Rosh Hashana: Personalidades. El Rabino Amnon

Hace más de ochocientos años vivía un gran hombre en la ciudad de Maintz. Su  nombre era Rabino Amnon. El Rabino Amnon era un gran erudito y un hombre muy  pío. Amaba y respetaba a los judíos y a los no judíos de la misma manera, y su  nombre era conocido desde lejos. Hasta el Duque de Hessen, el gobernador de la  tierra, admiraba y respetaba al Rabino Amnon por su sabiduría, erudición y  piedad. En muchas ocasiones el Duque lo invitó a su palacio y le consultó sobre  asuntos de Estado.

 El Rabino Amnon nunca aceptó ninguna recompensa por sus servicios al Duque o  al Estado. De tiempo en tiempo, sin embargo, el Rabino Amnon le pedía al Duque  que facilitase la posición de los judíos en su tierra, que aboliese algunos de  los decretos y restricciones que existían contra los judíos en ese momento, y en  general que les permitiese vivir en paz y con seguridad. Ese fue el único favor  que el Rabino Amnon le solicitó al Duque, y el Duque nunca rechazó su solicitud.  Así, el Rabino Amnon y sus hermanos vivieron felizmente por muchos años.
Pero los otros hombres de estado del Duque empezaron a tenerle envidia al  Rabino Amnon. El que más le envidiaba era el secretario del Duque, quien no  podía soportar el honor y el respeto que el Rabino Amnon disfrutaba de su señor,  lo que rápidamente se estaba convirtiendo en una gran amistad entre el Duque y  el Rabino. El secretario empezó a buscar maneras y medios para desacreditar al  Rabino Amnon a los ojos del Duque.

Un día el secretario le dijo al Duque:

 “Señor, ¿por qué no persuadís al Rabino Amnon a convertirse en cristiano,  como nosotros? Estoy seguro que considerando el honor y los muchos favores que  ha disfrutado de tu generosa mano, gustosamente abandonará su fe y aceptará la  nuestra.”

El Duque pensó que no era mala idea. Cuando el Rabino Amnon llegó a su  palacio al día siguiente:

 “Mi buen amigo, Rabino Amnon, sé que me has sido leal y devoto por muchos  años. Ahora deseo pedirte un favor personal. Abandona tu fe y conviértete en un  buen cristiano como yo. Si lo hacéis, te convertiré en el hombre más grande de  todo mi Estado; tendrás honor y riquezas como ningún otro hombre, y después de  mí, serás el hombre más poderoso en mi Estado …”

El Rabino Amnon empalideció. Por un momento no pudo encontrar palabras para  contestarle al Duque, pero luego de un rato le dijo:

“¡Oh, ilustre Monarca! Por muchos años te he servido fielmente, y ser judío  no ha disminuido de ningún modo mi lealtad a ti o al Estado. Por el contrario,  mi fe me ordena ser leal y fidelidad a la tierra donde vivo. Estoy listo y  dispuesto a sacrificar todo lo que poseo, hasta mi vida misma, por ti así como  por el Estado. Sin embargo, hay una cosa de la que no puedo separarme y es mi  fe. Estoy obligado por un pacto inquebrantable a mi fe, la fe de mis  antecesores. ¿Quieres que traicione a mi pueblo, a mi D-os? ¿Quisieras a un  hombre a tu servicio que no tiene respeto por su religión, por los vínculos y  lazos que considera más sagrados? Si traiciono a mi D-os, ¿podrías confiar en  que no te traicionaría? De seguro que el Duque no quiere decir eso. ¡El Duque  está bromeando!”

“No, no…” el Duque dijo, aunque sonaba un tanto inseguro, ya que en sus  adentros el Duque estaba impresionado con la respuesta del Rabino Amnon. El  Rabino Amnon esperaba haber resuelto el asunto, pero cuando llegó al palacio al  día siguiente, el Duque repitió su solicitud. El Rabino Amnon se sintió muy  infeliz y empezó a evitar visitar el palacio, a menos que fuese absolutamente  necesario.

 Un día el Duque, impaciente con la obstinación del Rabino Amnon, se lo puso  de manera terminante: O se convertía en cristiano o aceptaba las consecuencias.  Presionado para que respondiese de inmediato, el Rabino Amnon finalmente le rogó  al Duque que le diese tres días durante los cuales considerar el asunto. El  Duque se lo otorgó.

