en la confianza desmedida en las capacidades humanas, como cuando el hombre ve los avances científicos y piensa que en tales descubrimientos se proyectan los objetivos de toda civilización formal. Debemos tratar de aprender de los errores de otro y no caer en ellos nuevamente, sino extender el estudio y el cumplimiento de Torá que contenga las bases para construirnos y ayudara a formar una civilización basada en la honestidad.

http://www.judaismohoy.com

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