HANUKA 5773 ( del 8 al 16 de Diciembre 2012). BERAJOT (Bendiciones) para encender la JANUKYA

janujanu

Antes de encender las luces de Jánuca y despues de haber recitado la Habdalá, En esta primera noche de Jánuca, Motzae Shabat  8 de diciembre de 2012, recitamos las tres bendiciones. En cada noche  subsiguiente se recitan solo las dos primeras bendiciones.

januka 1

1. Baruj Atá A-do-nai E-lo-heinu Melej Haolam asher kideshanu bemitzvotav vetzivanu lehadlik ner Janucá.

2. Baruj Atá A-do-nai E-lo-heinu Melej Haolam sheasá nisím laavotenu baiamim hahem bizmán hazé.

januka 2 

3. Baruj Atá A-do-nai E-lo-heinu Melej Haolam shehejeianu vekiemánu vehiguianu lizman hazé.

Traducción:

1. Bendito eres Tú, Di-s nuestro Señor, Rey del Universo, Quien nos ha santificado con Sus preceptos y nos ha ordenado encender la vela de Janucá.

2. Bendito eres Tú, Di-s nuestro Señor, Rey del Universo, Quien hizo milagros a nuestros antepasados, en aquellos días, en esta época.

3. Bendito eres Tú, Di-s nuestro Señor, Rey del Universo, Quien nos otorgó vida, nos sustentó y nos hizo llegar hasta la presente ocasión.

Después que se encendieron las luces de Janucá se acostumbra a recitar o cantar el himno Hanerot Halalu.

januka 3

Hanerot Halalu Anu Madlikim Al Hanisim Veal Haniflaót, Sheasita  Laavoteinu Baiamim Hahem Bazeman Haze, Al Iedei Kohaneja Hakedoshim. Vejol  Shemonat Iemey Ha-Januka. Hanerot Halalu Kodesh Hem, Veein Lanú Reshut Lehishtamesh Bahem, Ela Lireotam Bilvad, Kedei Lehodot ulehalel .Le-Shimja Ha-Gadol Al Niseja veal Nifleoteja Ve-Al Yeshuateja.

Traducción:

Encenderemos estas velas con motivo de las salvaciones, milagros, maravillas que has realizado con nuestros antepasados en aquellos días en esta época, por intermedio de tus santos sacerdotes. Estas luces son sagradas durante los ocho días de Janucá, y no nos es permitido emplearlas de ninguna manera sino solamente observarlas para agradecer y alabar tu nombre por tus milagros, maravillas y salvaciones.

Y por último el Salmo nº 30 de Tehelim

mizmor 1

MIZMOR SHIR JANUKAT HABAIT LEDAVID AROMIMJA ADONAY KI DILITANI VELO SIMAJTA OIVAI LI.  ADONAY ELOHAY SHIBATI ELEJA VATIRPAHENI ADONAY EELITA MIN SHEOL NAFSHI JIITANI MIIARDI VOR ZAMERU LADONAY JASIDAB VEODU LEZEJER KODSHO KI REGA VEAPO JAIM VIRTZONO BAEREV IALIN BEJI BELABOKER RINA VAANI AMARTI VESHALVI BAL EMOT LEOLAM ADONAY BIRTZONEJA EEMADTA LEARERI OZ, ISTARTA FANEJA AITI NIVHAL ELEJA ADONAY EKRA VEEL ADONAY ETJANAN MA BETZA BEDAMI BERIDTI EL SHAJAT AIODEJA AFAR AIAGUID AMITEJA SHEMA ADONAY VEJONENI ADONY EIE OZER LI AFAJTA MISPEDI LEMAJOL LI PITAJTA SAKI VATEAZERENI SIMJA LEMAAN IESAMERJA JABOD VELO IDOM ADONAY ELOHAI LEOLAM ODEKA.

Tradución

Te exaltaré, Señor, porque me rescataste; no permitiste que mis enemigos triunfaran sobre mí. Oh Señor, mi Dios, clamé a ti por ayuda,   y me devolviste la salud. Me levantaste de la tumba, oh Señor; me libraste de caer en la fosa de la muerte.

 ¡Canten al Señor, ustedes los justos! Alaben su santo nombre. Pues su ira dura sólo un instante, ¡pero su favor perdura toda una vida! El llanto podrá durar toda la noche, pero con la mañana llega la alegría.

 Cuando yo tenía prosperidad, decía:  «¡Ahora nada puede detenerme!».Tu favor, oh Señor, me hizo tan firme como una montaña; después te apartaste de mí, y quedé destrozado.

A ti clamé, oh Señor. supliqué al Señor que tuviera misericordia, le dije:Qué ganarás si me muero,si me hundo en la tumba? ¿Acaso podrá mi polvo alabarte? ¿Podrá hablar de tu fidelidad? 10 Escúchame, Señor, y ten misericordia de mí;  ayúdame, oh Señor».

 Tú cambiaste mi duelo en alegre danza;me quitaste la ropa de luto y me vestiste de alegría,para que yo te cante alabanzas y no me quede callado.  Oh Señor, mi Dios, ¡por siempre te daré gracias!

¡¡ FELIZ HANUKÁ !!