Tan pronto como el Rabino Amnon dejó al Duque, se dio cuenta de su grave  pecado. “Querido D-os,” pensó, “¿qué he hecho? ¿Me falta fe y coraje que  solicité tres días para pensarlo? ¿Puede haber otra respuesta? ¿Cómo pude  mostrar tal debilidad siquiera por un momento? Oh, gracioso D-os,  perdóname…”

 El Rabino Amnon llegó a su hogar con el corazón partido. Se aisló en su  habitación y pasó los tres días siguientes rezando y suplicando, rogándole  perdón a D-os por la debilidad de su corazón que había mostrado por un  momento.

Cuando el Rabino Amnon no llegó al palacio al tercer día, el Duque se enojó  mucho y ordenó a sus hombres que le trajesen al Rabino Amnon encadenado.

 El Duque difícilmente reconoció al Rabino Amnon, tanto había cambiado el  venerable hombre en el curso de los últimos tres días. Sin embargo, el Duque  rápidamente hizo un lado cualquier sentimiento de simpatía que pudiese haber  sentido por su amigo de antaño y le dijo con severidad:

“¿Cómo te atreves a desobedecer mi mandato! ¿Por qué no apareciste a tiempo  para darme tu respuesta? Confío por ti que hayáis decidido hacer lo que te dije.  Será malo para ti si no lo haces …”

 Aunque el Rabino Amnon era un hombre quebrantado físicamente, pero su  espíritu era tan fuerte como antes.

“Señor,” contestó el Rabino Amnon sin temor, “solamente puede haber una  respuesta: ¡seguiré siendo un judío leal mientras respire!”

 El Duque estaba fuera de sí de la rabia. “Es ahora algo más que la cuestión  de que te convirtieses en cristiano. Me has desobedecido al no venir  voluntariamente a darme tu respuesta. Por eso debes ser castigado…”

“Señor,” dijo el Rabino Amnon, “al solicitar tres días para considerar el  asunto, he pecado gravemente contra mi D-os.”

 Estas valientes palabras enojaron todavía más al Duque. “Por pecar contra tu  D-os,” dijo furioso el Duque, “dejadlo que se vengue Él mismo. Yo te castigaré  por desobedecir MIS órdenes. Tus piernas han pecado contra mí, porque rehusaron  venir ante mí, y por lo tanto serán cortadas!”

Con señales de vida muy débiles, el cuerpo sin piernas del Rabino Amnon fue  enviado de vuelta a su casa, a su adolorida familia. Era el día antes de Rosh  Hashaná. Las noticias sobre la espantosa suerte del Rabino Amnon se extendió  por toda la ciudad. Todos estaban horrorizados y afligidos. Era un Día del  Juicio muy trágico para los judíos de Maintz, quienes se reunieron en shul a la mañana siguiente.

 A pesar de su terrible sufrimiento, el Rabino Amnon recordó que era Rosh  Hashaná, y solicitó que lo llevasen a shul. A su solicitud, fue colocado al frente del Arca sagrada. Todos los fieles, mujeres, hombres y niños, sollozaron al ver a su amado Rabino en tal agonía, y nunca se ofrecieron plegarias más fervientes que ese día de Rosh Hashaná.
 Cuando el jazan empezó a recitarla plegaria de musaf, el Rabino  Amnon pidio que hubiese un intervalo mientras ofrecía una plegaria especial a  D-os. El silencio se hizo entre los fieles, y el Rabino Amnon empezó a decir Unetaneh tokef. La congregación repitió cada palabra y sus corazones se  elevaron a D-os en plegaria. Luego recitaron de la manera más solemne la  plegaria de Olin, y cuando llegaron a las palabras “Es nuestro D-os, y  ningún otro”, el Rabino Amnon las gritó con la fuerza que le quedaba y  murió.
 La plegaria “Unetaneh Tokef”-la plegaria más solemne de Rosh Hashaná y Iom Kipur, es recitada en toda comunidad judía en el mundo, y el coraje  del Rabino Amnon, el inmortal autor de esta plegaria, sirve como inspiración  para todos nosotros.

Rezos y Plegarias (III):Untané Tókef

Untané Tókef (La plegaria de Musaf)

Una de las partes más impactantes y conmovedoras de la tefilát musaf (rezo adicional) es el poema escrito por Rabí Amnón de Mainz – quien vivió en Alemania hace más de 1000 años – llamado “Untané Tókef”.

