Parashat Devarim – 4 de Av 5769 – Shabat Jazon

Una pequeña diferencia

Hay muchas personas que estudian en Tisha BeAv (el ayuno del 9 de Av) las Agadot de la destrucción del Beit HaMikdash (El Templo). A veces, se nos ocurre pensar: ¡Tantos paralelos se pueden encontrarse entre lo que ocurrió en aquel entonces y lo que estamos viviendo hoy en día! Ya sea en el plano moral-social, o casos de corrupción en el gobierno, o en las relaciones entre las personas y en la relación del Pueblo Judío y su D’s. A veces, tal parece que parte de esas Agadot que describen la insensibilidad de la persona para con su prójimo, que pintan con colores negros la célula familiar y la falta de responsabilidad mutua – es como si hubiesen sido escritas para nuestra época. El odio gratuito y las diferencias sociales no nos son extraños, lamentablemente. Nuestro corazón se parte leyendo esas Agadot: ¿Quizás también nosotros nos encontramos – D’s no lo permita – frente a un destino semejante al de los habitantes de Ierushalaim en aquel entonces?

Así es en la vida, los extremos opuestos se parecen mucho. La niñez y la ancianidad, el nacimiento y la muerte, surgen en el mundo a través de los mismos útiles. La sangre del parto nos recuerda la sangre de la muerte, y los dolores de parto son tan difíciles como una agonía. El niño que acaba de nacer, débil y dependiente de su entorno, es semejante a un anciano que se encuentra en su último día sobre la tierra. El principio y el fin se asemejan mucho.
Los acontecimientos que fueron síntoma del principio de la amarga galut (exilio), vuelven a repetirse hoy en día, pero esta vez son señal del principio de la gueulá (Redención): “En la generación en que llega el hijo de David la asamblea se transforma en una casa de vergüenzas, el Galil será desolado y sus habitantes andarán de ciudad en ciudad, sin que nadie se apiade de ellos. La sabiduría de los escribas se adulterará, los temerosos de D’s serán despreciados, el rostro de la generación será como la cara de un perro, y la verdad será escasa… los jóvenes avergonzarán a los sabios, los sabios se pararán frente a los menores, la hija se revelará frente a su madre, la nuera frente a su suegra…” (Derej Eretz Zuta 10).
Todo parece un descalabro moral total, que es una señal de la pérdida de la existencia judía. Muchos pecan en su incapacidad de diferenciar entre un tipo de sangre y otro, entre la sangre del nacimiento y la sangre de la muerte, e inundan al público con apreciaciones equivocadas que siembran la desesperación y el temor, como si nuestros sufrimientos y caídas no tuviesen remedio alguno. Y a pesar de ello, los sabios de Israel – con su aguda capacidad de análisis – nos enseñan que lo que nos parece la sangre de la muerte, es en realidad la sangre del nacimiento, son los sufrimientos que anteceden al Meshiaj (Mesías), y no los suplicios de la agonía. Nuestros problemas, son los problemas de un nuevo comienzo.
“‘Forzando la nariz sale sangre’ (Mishlei 30:33) – todo discípulo cuyo Rav se enoja con él por primera vez y calla, se hace merecedor de diferenciar entre la sangre impura y la sangre pura” (Brajot 63B).
La sangre impura es la sangre que expresa el cesado de la existencia, la pérdida de vida o la imposibilidad de traer vida al mundo. Es muy importante saber identificarla y ser conciente que se trata de una sangre que está relacionada con el cese de la existencia, que aleja a los cónyuges, una sangre que no encierra ninguna esperanza de vida.
La sangre pura, en contraste, es una sangre que anuncia la llegada de la vida – y es una sangre que nos confunde mucho. El que observa las cosas desde un punto de vista común, le parece sangre impura, muy semejante en su apariencia a esa sangre que expresa el fin. Y el que no se hizo merecedor de diferenciar bien entre ellas, puede definirla enseguida como una sangre impura. Ese error de identificación produce un daño enorme, porque se trata de una sangre pura, una sangre de vida, que lo correcto sería definirla como tal para saber que nos encontramos frente a una oportunidad de añadir vida y bendición.
No todo discípulo se hace merecedor de diferenciar entre la sangre pura y la impura, de diferenciar entre la sangre que anuncia una nueva vida y la sangre que cierra los portones de ella. Por la forma parecida de ambas, y por la apariencia amenazante, con facilidad se puede definir todo tipo de sangre como impura. Se necesita una habilidad especial para diferenciar, se necesita una mirada muy aguda para entender que más allá de la sangre surge la vida. Se necesita fe y valentía para decir: ¡Es pura!
La Gmará habla de una persona que será capaz de diferenciar entre los distintos tipos de sangre: “Todo discípulo cuyo Rav se enoja con él por primera vez y calla”. También el enojo – como la sangre – es algo desagradable. No es agradable encontrarse en una situación en la que alguien se enoja, sobre todo cuando el enojo es contra nosotros. Por lo general, una persona cuyo Rav se enoja con él lo interpreta como un ataque personal, como un intento de herirlo – y por ello, enseguida se justifica a sí mismo. Lo que él piensa, es ¿cómo haré para apaciguar el enojo?
El discípulo que es descrito en este caso, reacciona de otra forma. Él es capaz de diferenciar entre un enojo que tiene por objetivo criticarlo e incluso rebajar su valor, y otro tipo de enojo, que proviene del amor de su Rav que desea su éxito. Un enojo que por fuera parece igual a todos los enojos del mundo, pero por dentro está colmado del amor del Rav por su alumno. Él logra entender que el enojo es síntoma de vida.
Ese alumno no se deja impresionar por el aspecto exterior, logra penetrar la capa superficial y descubre que ese enojo nació por su bien. Por ello, él calla, no protesta en contra de su Rav y analiza en lo profundo, intenta corregir su falla. Una persona como esa – promete la Gmará – no se aterrorizará cuando vea la sangre, analizará en profundidad y descubrirá que hay una sangre que es pura – la sangre que anuncia la llegada de la vida.
Esas sangres son una alegoría, cuando en realidad estamos hablando de todos los incidentes nada sencillos que están ocurriendo en nuestra vida: Para el que se fija sólo en el aspecto exterior de las cosas parecen síntomas que anuncian la destrucción cercana, pero los que son capaces de un análisis agudo optimista lograrán ver en ellos destellos de esperanza.
El rey David se define a sí mismo como el que toda su vida se ocupó de intentar definir qué sangre es impura y cual no: “D’s, ¿acaso no soy un Jasid (piadoso)? Cuando todos los reyes del oriente y el occidente se sientan agrupados con gran honor, yo ensucio mis manos con la sangre de las placentas y fetos para purificar a las esposas…” (Brajot 4A).
El rey David – de cuyo linaje llegará el Meshiaj – dice que su tarea más importante es identificar la sangre pura, para purificar a las esposas. La capacidad de diferenciar entre lo que parece a primera vista como problemático, pero en realidad es un síntoma de vida, es la capacidad del Meshiaj que redime al mundo.
Bienaventurado es el que sabe diferenciar entre la sangre pura y la sangre impura, entre las dificultades del fin del camino y los síntomas del principio de un camino nuevo. El día de Tisha BeAv de nuestra época no es sólo una expresión de duelo y desesperación, contiene también la esperanza de la gueulá plena que llegará pronto.

Rav Lior Engelmann

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Tishá be Ab (Ayuno del 9 de Ab).(XI).MEGUILAT EIJÁ (Libro de las Lamentaciones)

¿Cómo se escribió la Meguilá?

Tras la muerte de Ioshiahu, el último rey justo de Iehudá, ascendió al trono su hijo Iehoajaz. También él, como los reyes anteriores de Iehudá, marchó por el mal camino y adoró a dioses extraños. En su tiempo, el Faraón egipcio, llegó a Rivla, capturó alli a Iehoiajaz y lo condujo a Egipto. En su lugar denominó a Eliakim ben Ioshiahu como rey sobre Iehudá, y cambió el nombre de Eliakim por el de Iehoiakim.