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Januka: Alejandro Magno y los Judíos

Manteniendo el espíritu de Hollywood, las películas se enfocan en la impresionante carrera militar de Alejandro, sus batallas colosales con el Imperio Persa y su sórdida vida personal. Lo que no verás en ninguna parte serán las fascinantes interacciones que Alejandro Magno tuvo con el pueblo judío y las complejas relaciones que se desarrollaron entre los griegos y los judíos que establecieron el escenario para la historia de Januca.

Un Poco de trasfondo

Alejandro Magno, nacido en 356 AEC, fue el hijo de Felipe II (382-336 AEC), el Rey de Macedonia en Grecia del norte (considerado un bárbaro según las ciudades de Grecia del sur). Felipe creó un poderoso ejército profesional, que unió en base a la fuerza a las fragmentadas ciudades-estado de Grecia en un sólo imperio.

Desde temprana edad, Alejandro demostró un enorme talento militar y fue nominado comandante en el ejército de su padre a la edad de 18 años. Habiendo conquistado toda Grecia, Felipe estaba a punto de embarcarse en una campaña para invadir al archienemigo de Grecia, el Imperio Persa. Antes de invadirlos, Felipe fue asesinado, posiblemente por Alejandro, quien luego se convirtió en rey en el año 336 AEC. Dos años más tarde en 334 AEC, cruzó el Hellespont (Turquía hoy en día) con 45.000 hombres e invadió al Imperio Persa.

En tres colosales batallas – Granices, Issus y Gaugamela – entre los años 334 y 331, Alejandro brillantemente (y a menudo temerariamente) condujo a su ejército a la victoria frente al ejército persa que los superaba en número por diez a uno. En 331 AEC, el Imperio Persa fue derrotado, el Emperador Persa Darío murió, y Alejandro era el gobernante indiscutido del Mediterráneo. Su campaña militar duró 12 años y lo llevó a él y a su ejército 10.000 millas hasta el Río Indus en India.

Solo el agotamiento de sus hombres y la inoportuna muerte de Alejandro el 332 AEC a la edad de 32 años, pusieron fin a la conquista griega del mundo. Se dice que cuando Alejandro observó su Imperio, lloró porque ya no había nada más que conquistar. Su vasto Imperio no sobrevivió a su muerte, sino que se fragmentó en tres grandes trozos con centros en Grecia, Egipto y Siria, y controlados por sus antiguos generales.

En su máxima expansión, el imperio de Alejandro se estiró desde Egipto hasta India. Construyó seis ciudades griegas, todas llamadas Alejandría. (Sólo la Alejandría de Egipto sobrevive hasta el día de hoy). Estas ciudades, y los griegos que se asentaron en ellas, llevaron la cultura griega al centro de las antiguas civilizaciones de Mesopotamia.

Los griegos no sólo eran imperialistas militares sino que también imperialistas culturales. Los soldados y los pobladores griegos llevaron sus formas de vida – su lenguaje, arte, arquitectura, literatura y filosofía – al medio oriente. Cuando la cultura griega se mezcló con la cultura del medio oriente, se creó un nuevo hibrido cultural – Helenismo (Hellas es la palabra griega para Grecia) – cuyo impacto sería mucho más grande y duraría mucho más que el corto periodo del imperio de Alejandro. Ya sea a través de las fuertes batallas, el arte, la arquitectura o la filosofía, la influencia del Helenismo en el Imperio Romano, en el Cristianismo y en el Oeste fue monumental. Pero es la interacción entre los judíos y los griegos, y el impacto del Helenismo sobre el judaísmo lo que queremos ver más en profundidad.

Desvío Hacia Israel

Durante su campaña militar contra Persia, Alejandro se desvió hacia el sur, conquistando Tiro y luego Egipto, pasando por lo que hoy en día es Israel. Hay una historia fascinante acerca del primer encuentro entre Alejandro y los judíos de Israel, quienes se encontraban bajo el dominio del imperio persa.

La narración respecto a la primera interacción entre Alejandro y los judíos se encuentra registrada tanto en el Talmud (Yomá 69a) como en el libro “Antigüedades Judías” del historiador judío Flavio Josefo (XI, 321-47). En ambos relatos el Sumo Sacerdote del tempo de Jerusalem, temiendo que Alejandro fuera a destruir la ciudad, salió a su encuentro antes de que llegara a la ciudad. La narración describe como Alejandro, al ver al Sumo Sacerdote, se bajó de su caballo e hizo una reverencia (Alejandro raramente, quizás nunca, se postraba ante alguien). En el relato de Flavio Josefo, cuando el general Parmerio le preguntó la razón, Alejandro respondió: “No hice una reverencia ante él, sino ante el Dios que lo ha honrado con el Sumo Sacerdocio; pues he visto a esta misma persona en un sueño, con esta misma apariencia”.

Alejandro interpretó la visión del Sumo Sacerdote como un buen presagio, y por tanto se apiado de Jerusalem, absorbiendo pacíficamente a la tierra de Israel en su creciente imperio. Como tributo a su conquista apacible, los sabios declararon que los primogénitos de aquella época fueran llamados Alejandro – el cual sigue siendo un nombre judío hasta el día de hoy. Y el día de aquel encuentro, 25 de Tevet, fue declarado una festividad menor.