Rabí Amnón de Mainz

Hace aproximadamente 1000 años atrás, había en Europa una gran persona en la ciudad de Mainz (Maguncia), este hombre era el Rabí Amnón, un gran estudioso y un hombre muy piadoso. Era amado y respetado tanto por judíos y no-judíos, y su nombre era conocido en todas partes.

Incluso el mismo Duque de Essen de lo que es la actual Alemania, quien era el gobernante de esta tierra, admiraba y respetaba al Rabí Amnón por su gran sabiduría y su piedad. Muchas veces el Duque (y obispo) lo invitaba a su palacio y lo consultaba en todas las materias de Estado.

El Rabí Amnón nunca aceptó ningún premio por sus servicios al Duque o al Estado. De vez en cuando, sin embargo, el Rabí Amnón le pediría al Duque aliviar la posición de los judíos en su tierra, abolir algunos de los decretos y restricciones que existieron contra los judíos en ese momento, y generalmente eran para permitirles vivir en paz y seguridad. Éste era el único favor que Rabí Amnón pidió durante toda su vida al Duque, y el Duque prestaba atención a sus demandas.

Así que el Rabí Amnón y sus hermanos vivieron pacíficamente durante muchos años.

Pero los otros estadistas del Duque comenzaron a ponerse envidiosos de Rabí Amnón.

Y el más envidioso de todos ellos era el secretario del Duque que no podía soportar ver el honor y respeto que Rabí Amnón disfrutaba de su amo ya que entre ellos estaban desarrollando una gran amistad.

El secretario empezó a buscar las maneras y medios para desacreditar al Rabí Amnón ante los ojos del Duque.

Un día el secretario le dijo al Duque:

“¿Señor, por qué usted no persuade al Rabí Amnón para que se vuelva cristiano, como nosotros? – Yo estoy seguro que considerado el honor y los muchos favores que él ha disfrutado de su mano generosa, abandonará su fe alegremente y aceptará la nuestra.”

El Duque pensó que no era una mala idea.

Cuando el Rabí Amnón vino a su palacio al día siguiente, él le dijo:

“Mi buen amigo, Rabí Amnón, desde que yo le conozco usted ha sido fiel a mí por muchos años. Ahora yo deseo pedirle un favor personal.

“Abandone su fe, y vuélvase cristiano ya que ello a mí me simpatiza”.

“Si usted lo hace, yo lo haré el más destacado hombre de todo mi estado; usted tendrá tanto honor y opulencia que no haya disfrutado jamás otro hombre, y al lado mío usted será además el hombre más poderoso en mi estado…”

El Rabí Amnón se quedó pálido. La sorpresa fue tan grande que él no pudo encontrar ninguna palabra para contestar al Duque, pero después de un rato él dijo: “¡O Monarca ilustre! Durante muchos años yo lo he servido fielmente, y el hecho de ser un judío de ninguna manera disminuyó mi lealtad a usted o a su Estado. Al contrario, mi fe me dice que debo serle fiel a usted y fiel a la tierra de mi estancia. Yo estoy listo para sacrificar todo lo que poseo, incluso daría mi vida, por usted así como por el Estado. Pero hay una sola cosa, sin embargo, que yo nunca puedo quebrantar y ésa es mi fe.

Yo estoy limitado por un convenio irrompible a mi fe, la fe de mis antepasados.

¿Me pide usted traicionar a mi gente y los preceptos de mi D-s?

¿Querría acaso usted a un hombre que le sirviera pero que no tiene respeto para con su religión, y a los lazos que lo sostienen y le son más sagrados?

¿Si yo traiciono a mi D-s, podría confiar luego usted en mí?

“Ciertamente creo que el Duque no quiso decirlo. ¡El Duque está seguramente bromeando!”

“No, de ninguna manera yo no bromeo…” dijo el Duque.

Aunque él Rabí parecía un poco desconcertado, interiormente el Duque se impresionó con la contestación del Rabí Amnón.

Le dijo luego el Duque retírese y venga mañana.

El Rabí Amnón esperó que al otro día el Duque recapacitara en el pedido, pero cuando él llegó al palacio nuevamente, el Duque repitió su demanda. Y el Rabí Amnón se puso muy infeliz, y empezó a evitar visitar el palacio, a menos que si ello era completamente ineludible.