El rey Iehoiakim también se apartó del camino de Hashem, y cometió los mismos pecados que Menashé, Amón y Iehoiazaj. Entonces Hashem envió al profeta Irmiahu, al comienzo del reinado de Iehoiakim, a fin de advertirlo acerca de sus pecados. El profeta temía presentarse ante el rey, pues Iehoiakim era conocido por su arrogancia y su crueldad. Mas el Creador aseguró a Irmiahu que ningún mal le ocurriría. “Preséntate ante el rey”, dijo Hashem, “y Yo he de cuidarte en todo lo que hagas”

El profeta Irmiahu se presentó ante el rey y le transmitió un durísimo mensaje profético- “Así ha dicho Hashem: he aqui que traigo sobre Iehudá y sobre todos los habitantes de Jerusalén, el mal del cual he hablado”.

El rey Iehoiakim se echó a reir al escuchar el anuncio de Irmihau, y de modo burlón se dirigió al profeta y al pueblo alli presente: “¿Qué nos puede hacer Hashem? ¿Acaso ha de quitarnos el sol que diariamente nos ilumina? Y si lo quita, ¿qué nos importa? ¡Estamos colmados de oro! El oro iluminará la oscuridad”.
¡Su majestad! También el oro y la plata pertenecen a Hashem”, le comentaron por lo bajo algunos ministros. “Como está dicho: Mia es la plata y el oro”. “No es asi”, exclamó el rey irónicamente, “la plata y el oro ya nos han sido entregados y sólo el cielo pertenece a Di-s. Toda la tierra ha sido regalada a los hombres”.

El profeta Irmiahu volvió a proclamar: “Atienda el rey que una desgracia se aproxima. En un futuro cercano el rey de Babilonia ha de conquistar Jerusalén”.

“No podrá hacerlo”, replicó el monarca con decisión, “ya que las murallas de la ciudad son firmes y fuertes”.
“¡Pero él las volteará!, le gritó el profeta.
“En este caso haremos murallas de hierro alrededor de la ciudad”, gritó Iehoiakim enfadado. “También cavaremos un dique rodeando la muralla, y lo llenaremos de agua. Y si esto tampoco basta, haremos una tercera muralla, de fuego. Cuando el enemigo encuentre tantos escollos regresará avergonzado a su pais.
Luego, dirigiéndose al profeta, ordenó: “Y ahora, Irmiahu, retírate inmediatamente antes de que descargue sobre ti toda mi ira. Vete para que no sea amargo tu destino”. De este modo el rey gritó enfadado al profeta y lo expulsó de su presencia.
Mas el profeta Irmiahu continuo profetizando sobre Jerusalén a pesar del enojo y la ira del rey. Ante tal insistencia, en el cuarto año de su reinado Iehoiakim ordenó apresar al profeta y encerrarlo. Esperaba que de este modo Irmiahu interrumpiera las profecías que contradecían sus ideas.

Irmiahu fue encerrado en la cárcel, y Baruj ben Neria, su alumno, lo acompañaba desde el otro lado de las rejas para poder juntos estudiar Torá.
Mientras Irmiahu se encontraba en la cárcel, el espíritu divino volvió a revelársele. El Creador le indicó:
“Toma un rollo y escribe todo lo que te revelé acerca de Israel y de Iehudá … desde los dias de Ioshiahu hasta hoy. Tal vez escuchen los hijos de Iehudá … y abandonen su mal camino”.

El profeta llamó a Baruj ben Neria y le dictó la profecia de Hashem. Baruj, el escriba, registró en un rollo la palabra del profeta. De este modo se escribió la Meguilát Eija, dictada por el profeta Irmiahu. Fue escrita siguiendo el orden del alfabeto hebreo ya que los israelitas no respetaron la Torá, escrita en base a estas mismas letras. Tremendas profecías anunció el profeta; horrendas calamidades transmitió Irmiahu a los habitantes de Iehudá y Jerusalén. Si bien las profecías fueron dictadas por Irmiahu a Baruj ben Neria, mientras el primero aún permanecía preso, más tarde el escriba cumplió el pedido del profeta: leyó las profecías delante del pueblo reunido en el Templo.

Entre los que escucharon tales predicciones se encontraba Mijaiahu ben Gemaryahu, oficial del rey Iehoiakim. Este corrió al palacio del rey y relató al resto de los oficiales el contenido del mensaje que acababa de escuchar.

Inmediatamente los oficiales mandaron detener a Baruj ben Neria. Una vez ante su presencia, le exigieron que también ante ellos leyera las palabras del profeta Irmiahu.

Con suma atención y guardando un profundo silencio los ministros atendieron la lectura. Una vez concluida un gran temor los invadió, razón por la cual decidieron unánimemente que el rey Iehoiakim también escuchara el contenido del rollo profético. En aquel momento el rey se encontraba descansando en la mansión invernal de su palacio. Coma el mes de kislev, época de mucho frío, y sus sirvientes hablan encendido un fogón a su lado. El fuego dispersaba un aire tibio, mas a pesar del cálido ambiente del salón imperial, un clima tenso apresaba a los presentes. Iehudi ben Netaniahu, uno de los ministros del rey, recibió la orden de leer el pergamino delante del rey. En un comienzo la expresión del rey era pasiva e inclusive indiferente, mas lentamente fueron apareciendo en su rostro signos de verdadero enojo. Su indiferencia se transformó en ira desenfrenada.
“Toma ese pergamino insolente y arrójalo al fuego”, gritó el rey. “Rómpelo y arrójalo a las llamas. ¡Que no quede ni una sola letra!”.

Tres ministros le rogaron que no quemara el pergamino, mas Iehoiakim no atendió sus ruegos. Además, ordenó a tres de sus ministros que asesinaran al escriba Baruj ben Neria y al profeta Irmiahu. Mas Hashem los ocultó milagrosamente y de este modo lograron salvarse de la mano del rey. Tras un breve período Hashem ordenó a Irmiahu tomar un nuevo pergamino y volver a escribir las palabras arrojadas al fuego por orden de Iehoiakim. Otras profecías fueron reveladas al profeta, las que también fueron escritas en orden alfabético.

Los terribles anuncios del profeta se cumplieron palabra por palabra tal lo atestigua la meguilá que ha llegado hasta nuestros dias, conocida con el nombre de Meguilat Eija. Mas el rey Iehoiakim no se conmovió ante los anuncios, y no se arrepintió de sus malos actos. Y entonces llegó su hora…

Hashem envió a la tierra de Iehudá a Nabucodonosor, rey de Babilonia. Este asentó su poderoso ejército en Rivla, con la intención de ascender desde alli hasta Jerusalén. Al saber el Sanhedrin que Nabucodonosor se encontraba en Rivla, un profundo temor los invadió. Los sabios del Sanhedrin se presentaron ante Nabucodonosor y le consultaron:

“¿Acaso piensas destruir el Beit Hamikdash? ¿Tu intención es quemarlo?”. “No”, respondió Nabucodonosor, “no he venido a quemar el Templo de Hashem sino a apresar a Iehoiakim, vuestro rey. ¡El se ha rebelado contra mí!”. Los sabios del Sanhedrin consideraron que lo más prudente seria encerrar a Iehoiakim y entregarlo en manos del babilonio. Lo fundamental era salvar la destrucción del Beit Hamikdash y de Jerusalén. Siguiendo tales consideraciones entregaron a Iehoiakim en manos del rey babilonio, quien fue juzgado muy duramente. Los babilonios lo colocaron sobre un caballo de madera y lo pasearon por todo Israel para humillarlo ante su pueblo. Luego lo asesinaron, destrozaron su cadáver y lo arrojaron a los perros. Este fue el penoso fin del rey Iehoiakim, tal lo anunciado por el mensaje profético.

