La ventana de Abraham

Abraham era un comerciante como cualquier otro. Lo que no tenía como cualquier otro era una cualidad en la que sobresalía más que nadie: su casa siempre estaba abierta para el que lo necesitara. Con el cumplimento de esta mitzvá, él y su esposa se ganaron el afecto de todos los yehudim de la ciudad.
Cierta vez llegó Rabí Mordejay, uno de los más importantes personajes de la época. Abraham se adelantó e invitó al Rab a alojarse en su casa, logrando su cometido a pesar de la insistencia
de otros muchos más ricos que él. El Rab no se arrepintió de haber pasado esos días en la casa de Abraham.
Se quedó profundamente impresionado. A pesar de su sencillez, vio que no sólo a él lo atendían a cuerpo de rey, sino a todos los pobres y necesitados que solicitaban de su generosidad. Antes de
marcharse, el Rab bendijo a Abraham y le deseó que Hashem le envíara bienestar y riqueza.
La berajá se cumplió con creces: Al poco tiempo, Abraham se convirtió en un próspero comerciante, dueño de grandes empresas y campos.
Su modesta casa fue remplazada por un palacio residencial colmado de lujos. Cuando aparecía Abraham y su esposa en público, ya se los veía con las ropas más suntuosas. Pero no sólo
exteriormente cambiaron, sino también interiormente: la casa ya no era el lugar donde todos los necesitados acudían a cobijarse. Los que tocaban la puerta se encontraban con un mayordomo que les negaba la entrada.
Algunos decían que Abraham no quería que sus valiosos y delicados objetos y muebles de la casa de vieran deteriorados con el entrar y salir de la gente. Otros lo defendían diciendo que Abraham ya no tenía tanto tiempo para atender a las visitas que no le redituaban ningún beneficio comercial; estaba muy ocupado en sus negocios y sólo se relacionaba con gente muy importante. La cuestión era que la casa de Abraham, antes apodada “la casa de Abraham Abinu”, ya únicamente se conocía por fuera.
Se enteró el Rab de todo esto y pensó angustiado: “¡Ay de mí! Mi berajá sirvió para beneficiar a uno, ¡pero para perjudicar a muchos..!”, y tomó la decisión de ir a solucionar personalmente la
situación.
Cuando el mayordomo avisó a su amo Abraham quién estaba en la puerta insistiendo en entrar, salió rápidamente a recibir al que propició que se haya transformado en un acaudalado.
– ¡Perdóneme, Rab! – se disculpó Abraham – es que mi mayordomo tiene orden de no dejar entrar a cualquiera. Pero usted aquí es el dueño de todo esto. Pase, por favor.
El Rab quiso decir algo, pero se contuvo. Entró y siguió a Abraham por toda la casa, mientras éste se preocupaba por mostrarle cada uno de los rincones.
Llegaron a una ventana y el Rab se detuvo.
Llamó a Abraham y le dijo:
– Dime: ¿Tú sabes quién es ése que está ahí enfrente?
– Sí, Rab – respondió Abraham Abinu –, es Shemuel, el sastre.
– Y esa señora ahí parada, ¿quién es?
– Es la viuda de Mijael, el carnicero.
Antes de que Abraham alcanzara a preguntar al Rab la razón de sus preguntas, fue tomado de la mano y llevado a uno de los rincones de la casa, donde había pasado anteriormente. El Rab se paró frente a un espejo y, señalándolo, dijo a Abraham:
– Dime ahora: ¿qué ves aquí?
– Pues… ¡Me veo a mí mismo!, – respondió Abraham extrañado.
– ¡Qué raro! – decía como por lo bajo el Rab –. Cuando te paraste frente a la ventana viste a la gente, y cuando te paraste frente al espejo te viste a ti. ¡Y las dos cosas están hechas de vidrio! ¿Por qué? ¿Qué diferencia existe entre el cristal y el espejo?
Abraham sabía que el Rab no ignoraba la respuesta, pero intuía que quería decirle algo más. Por eso le explicó:
– Bueno. El vidrio de la ventana no tiene nada, es traslúcido, y por eso se puede ver a través de él. El vidrio del espejo tiene una película de plata, lo que hace que las imágenes se reflejen.
– ¿Ya ves?, eso fue lo que cambió tu vida. Antes, tu casa tenía ventanas traslúcidas, lo que te permitía ver a la gente pobre y necesitada para invitarlas y compartir tu hogar. Después, los vidrios se llenaron de “plata”; de dinero; de bienes materiales… Ahora sólo te ves a ti mismo.
Cuando el Rab vio que la expresión facial de Abraham demostró que captó el mensaje, siguió hablando.
–Tu situación cambió, gracias a Hashem, pero la de muchos pobres y necesitados aún no. Y es ahora cuando tú más puedes ayudarlos.
Es ahora cuando más puede seguir siendo tu casa “la casa de Abraham Abinu…”
Desde ese momento, Abraham volvió a ser el que era antes. Su casa estaba otra vez llena de gente que entraba y salía para comer y dormir. Bueno, sólo un pequeño cambio se notaba en uno de los rincones: en el lugar donde antes había un espejo, Abraham mandó construir una ventana…

Maasé Shehayá.Elías Askenazi.(Extraído de Amudé Jésed 284. Hamaor)

EL VALOR DEL JESED


Un grupo de estudiante salieron un día a dar un paseo con un maestro a quien los alumnos consideraban su amigo, debido a la bondad que mostraba para quienes seguían sus instrucciones.

Mientras caminaban, vieron en el camino un par de zapatos viejos y supusieron que pertenecían a un anciano que trabajaba en el campo de al lado, que estaba por terminar sus labores diarias.

Uno de los alumnos dijo al profesor:

 Hagámosle una broma; escondamos los zapatos y ocultémonos detrás de esos arbustos, para ver su cara cuando no los encuentre.

 Mi querido amigo – dijo el profesor –, nunca tenemos que divertirnos a expensas de los pobres. Tú eres rico y puedes darle una alegría a este hombre. Coloca una moneda en cada zapato, y luego nos ocultamos para ver cómo reacciona cuando las encuentre

Eso hizo el alumno y ambos se ocultaron entre los arbustos cercanos. El hombre pobre terminó sus tareas y cruzó el terreno en busca de sus zapatos y su abrigo.

Después de ponerse el abrigo deslizó el pie en el zapato, pero al sentir algo adentro se agachó para ver qué era y encontró la moneda. Pasmado, se preguntó qué podía haber pasado. Observó la moneda, le dio vuelta y volvió a mirarla.

Luego miró a su alrededor, para todos loados, pero no se veía a nadie. La guardó en el bolsillo y se puso el otro zapato; su sorpresa fue doble al encontrar otra moneda.

Sus sentimientos lo sobrecogieron; levantó la vista al cielo pronunciando un ferviente agradecimiento en voz alta, hablando de su esposa enferma y sin ayuda, y de sus hijos que no tenían pan y que, gracias a una mano desconocida, no morirían de hambre.

El estudiante quedó profundamente afectado y se le llenaron los ojos de lágrimas.

 Ahora – dijo el profesor –, ¿no estás más complacido que si le hubieras hecho una broma?

El joven respondió:

 Usted me ha dado una lección que jamás olvidaré. Ahora comprendo algo que antes no entendía: es mejor dar que recibir.

Aprendemos de esta historia que aquel que hace el bien desinteresadamente sin pensar en el elogio o la recompensa, al final de cuentas tendrá ambas cosas.