Un día el Duque, impaciente por la obstinación del Rabí Amnón, se plantó muy bruscamente delante de él diciéndole:

O te conviertes inmediatamente al cristianismo o sino deberás soportar las consecuencias por rehuirte.

Apretujado por el Duque para darle su respuesta en forma inmediata, el Rabí Amnón le pidió finalmente al Duque que le permitiera 3 días para considerar la misma. El Duque se lo concedió.

Prontamente el Rabí Amnón al dejar al Duque, recapacito sobre su respuesta y comprendió su grave pecado.

“¿Querido D-s,” él pensó, “Hay qué error he hecho yo”?

¿Está faltándome fe y también valor para que pedí yo tres días de consideración? ¿Puede haberle dado una respuesta en el momento, cualquiera pero una respuesta al fin? ¿Cómo podría mostrar yo semejante debilidad en ese momento?- O querido D-s, perdóname…”

El Rabí llegó a su casa con el corazón roto. Él se apartó en su cuarto y abatido se dedico los tres días a la oración y la súplica, mendigando el perdón de D-s por la debilidad de corazón que el había mostrado en ese momento.

Cuando el Rabí Amnón no llegó al palacio en el tercer día, el Duque se puso muy enfadado, y pidió que sus hombres trajeran al Rabí encadenado.

El Duque apenas reconoció al Rabí, el venerado hombre había cambiado en el curso de los últimos tres días. Sin embargo, el Duque se sacó rápidamente todo sentimiento de simpatía hacia él y todo recuerdo de amistad, y le dijo severamente:

“¡Cómo se atreve usted a desobedecer mis ordenes! ¿Por qué no apareció usted a tiempo ante mí para darme su respuesta? Por su causa yo confío que usted ha decidido hacer cuanto yo le digo. Si no será una pena para usted…”

Aunque el Rabí Amnón era ahora físicamente un hombre quebrantado, su espíritu era más fuerte que en toda su vida.

“Señor Duque ” le contesto intrépidamente el Rabí Amnón, ” Tengo una respuesta: ¡Yo seguiré siendo un judío fiel mientras, respire!”

El Duque estaba al lado de él con ira por causa de la respuesta y le dijo: “Está ahora de más la pregunta si se convertirá usted en un cristiano. Usted me ha desobedecido no viniendo a darme su respuesta voluntariamente. Y por ello debe ser castigado…”

El Rabí Amnón dijo, si señor Duque, “pidiéndole tres días de consideración para darle a usted una respuesta he pecado gravemente contra D-s.”

“Mi lengua debe recortarse para haber hablado falsamente”. El Duque respondió que él no le recortaría su lengua que porque había hablado propiamente

Estas palabras valientes enfurecieron al Duque mucho más aun. “Por pecar contra su D-s…” El Duque dijo enojadamente, ” Yo lo castigaré por desobedecer mis órdenes. Sus piernas pecaron contra mí, porque ellas se negaron a venir; ¡Por consiguiente sus piernas serán cortadas!”

Los no-judíos procedieron entonces a cortar cada coyuntura de sus piernas y brazos. Después de cortar cada una de sus articulaciones ellos le preguntaban si quería convertirse al Cristianismo y el Rabí Amnón se negaba una y otra vez. Cuando todo esto fue completado ellos lo enviaron a su casa junto con los miembros de su cuerpo.

Con señales muy débiles de vida el cuerpo del Rabí Amnón fue enviado a su casa, con el pesar de toda su familia herida, pues era el día de vísperas de Rosh Hashaná.

Las noticias sobre el terrible destino del Rabí Amnón se extendieron a lo largo de toda la ciudad. Cada persona de la comunidad estaba horrorizada y se apenaron muchísimo. Era un Día de Juicio muy trágico para los judíos de Mainz y se congregaron en la Sinagoga a la mañana siguiente.

A pesar de que su Rabí Amnón había sufrido tan terrible amputación y con las pocas fuerzas que le restaban recordó que era Rosh Hashaná, y pidió ser llevado a la Sinagoga. Ante su demanda él fue sentado delante del Arca donde se guarda la Torá. Todos los devotos, hombres, mujeres y niños lloraron y vieron a su querido Rabí mutilado en una agonía terrible, pero nunca jamás vieron un corazón Judío que rasgara tan bellas y emotivas oraciones ofrecidas por el Rabí en el día de Rosh Hashaná.

Cuando el “Jazan” (cantor litúrgico) empezó a recitar la oración Kedusha de Musaf, el Rabí pidió un intervalo mientras él le ofreció una oración especial de alabanzas a D-s.