(Selección extraída del libro “Jerusalem de Oro, © Jerusalem de México)

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Tishá be Ab (Ayuno del 9 de Ab).(X).Shabat Jazón (previo a Tishá BeAv)

El Shabat inmediatamente anterior a Tishá beAv es denominado Shabat Jazón, pues la haftará (lectura de los Profetas) que en él se lee se extrae del primer capítulo de Isaías y comienza con las palabras Jazón Ieshaiahu…

Esta haftará es la última de las tres lecturas de los Profetas que hablan acerca de las tragedias que cayeron sobre Israel y que se leen antes de Tishá beAv. Para su lectura se acostumbra a llamar a un miembro distinguido de la congregación.

En muchas comunidades es costumbre que el versículo: ¿Cómo (Eijá) he de soportar yo solo vuestros problemas, vuestras cargas y vuestras peleas? (Deuteronomio 1:12), que se encuentra en la sección semanal de la Torá que se lee en este Shabat —Devarím—, se lea utilizando la triste melodía con que se lee Meguilat Eijá —“Lamentaciones”—. En algunas comunidades esta melodía se emplea también para recitar toda la haftará; y en otras, solamente para los versículos de admonición que aparecen en la haftará.

En Shabat Jazón está permitido comer carne y beber vino en las tres seudót [comidas], incluso si éste coincide con Tishá beAv [en cuyo caso el ayuno es postergado al día siguiente]. Sin embargo, la seudá shlishít —la tercera comida de Shabat— no debe extenderse hasta la noche como es costumbre en otros Shabatot. Por el contrario, debe terminarse antes de la puesta del sol.

Cuando Shabat Jazón acaece en el día anterior a Tishá beAv [o en Tishá beAv mismo], no se recita la Havdalá al terminar Shabat sino sólo la brajá sobre la creación del fuego [Baruj… boré meorei haesh; ver Sidur, pág. 234]. Al día siguiente, al concluir Tishá beAv, se pronuncian solamente las bendiciones sobre el vino […boré prí hagáfen] y la que establece la diferenciación entre lo santo y lo profano […hamavdíl béin kódesh lejól…]. Las mujeres, por su parte, al concluir Shabat, deben decir: Barúj hamavdíl béin kódesh lejól [“Bendito Quien distingue entre lo santo y lo profano”] antes de realizar cualquier tipo de trabajo que estaba prohibido en Shabat.

En el “Shabat de Visión”, dice Rabí Leví Itzjak, a todos y cada uno de
nosotros se le otorga una visión del tercer y final Templo, una visión que, para parafrasear al Talmud, “aunque nosotros mismos no la vemos, nuestras almas sí la ven”. Esta visión evoca una profunda respuesta en nosotros, aun si no estamos conscientemente percatados de la causa de nuestra súbita inspiración.

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Tishá be Ab (Ayuno del 9 de Ab).(IX).ROSH HODESH AB. MIERCOLES 22 DE JULIO DE 2009

Las Costumbres y leyes del Mes de Av

Desde el momento en que comienza el mes de Av, debemos disminuir nuestra alegría hasta tal punto de abstenernos de cualquier cosa que nos haga regocijar.

Carne y Vino: Desde Rosh Jodesh (el comienzo del mes) hasta el 9 de Av está prohibido comer carne y beber vino o jugo de uva natural, pero se puede comer comida que fue preparada en un recipiente besarí (cárneo). La prohibición rige solamente durante los días hábiles, mas en shabat es mitzvá comer carne y tomar vino.

Construcción y Compras Innecesarias: Está prohibido comenzar la construcción o la refacción de una casa de fin de semana, o de cualquier inmueble que no necesitamos para vivienda.También debemos abstenernos de comprar muebles o cosas caras para la casa, como ser electrodomésticos, muebles, etc. Pero si por no comprarlos en estos días se perderá dinero pues los precios de estos productos subirán, o la oferta llegará a su fin, está permitido comprarlos.

Confección, Compra y Arreglo de Ropas: Desde el comienzo del mes de Av está prohibido confeccionar o tejer ropas nuevas, así como también comprarlas – aún si la intención es estrenarlas solamente después del 9 de Av. Asimismo, si hay alguna oferta especial en estos días y no se encontrarán esas ropas a esos precios después del 9 de Av, está permitido comprarlas, aunque se debe esperar hasta después del 9 de Av para estrenarlas.Está permitido en estos días arreglar todo tipo de ropa o calzado que requiere algún arreglo, es por eso que está permitido coser botones, remendar ropas, alargar dobladillos, etc.

Lavado de Ropa: De acuerdo con la costumbre de los judíos ashkenazitas, desde Rosh Jodesh Av uno no debe lavar ropa incluso si la ropa no será usada hasta después del 9de Av.Los judíos sefaraditas sólo se abstienen de todo esto en la semana que cae el 9de Av.Sin embargo, para honrar al shabat, la costumbre en la mayoría de los lugares es que en el shabat jazón (el shabat anterior al 9 de Av) todas las personas visten sus ropas de shabat como en cualquier shabat del año.

Lavado: Respecto de la prohibición de lavarse, desde Rosh Jódesh Av los judíos ashkenazim acostumbran no lavarse todo el cuerpo incluso con agua fría (véase el párrafo siguiente), pero está permitido lavarse sólo la cara, las manos y los pies con agua fría. Entre los judíos sefaraditas existen distintas costumbres: hay Sabios que dijeron abstenerse de lavarse todo el cuerpo con agua caliente desde el mes de Av (pero con agua fría permiten), mientras que otros sabios opinan que esta prohibición sólo rige en la semana en la cual cae el 9 de Av.

ESTE TEXTO ES MERAMENTE INFORMATIVO, NO HALAJICO, POR TAL MOTIVO PARA CUALQUIER DUDA O CONSULTA QUE TENGA,DIRIJASE A SU RABINO.

Tishá be Ab (Ayuno del 9 de Ab).(VIII). ¿Como Hemos Sobrevivido?


¿Cuál es el milagro más grande de nuestra generación? ¿La caída del comunismo? ¿La transición política pacífica en Sudáfrica? ¿Que Fidel Castro aun dirige a Cuba?

Seguramente para nosotros, indiscutiblemente, el milagro más grande debe ser que tras el Holocausto el pueblo judío se levantó y reconstruyó la vida y las comunidades judías. No hay nada más extraordinario que los judíos, quienes fueron señalados para el exterminio a causa de su fe, ¡sin embargo quieren abrazar esa fe y seguir siendo judíos!

Esta semana entramos en el período de los Nueve Días que nos llevan a Tisha BeAv, nuestro Día Nacional de Duelo. Recordamos la destrucción de nuestros dos Templos y oramos para que Jerusalén sea restaurada a su anterior gloria.

En Ejá, el Libro de las Lamentaciones, que leemos en Tisha BeAv, hay un versículo (3:22) que dice “La bondad de Di-s seguramente no ha terminado, no se ha agotado Su misericordia”. Rashi da una interpretación alternativa de que fue por la bondad de Di-s que no hemos llegado a nuestro final. En las palabras del Midrash “Descargó su ira sobre madera y piedras” de la estructura del Templo —Su casa fue destruida, pero Su pueblo sobrevive.

Por lo tanto es un momento apropiado para reflexionar acerca de la supervivencia judía. Frente a la desaparición de todas las grandes civilizaciones e imperios de la antigüedad —Egipto, Babilonia, Grecia, Roma, Persia y, más recientemente, el Tercer Reich, ¿cuál es el secreto particular de la supervivencia judía? A pesar de las destrucciones y diásporas, no obstante los holocaustos que nos han diezmado a través de los tiempos, ¿cómo hemos sobrevivido? ¿Cómo sobrevivimos? Y, lo más importante, ¿cómo sobreviviremos?

Por supuesto, la respuesta simple es que Di-s nunca permitirá que desaparezcamos. Vivimos por los permanentes milagros de la intervención Divina. Pero hagamos un rápido recorrido por la historia para ver si podemos señalar como al ingrediente más importante a nuestra increíble tenacidad de espíritu.

