Parashá Shavua: Ajaré Mot (Después de Morir) – Kedoshim (Santos) 10 Iyar 5770 – 24 Abril 2010: ENFOQUES

“Tras la muerte de los dos hijos de Aharón…” (Vayikrá 16:1)

La persona que oye las malas lenguas y no realiza ninguna objeción o, por lo menos, demuestra desagrado, en realidad está de acuerdo con lo que se dijo. Es como si ella misma hubiera pronunciado esas palabras, y por lo tanto, es merecedora del mismo castigo.

Cuando los Bnei Israel viajaban por el desierto, Moshe y Aharón los conducían, seguidos por Nadav y Avihu, y, luego, por el resto de la nación.

Una vez, Nadav le dijo a Avihu: “¿Cuándo van a fallecer estos ancianos, así podremos llegar al liderazgo?” Entonces Hashem dijo: “Veremos quién entierra a quién”. Y Él dejó que ellos cayeran, y finalmente fueran castigados con una muerte Divina.

Se entiende que Nadav haya sido castigado, pero ¿cuál fue la culpa de Avihu? Él se quedó callado. Avihu fue castigado porque no reaccionó con el desagrado que merecían las palabras de Nadav. Y por eso, era tan culpable como su hermano.

(Najal Kadomim)

“Y él (Aharón) colocará el incienso en el fuego delante de Hashem” (Vayikrá16:13)

En la primera parte del servicio de Yom Kipur, en el Beit HaMikdash, el Cohén Gadol quemaba incienso en el Santo de los Santos.

Los Tzedukim (seduceos), quienes negaban la autoridad de la Tora Oral, afirmaban que el incienso primero debía colocarse en el fuego, en un brasero afuera del Santo de los Santos, y recién entonces el Cohén Gadol debía llevarlo adentro. El Talmud (Yoma 53) cita el versículo antedicho como prueba de lo contrario: que el incienso debía colocarse en el fuego “delante de Hashem”.

En cada generación, el pueblo judío tiene sus “tzedukim”, los que desean introducir todo tipo de novedades al judaísmo a partir de lo que vieron “afuera”, imitando el mundo secular y trayendo “mejoras”, “ajustes” y “modernizaciones” a la santidad de Israel. Los Sabios de la Torá de cada generación libran una batalla amarga y constante contra dichas “mejoras”.

Lo cual no significa que la Torá se haya estancado en una época pasada. Por el contrario, la Torá le habla a cada generación acerca de todos los aspectos de la vida: a veces, introduciéndose en los más rebuscados detalles de la ciencia, a fin de expresar el modo en que se aplica la Halajá a todo lo que pertenece al mundo moderno. Pero esa perspectiva se extrae de la esencia interna de la Torá, no al revés.

La Torá se dirige al mundo moderno, no en términos de un compromiso formal, no aplaudiendo la ideología de la hora, no siguiendo los dictados de las modas del mundo. La Torá ve al mundo a través de principios intrínsecos conservados dentro de criterios inalterables.

(Basado en Hadrash ve ha Iyun)

“No imitéis las prácticas de la tierra de Egipto, en la que habitasteis…” (Vayikrá 18:3)

Un grupo de gente vive en la cima de una montaña que culmina en un brusco peñasco, tras lo cual hay un abismo de enorme profundidad. Un ciudadano con sentido cívico, por propia iniciativa, construye un vallado de seguridad para evitar que las personas se acerquen demasiado al borde del peñasco y, sin darse cuenta, se caigan al precipicio. ¿Acaso alguien va a quejarse de que esta persona está limitando su libertad de movimiento al reducir la probabilidad de que se caiga al precipicio y muera? Cuántas veces oímos decir, a aquellos que no comprenden la verdadera naturaleza de la legislación rabínica, que nuestros rabinos restringieron nuestra vida a través de leyes y prohibiciones adicionales, innecesarias y complicadas. Sin embargo, la persona que entiende la gravedad de transgredir la ley de la Torá, los devastadores efectos que tal acción tendrá en su neshamá, en su vida eterna, y en el mundo en general, se siente mucho más seguro de saber que se erigieron vallas de seguridad para evitar que caiga en el precipicio espiritual.

