Tishá be Ab (Ayuno del 9 de Ab).(XI).MEGUILAT EIJÁ (Libro de las Lamentaciones)

¿Cómo se escribió la Meguilá?

Tras la muerte de Ioshiahu, el último rey justo de Iehudá, ascendió al trono su hijo Iehoajaz. También él, como los reyes anteriores de Iehudá, marchó por el mal camino y adoró a dioses extraños. En su tiempo, el Faraón egipcio, llegó a Rivla, capturó alli a Iehoiajaz y lo condujo a Egipto. En su lugar denominó a Eliakim ben Ioshiahu como rey sobre Iehudá, y cambió el nombre de Eliakim por el de Iehoiakim.

El rey Iehoiakim también se apartó del camino de Hashem, y cometió los mismos pecados que Menashé, Amón y Iehoiazaj. Entonces Hashem envió al profeta Irmiahu, al comienzo del reinado de Iehoiakim, a fin de advertirlo acerca de sus pecados. El profeta temía presentarse ante el rey, pues Iehoiakim era conocido por su arrogancia y su crueldad. Mas el Creador aseguró a Irmiahu que ningún mal le ocurriría. “Preséntate ante el rey”, dijo Hashem, “y Yo he de cuidarte en todo lo que hagas”

El profeta Irmiahu se presentó ante el rey y le transmitió un durísimo mensaje profético- “Así ha dicho Hashem: he aqui que traigo sobre Iehudá y sobre todos los habitantes de Jerusalén, el mal del cual he hablado”.

El rey Iehoiakim se echó a reir al escuchar el anuncio de Irmihau, y de modo burlón se dirigió al profeta y al pueblo alli presente: “¿Qué nos puede hacer Hashem? ¿Acaso ha de quitarnos el sol que diariamente nos ilumina? Y si lo quita, ¿qué nos importa? ¡Estamos colmados de oro! El oro iluminará la oscuridad”.
¡Su majestad! También el oro y la plata pertenecen a Hashem”, le comentaron por lo bajo algunos ministros. “Como está dicho: Mia es la plata y el oro”. “No es asi”, exclamó el rey irónicamente, “la plata y el oro ya nos han sido entregados y sólo el cielo pertenece a Di-s. Toda la tierra ha sido regalada a los hombres”.

El profeta Irmiahu volvió a proclamar: “Atienda el rey que una desgracia se aproxima. En un futuro cercano el rey de Babilonia ha de conquistar Jerusalén”.

“No podrá hacerlo”, replicó el monarca con decisión, “ya que las murallas de la ciudad son firmes y fuertes”.
“¡Pero él las volteará!, le gritó el profeta.
“En este caso haremos murallas de hierro alrededor de la ciudad”, gritó Iehoiakim enfadado. “También cavaremos un dique rodeando la muralla, y lo llenaremos de agua. Y si esto tampoco basta, haremos una tercera muralla, de fuego. Cuando el enemigo encuentre tantos escollos regresará avergonzado a su pais.
Luego, dirigiéndose al profeta, ordenó: “Y ahora, Irmiahu, retírate inmediatamente antes de que descargue sobre ti toda mi ira. Vete para que no sea amargo tu destino”. De este modo el rey gritó enfadado al profeta y lo expulsó de su presencia.
Mas el profeta Irmiahu continuo profetizando sobre Jerusalén a pesar del enojo y la ira del rey. Ante tal insistencia, en el cuarto año de su reinado Iehoiakim ordenó apresar al profeta y encerrarlo. Esperaba que de este modo Irmiahu interrumpiera las profecías que contradecían sus ideas.

Irmiahu fue encerrado en la cárcel, y Baruj ben Neria, su alumno, lo acompañaba desde el otro lado de las rejas para poder juntos estudiar Torá.
Mientras Irmiahu se encontraba en la cárcel, el espíritu divino volvió a revelársele. El Creador le indicó:
“Toma un rollo y escribe todo lo que te revelé acerca de Israel y de Iehudá … desde los dias de Ioshiahu hasta hoy. Tal vez escuchen los hijos de Iehudá … y abandonen su mal camino”.