Algunas personas pueden decir que es nuestra tierra el elemento clave de nuestra continuidad. Realmente Israel es nuestra patria eterna y oramos por el Retorno a Sión tres y más veces al día. Es el centro de todas nuestras creencias, es nuestro corazón y nuestra alma. Nos une, dondequiera que estemos y dondequiera que hayamos estado. Está en nuestros sueños, esperanzas y aspiraciones.

Pero, mientras que nunca renunciamos a nuestro reclamo eterno por ella, la realidad es que estuvimos lejos de nuestra patria más tiempo que lo que estuvimos en ella. El hecho es que, aun hoy, hay más judíos desparramados por el mundo que los que hay en Israel. Así que por más intransigentemente comprometidos que estamos con nuestra patria hoy y con lo crítica que es para nuestra talla y seguridad global, la geografía no pudo ser el factor principal en nuestra supervivencia a lo largo de la historia.

¿Es quizás un idioma en común? Es verdad que el hebreo es nuestro idioma nacional y aun es el idioma de nuestro Libro de Plegarias. ¿Pero no hay personas leyendo estas líneas que no podrían leerlas si estuvieran escritas en hebreo? En realidad la vasta mayoría de los judíos de hoy no hablan hebreo y me estremezco al estimar el porcentaje de judíos inteligentes que son judaicamente iletrados.

A lo largo de la historia tenemos variados idiomas vernáculos. Arameo, griego, y hasta árabe, fueron una vez los idiomas más populares de las comunidades judías. En las generaciones más recientes, el idish o el ladino, como hoy el inglés, fueron los vehículos preferidos de comunicación de la mayoría de los judíos. Simplemente no podemos afirmar que un idioma común es el factor preponderante en nuestra continuada e in-interrumpida existencia.

¿Qué pasa con la cultura? ¿Alguna vez intentaron ofrecerle a un judío sefardí guefilte fish? ¿O a un judío asquenazí cuscus? La comida y la música son las piedras angulares de toda cultura: ambas varían marcadamente entre oriente y occidente. Una persona que regularmente asiste a la sinagoga en Golders Green se encontraría probablemente perdida en una sinagoga en Singapur. Y viceversa. Hablando honestamente, realmente no tenemos una cultura en común. Hemos adaptado muchos matices de estilo en comida, música y vestimenta de las sociedades que nos albergaron. Efectos del entorno.

La única y sola característica absolutamente común a todo nuestro pueblo en todos los tiempos, la única entidad unificadora que ha ido más allá de las fronteras, a través de los continentes, las culturas, los idiomas y las formas de vida ha sido la Torá. Tanto sea Israel o Babilonia, Minsk o Madrid, Sidney o San Francisco, Johannesburgo o Jerusalén, la forma de vida judía como está encerrada en nuestra santa Torá y sus mandamientos, ha sido el único elemento más importante para mantener el espíritu judío vivo y vibrante. No una especie de vago, sentimental sentido del “Idishkait”, sino un claramente definido sistema de valores que ha sido transmitido fielmente a través de las generaciones dondequiera hayamos vivido.

La prueba más clara de esta idea es el hecho de que donde ha habido un abandono de las tradiciones de la Torá, inmediatamente siguió la asimilación —y con consecuencias trágicas. Esos bolsones de judíos simplemente no han sobrevivido.

Por supuesto Di-s es el hacedor final del milagro de la supervivencia judía. Pero acá no es acto de magia. Di-s nos ha dado el secreto. Sostenemos Su clave en nuestras manos. El ser judío por nacimiento no garantiza ninguna clase de supervivencia. Sólo donde hubo un compromiso concreto con el estudio de la Torá, con enseñarla a nuestros hijos, y con el cumplimiento de sus prácticas eternas, se pudo ver que ocurrió ese milagro.

Que nuestra dedicación a la Torá crezca así la supervivencia judía y el florecimiento de la vida judía estén asegurados para siempre. Quiera Di-s que nuestras plegarias por la reconstrucción de Sión y la integridad de nuestra tierra y nuestro pueblo sean respondidas pronto. Amen.

Por Yossy Goldman.

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Tishá be Ab (Ayuno del 9 de Ab).(VII). La Caída de Betar

Ya han transcurrido tantos años desde entonces, que por eso perdimos toda noción del tiempo y de la magnitud de los acontecimientos. Es difícil y esto ya lo hemos escrito en otras ocasiones, ocuparse en otra época que no es la propia y comprender los acontecimientos como si fueron contemporáneos. Sin embargo, la historia de nuestro pueblo es una, y los sucesos por más que transcurran los años, cambien los idiomas y se muden geográficamente, nos unen a través de todos los tiempo. Por qué – pregunta Ud. La respuesta es que ser judío hace 100, 1.000 o 2.000 años significó siempre la misma idea. El mensaje Di-vino que marca todo nuestro estilo de vida tan particular, la misiva de la cual somos depositarios y responsables de transmitir a la humanidad, no se modificó, y hoy, como siempre, nos alegramos por todo aquello que ayude a difundirla y a avanzar en el sentido correcto y nos entristecemos por todo lo que signifique una retroceso hacia el rumbo contrario, tanto si fuese en este instante o en otra era. Con este sentimiento, nos aproximamos a la culminación de las “tres semanas” más tristes del calendario hebreo, sabiendo que en cada generación constituimos uno de los eslabones que nos enlaza con el pasado y con el futuro. Los ayunos del 17 de Tamuz y del 9 de Av, marcan los eventos fatídicos de todas las épocas como derivación o secuela del proceder de los judíos en el desierto, tanto en el episodio del montaje del becerro de oro, lo cual constituyó una afrenta a la unicidad de D”s, como en el incidente de los espías, donde demostraron desconfianza ante el desafío de ingresar a tomar posesión de la tierra de Israel. Es este, el segundo, el que luego se sumó a las faltas posteriores del pueblo, para causar el destierro del pueblo de la tierra de Israel tal como lo conocemos hoy. Nosotros, casi dos milenios después de este largo exilio, aun sufrimos las consecuencias, no sólo por la expatriación geográfica de Israel, sino por todas las demás derivaciones que surgen del desarraigo espiritual, siendo el antisemitismo latente y los atentados sangrientos una parte de ellas. Varios de los acaecimientos sucesivos, recordados el 9 de Av, están vinculados con nuestro exilio actual. Uno de ellos está relacionado con la destrucción del segundo Bet HaMikdash a manos del imperio romano, al cual estaba sometida la provincia de Judea en la época de sus emperadores Vespasiano y Tito. El Bet HaMikdash había estado en pie durante 420 años y había sido embellecido por el rey Herodes 100 años antes, en un acto de “remordimiento” por haber matado a muchos de los sabios Tanaim. El Talmud cuenta que quien no conoció al Bet HaMikdash, no tuvo oportunidad de haber visto una edificación hermosa en su vida. Sin embargo, más dolidos estamos por la causa por la cual fue destruido (que aún no ha sido remediada) y por las consecuencias, que por el edificio del Bet HaMikdash en si. Los Sabios nos enseñan que el odio injustificado entre judíos, nos hizo acreedores de tal privación. Luego de un sitio prolongado, la ciudad de Ierushalaim cayó en medio de muchas muertes y destrucción general. Esto ocurrió aproximadamente en el año 70 de la era común. Muchos de sus pobladores fueron llevados a las arenas del Coliseo de Roma para luchar como gladiadores contra los animales salvajes, y otros fueron arrastrados a las ferias de Alejandría para ser vendidos como esclavos. Poco tiempo antes de caer la ciudad, R. Iojanán ben Zakai logró ciertas concesiones de parte de Vespasiano. El pueblo de Iavne y su Ieshivá se salvaron. A partir de allí, la Torá volvió a florecer y a imbuir al pueblo nuevamente con espíritu de vida. Sin embargo, los años que siguieron no fueron fáciles. Los judíos de otras latitudes dentro del imperio romanos quedaron expuestos a manos de sus enemigos griegos y las matanzas siguieron en Cyrene (Libia), Alejandría, Chipre y Asia Menor. El Sanhedrín, máxima autoridad de los judíos, que se había establecido en Iavne, debió trasladarse a Usha, luego a Tzipori y a varios lugares más para no estar en las miras de los gobernadores romanos. Raban Gamliel y su hijo, R. Shimón ben Gamliel, descendientes de la dinastía de los Nesiim (jefes del Sanhedrín) de Hillel y del rey David, debieron vivir ocultos durante varios períodos para evitar provocar a los romanos. Salvo en el breve gobierno del emperador Nerva, quien tuvo una actitud más justa con los judíos, la situación religiosa fue muy precaria. Las cosas llegaron a su punto más bajo con la campaña del emperador muy ambicioso Trajano (Marcus Ulpus Traianus) quien asumió el poder sobre Roma unos 27 años después de la destrucción del Bet HaMikdash y quiso capturar la Mesopotamia (Bavel), lugar de una de las concentraciones judías más importantes de la época, tanto por su número de pobladores como así también por el nivel de estudio. La campaña terminó mal para Roma. Los judíos locales ayudaron a la población a impedir la invasión romana. A la vuelta, Trajano y su representante en Judea, Lucius Quietus, hicieron caer el peso de su derrota sobre los judíos que habitaban en Israel. La penurias fueron en aumento.