(Rabí Zev Leff)


“Habla a toda la congregación de los Hijos de Israel y diles: Santos habréis de ser, ya que Santo Soy Yo Hashem, vuestro Di-s” (Vayikrá 19:2)

Frecuentemente pensamos que santidad es algo que solo pocos individuos pueden aspirar tener. Sin embargo, el hecho de que Di-s dio esta Mitzvá a Moshe Rabenu diciendo “Habla a toda la congregación…” nos enseña que no solo la excepción entre nosotros es capaz de obtener santidad, sino que a cada uno de nosotros se nos ha ordenado ser Santo. Cuando fue dada la Torá en el Monte Sinai, el Midrash comenta que el versículo “Y todo el pueblo vio las voces” nos quiere decir “La Voz salió y fue dividida en muchas diferentes voces, y cada uno escuchó de acuerdo a sus fuerzas”. En otras palabras, cuando una persona escuchó “no matarás”, entendió que quería decir: “¡No tomes un arma y mates!” Mientras que otra entendió que si un cuerpo muerto es encontrado en los alrededores de su ciudad, se le adjudicará la responsabilidad por no haberle dado suficiente protección, comida y escolta, como si él mismo lo hubiese matado. Otro entendió no avergüences a alguien en público, porque cuando la sangre drena de su cara y se pone blanco, es como si lo hubiesen matado. Cada persona escuchó la Voz de acuerdo a su propia fuerza y talento particular. Similarmente se espera que cada judío sea santo en su nivel, porque el es una chispa individual de la santidad de Di-s.

(Rab Shlomó Yosef Zevin)

“Habla a toda la congregación de los Hijos de Israel y diles: Santos habréis de ser, ya que Santo Soy Yo Hashem, vuestro Di-s” (Vayikrá 19:2)

Generalmente el método utilizado para transmitir las Mitzvot al Pueblo Judío era el siguiente: Primero Moshé enseñaba la Mitzvá a Aharón privadamente. Luego se unían los hijos de Aharón, Nadav y Avihu. Moshé repetía la Mitzvá otra vez. Los Sabios entraban luego y Moshé la repetía por tercera vez. Finalmente, la enseñaba a todo el pueblo. Sin embargo, la Mitzvá de ser santos fue enseñada en el orden opuesto. Todos estaban reunidos y Moshé primero enseñó la Mitzvá a toda la comunidad. Esto fue para acentuar que la santidad que se le pide al judío no es la del ermitaño o el recluso, sentado en la cima de la montaña, perdido en meditación y contemplación. Por el contrario, el solo puede alcanzar la santidad de Israel a través de ser parte del grupo – la comunidad del Pueblo Judío.

(Basado en Torat Moshe)

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo – Yo soy Di-s” (Vayikrá 19:18)

Rabí Akiva afirma que este es el principio fundamental de toda la Torá. Pero, ¿cómo es posible amar a otra persona como uno se ama a si mismo? Toda la visión de una persona sobre el mundo tiende a ser egocéntrica, y aun cuando se comporta de una manera altruista, esta basado, en general, en el deseo de sentirse bien respecto de si mismo, eso no es amar a otro como a ti mismo, eso se llama ¡amarse a si mismo! Pero si leemos el final del versículo encontraremos la respuesta. “Yo soy Di-s”: Cuando una persona se pone a si misma como el centro del universo en lugar de Di-s, entonces todas las otras creaciones estan a anos luz de el, porque se siente que el es unico, el centro de todo. Pero cuando sabe que el no es Di-s sino que “Yo soy Di-s” -Hashem es Di-s, entonces, como una Creacion de Di-s, el se ve a si mismo conectado con su prójimo. No existe diferencia entre “yo” y “tu”. Como todos somos expresiones de la voluntad del Creador, todo el amor que yo puedo sentir por mi mismo, podré sentir por mi prójimo.

(Rabí Mordejai Perlman)

“Ustedes deben ser santos porque Yo Soy santo” (Vayikrá 19:2)

Una persona no puede exigir que otra viva un estilo de vida correcto cuando él mismo no cumple con sus expectativas. Aun cuando las personas le escucharían él todavía no tendría el derecho de juzgar a aquellos que no siguieron las directivas que impuso. A pesar de que uno debe escuchar el consejo del doctor aunque el doctor mismo no lo siga, las exigencias morales no son las mismas que las médicas. Nuestro comportamiento debe ser consistente con los valores que nuestros hijos están aprendiendo de la Torá si queremos que ellos desarrollen su judaísmo correctamente. Similarmente Hashem dice que Él espera que nosotros seamos santos porque Él es Santo, y si no fuera por esto, Él no hubiera requerido que Israel sea santo.

(Rab. Moshe Feinstein)

“Ustedes deben ser santos… Un hombre debe respetar a su padre y a su madre” (Vayikrá 19:2-3)

La Torá yuxtapone la Mitzvá de respetar a los padres de uno con la Mitzvá de ser santo, para indicarnos una metodología para prevenir encuentros ilícitos. Los Sabios dicen que Yosef HaTzadik evitó un tropiezo fatal con la seductora esposa de Potifar porque él vio la imagen del rostro de su padre. Los cabalistas dicen que la imagen de un padre aumenta el poder de santidad en un niño y lo ayudan a sobreponerse a sus deseos por encuentros ilícitos. Por eso, una persona cuyo deseo por lo prohibido es fuerte debe imaginarse la imagen de sus padres o ancestros y esto le puede ayudar a alejarse de una trasgresión.