Judíos y Griegos

Así comenzó una de las más interesantes y complejas relaciones culturales del mundo antiguo. Los griegos no habían conocido nunca antes a nadie como los judíos, y los judíos nunca habían conocido a nadie como los griegos. La interacción inicial parecía ser bastante positiva. Para los judíos, los griegos eran una nueva y exótica cultura del oeste. Tenían una profunda tradición intelectual que producía filósofos como Sócrates, Platón y Aristóteles (quien fue el tutor de Alejandro por dos años). Su amor por la sabiduría, la ciencia, el arte y la arquitectura los separaban de otras culturas con las que los judíos habían interactuado antes. El idioma griego fue considerado tan hermoso, que el Talmud lo llamó en cierta forma el más hermoso de todos los idiomas y los Rabinos declararon que un rollo de la Torá incluso podría ser escrito en griego.

Los griegos nunca habían conocido a nadie como los judíos – la única nación monoteísta que tenía un concepto único de un Dios infinito, que ama, que se preocupa por su creación y que actúa en la historia. Los judíos tenían tradiciones legales y filosóficas increíblemente profundas y complejas. Tenían una tasa de alfabetización y una infraestructura de bienestar social nunca antes vista en el mundo antiguo. Los griegos estaban tan fascinados con los judíos, que fueron los primeros en traducir la Biblia en otro idioma cuando el Rey Ptolomeo II (c. 250 AEC) obligó a 70 Rabinos a traducir la Biblia hebrea al griego (conocida como la “Septuaginta”, que significa “70” en griego).

Dos imperios griegos emergieron en el medio oriente después de la muerte de Alejandro: Los Ptolomeos en Egipto y los Seléucidas en Siria. La tierra de Israel se encontraba en la frontera entre estos dos imperios. Inicialmente, los judíos se encontraban bajo el control de los Ptolomeos, pero luego de la batalla de Panias en 198 AEC, Israel pasó a estar bajo el dominio de los Seléucidas, y su rey Antíoco.

Mientras que la alta esfera de la sociedad judía, junto con el resto de la población del mundo mediterráneo, adoptó rápidamente la cultura helenista (algunos hasta el punto de renegar su identidad judía), la vasta mayoría de los judíos se mantuvieron leales al judaísmo. Este “rechazo” del estilo de vida helenista fue visto como una gran hostilidad por muchos griegos y fue considerado como una forma de rebelión. Las exóticas diferencias que alguna vez sirvieron como fuente de atracción entre las dos culturas, crearon ahora un quiebre que llevaría a una guerra civil. Para complicar las cosas, Israel era el estado fronterizo entre estos dos imperios griegos rivales, y los judíos, que rehusaban asimilarse, eran vistos como una población desleal en partes vitalmente estratégicas del Imperio Seléucida.

Sería errado ver el conflicto simplemente como Grecia contra los judíos. Tensiones internas en la comunidad judía contribuyeron de forma significativa al conflicto. Muchos de los judíos helenizados tomaron el asunto en sus manos, e intentaron “ayudar” a sus hermanos más tradicionalistas, “arrastrándolos” fuera de lo que ellos percibían como creencias primitivas, para introducirlos así al “moderno” mundo de la cultura griega. (Este patrón se ha repetido en varias ocasiones dentro de la historia judía – en Rusia en el siglo 19 y en Alemania, por nombrar algunos ejemplos). Para lograr su propósito, estos judíos helenizados solicitaron la ayuda de sus aliados griegos, incorporando finalmente al mismísimo rey, Antiocus IV Epifánes, al conflicto.

Milagro de Januca

A mediados del siglo II AEC, Antiocus publicó un decreto, que hasta ese entonces nunca había sido escuchado en el antiguo mundo multicultural y religiosamente tolerante: Derogó la religión de otras personas. El prohibió la enseñanza y la práctica del judaísmo. El libro de los macabeos (probablemente escrito por un judío cronista a principios del siglo I AEC) lo describe de la siguiente forma: mucho después, el rey mandó un senador ateniense para obligar a los judíos a abandonar la ley de sus padres y para que dejaran de vivir según las leyes de Dios, y también para profanar el Templo de Jerusalem y llamarlo el Templo del Zeus Olímpico”. Macabeos 6:1-2).

Las brutales persecuciones griegas provocaron la primera guerra religiosa/ideológica en la historia – la rebelión de los macabeos. La revuelta fue liderada por la familia sacerdotal de Matatías y sus cinco hijos, de los cuales el más famoso fue Yehudá. Contra todas las probabilidades, el diminuto ejército guerrillero de los macabeos venció al profesional, más grande y mejor equipado ejército griego. Luego de tres años de batalla, Jerusalem fue liberada. El templo, que había sido profanado, fue limpiado y dedicado nuevamente a Dios. Fue durante este periodo de limpieza y re-dedicación del Templo que ocurrió el milagro de Januca. Un pequeño frasco de aceite utilizado por el Sumo Sacerdote para encender la menorá del Templo, que debería haber sido suficiente tan sólo para un día, milagrosamente duró ocho días.