Cuando finalmente Trajano murió, los judíos respiraron con alivio a la espera que cualquier cambio fuera para mejor. El próximo emperador, pareció cumplir con tal expectativa. Adriano (Publus Aelius Adrianus) incluso ofreció a los judíos la posibilidad de reconstruir el Bet HaMikdash. Hubo euforia entre los judíos, similar a la declaración de Balfour en este siglo. ¿Sería éste un nuevo Koresh (Cyro – rey persa que vivió durante el exilio anterior) encargado por D”s que ayudaría a restablecer la gloria perdida? No. Las expectativas fueron desmesuradas. Las intenciones de Adriano eran distintas. Quería “integrar” a los judíos para tornarlos “más romanos”. Esto chocó con la resistencia espiritual de los judíos. Adriano cambió de táctica. Intentó forzar la situación. Pero los judíos se sublevaron. A pesar de la fuerza que representaba Roma, pensaron que podían oponerse. No sería la primera vez que “los ocos derrotaran a los muchos”. Surgió un líder llamado Bar Koziba, luego conocido como Bar Kojvá. R. Akiva, máxima autoridad rabínica de su época, lo apoyó inicialmente creyendo que él sería el Mashiaj esperado. Esto ocurrió aproximadamente a los 60 años después de la destrucción del Bet HaMikdash. Al comienzo, la revolución fue exitosa y los romanos debieron abandonar parte de Judea. Sin embargo, los romanos volvieron y Bar Kojvá actuó de manera soberbia hasta el punto de hablar en forma blásfema a D”s. Su suerte estaba sellada. La última fortaleza, Beitar con cientos de miles de habitantes, fue masacrada y con ella, toda esperanza de volver a establecer una vida política independiente en la tierra de Israel quedó archivada por mucho tiempo.

Los muertos de Beitar, quedaron expuestos a las inclemencias del tiempo por muchos años, pero gracias a un milagro de D”s no sufrieron descomposición y más tarde pudieron ser enterrados. Adriano aró a Ierushalaim como si fuera un campo, para que no quedara ni un recuerdo de ella. En su lugar construyó una ciudad romana “Aelia Capitolina” cuya calle, el “Cardo” se puede visitar hasta hoy. La entrada de judíos a dicha ciudad quedó penada. Enseñar Torá en público se convirtió en una actividad peligrosa. Diez de los Sabios de la Mishná más importantes, entre ellos el propio R. Akiva, fueron muertos (casi todos en aquella época) en medio de torturas indescriptibles. Fueron varios años hasta que murió Adriano. Recién en la época del emperador Marco Aurelio, la situación de los judíos mejoró notablemente, aun si fuese sólo temporeramente. Mientras tanto, y durante los próximos dos siglos, los judíos fueron abandonando la tierra de Israel para alejarse de las persecuciones romanas que fueron en aumento, cuando los emperadores aceptaron la fe cristiana como religión oficial. Cuando en las Ieshivot abrimos la Mishná y la Guemará (el Talmud), nos encontramos con todos aquellos personajes que padecieron estas aflicciones. Sin embargo, aun si ellos murieron, sus enseñanzas siguen muy vivas en boca de quienes intentamos entender cada definición en sus sagradas palabras. La Torá es vida y es eterna. Unicamente en Tishá BeAv, nos está vedado estudiar Torá y los recordamos con tristeza. Apenas termina aquel día, volvemos a unirnos con ellos a través del estudio. En cierta ocasión, R. Akiva estaba con otros Sabios frente a las ruinas del Bet HaMikdash. En eso, vieron a un zorro que salía del lugar donde había estado situado el Santuario. Los Sabios lloraron y R. Akiva rió. Le preguntaron: “¿Por qué ríes?” A lo cual respondió: “¿Por qué lloran?” Ellos aludieron al cuadro tétrico que acababan de presenciar. A lo cual les retrucó: “Quien hizo cumplir los vaticinios nefastos de los profetas, hará que se cumplan de la misma manera, todas las profecías alegres”. Que se cumplan sus palabras pronto en nuestros días.

Rab Daniel Oppenheimer
http://www.tora.org.ar/

Tishá be Ab (Ayuno del 9 de Ab).(VI). Duelo para todos

Nuestros santos sabios dictaminaron que estos veintiún días, que comienzan a partir del ayuno del diecisiete de Tamuz hasta el ayuno del nueve de Ab, sean de duelo y lamentaciones.
En este período la suerte del pueblo de Israel no es fructífera. Las numerosas desgracias, que ocurrieron en estas fechas, tales como: La destrucción de los dos Templos Sagrados, las inquisiciones, holocaustos y demás pogroms, han manchado el calendario Judío por el resto de las generaciones.

No obstante, este duelo no nos baja la moral ni mucho menos nos acompleja, pues, ciertamente no es eterno. Solo debemos guardarlo y respetarlo, hasta que D-os se apiade de nosotros y con su gran misericordia nos conceda la redención final.

El tema requiere un detenido análisis.
Los distintos estatutos que nuestros grandes sabios dictaminaron a través de los siglos, han guardado por siempre, un equilibrio equitativo y un lineamiento fundamental, los cuales, conservan hasta la fecha, una estrecha vinculación con los problemas actuales. Cuando nuestros eruditos se disponían a decretar una ley o formalizar una tradición, buscaban que éstas (las leyes y las tradiciones), solucionaran la cuestión que les aquejaba en ese momento, y a la vez, sirvieran como instructivo para las generaciones futuras.

Tratándose del duelo mencionado anteriormente, varias son las interrogantes que afloran de manera espontánea. ¿Con qué finalidad decretaron nuestros santos sabios estos días de aflicción?. ¿Acaso con este duelo parcial que guardamos año tras año, repararíamos las faltas que originaron el grave destierro?. Además, ¿cómo se relacionan con la problemática de este siglo XX?. Y por último: Bien es conocida la sentencia de nuestros eruditos, que con sus sacrosantas palabras afirmaron: “El Mesías no se presentará para redimirnos, sino hasta que toda la generación sea merecedora o culpable” (Talmud, tratado de San-hedrín 98-1).¿Acaso puede el hombre cambiar a todo el mundo para que sea merecedor?. ¿Qué pretenden de nosotros?.

Podríamos explicarlo de la siguiente manera.

Para lograr comprender el profundo significado que se encierra en éste decreto (el luto de Ben Hametzarím), debemos dilucidar primeramente el origen y las razones del concepto de duelo.
¿Con qué propósito los Jajamím (sabios) establecieron su rito?, ¿hasta donde llega su trascendencia?, ¿cuales son sus objetivos?.