El silencio cubrió a todos los presentes, y el Rabí Amnón empezó a decir “Unethaneh Tokef ” en el que él habla sobre el gran juicio que tiene lugar en Rosh HaShaná y que todos los juicios de HaShem son verdad.

La congregación repitió cada palabra y sus corazones salieron hacia D-s en esa nueva oración. Luego, al finalizar el rezo, ellos recitaron la oración de “Aleinu” solemnemente, y cuando llegaron a las palabras:

“Él es nuestro D-s, y no ningún otro”

Con las pocas fuerzas restantes, el Rabí Amnón se deleito con estas palabras llorando y emocionado falleció.

La oración “Unethaneh Tokef”, es una de las oraciones más solemnes de Rosh Hashaná y Yom Kipur, se recita en las comunidades judías de todo el mundo, y el valor de Rabí Amnón, el autor eterno de esta oración, sirve de gran inspiración a todos nosotros…

Tres días más tarde el Rabí se apareció en un sueño al Rabí Klonimus ben Meshulam de Mainz y le enseñó el texto completo de esta oración y le ordenó que lo extendiera a lo largo del mundo judío.

Untané Tókef

Hay quienes se conmueven al escuchar con qué sentimiento lo canta el jazán del bet hakneset (sinagoga), pero muchos otros – más elevados – prefieren meditar en el contenido que éste encierra. Traduciremos aquí una parte del poema:

“Relatemos ahora la santidad de este día, porque es imponente y temible. En él será exaltado Tu Reinado, se afirmará con benevolencia Tu Trono, y Te sentarás en él, en verdad. Es verdad que Tu eres el Juez y Quien prueba, el conocedor y el testigo, Quien inscribe y sella, y recuerdas todo lo olvidado. Abrirás el “libro de los recuerdos”, que se leerá por sí mismo, y el sello de todos los hombres está en él. Y un gran shofar será tocado, y un sonido calmo y delicado será escuchado. Los ángeles se apresurarán, temblor y estremecimiento se apoderará de ellos, y dirán: “He aquí el Día del Juicio, para reunirse con el “ejército celestial” para el juicio!” – porque no serán meritorios a Tus ojos en el juicio. Y todos los creados pasarán ante Tí como miembros del rebaño. Como el pastor pastando su rebaño, haciendo que las ovejas pasen bajo su vara, así Tu harás pasar, contarás, calcularás y recordarás el alma de todos los vivientes, y decidirás la asignación para todos Tus creados y escribirás su veredicto.

En Rosh Hashaná serán inscriptos y en Iom Kipur serán sellados cuántos se irán y cuántos serán creados, quién vivirá y quién morirá, quién morirá en su tiempo y quién antes de su tiempo, quién mediante el agua y quién mediante el fuego, quién mediante la espada y quién mediante fieras salvajes, quién a causa del hambre y quién a causa de la sed, quién por un terremoto y quién por una plaga, quién por estrangulación y quién por apedreamiento, quién descansará y quién vagabundeará, quién vivirá en calma y quién será acosado, quién disfrutará de la tranquilidad y quién sufrirá, quién será empobrecido y quién será enriquecido, quién será rebajado y quién será elevado. Pero el arrepentimiento, el rezo y la caridad remueven lo malo del decreto!”.

En este poema, Rabí Amnón incluyó muchos puntos de gran profundidad, e intentaremos explicar algunos de ellos:

“En él será exaltado Tu Reinado, se afirmará con benevolencia Tu Trono, y Te sentarás en él, en verdad”.

Durante todo el año no pensamos en arrepentirnos de nuestras malas acciones así como lo hacemos en estos días, puesto que no recordamos que D-os nos juzga. Sin embargo en estos días albergamos un profundo sentimiento de temor ante el “Día del Juicio”, y cuando hacemos esto, de alguna manera, estamos reconociendo que D-os es el Rey de Reyes y es el único que tiene, en verdad, el poder para juzgar. Es por eso que se podría decir que en Rosh Hashaná de alguna forma estamos “coronándolo” a D-os, pues un rey que no tiene sobre quien reinar, no es digno de llamarse rey. Y cuando D-os ve esto se apiada de nosotros en el juicio y nos juzga con benevolencia.

“Es verdad que Tu eres el Juez y Quien prueba, el conocedor y el testigo, Quien inscribe y sella, y recuerdas todo lo olvidado”.