El conflicto se extendió durante varios años más y cobró la vida de muchos judíos, incluyendo Yehudá el macabeo y varios de sus hermanos. Finalmente, los griegos fueron vencidos y el judaísmo sobrevivió.

Discutiblemente, la victoria militar de los judíos por sobre el imperio griego, fue un milagro mucho más grande que el aceite que duró durante ocho días. Pero la luz de Januca simboliza la real victoria – la supervivencia de la luz espiritual del judaísmo. Su milagrosa subsistencia permitió que los judíos generaran un monumental impacto en el mundo que ha excedido por mucho el minúsculo tamaño del pueblo judío, entregándole al mundo el concepto de un Dios único y los valores de la santidad de la vida, la justicia, la paz y la responsabilidad social, que son los cimientos morales/espirituales de la civilización occidental

Rab Ken Spiro. http://www.aishlatino.com

SHABAT SHALOM VEJANUKA SAMEAJ

JANUKÁ (25 KISLEV – 2 TEBET) (2-9 Diciembre 2010). En Alas de la Menorá

Janucá recién había pasado y blandos copos de nieves llenaban el aire duro y helado del mes de Tevet. David salió de la cama con su tibio pijama y apretó la nariz contra el ventanal observando cómo la calle se tornaba blanca. Si la nieve seguía apilándose durante la noche, por la mañana podría divertirse, construyendo hombres de nieve, jugando batallas… Pero David no estaba demasiado excitado ante estas ideas, como podría esperarse de un chico que ve caer la primera nevada de la temporada. En realidad, se sentía triste en ese momento.

David era hijo único. Janucá significaba mucho para él. Amaba cada minuto de sus ocho días. Amaba ver a su padre encendiendo las velas de Janucá y amaba encender su propia lámpara. Esta era la época en que sus primos lo visitaban. David no tenía hermanos, pero si muchos primos. Cada noche de Janucá muchos de ellos lo visitaban y mientras las luces de Janucá ardían, ellos jugaban. Comían buñuelos calientes para disfrutar aún más de esos momentos. Papá siempre llegaba a casa temprano en esos días, pues nunca salía en viajes de negocios durante Janucá, y a menudo tomaba parte en los juegos. También estaba el Januque Guelt (dinero) y los regalos. Pero ahora todo eso había terminado. La casa estaba tranquila nuevamente y las noches se hacían largas. ¡Cómo le hubiera gustado a David que Janucá durase toda la vida!
Pero, un momento… ¿qué es eso? David se frotó los ojos. No podía ser. Miró una y otra vez pero no había error. Allí estaba, la hermosa Menorá de plata de Janucá, flotando en el aire, en medio de los copos blancos. Debo estar soñando, pensó David. ¡Si hace un momento vi a la Menorá de plata tras la vitrina del armario, bien lustrada y lista para esperar hasta el año siguiente!
Pero no había posibilidad de equivocación. Era su hermosa y amada Menorá flotando en el aire, con el brillo de ocho velas alumbrando alegremente en el viento, cada vez más y más … y mientras David abría grandes los ojos por el asombro, la Menorá le hizo señas para que saliera.

-“Vete” balbuceó David. “No seas tonta. La Menorá sin duda está en el armario. Y de todas maneras como puede salir caminando a través del ventanal y caminar por el aire flotando como un copo de nieve? A lo mejor una Menorá puede hacerlo, pero yo no…