(Or Hajaim HaKadosh)

“Un hombre (adulto) debe respetar a su madre y a su padre” (Vayikrá 19:3)

Es comprensible que cuando somos niños, que necesitamos a nuestros padres para proveernos de comida y vestimenta, debemos honrarlos y respetarlos. Sin embargo, aún como adultos independientes que no necesitamos de su asistencia del todo, estamos obligados a tratarlos con el mismo honor y respeto que ellos merecieron de nosotros cuando niños.

(K’sav Sofer)

“No odies a tu hermano en tu corazón; debes, sin duda alguna, regañar a tu compañero judío y cargues pecado por cuenta suya. No guardes rencor y no cobres venganza… y ama a tu vecino” (Vayikrá 19:17-18)

La Torá nos aconseja que no debemos odiar a alguien en nuestro corazón cuando él hace algo contra nosotros. Mas bien debemos regañarlo haciéndole una pregunta discretamente: “¿Por qué me has hecho esto a mi?” Esto evitara que “carguemos con el pecado” y transgredir la orden “no odies a tu hermano en tu corazón”. También, al decirle como nos sentimos, él se disculpará o explicará su comportamiento, lo que evitará que lo odiemos del todo. Sin embargo, después de todo esto debemos estar seguros de “no guardar rencor” o “tomar venganza” pues es posible que a pesar de que ya no lo odiemos, aún podemos tener rencor en nuestro corazón. Asi pues, la Torá nos dice que borremos todo sentimiento negativo de nuestro corazón, a modo de “amarlo como a nosotros mismos”.

(Rambán)

“Amarás a tu vecino como a ti mismo, Yo Soy Hashem” (Vayikrá 19:18)

La Torá nos ordena amar a nuestro vecino como a nosotros mismos porque “Yo Soy Hashem”. Ya que todos fuimos creados igualmente a la imagen de Hashem, se deduce que es nuestro deber procurar el bienestar de cada ser humano y preocuparnos por el asi como lo hacemos por nosotros mismos.

(Rab Yaacob Neiman)

“Ama a tu prójimo como a ti mismo, Yo soy Hashem” (Vayikrá 19:18)

Había una vez dos amigos. Rara vez se ha visto una amistad semejante. Literalmente hablando, no había nada que uno no hiciera por el otro, tan grande era su mutuo afecto.

Un día, uno de ellos fue acusado falsamente de cometer un pecado capital. Fue arrestado y encarcelado en el calabozo del rey. Tras un breve juicio, fue sentenciado a muerte. Su amigo no escatimó esfuerzos, ni de día ni de noche, para que lo liberaran e indultaran. Pidió audiencias con personalidades de poder e influencia. En vano.

Se fijó la fecha de la ejecución. Una mañana gris, ese hombre inocente fue caminando tristemente a la horca. Una multitud de rostros; algunos truculentos de deleite, otros llorando, se amontonaron en su ruta a la muerte. Y allí estaba tambien su amigo, con una mirada de indescriptible tristeza en el rostro.

El condenado ya estaba parado en el cadalso. El verdugo, con una capucha negra, colocó el lazo alrededor del cuello y, como un macabro sastre, lo ajustó a medida.

Varios centímetros al costado del condenado había una trampa. El verdugo probó a ver si la trampa se abriría eficientemente bajo los pies de ese pobre judío. El acusado contempló el abismo hacia donde se había abierto la trampa. Su entrada al otro mundo.

De pronto, hubo una interrupción desde la multitud. Un hombre grita: “¡¡Detengan la ejecución!! ¡¡Detengan la ejecución!!” Era su amigo. Incapaz de soportar la escena, fue corriendo hacia la horca gritando “¡¡Detengan la ejecución!! ¡¡Detengan la ejecución!!” Estan por colgar al hombre equivocado. Yo soy el verdadero culpable. ¡¡Cuélguenme a mi, no a él!!”

La multitud murmuró, sobresaltada. Era más de lo que podían imaginar. Cuando el acusado vio que su amigo estaba tratando de salvarlo sacrificándose el mismo, empezó a gritar: “¡¡No le hagan caso!! ¡¡No le hagan caso!! ¡¡Yo soy el culpable, no el, cuélguenme a mi!!” A lo que el otro respondió: “¡¡No es verdad!! ¡¡Yo fui el que lo hizo!! ¡¡Cuélguenme a mi!!”

Los dos le gritaron al verdugo, que estaba en medio de los dos. Con el grito de cada uno, la cabeza del verdugo giraba de acá para allá, y cuando los gritos escalaron en velocidad y volumen, parecía que si el verdugo llegaba a girar la cabeza mas rápido, ¡él sería el primero en perderla!

