Rosh Hashaná 5774. Buscando a D-os. Una relectura del Génesis 22

ROSH 3Nuestros Sabios de bendita memoria, debatieron hace un par de miles de años cuales debían ser los textos bíblicos que serían leídos y estudiados en cada una de las Festividades. De esa forma fueron seleccionadas las lecturas de la Torá que estaban obviamente relacionadas con cada celebración, y que al día de hoy leemos: en Pesaj, la historia del Éxodo de Egipto (Shemot 12); en Shavuot, la Revelación en el Sinaí y los 10 Mandamientos (Shemot 19-20); en Sucot, el relato de las cabañas en las que vivieron nuestros antepasados en el desierto (Vaikra 23); y en Iom Kipur, el ritual que el Sumo Sacerdote practicaba en el Día del Perdón en el Santuario para perdonar al pueblo (Vaikra 16).

Sin embargo la lectura que fue elegida para ser leída en Rosh Hashana, no parece guardar ninguna relación con la Fiesta. Sabemos que en Rosh Hashana celebramos la Creación del Mundo por Dios en seis días, este año según nuestra tradición hace 5774 años. La lógica indicaría que la lectura para esta fiesta debiera ser Génesis 1, o sea, el relato de la Creación del Universo según nuestra Biblia. Pero no es así.

El relato que eligieron nuestros sabios es uno de los más conocidos, y a la vez más incómodos del texto bíblico: Akedat Itzjak, La Atadura de Itzjak. (Génesis 22)

¿Por qué los sabios de la antigüedad se decidieron por esta lectura? ¿Por qué no por la que correspondería en relación al evento histórico que celebramos, justo en el día en que todo el mundo llena las sinagogas para llevarse un mensaje, una reflexión de nuestras fuentes, algo que arroje sentido al comienzo de un nuevo año?

En la decisión misma del cambio del texto encontramos la primer respuesta. Antes que el cómo o el por qué del origen del Universo, o de la formación de los mundos y las constelaciones, o de si acaso fue en 6 días o hace 5774 años, nuestros sabios z´l nos hacen estudiar acerca de la vida de un hombre y la relación con su hijo. De un hombre, y de cómo una decisión construye o destruye una familia. De un hombre – nuestro patriarca Abraham – su pareja, su pasado, su visión, sus dudas, su fe, sus hijos, sus miserias, y de cómo su futuro depende de la elección de su presente para que no muera una promesa. Su promesa, transformada hoy en nosotros su descendencia, su trascendencia.

Leemos esto en Rosh Hashana, porque es de lo que tenemos que hablar. En lo que tenemos que pensar y meditar. Son los temas que deberán preocuparnos, para priorizar el trabajo de este año. El del diseño y la construcción de la vida, la familia y la promesa que queremos ser.

En los últimos años, para cada mañana de Rosh Hashana, escribí una carta, como si fuese un diálogo epistolar, entre los diferentes personajes del relato de la Akeda. A continuación quisiera regalarles la primera de esas cartas, basada en un relato del Rab. Feinstein, que originó la creación de ésta carta (un diálogo imaginario entre Abraham y Sarah) y de las demás. Casi como encontrada en pergamino desde algún lugar de la historia, sirva para la búsqueda de cada uno en este año, de la dimensión de lo divino.

Querida Sarah:

El chico está vivo. Conmocionado, alterado, los dos estamos así. Pero vivo.
Lo mandé a casa con vos a Kiriat Arba. Yo me voy a quedar aquí en Beer Sheva necesito un poco de tiempo solo para pensar en lo que pasó.
Desde el principio, todo esto fue como una aventura: Lej Lejá! Deja tu casa!
Así fui ordenado. “Deja atrás todo aquello que hizo lo que sos, tu familia, la casa de tu padre, tu lugar de nacimiento, tu cultura, tu memoria. La bendición será tuya solo si venís desnudo, limpio de todo lo que te protege en este mundo, posición, patrimonio, prestigio”.
Y yo obedecí porque escuché la verdad más completa que jamás haya escuchado y conocido.
Y vos Sarah, viniste conmigo. Puro amor. Pura lealtad.
Pura esperanza de que esta aventura te daría lo que tanto esperabas: un hijo.
El final a la amargura de tu vientre que no daba vida.
Yo me concentraba por escuchar la voz de Di-s. Vos rezabas cada noche por escuchar el llanto de un bebé.
Te susurré acerca de la promesa: como las estrellas que hay en el cielo, tus hijos, tu descendencia cubrirá la tierra. Vos respondiste: con un solo hijo va a ser suficiente para que sea un milagro. Una señal de que en verdad fuimos elegidos.
Luché en la guerra y desafié reyes. Vos luchaste contra la angustia por el paso de los años. Y cuando, en tu desesperación, me diste a tu sierva Hagar, yo otra vez solamente oía la voz de las promesas de Di-s. No pude escuchar tu dolor, tu soledad.
El hijo que Hagar tuvo fue mi hijo, pero no tuyo. Él tenía todo mi potencial, mi pasión, mis impulsos. Tenía toda mi fuerza. Incluso tenía mi carácter, mi temperamento.
Pero no tenía nada de vos. Nada de tu sabiduría, de tu paciencia, de tu entereza. Nada de tu risa. El nos hubiese destruido. Incluso todavía puede hacerlo.
Y después vino Itzjak. “Vení, y conoce al chico” me dijiste.
“Enséñale tu visión, los caminos de Di-s”. Pero yo, no estuve ahí.
Habiendo desafiado reyes, me quedé desafiando a Di-s: “Acaso el Juez de toda la Tierra no va a hacer justicia?”
Y otra vez, me respondiste: “Acaso el padre de grandes naciones, no va a venir nunca a encontrarse con su hijo?”
Y después vino ese desafortunado mandamiento: “Toma a tu hijo, a tu único hijo, a Itzjak, a quien amas, y anda a la tierra de Moriah, y ofrécemelo allí en sacrificio.”
Por primera vez en mi vida me quedé petrificado, en silencio, con miedo, temor y pena. Para esto abandoné mi tierra natal? A mi familia? Dónde está tu promesa? Tu justicia? Pero ahora, Él estaba callado.
Pensé en despertarte para despedirme. Pero supe que todo esto te mataría. Pudiste soportar las dificultades de nuestro peregrinaje, y el parto de nuestro hijo a los 90 años de edad. Pero esto era demasiado. Por eso, me levanté temprano, en la madrugada, hice yo mismo los preparativos, y me llevé al chico.
Los 3 días de viaje fueron los días más largos que cualquier padre pudo haber vivido. Fue la primera vez que tuve tiempo para pasar con el chico. Tenías razón acerca de él. Es lo mejor de nosotros dos. Con cada paso que daba mi amor hacia él, iba creciendo. Con cada paso que daba nos acercábamos y nos acercábamos también a nuestro destino.
Cuántas veces me di vuelta? Convenciéndome a mí mismo y pensando que el hombre puede comprender los caminos de Di-s, que el hombre puede pensarse a sí mismo socio de Di-s en el pacto. Pude desafiarlo cuando pedí por los pocos justos de Sodoma y Gomorra, pero nada podía decir por mi propio hijo?
Y sin embargo, algo me hacía seguir caminando. Tenía que saber.
Tenía que saber si Él definitivamente seguiría hasta el final con todo esto.
Si rompería Él Su promesa, y nos olvidaría. Era Él como los dioses de la tierra, demandando la sangre de sus hijos como un tributo? O es Él acaso el Di-s de la vida? Necesitaba saberlo.
Subimos la montaña. Até a Itzjak al altar.
Lloramos juntos, nuestras lágrimas se mezclaron en sus mejillas.
Y cuando levanté el cuchillo para cumplir con el mandamiento, escuché la voz.
Tan fuerte y tan clara, como nunca antes había escuchado ninguna otra voz.
Era tu voz, Sarah.
Y me decía que deje el cuchillo, que deje al chico, que vayamos a casa.
Tenías razón. No hacía falta buscar a Di-s en la cima de la montaña. Ese es el camino de la soledad y de la muerte. El hogar y el corazón son los lugares donde Él vive.
No hacía falta escuchar Su voz desde los cielos. La risa y el canto de los hijos, es suficiente para cualquiera que necesite escuchar la voz de Di-s.
Tenías razón, Sarah. Vuelvo a casa pronto.
Con todo mi amor, Abraham.

http://www.itongadol.com.ar/

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