Pero esperen, ¿qué es lo que está ocurriendo? Las llamas de la Menorá se desprendían de ésta y volaban hacia él, haciéndole señales para que saliera. Era tan fácil después de todo… La ventana se abrió y enseguida se encontró flotando hacia la Menorá.
¡Qué fantástico! Mañana podría contárselo a sus compañeros en la escuela, aunque sin duda nadie le creería. Ven David, cantaban alegremente las llamas. -Te mostraremos cosas sobre la vida de la Menorá y todo lo que hace durante el año mientras aguarda Janucá.
-Eso debe ser interesante, dijo David mientras se dejaba llevar por las afables lucecitas. Flotando fácilmente sobre los techos, David vio las casas de la ciudad perderse bajo su cuerpo. Ahora ya no había nada más que un cielo estrellado encima y luces tenues abajo, que decrecían constantemente.
-¿A dónde me llevan?, preguntó David a las llamitas. Mi mamá se preocupará cuando llegue a mi dormitorio para apagar las luces y darme las buenas noches. -Volveremos a tiempo, te lo prometo. No tienes nada de que preocuparse. ¿Te gusta el vuelo?
-Es maravilloso. Nunca pensé que sería así, replicó David entusiasmado, aunque en lo profundo de su corazón estaba algo preocupado acerca del fin que tendría esa extraña aventura. Más rápido flotaron por el espacio, llevados por una fuerte brisa. David miró para abajo y no vió más que un vasto océano, pero arriba las estrellas brillaban alegres y sintió como las lucecitas le asían fuertemente por las manos, con seguridad.
Y dirigiendo el camino estaban las ocho brillantes luces de Janucá que resplandecían más que nunca en la noche oscura. Ahora comenzó a sentir brisas calientes en sus mejillas. La oscuridad de la noche comenzó a disiparse y el amanecer ya irrumpía frente a ellos. Los primeros rayos del sol asomaron tímidamente. Los copos de nieve había desaparecido hacia mucho y abajo David podía ver pastos y palmeras, agitadas por el viento. Colinas ondulantes y verdes valles pasaban ante sus ojos, bañados por el tibio resplandor dorado del sol matutino.
Todo esto parece familiar, pensó David. Es como los dibujos en mi libro de historia de la Biblia. Como leyendo sus pensamientos, las llamas dijeron: -Estás en lo cierto, David, estamos ahora en Tierra Santa, pero no podemos detenernos aquí esta vez, aún tenemos mucho camino que hacer, pero llegaremos enseguida.
Ahora atravesaban un vasto desierto, con arena dorada hasta donde el ojo podía ver. Luego fueron altas montañas y más allá David pudo escuchar el sonido de aguas rugientes. Este debe ser el Río Sambatyon, pensó David. Las velitas sonrieron: -Shalom David, dijo una voz cálida.
David se dio vuelta sorprendido; no se había dado cuenta de que ya habían descendido y se encontraba parado sobre tierra blanda. Se encontró mirando el rostro de un hombre viejo, de larga barba, todo vestido de blanco. -Shalom nuevamente y saludos de las Diez Tribus más allá del Sambatyon. Debes amar mucho a Janucá para merecer este tratamiento, dijo el hombre.
-Así es, amo mucho a Janucá dijo David. Pero dígame por favor señor, ¿dónde estoy y quién es usted? -Sin duda, David, tu habrás oído hablar de las Diez Tribus “perdidas” de Israel. Pues bien, como ves, no estamos perdidos para nada. Estamos todos aquí.
-SI, sin duda he escuchado hablar de ustedes. Anoche mismo mi padre me leyó una historia sobre ustedes. Pero, ¿fue ayer a la noche? Ya no sé. Parece que hubieran pasado siglos. De todas maneras, yo sé mucho sobre ustedes. Luego de la caída del Reino de Israel, desaparecieron y nadie sabe qué les ocurrió. Me alegro de que estén a salvo.

El hombre sonrió. Eres un niño inteligente, David. Sí, aquí estamos a salvo y vivimos felices, sirviendo en verdad a Di-s, como cualquier hijo de Abraham, Isaac y Jacob. Ningún extraño llega a este lugar. Sólo de vez en cuando algún niño que realmente ama Janucá y los otros Días Sagrados tanto como tú, tiene el privilegio de poder ver este lugar. Pero no falta mucho para que el justo Mesías llegue; entonces nos uniremos al resto de nuestros hermanos judíos y marcharemos a Tierra Santa…

-Quieres decir…. balbuceó David excitado
-Sí, mi joven amigo, dijo el hombre significativamente.
-Pero debes tener hambre luego de un viaje tan largo. Diciendo así, golpeó las palmas y al instante un joven, también vestido de blanco, salió de una tienda cercana, portando una bandeja dorada. Sobre ella había un vaso de gran belleza. “Sírvete”, dijo el hombre.
-¿Qué es?, preguntó David.
-“Maná”, contestó el hombre con un brillo pícaro en sus ojos.
¿Cómo? ¿Maná?, exclamó David temblando de emoción.
-Sí, maná. Sin duda sabes de que se trata.
-¡Como no voy a saberlo!, afirmó David. Recordó la jarra de Maná que Moisés había guardado como recuerdo de aquel maravilloso milagro en el desierto’, luego de haber dejado Egipto los hijos de Israel. Pero eso ocurrió hace más de tres mil años. A ver. ‘ . fue en el año 1948 luego de la Creación que los hijos de Israel salieron de Egipto. ¡Que maravillas
-Me alegro de que te acuerdes del Jumash tan bien. Pero vamos, prueba un poco; tienes hambre. David vaciló. -¿Qué bendición debo decir antes de comer Maná?, preguntó.

Es bueno que te hayas acordado de la bendición. Podrías haberlo arruinado todo de no ser así. Pues bien, ¿cuál es la bendición que dices por el pan?

-Todos los chicos saben eso. Pero este no es pan de la tierra. Es pan del cielo.
-Exactamente. De manera que así debes hacer la bendición.
David cerró los ojos. Quería realizar la bendición con todo su corazón. “Bendito eres Tú… que traes el pan del cielo”. Entonces tomó al Maná y lo llevó a la boca y su corazón saltó de alegría, pues nunca, nunca, había probado algo tan maravilloso.
Por un momento David pensó que se iba a desmayar de la emoción, pero sintió el Maná disolverse en su boca y extenderse por su cuerpo, otorgándole una sensación de gran poderío, y un gran amor por Di-s, como nunca antes lo había sentido.

Mientras David saboreaba el Maná, el anciano dijo:

-Cuando llegue el Mesías, y todos los muertos se levanten y vuelvan a la vida nuevamente, Moisés mismo traerá el Maná y todos los que hayan vivido una buena vida judía, realizarán esta misma bendición lo ingerirán y les dará fuerza y sabiduría…

-¿Cuándo ocurría todo ello?, preguntó David. Antes de contestar el hombre besó a David en la frente con gran afecto… David sintió el beso en su frente y escuchó el “click” de la luz. Mamá había apagado las luces.