Sea como fuere, quedó en claro que ese día no habría ejecución. La multitud, decepcionada, se dispersó lentamente. El asunto llegó a oídos del rey, quien ordenó que los dos hombres se presentaran ante él.

“Muy bien, ¿qué es lo que en verdad ocurre?, preguntó el rey. ¿Por qué los dos quisieron que los colgaran? Si me dicen la verdad, los indultaré a ambos”. “La verdad es que ninguno de nosotros es culpable del delito, su majestad. Somos amigos. Yo no soporté ver como mi amigo iba derecho hacia la muerte. Y decidí que daría mi vida para que el pudiera vivir”. “Lo mismo ocurre conmigo”, dijo el otro.

El rey contempló a ambos. Obviamente, estaba muy conmovido por lo que había oído. Entonces dijo lo siguiente: “Mantendré mi palabra y los indultaré a ambos. Pero con una condición: que también sean amigos míos”.

La Torá nos enseña: “Ama a tu prójimo como a tí mismo. Yo soy Hashem”. Cuando una persona ama a su amigo tanto como a sí misma, entonces “Yo soy Hashem”: el Propio Hashem Se hace amigo de ambos.

Un amigo en apuros.

(Maiana shel Torá)

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Parashá Ajaré Mot (Después de Morir) – Kedoshim (Santos) 8 Iyar 5769 – 2 Mayo 2009

Resumen de la Parashá Ajaré Mot

Con posterioridad a la muerte de los hijos de Aharón, Nadav y Avihú, el Eterno habló a Moshé para que transmitiera a su hermano que entrara al Santuario una vez al año, en el día de Yom Kipur (Día del Perdón). Ese día se expiarían los pecados cometidos por la comunidad. El Todopoderoso detalló cuales vestimentas debía ponerse el Cohén Gadol, todas de lino y de color blanco. Debía ofrendar dos machos cabríos y un carnero, para expiación de pecados de la congregación, y el Sumo Sacerdote, por sus pecados, un novillo. El ritual incluía incienso que debía arrojar sobre carbón encendido del Altar hasta quedar ésta envuelta en humo.

Continuaba sacrificando uno de los dos machos cabríos sobre el que confesaba los pecados de la comunidad y lo arrojaba por un precipicio. Luego tomaba el otro cabruno y colocando sus manos sobre la cabeza del animal, confesaba todas la iniquidades de los Hijos de Israel. El animal luego era llevado al desierto.

El Eterno ordenó que todo este ritual, sea “ley eterna” para el Pueblo de Israel y que el día diez del mes séptimo, todas la almas de sus miembros debía afligirse (ayunar), y observar esa fecha como un Shabat de mayor solemnidad, no trabajando y arrepintiéndose de todas las malas actuaciones. Esta es una fecha de estricta observancia por parte de los Hijos de Israel: Yom Kipur.

La parashá continúa recordando que todos los sacrificios debían ser ofrecidos únicamente en el altar del Santuario, ya que realizarlo en cualquier otro lugar, se consideraría una idolatría.

Hashem prohibió comer carne de un animal muerto o desgarrado, no proveniente de matanza. También fue prohibido ingerir sangre de cualquier animal.

El Eterno ordenó al Pueblo conducirse en un alto grado de moralidad, para así continuar siendo el pueblo elegido por el Todopoderoso.

Resumen de la Parashá Kedoshim

En el comienzo de esta parashá el Todopoderoso le transmite a Moshé una exhortación para el Pueblo de Israel, quienes debían ser “santos” (kedoshim). Este alto grado de espiritualidad comprendía el respeto a los padres, la observancia del Shabat, la no-adoración de ídolos.

Se prohíbe comer de ofrendas luego del segundo día de ofrecida, y por ello debía quemarse. Cuando se coseche lo sembrado, se dejará sin recolectar los límites del campo y las espigas caídas, que quedarán para los pobres y los forasteros. No se debe comer de frutos de árboles dentro de los primeros tres años de plantados.

Se prohíbe tatuarse o mutilar partes del cuerpo. No se pueden hacer mezclas anormales, como cruza de animales, entretejido de lana y lino (shaatnez), etc.

Recuerda el Eterno la prohibición de robar, de mentir al prójimo, calumniar. Los Benei Israel deben comportarse honestamente, no debiendo demorar la remuneración a sus obreros, como observar que la balanzas y pesas sean exactas. Los jueces deben ser imparciales en sus dictámenes.

El judío no puede acudir a nigromantes ni a adivinos, ni practicar adivinanzas o magias. Está prohibido cortarse los contornos del cabello y de la barba.

El judío debe ser compasivo, considerado, amar a sus semejantes como a sí mismo.

Son reprimidos los pecados de adulterio, violación y perversión.

Los Hijos de Israel deben observar una vida de pureza y moral

http://www.mesilot.org