En verdad, muchos son los beneficios (directos e indirectos) que se obtienen a través del mecanismo del duelo. Enumerarlos todos sería imposible, y menos aún cuando el suscrito desconoce el fondo de la cuestión. Sin embargo, nos limitaremos en mencionar solo tres de sus resultados inmediatos (en forma breve y esencial), dejando para el final un pensamiento aleccionador.

Primero: El duelo encierra una profunda consideración de respeto y honor hacia el difunto (o hacia la desgracia ocurrida). Sería inmoral e ingrato olvidar de pronto los nexos emocionales y sentimentales que se guardaban con el ser desaparecido, y borrar de raíz su recuerdo. El rito del duelo, ayuda a esta causa y la soluciona.

Segundo: El duelo mitiga el dolor. Durante los siete días de luto, el deudo vierte y desahoga la amargura que acumuló en los días que sucedía la desgracia. Narra los pormenores de la misma, describe las cualidades y las anécdotas del difunto, y ello le aliviana el dolor y lo hace sentir menos deprimido.

Tercero: El duelo ayuda psicológicamente al deudo a sentir que está haciendo, lo que está en su alcance por hacer. En el momento de los hechos, cuando la desgracia ocurría, el deudo no pudo hacer nada para detener el deceso de su ser querido, o en su caso, para evitar el desastre que se avenía. Ello por consiguiente lo hizo sentir mal, psicológicamente se sintió inútil, disminuido, y en algunos casos, hasta culpable. El acto del duelo lo ayuda a liberarse de esa presión. El sentarse los siete días reglamentarios en el suelo; el decir el Kadísh (Rezo luctuoso), lo hace sentir que está haciendo “Algo” por su ser querido, y ello lo tranquiliza y consuela.

En relación con el duelo de “Ben Hametzarím”, podríamos decir que, nuestros sabios tejieron una nueva idea en torno al tema del duelo; un nuevo enfoque que se ajusta precisamente, al equilibrio y lineamiento mencionado anteriormente. Al hombre, no se le pide que cambie al mundo, como tampoco se espera que con su semi-duelo se acaben ya todas las adversidades para el pueblo de Israel, pues, esta disposición, en realidad, escapa al alcance del humano. Lo que se le exige es: “Que se una plenamente al dolor de su pueblo”.

Que no permanezca indiferente a la pena de sus hermanos; que participe activamente en la desgracia de la sociedad y de los suyos. Que sienta en una ínfima parte, el dolor que padece D-os por el destierro de sus hijos. Cómo puede el hombre ser apático al clamor de D-os, quien diariamente desde las alturas pía como la paloma y dice: “¡Ay de mis hijos, que por sus pecados destruí mi casa (Templo), quemé mi arca sagrada y los desterré a las naciones del mundo!!” (Talmud, tratado de Berajot 3-1).

Si el hombre de hecho no puede aportar una solución concreta al grave destierro, al menos que lamente lo sucedido, que llore por la destrucción de los Templos sagrados y que reze a D-os para que se apiade de nosotros y ponga fin a nuestras desgracias. La Torá ve con ojos muy severos la apatía del hombre hacia los problemas y reveses de la sociedad. La indiferencia endurece las fibras más íntimas del sentimiento, y ello por consiguiente, convierte al hombre en insensible e irresponsable.

A continuación, solo unos ejemplos de las sentencias de nuestros sabios, las cuales nos ilustrarán la desventura que le llega a aquél que se desentiende de las penas de su prójimo, y por el contrario, la dicha que alcanza a aquél que se une y participa en las desdichas de la sociedad.

* Yaacob, nuestro patriarca, trabajó siete largos años con Labán, su suegro, a fin de casarse con Rajel, su hija menor. Su trabajo fue arduo y penoso, de día lo consumía el calor y de noche la helada. Jamás le presentó a su patrón una oveja devorada por las fieras, como tampoco cabras sin cría. No obstante, no logró su cometido. Labán lo engañó y puso bajo la Jupá (palio nupcial) a Leá, su hija mayor. Después de otros siete años, similares a los primeros, Yaacob alcanzó su propósito y se casó también con Rajel. La historia relata que, Lea engendraba y paría hijos de manera regular, y Rajel, que originalmente tenia que ser la esposa de Yaacob, no embarazaba. Desesperada ante la terrible situación que la oprimía, llegó con Yaacob y le dijo: ” … engéndrame hijos, pues, de lo contrario, prefiero la muerte”. Yaacob le respondió molesto e irritado: ” … ¿acaso estoy yo en lugar de D-os, que privó de ti fruto de vientre?” (Bereshit 30-1/2). Sobre esta respuesta comenta el Midrash Rábá (Perashat Vayetsé 71-10): D-os le reclamó a Yaacob diciéndole: “¡¿Así se les responde a las angustiadas?!!”, “Juro que finalmente tus hijos reverenciarán a los suyos!” (Las tribus se pararían ante Yosef pidiéndole misericordia). Hasta aquí la cita.

Analicemos: ¿Por qué le llegó este castigo a Yaacob?; ¿acaso no tenía lógica la respuesta que le dio a Rajel?; ¿qué podía hacer él si D-os no la agraviaba con hijos?.

La respuesta a esta interrogante confirma lo aseverado anteriormente. No podía darle hijos, pero sí podía unirse a su dolor. Como esposo y en calidad de Patriarca, debía oírla; dejarla que se desahogara, calmarla, consolarla y finalmente, rezar por ella; y puesto que quedó indiferente a su dolor, fue castigado.

* En contraste, Moshé nuestro insigne maestro, tuvo el mérito de ser el guía de Israel, gracias a su interés y preocupación por los sufrimientos que sus hermanos padecían en Egipto. El, en calidad de hijo adoptivo de Batiá, la hija del Faraón, podía desentenderse, si era su deseo, de los problemas de su pueblo, al fin y al cabo, vivía en el palacio real como un verdadero príncipe. Todo lo tenía, de todos los privilegios gozaba, y sin embargo, su conciencia no estaba tranquila. ¡Cómo podía estarlo mientras veía a sus hermanos sufriendo, siendo castigados y despojados de toda libertad!!. Por ellos sacrificó su comodidad, su honor y hasta su vida. Así lo narra el Midrash Tanjumá (Perashat Shemot 9): “Cuando Moshé veía sus pesados trabajos, lloraba y decía: ¡Daría mi vida por ustedes!”. “Ponía su hombro y ayudaba a cada uno de los esclavos, para aligerarle el duro trabajo” “Cuando advirtió que el Egipcio le pegaba al Hebreo, pronunció el nombre sagrado de D-os, y con ello mató y sepultó al Egipcio”. No le interesó el grave riesgo que conllevaba aquél acto, pues, de haberse enterado la justicia Egipcia, le hubiesen decretado la pena de muerte (como en realidad finalmente, así ocurrió). Defendió lo que creía suyo hasta su último aliento. Participó plena y activamente con la desgracia de sus hermanos. Dejó a un lado la apatía, el egoísmo y la comodidad, por eso llegó a ser quién fue.

* El Talmud en el tratado de Babá Metziá (85-1) narra una conmovedora anécdota que le sucedió a “Rabí Hakadósh” (Título Honorífico que se le otorgó exclusivamente a su persona por su alta santidad y consagración). Cierta vez, Rabí iba caminando por la calle y observó como un Shojet (degollador ritual) se disponía a degollar a un pequeño borreguito. El borreguito, que por instinto natural, sintió que le llegaba su hora, escapó desesperado de las manos del Shojet y se cobijó tras la túnica de Rabí, como pidiéndole protección. Rabí, en un acto sorprendente, sacó al borreguito de entre su túnica y le dijo: “¡Ve al degüello, pues para eso fuiste creado!”. Narra el Talmud que, a raíz de esa actitud, D-os le decretó a Rabí, grandes sufrimientos para que lo torturaran por muchos años. La medida de la justicia fue muy rigurosa con él. No se le perdonaba el castigo, hasta que remediara su conducta.
Cierta vez, la criada de su casa se encontraba realizando el quehacer doméstico, de pronto encontró a unos ratones escondidos y los barrió con violencia hacia afuera. La reprochó Rabí y le dijo: “¡Ten misericordia de las criaturas de D-os!, si quieres sacarlos, sacalos, pero con paciencia y piedad!. A partir de entonces, Rabí se curó y no sufrió más” (Hasta aqui la cita).