Se sentó en la cama. -¡Oh mamá, fuiste tú! ¿Porqué tuviste que despertarme justo ahora? Tenía tantas preguntas más que hacerle… David se recostó sobre la almohada y dos lágrimas, como perlas, bajaron por sus mejillas.
Mamá se sentó en la cama. Con ternura enjugó las lágrimas de David. -¿Quiéres contarme que pasó?, preguntó suavemente. Pero los ojos de David se llenaron nuevamente de lágrimas. Mañana te lo contaré todo. Ahora quiero cerrar los ojos y pensar en ello.
-¡Fue maravilloso! Buenas noches, mamá. Soy muy feliz.

(extraído del libro Maase Abot – Relatos Jasídicos , (C) Edit. Benei Sholem)

JANUKÁ (25 KISLEV – 2 TEBET) (12-19 Diciembre 2009). Janucá: expresión de auténtico judaísmo

En Janucá, la Fiesta de las Luminarias, es cuando mejor se puede comprender la concepción judía del mundo, en cuyo espíritu está siempre el predominio de la ética sobre la estética, contrariamente a lo que sucede entre los pueblos gentiles, donde la belleza exterior es lo primordial.

Janucá es, de por sí, un profundo estudio del pensamiento judío que, habiéndose encontrado en determinado momento con una cultura tan dispar y opuesta como la griega, después de confluir durante corto tiempo, se separa totalmente y siguió su propio rumbo trazado por las generaciones precedentes.

Con la ayuda del Altísimo, logramos evadirnos de la atrayente pero engañosa cultura helénica, con su vana suntuosidad, y nos purificamos de la nociva influencia que aquella había ejercido sobre nuestro pueblo durante el breve lapso de la dominación ptolomea.

Aunque considerables porciones del pueblo judío fueron arrancadas por el helenismo, que las encandiló con su lujo, triunfó finalmente el sano pensamiento judío encarnado en los Macabeos. Estos bravos luchadores tomaron su nombre de las iniciales del versículo: “¿Quién es como tu entre los dioses, Eterno?” (Éxodo, XV-11).

Según el relato bíblico, que sirve de base al pensamiento judío, el hombre fue creado a imagen y semejanza de D-os. Acerca de ello, dijeron nuestros maestros: Puesto que el Creador carece de forma e imagen, se quiere significar que el ser humano fue creado con las cualidades divinas. Igual como D-os es misericordioso, debe serlo el hombre; igual como El es clemente, debe serlo el hombre. Esto significa que fuimos hechos con los atributos espirituales divinos, y por lo tanto, debemos tratar de asemejarnos lo más posible a la Fuente que nos ideó.

Entre los griegos sucede exactamente lo contrario: Ellos hicieron sus ídolos “a imagen y semejanza del hombre”, otorgándoles forma y cualidades humanas, tanto en lo físico como en lo espiritual.

Los dioses de la mitología griega son antropomorfos, luchan, aman, odian y matan como seres humanos. En cambio, nosotros elevamos al hombre a la categoría de D-os; Moisés subió al Monte Sinaí para acercarse en la medida de lo posible al Eterno. Los griegos proceden exactamente a la inversa: Hacen descender a sus divinidades al nivel humano, haciéndolos morar sobre el monte Olimpo que cualquier individuo puede alcanzar.

En ésto radica la diferencia fundamental entre ambas culturas: la judía y la helénica. Puesto que sus dioses se asemejan en todo a los mortales, también sus poderes sobrenaturales son sumamente limitados. Esto consta incluso en los dogmas de la filosofía griega. Así vemos, por ejemplo, que existe un dios denominado “del mar”, otro “del fuego”, un tercero “del amor”, etc. Ninguno de los dioses invade las jurisdicciones de los demás; cada uno se halla limitado en su dominio, al igual que los hombres.

Todo lo contrario sucede en la concepción judía; D-os es Omnipotente y Todopoderoso, no tiene principio ni fin, ni existe lugar donde Él no se encuentre. Todo el mundo está lleno de Su magnificencia.

El Rabí de Kotzk solía decir:
“¿Donde está la morada de Dios? En una casa pequeña, en un corazón puro.”

En efecto, de acuerdo con la concepción judía, D-os se encuentra en todas partes; en la casa más humilde y en el corazón de todo individuo, especialmente cuando es puro.

Dice Ibn-Pakuda en el “Libro de los Deberes de los Corazones”: “Y me harán un santuario y moraré entre ellos” (Éxodo, XXV-8). Así dice D-os; y debe entenderse de la siguiente manera: el santuario es el corazón del hombre que es lo más sagrado que existe. A esto se debe que entre los gentiles toda la vida esté basada en la estética, en las formas exteriores, que en apariencia, dan idea de belleza En cambio entre nosotros, la ética juega el papel principal; nos esforzamos en parecemos a D-os. La cultura griega se perpetuo en estatuas, esculturas, objetos caducos, mientras que nosotros inmortalizamos nuestro arte y cultura, en el mismo modo de vida; hicimos de nuestra vida un arte.