El profeta llamó a Baruj ben Neria y le dictó la profecia de Hashem. Baruj, el escriba, registró en un rollo la palabra del profeta. De este modo se escribió la Meguilát Eija, dictada por el profeta Irmiahu. Fue escrita siguiendo el orden del alfabeto hebreo ya que los israelitas no respetaron la Torá, escrita en base a estas mismas letras. Tremendas profecías anunció el profeta; horrendas calamidades transmitió Irmiahu a los habitantes de Iehudá y Jerusalén. Si bien las profecías fueron dictadas por Irmiahu a Baruj ben Neria, mientras el primero aún permanecía preso, más tarde el escriba cumplió el pedido del profeta: leyó las profecías delante del pueblo reunido en el Templo.

Entre los que escucharon tales predicciones se encontraba Mijaiahu ben Gemaryahu, oficial del rey Iehoiakim. Este corrió al palacio del rey y relató al resto de los oficiales el contenido del mensaje que acababa de escuchar.

Inmediatamente los oficiales mandaron detener a Baruj ben Neria. Una vez ante su presencia, le exigieron que también ante ellos leyera las palabras del profeta Irmiahu.

Con suma atención y guardando un profundo silencio los ministros atendieron la lectura. Una vez concluida un gran temor los invadió, razón por la cual decidieron unánimemente que el rey Iehoiakim también escuchara el contenido del rollo profético. En aquel momento el rey se encontraba descansando en la mansión invernal de su palacio. Coma el mes de kislev, época de mucho frío, y sus sirvientes hablan encendido un fogón a su lado. El fuego dispersaba un aire tibio, mas a pesar del cálido ambiente del salón imperial, un clima tenso apresaba a los presentes. Iehudi ben Netaniahu, uno de los ministros del rey, recibió la orden de leer el pergamino delante del rey. En un comienzo la expresión del rey era pasiva e inclusive indiferente, mas lentamente fueron apareciendo en su rostro signos de verdadero enojo. Su indiferencia se transformó en ira desenfrenada.
“Toma ese pergamino insolente y arrójalo al fuego”, gritó el rey. “Rómpelo y arrójalo a las llamas. ¡Que no quede ni una sola letra!”.

Tres ministros le rogaron que no quemara el pergamino, mas Iehoiakim no atendió sus ruegos. Además, ordenó a tres de sus ministros que asesinaran al escriba Baruj ben Neria y al profeta Irmiahu. Mas Hashem los ocultó milagrosamente y de este modo lograron salvarse de la mano del rey. Tras un breve período Hashem ordenó a Irmiahu tomar un nuevo pergamino y volver a escribir las palabras arrojadas al fuego por orden de Iehoiakim. Otras profecías fueron reveladas al profeta, las que también fueron escritas en orden alfabético.

Los terribles anuncios del profeta se cumplieron palabra por palabra tal lo atestigua la meguilá que ha llegado hasta nuestros dias, conocida con el nombre de Meguilat Eija. Mas el rey Iehoiakim no se conmovió ante los anuncios, y no se arrepintió de sus malos actos. Y entonces llegó su hora…

Hashem envió a la tierra de Iehudá a Nabucodonosor, rey de Babilonia. Este asentó su poderoso ejército en Rivla, con la intención de ascender desde alli hasta Jerusalén. Al saber el Sanhedrin que Nabucodonosor se encontraba en Rivla, un profundo temor los invadió. Los sabios del Sanhedrin se presentaron ante Nabucodonosor y le consultaron:

“¿Acaso piensas destruir el Beit Hamikdash? ¿Tu intención es quemarlo?”. “No”, respondió Nabucodonosor, “no he venido a quemar el Templo de Hashem sino a apresar a Iehoiakim, vuestro rey. ¡El se ha rebelado contra mí!”. Los sabios del Sanhedrin consideraron que lo más prudente seria encerrar a Iehoiakim y entregarlo en manos del babilonio. Lo fundamental era salvar la destrucción del Beit Hamikdash y de Jerusalén. Siguiendo tales consideraciones entregaron a Iehoiakim en manos del rey babilonio, quien fue juzgado muy duramente. Los babilonios lo colocaron sobre un caballo de madera y lo pasearon por todo Israel para humillarlo ante su pueblo. Luego lo asesinaron, destrozaron su cadáver y lo arrojaron a los perros. Este fue el penoso fin del rey Iehoiakim, tal lo anunciado por el mensaje profético.

(Selección extraída del libro “Jerusalem de Oro, © Jerusalem de México)

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