Analicemos: ¿Acaso Rabí no tenía razón con respecto al borreguito?; al fin y al cabo, el destino del animal es el degüello. Así lo dispuso D-os y así lo escribió textualmente en su Tora: “Todo reptil que vive, a vosotros serviré para comer, como la verdura de hierba (que permití comer a Adám), os di todo a vosotros” (Bereshit 9-3); ¿por qué entonces fue castigado?. Es que aún teniendo la razón, debía apiadarse del animal que le pedía protección. El permaneció indiferente a su llanto, buscó solo lo correcto; buscó solo la finalidad, y por lo mismo, endureció sus finos sentidos y estropeó su nobleza, factores vitales en el servicio a D-os, por eso fue castigado. Mas cuando se apiadó dé los ratones, volvió a recobrar esa delicada sensibilidad que había perdido. Entonces comprendió que aún actuando correctamente, no se debe ser apático al clamor de los animales, ni mucho menos al de los seres humanos. El unirse a la pena del compañero, hace del hombre, hombre. Le ayuda a avivar sus sentimientos, a refinar su aparato sensorial; mas como factor principal, lo induce a imitar a uno de los grandes atributos de D-os, el que indica: “Así como El es piadoso, tú también se piadoso” (Talmud, tratado de Shabat 133-2).

(selección extraída del libro “Fechas y conmemoraciones” por Shelomo Sued, © Shelomo Sued)

 

Tishá be Ab (Ayuno del 9 de Ab).(V). El Kotel Ha Maaraví

El decreto celestial estaba sellado: “¡El Beit HaMikdash será destruido y los judíos serán expulsados de su tierra!” Entonces dijo Di-s: “Pero el Kotel HaMaaraví (el Muro Occidental, o ‘De los Lamentos’) no será destruido, de manera que siempre quede algo que permita recordar que la Gloria de Di-s mora en ese lugar!”

Tito, el cruel general romano, seguía con su obra de destrucción. Cuando conquistó Jerusalén y rodeó el Santo Templo, repartió las cuatro murallas entre sus cuatro generales y ordenó a cada uno de ellos que destruyera la suya.

Tres de ellos destruyeron sus murallas, pero el cuarto, cuya tarea era destruir el Muro Occidental, no lo hizo.

Tito ordenó a sus guardias que trajeran al general a su presencia.
“¿Por qué nos has cumplido mis órdenes?”, le preguntó.
“Juro por la vida del Emperador”, respondió el general, “que lo hice por el honor de Roma. Si yo hubiera destruido también la última muralla, la gente no hubiera sabido qué inmenso santuario has destruido. Ahora todos los que vean la muralla restante del majestuoso Templo, exclamarán:
‘¡Qué héroe es Tito! ¡Miren qué gran Templo ha destruido!”‘
“Tienes razón y has actuado sabiamente”, le contestó Tito, “pero puesto que no has obedecido mi orden, súbete a la muralla y salta. Si quedas vivo, te perdonaré la vida”.

El general obedeció y encontró la muerte sobre el suelo junto a la muralla.
Los judíos no podrían ni hubieran olvidado su Beit HaMikdash. Cada año, el 9 de Av (Ttshá BeAv) se reunían junto al Muro Occidental para derramar sus corazones por la destrucción, e implorar a Di-s que reconstruyera el Beit HaMikdash y trajera de vuelta a todos los judíos desde los cuatro rincones del mundo hacia la Tierra Santa.
Los romanos no podían soportar ver cuán resueltamente los judíos mantenían viva su religión, y cuán sagrado consideraban al Muro Occidental.
Por eso, los gobernantes romanos ordenaron quemar y destruir el muro. Era en vano; el fuego no quemaba las inmensas piedras y el muro seguía entero.

Los romanos pensaron y pensaron, hasta que se les ocurrió un plan. Ordenaron que todos los gentiles que vivían en Jerusalén debían arrojar su basura diariamente junto al Muro Occidental. Tenían la esperanza de que con el correr del tiempo el muro quedaría totalmente cubierto con basura y así desaparecería de la vista.

Pasó un día, pasó otro, y la montaña de basura crecía junto al Muro Occidental. Poco a poco todo el muro quedó cubierto. Los gentiles se alegraron y los judíos guardaban duelo…

Pasaron muchos años. Cierto judío del exilio vino una vez a Jerusalén para derramar su corazón ante Di-s por la destrucción. Era un gran tzadik. Caminó por las calles de Jerusalén buscando el Muro Occidental, pero no podía encontrarlo.

Preguntó a sus habitantes ‘¿Dónde está el Muro Occidental?’ Pero la gente se encogía de hombros y decía que nunca en sus vidas lo habían visto. Este judío, sin embargo, no se dejó vencer. Día y noche andaba por las calles de Jerusalén buscando el Muro.

Cierta vez se encontró con una enorme pila de basura y desperdicios y se preguntó por qué se había acumulado tanta basura precisamente en este lugar. Entretanto, notó que se acercaba una anciana mujer gentil cargando una pesada bolsa sobre sus espaldas. Caminaba unos pasos, se detenía para descansar, y luego seguía. El judío se le acercó para ayudarla.
“¿De dónde vienes, anciana, y qué es lo que cargas?”, preguntó el judío.

“Vengo de una aldea próxima y traigo una bolsa de basura para arrojar en la montaña”.

“¿En tu aldea no tienes lugar para la basura”, le preguntó sorprendido el judío, “que te ves obligada a traerla hasta aquí?”
“Se ve que eres forastero en este lugar”, respondió la anciana mujer. “Es una costumbre nuestra traer la basura hasta aquí. Alguna vez hubo aquí una enorme muralla de piedra que los judíos consideraban santa, por lo que se nos ordenó cubrir el muro. Se nos solía pagar por hacerlo, pero hoy en día no recibimos ni una moneda por ello”, se lamentó la anciana. Luego vació su bolsa y regresó a su aldea.
El judío quedó parado allí, petrificado. Las lágrimas brotaban de sus ojos. “No me moveré de aquí hasta dar con un plan para retirar la basura y poner al descubierto una vez más el Kotel HaMaaravi.
Se quedó allí un rato hasta que de repente sus ojos se encendieron…

El judío comenzó a caminar en dirección a la ciudad y decía al oído de quienquiera encontraba por el camino lo siguiente:
“Dicen que debajo de aquella montaña de basura hay enterrado un enorme tesoro…

Luego, tomó una pala y un balde, regresó, y comenzó a cavar en la montaña de basura, llenando el balde y vaciándolo en una cañada próxima.
Poco tiempo después arribó al lugar más gente con palas y baldes. Toda la ciudad de Jerusalén estaba excitada por el anuncio de que un inmenso tesoro se escondía debajo de la montaña. Pronto la población entera se entregó al trabajo, cavando y limpiando la basura.
Cavaron durante todo el día hasta que se hicieron visibles las piedras superiores del Sagrado Muro. El sol se puso y la gente regresó a su casa para descansar tras un día de trabajo agotador. Sólo una persona se quedó sobre la montaña – el judío del exilio. Este abrazó las piedras del muro y las besó con lágrimas en sus ojos. Luego tomó algunas monedas de oro, las cubrió con basura, y se fue.
El sol apenas había comenzado a mostrar su rostro sobre el horizonte cuando la montaña de basura sobre el lugar del Muro Occidental ya estaba llena de gente.

De repente se escuchó un clamor. Alguien había hallado una moneda de oro, y así una segunda persona y una tercera. La gente comenzó a cavar con más entusiasmo aun.