Por eso, lo único que nos ha quedado hoy en día de la antigua cultura griega, son columnas torcidas, restos de estatuas y templos en ruinas. Las figuras escultóricas que han quedado de aquellos tiempos semejan ex-hombres; a todas les falta algo: un brazo, una pierna, la nariz etc. Estamos en presencia de verdaderos inválidos, que han caído victimas de la acción del tiempo. Nuestra ética, que es una parte vital del pensamiento judío, ha permanecido íntegra e invariable en el curso de lo siglos.

Mientras la cultura helénica se manifiesta en esculturas defectuosas, nuestra Tora ha sido siempre perfecta. Es más: los Cinco Libros de Moisés se han multiplicado con el correr del tiempo, y de ellos derivaron las obras de Maimonides, el Shuljan Aruj, y muchos otros.

Los gentiles entregaron al mundo un arte de piedra que, al fin y al cabo, no dura eternamente; Pero nosotros legamos a la humanidad una Ley de la Vida (Torat Jaim), es decir un conjunto de normas para una mejor convivencia entre los hombres. Y este legado es perenne.

He aquí un magnífico ejemplo de la diferencia radical entre ambos enfoques: El más grande artista no-judío, el pintor y escultor Miguel Ángel, entrego al mundo un “Moises” de mármol, un objeto inanimado (por más que muchos digan que parece dotado de vida); el pueblo judío, en cambio, produjo un Moisés de carne y hueso, cuya Ley perdura a través de las generaciones.

Leonardo da Vinci logro la más bella pintura de una mujer, la “Gioconda”, pero ¿que es, al final de cuentas? Un lienzo muerto, que tampoco ha de subsistir eternamente. Ya se ha tratado innumerables veces de robarla y secuestrarla; puede, incluso, ser irreparablemente dañada, pero la imagen femenina que el judaísmo dio al mundo con su “mujer que teme al Eterno, esa será alabada” (Proverbios, XXXI-30), vivirá por siempre.

Ya lo dijo el gran “filósofo” del Eclesiastés, el sabio rey Salomón: “Falsedad es la gracia y vanidad la hermosura” (Proverbios, XXXI-30). Nuestros sabios comprendieron que la fuerza del hombre no reside en la materia, sino en el espíritu. La materia es efímera y fenece a corto plazo. “Los pliegos se queman y las letras flotan en el aire”; los pergaminos podrán consumirse en las llamas – es cierto -, pero las letras, es decir, el espíritu de las Escrituras, no desaparece jamás.

Antiguamente se escribía sobre tablillas de barro, sobre papiros, luego sobre pergamino y por fin, sobre papel; así seguirá cambiando la materia sobre la cual se trazan las letras, pero no las ideas que aquellas expresan. Las ideas permanecen indelebles a través de los siglos, sin importar la clase de material que las sustenta.

Cuando Moisés descendió del Monte Sinaí y vio el becerro de oro que los judíos habían levantado durante su ausencia, rompió en mil pedazos las Tablas de la Ley donde se hallaban grabados los Diez Mandamientos. Moisés comprendió que la fuerza de la palabra divina no radica en la piedra, sino en el corazón de todos y cada uno de los integrantes del pueblo. No se trataba de esculpir la palabra de Dios sobre la piedra; éste era sólo un paso previo para lograr que se grabara en lo más profundo de los corazones. Y ésta fue la tarea que Moisés se impuso durante los cuarenta anos que condujo a los judíos por el desierto.

Ya lo dijo el profeta Zacarías: “No con ejército ni con fuerza, sino con mi espíritu, dijo el Eterno de los Ejércitos” (Zacarías, IV-5). Sólo en el espíritu reside la fuerza.

El triunfo del espíritu sobre la fuerza bruta, está cabalmente expresado en la fiesta de Janucá. Esta celebración es la manifestación del predominio constante de la ética sobre la estética, del contenido sobre la forma, del espíritu sobre la materia.

Las luminarias de Janucá simbolizan de manera admirable lo que acabamos de expresar: las velas propiamente dichas arden y se consumen, simbolizando la caducidad de la materia. En cambio, la llama que irradia luz, permanece indeleble; es la luz espiritual. Y por eso está prohibido servirse de las velas de Janucá para cualquier fin, porque son sagradas; sólo está permitido contemplarlas, pues en ellas veremos la luz del pensamiento judío.

Recuerdo haber leído en cierto lugar, una buena explicación de la diferencia entre Janucá y Purim:
Mientras el rey persa Asuero se propuso exterminar físicamente al pueblo hebreo, el griego Antíoco trató de destruirlo también en su integridad espiritual. Por ello se festeja Purim con un ágape, es decir, una fiesta para el cuerpo, mientras que Janucá se celebra encendiendo velas; esto es, un regocijo para el espíritu.

La luz que irradia la ética judía, y que sirve de ejemplo a todos los demás pueblos, o al menos, debiera servir como tal, esta por encima de cualquier concepto restrictivo de tiempo y espacio. Por ello es la antítesis de la estética, que juega un papel tan importante entre los pueblos gentiles, pero no sirve mas que para servirse materialmente de ella.