Él es el único que nos juzga. En las cortes de justicia terrenales, se necesitan varios jueces, abogados, testigos, fiscales, secretarios, etc., pero no es así en el Juicio Divino, donde D-os mismo es Quien juzga, testimonia e inclusive inscribe y sella el veredicto. Además, Él recuerda incluso lo que las personas ya se olvidaron, poniendo en la balanza las buenas acciones que las personas hicieron a pesar de que se olvidaron de ellas, así como las malas.

“Abrirás el “libro de los recuerdos”, que se leerá por sí mismo, y el sello de todos los hombres está en él”.

La veracidad del “libro” en el cual están registradas las acciones de los hombres es tan grande, que pareciera ser como si se leyera por sí mismo, y aún más, como si cada persona hubiera firmado y sellado aquel libro para autentificar su contenido.

“Y todos los creados pasarán ante Tí como miembros del rebaño”.

Esta parte del poema está basada en la Mishná que dice: “En cuatro momentos el mundo es juzgado: en Pesaj – por la cosecha, en Shavuot – por los frutos de los árboles, en Rosh Hashaná – todos los creados pasan delante de Él como miembros de un rebaño, así como está escrito: “Quien crea en conjunto sus corazones, Quien entiende todas sus acciones” (Tehilim -Salmos- 33:15), y en Sucot – son juzgados por el agua” (Rosh Hashaná 16a).

En Rosh Hashaná somos conducidos como un rebaño al que se lo hace pasar por una puerta angosta, uno detrás del otro, para contarlos y verificarlos. Por esa puerta no pueden pasar a la vez dos corderos, ni quedará un cordero sin ser contado, y así es con las personas en Rosh Hashaná: todo ser humano – ya sea piadoso o malvado – es juzgado por todo lo que hizo el año anterior.

Así como el rebaño no puede atravesar ese lugar angosto para pasar a un lugar más amplio, a menos que el pastor así lo disponga, asimismo las personas no pueden salir meritorias en el Juicio Divino sin pasar antes por ese momento de estrechez, y unicamente lograrán atravesarlo gracias a la benevolencia de D-os, el Pastor de Israel.

“En Rosh Hashaná serán inscriptos y en Iom Kipur serán sellados”.

En estos días de juzgamiento D-os decide la suerte de toda la población – en general, y la suerte de cada individuo – en particular. D-os decide cómo morirán aquellos que son condenados a morir y qué clase de vida tendrán aquellos que vivirán. Nuestro autor nos enseña que no importa lo que le pase a una persona, ya sea bueno o malo, ello es únicamente el resultado del Juicio Divino, la consecuencia de la evaluación de sus actos. La causa de alguna muerte puede parecer natural, accidental o violenta; pero es sólo una apariencia externa, aún eso está predeterminado desde Rosh Hashaná.

“Pero el arrepentimiento, el rezo y la caridad remueven lo malo del decreto!”.

Aquí, Rabí Amnón describe la fórmula mediante la cual el hombre puede causar que la severidad de la decisión sea revocada. El arrepentimiento, el rezo y la caridad tienen el poder para que D-os anule la dureza del decreto, pues al ver que nosotros no nos comportamos como acostumbrábamos, es obvio que D-os también se hará eco de nuestro cambio, pues ya no somos los mismos. Ahora rezamos mejor, nos arrepentimos de nuestras malas acciones y también tenemos más piedad por nuestros semejantes.

En casi todas las ediciones de los majzorim (libro se oraciones) de Rosh Hashaná e Iom Kipur, las palabras: “el arrepentimiento, el rezo y la caridad” tienen encima de ellas escritas otras tres palabras: “ayuno” – sobre “arrepentimiento”, “voz” – sobre “rezo” y “dinero” sobre “caridad”. Esto es para indicarnos que la verdadera teshuvá incluye ayunar, rezar en voz alta y dar caridad.

¿Cuánta caridad uno tiene que dar? ¿Es suficiente con dar justo lo que la ley requiere y no más? Rabí Israel Meir Hacohén (conocido como el “Jafetz Jaím”, 1839 – 1933) solía decir que si uno está satisfecho con un mínimo absoluto de comida, morada y ropa para él y su familia, entonces alcanza con que dé ese mínimo de caridad a los demás. Pero si él quiere más de lo necesario para sí mismo, él debe dar lo mismo a los necesitados.

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