La gente se reunía cada día y cavaba cada vez más y más profundo. La basura extraída era llevada lejos, y luego se seguía cavando. Cada día se encontraban algunas monedas de oro, pero todos decían que el verdadero tesoro estaba abajo, en la base misma del muro. El judío, por su parte, cavaba y extraía la basura igual que todos los demás, y así gastó toda su fortuna en esta sagrada misión de poner al descubierto el Kotel HaMaaravi.
Los habitantes de Jerusalén continuaron cavando durante cuarenta días alrededor del Muro Occidental en busca del “tesoro” hasta que finalmente todo el lugar quedó limpio. No encontraron el tesoro pero ante sus ojos apareció un enorme muro de piedra. De repente se desató un gran temporal y cayó un torrente de agua. Llovió durante tres días y sus noches, lavando el Muro y dejándolo limpio de todo rastro de suciedad. Cuando la gente vino a ver qué era lo que habían desenterrado, se encontraron ante una portentosa muralla de enormes piedras, algunas de ellas de unos tres metros de alto.
Desde entonces, los judíos acostumbraron a reunirse junto al Muro Occidental en Tishá BeAv, para volcar sus corazones a su Padre Celestial, rezando por la Redención completa que El prometió a Su pueblo a través de nuestros sagrados Profetas.
En aquel lugar sobre el que Avraham trajo a Itzjak para la Akeidá, donde estuvo en pie el Primer Beit HaMikdash -construido por el Rey Salomón- y el Segundo -construido por Ezra y Nejemia-, en ese mismo lugar será construido el Tercer y último Beit HaMikdash cuando muy pronto venga el Mashíaj.

El nuevo Beit HaMikdash superará en belleza y majestad incluso a los dos primeros, y una vez más los Kohanim (sacerdotes) llevarán a cabo su sagrado servicio, los Levitas entonarán sus cánticos, y todas las naciones reconocerán al Di-s único. Entonces tendremos un mundo radiante y hermoso. Y el Muro Occidental ya no será más llamado “Muro de los Lamentos”, porque el sonido de la alegría y la felicidad resonará por las calles de la Vieja Jerusalén.

© Copyright Editorial Kehot Lubavitch Sudamericana

Tishá be Ab (Ayuno del 9 de Ab).(IV). La Historia del Nueve de Av

La Mishná (Taanit 4:6) nos relata que cinco tragedias para el pueblo de Israel ocurrieron en Tishá Beav:

Cuando el pueblo de Israel estaba acampando en el desierto luego de haber salido de la tierra de Egipto, mandaron exploradores para que espíen la Tierra de Israel y saber por dónde entrar a la tierra para comenzar la conquista. Al retornar, después de cuarenta días, los espías dieron un falso reporte sobre la tierra y sus habitantes, y el pueblo aceptó aquel difamatorio reporte a causa de su falta de fe, llorando desalentados. Por esta razón, D’os decretó que los hombres de aquella generación no entrarían a la Tierra de Israel y deambularían por el desierto durante cuarenta años muriendo en él, y este fue el primer triste evento ocurrido un nueve de Av (del año 1313 a.e.c.).

La segunda desgracia ocurrida en este día fue que el primer Templo Sagrado de Jerusalem fue destruido a manos del emperador Nabucodonosor, rey de los Babilonios. Alrededor de cien mil judíos fueron asesinados y millones fueron exiliados (423 a.e.c.).

También el segundo Templo Sagrado de Jerusalem fue destruido un nueve de Av a manos del Imperio Romano liderado por el General Tito. Unos dos millones de judíos murieron y otro millón fue exiliado (68 e.c.).

La cuarta tragedia ocurrida un Tishá Beav tuvo lugar cincuenta y dos años después de la destrucción del Segundo Templo (120 e.c.) y es que el Imperio Romano liderado entonces por Adriano conquistó la gran ciudad de Betar junto con sus cientos de miles de habitantes. Esta ciudad tenía un gran rey y todo el pueblo de Israel y los grandes Sabios pensaron que él era el Mashiaj, pero él cayó en manos de los Romanos quienes mataron a toda la ciudad, y este hecho fue tan doloroso como el sufrimiento por la destrucción del Templo.

El quinto triste evento que tuvo lugar en Tishá Beav fue que después de la destrucción del primer Templo la tierra de Israel estuvo desolada durante 52 años y la ciudad de Jerusalem fue arada como si fuera un campo. Además, en la época del segundo Templo, el área y los alrededores del Templo de Jerusalem (en ruinas) fueron tomados por el general romano Turnus Rufus, Jerusalem fue reconstruida como una ciudad pagana – renombrada Aelia Capitolina y fue prohibido el acceso de los judíos a la misma.

* * *

Sin embargo, además de estas cinco desgracias recordadas en la Mishná, otras tragedias para nuestro pueblo tuvieron lugar en este día, a lo largo de la historia judía, después de haberse escrito la Mishná (en el año 200 e.c. aprox.).

El Papa Urbano II declaró las primeras Cruzadas, un nueve de Av. En ellas, decenas de miles de judíos fueron asesinados y muchas comunidades judías desaparecieron. Más tarde en la historia, la inquisición española culminó con la expulsión de los judíos de España en el día de Tishá Beav del año 1492. También un nueve de Av se desencadenó la primer guerra mundial en el año 1914, cuando Rusia le declaró la guerra a Alemania, y el resentimiento alemán por haber perdido la guerra, preparó la escena para el estallido de la segunda guerra mundial y el terrible Holocausto que terminó con la vida de un tercio de nuestros hermanos. Además, en Tishá Beav, comenzó la deportación de los judíos del guetto de Varsovia.

Es por eso que para mantener frescos en nuestra memoria todos estos tristes episodios, en función de meditar sobre ellos para saber qué debemos cambiar y reparar para que no se vuelvan a repetir, debemos practicar algunas costumbres de duelo en este triste día, con la firme esperanza de que con Su infinita misericordia, D’os lo convierta pronto pronto en un día de alegría y regocijo para todos nosotros. Amén.

http://www.judaismohoy.com

Tishá be Ab (Ayuno del 9 de Ab).(III). El Mes de Av

Dice la Mishná: “Mishenijnás Av memaatim besimjá” (Taanit 26). Esto significa que cuando comienza el mes de Av debemos disminuir nuestra alegría.

* * *

Y a pesar de que el primer día del mes es llamado Rosh Jódesh y es un día semifestivo, de todas maneras, por cuanto que este Rosh Jódesh es el comienzo del mes de las desgracias no nos alegramos este día.

* * *

Además, Aharón – el Sumo Sacerdote – falleció en un Rosh Jódesh Av.

* * *

Dijo el Rav Jaim de Tzanz:

“Mishenijnás Av memaatim besimjá”. Amén de la explicación simple de esta Mishná que significa que cuando comienza el mes de Av debemos disminuir nuestra alegría, se puede agregar una explicación más:

Cuando comienza el mes de Av y los días de duelo, debemos disminuir el duelo mediante la alegría.

Otra explicación ofreció:

Cuando comienza el mes de Av debemos diminuir, pero ¿cómo debemos hacerlo? Con alegría.

* * *

La palabra Av en hebreo se escribe mediante las letras alef y bet, y estas son las iniciales de los dos pueblos que destruyeron el primer y segundo Templo de Jerusalem: la alef se refiere a Edom (de cuyo pueblo proviene Roma), y la bet se refiere a Babel (Babilonia). Es por eso que cuando comienza el mes de Av debemos disminuir nuestra alegría (Shené Lujot Haberit).

* * *

Otros explican que la alef y la bet de Av son las iniciales de las palabras: “Elul ba”, que significa “Elul se aproxima”, pues este mes nos tiene que servir de preparación para el mes de Elul, el mes del arrepentimiento.

* * *

En hebreo, la palabra Av puede significar “padre”, “principal”, “primero”. Hay quienes explicaron que el nombre de este mes es Av pues este mes es el principal y más propicio para adquirir y aprender conceptos espirituales.

“D’os destruirá a la muerte para siempre, borrará las lágrimas de todos los rostros y hará que Su pueblo no sea avergonzado nuevamente…”

(Ieshaiahu – Isaías – 25:8)

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