BAR MITZVÁ, VEINTE AÑOS DESPUÉS

El siguiente relato fue escuchado del Rab Reubén Elbaz Shelita, Director de la Ieshivá Or Hajaim. El Rab Elbaz es uno de los más grandes oradores del mundo, quien con sus vibrantes palabras y su encomiable entrega para difundir la Torá entre los Iehudim de Eretz Israel, logró que decenas de miles de hombres y mujeres retornaran en Teshubá.
Me encontraba en un destacamento militar del ejército israelí. Allí brindé algunas conferencias de esclarecimiento a todos los soldados de la unidad.
Al día siguiente, junto con los Jajamím que me acompañaron, preparamos una mesa donde habían Sidurim (Libros de Rezo); Taletot y Tefilimot (plural de Talet y Tefilín). Todos los interesados se acercaban y tomaban un Sidur y. mientras les ayudábamos a vestirse el Talet y el Tefilín, les orientábamos acerca de la manera de decir Tefilá.
Se acerca lentamente un militar, y me pregunta intrigado:
– Rabí: ¿Qué son esas correas? ¿Qué significan esos cubos de cuero que les están colocando a cada uno?
-Primero quiero saber una cosa: – le dije mientras lo observaba – ¿Tú eres judío?
La pregunta no le cayó muy bien. Me miró enojado y mientras me mostraba su hombro me dijo:
-¿Qué está preguntando usted? ¿Acaso no ve mi graduación? Soy teniente!
-Lo lamento mucho – me disculpé -. Lo que pasa es que a nuestra Ieshivá, en Ierushalaim, llegan muchos miembros del ejército israelí con graduaciones como ésa. Una vez vino a visitarnos un contingente militar. Les hablé de la Torá; de las Mitzvot, ya sabes. Cuando acabé, señalé a uno de los militares presentes (tenía un alto rango) para que me dé su opinión acerca de lo que había escuchado, y me dijo públicamente: “Bueno. Yo voy a hablar como ciudadano de Israel, pero no como judío, sino como druso (árabe) que soy: Tengo que reconocer que la Torá de ustedes es lo que mantiene viviente al pueblo judío…” Las palabras de ese hombre me dejaron anonadado. Como ves – continué diciéndole -, la graduación que tú me muestras no necesaria¬mente me dice que eres judío.
– Tiene razón – reconoció. Y agregó: – Bueno, pero no me dijo qué es eso…
¿De veras no sabes qué es un Tefilín? – le pregunté.
– No. Nunca había visto algo así.
– ¿No sabes… qué es el “Bar Mitzvá”?
– Espere… – dijo mientras pensaba – ¿Es algún, tipo de cuenta bancaria? – luego me miró detenidamente y agregó: – Oiga… ¿Qué le pasa? ¿Por qué llora?
– ¿Cómo no voy a llorar? ¡Estoy viendo un Iehudíadulto que no tiene idea de lo que es una de las más importantes Mitzvot de la Torá! -le respondí.
Desde ese instante, lo tomé del hombro y me senté con él a hablar en un costado. Nos quedamos más de una hora platicando. Le expliqué la grandeza de la Mitzvá del Tefilín, de la que sólo el Am Israel posee el privilegio de cumplirla. Le conté que adentro de las cajitas hay unos pergaminos en los que están escritos los párrafos de la Torá que se constituyen en la más grande y acabada declaración de Fe hacia HaShem: “Shemá Israel”; “Kadesh li…”Le dije que El Creador le encomendó a cada Iehudí, que debe amarrar en su brazo; al lado de su corazón, y en su cabeza, como una corona, lo que nos identifica como judíos. Le relaté historias de muchos que entregaron sus vidas con tal de cumplir con la Mitzvá, y mucho que dejaron este mundo con el Tefilín puesto. Le mencioné lo que está escrito en la Guemará: Que cuando HaShem ve que Sus Hijos cumplen con la Mitzvá de Tefilín, Él (en sentido figurado), también se coloca un Tefilín en el que está escrito: “¡Quién hay como tú, Pueblo de Israel, nación única en la tierra!”. Le expliqué que es por eso que a los niños de trece años se les festeja su Bar Mitzvá, porque a esa edad adquieren la obligación y responsabilidad de llevar el Tefilín como “Credencial de Iehudí” para toda la vida. Cuando terminé de decirle esto último, se quedó cabizbajo y en silencio. Me animé a preguntarle:
– ¿En qué piensas?
Me respondió sin mirarme, como con vergüenza:
– El Tefilín; esa cosa tan hermosa… Y yo ni siquiera tenía idea de que existía. ¿Sabe una cosa? Mis padres nunca me hicieron la ceremonia de Bar Mitzvá…
– ¿Cuántos años tienes? – quise saber.
– Treinta y tres.
– ¡Treinta y tres! – repetí – Sólo pasaron veinte años…
– ¿Quiere decir… que todavía estoy a tiempo para mi ceremonia de Bar Mitzvá?
– Mientras el Iehudíviva, está a tiempo de todo… Pero una ceremonia de Bar Mitzvá siempre va acompañada de una fiesta. ¡Ve a vestirte con tus mejores ropas! ¡Prepárate para la más grande Fiesta de Bar Mitzvá que hayas visto…!
Dicho esto, el hombre se fue corriendo emocionado a su cuarto, mientras nosotros invitamos a todos los integrantes de la unidad militar a participar en la fiesta.
Ese día, el teniente israelí, ataviado como novio, recibió de regalo un Tefilín nuevo, y un montón de otros regalos improvisados. Cantamos; bailamos; comimos en un banquete que surgió de lo que teníamos a mano, pero preparado con mucho cariño, y al final, el “Jatán Bar Mitzvá” pronunció su discurso con lágrimas en los ojos. Esas lágrimas arrancaron otras tantas, en cada uno de los que presenciamos una Fiesta de Bar Mitzvá como jamás habíamos visto ni imaginado.
Desde aquel día, el teniente del ejército Israelí se convirtió en un consumado Bá-al Teshubá (Retornante a la Tora), y era un gran orgullo para él, arremangarse la camisa y mostrar las marcas del Tefilín en su brazo…

(Transcripción de un fragmento de un discurso del Rab Reubén Elbaz Shelita)

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