Tratemos de que la luz del judaísmo no se apague jamás, e ilumine siempre el camino de nuestra vida.

JANUKÁ (25 KISLEV – 2 TEBET) (12-19 Diciembre 2009). Relato:La luz de Janucá extraviada

Era una tormentosa noche invernal, cuando Rabí Baruj encendió su primera luminaria de Janucá.

Un halo de santidad flotaba en el ambiente, mientras Rabí Baruj pronunciaba, con especial devoción, las bendiciones anteriores al cumplimiento de la Mitzvá.

Los discípulos, reunidos a su alrededor, observaban con reverencia la emoción de su querido maestro y Rabí, embelesados ante la pequeña llama chispeante que parecía bailar al son de las inspiradas palabras del Rabí.

Apenas el santo hombre habla concluido de entonar la plegaria de Hanerot Halalu -estas luminarias…-, cuando la pequeña llama, que habla crecido hasta llegar a ser grande y firme, comenzó a decaer hasta que finalmente desapareció por completo.

Como si algún poder extraño se la hubiera llevado…

Los discípulos quedaron anonadados.

Atemorizados ante el extraño incidente, miraban de soslayo a Rabí Baruj, esperando oír alguna explicación.

Pero él continuaba inmóvil, como sumido en profundas cavilaciones, su mirada pérdida en él vacío, como si mirara a lo lejos, en busca de una explicación del extraño hecho.

Su Shamash -ayudante-, se acercó para encender nuevamente la apagada mecha.

Ya se disponía a hacerlo, cuando Rabí Baruj lo detuvo, y con un gesto silencioso le indicó que se alejara.

Luego de algunos minutos de ansiosa espera, súbitamente el rostro del Rabí se encendió. Con radiante rostro comenzó a entonar el conocido himno de Janucá, “Maoz tzur…”, y sus discípulos, aliviados de su anterior temor, lo acompañaron con alegres voces.

-Sentémonos a celebrar Janucá, como corresponde -dijo Rabí Baruj, luego de que hubiera terminado de cantar la expresiva melodía de fe y confianza en la siempre presente ayuda Divina- La luz de Janucá volverá. Ahora está ocupada en una importante misión al servicio de Di-s.

Los discípulos de Rabí Baruj sabían que de él no se oían palabras vanas. Confiaban ciegamente en la sabiduría y santidad de su maestro.

Se congregaron alrededor de la mesa, alegres y con ansias de conocer qué se había hecho de la desaparecida luz de Janucá.

Rabí Baruj leyó en los ojos de sus discípulos la intriga que éstos sentían.

-Tened paciencia. Pronto escucharéis que ocurrió…

Se enfrascaron en las palabras de su maestro, quien no cesaba de explicar diversos aspectos de la festividad. A la luz de sus interpretaciones ésta adquiría un esplendor especial.

Era casi medianoche cuando los discípulos ubicados cerca de la ventana exclamaron repentinamente:

-¡Rabí! ¡Rabí! ¡La luz de Janucá ha vuelto!

Todos se pusieron de pie, mirando en dirección a la Menará, el candelabro de Janucá de su maestro.

Efectivamente, vieron que la pequeña llama parpadeaba como antes, bailando una danza de alegría, como si hubiera llevado el mensaje de Janucá desde un extremo de la tierra al otro.

Esperad sólo unos instantes más, y sabréis que ha acontecido.

No había terminado de pronunciar estas palabras, cuando un ruido se escuchó afuera. Se trataba de un carruaje que se aproximaba velozmente.

El sonido de los azuzados caballos haciendo trepidar la tierra bajo sus patas fue creciendo, hasta llegar a la puerta de la casa de Rabí Baruj donde se detuvo.

La puerta se abrió y entró al recinto uno de los Jasidim más cercanos y leales a Rabí Baruj, que vivía en una pequeña ciudad, más allá de las montañas y los bosques.

Sus vestimentas estaban desarregladas y su rostro distorsionado, como si hubiera tenido que soportar terribles momentos.

Pero sus ojos brillaban y su expresión denotaba gran felicidad.

Rabí Baruj lo saludó cordialmente y le indicó que se lavara las manos, dijera las oraciones y encendiera su luz de Janucá.

Los discípulos no podían reprimir su curiosidad mientras el hombre cumplía lo que el maestro le había ordenado.

Cuando hubo concluido, se sentó junto a Rabí Baruj, mientras en el cuarto se bacía un expectante silencio.

Finalmente, el hombre comenzó a hablar:

-Hace ya varios días que me encuentro en el camino. Mi intención era la de pasar Janucá junto a mí querido maestro. De acuerdo a mis cálculos, y teniendo en cuenta la tormenta, salí con la suficiente antelación como para poder estar aquí antes del comienzo de la festividad, y poder compartir con ustedes la sagrada atmósfera de este lugar, que lo impregna todo.

El tiempo era frío y tormentoso, mientras ascendía con mi carreta los empinados senderos que conducen a la ciudad.

A pesar de lo crudo del clima, yo no sentía nada. El calor y entusiasmo de lo que me esperaba aquí, me hacia olvidar de la lluvia que caía torrencialmente sobre mí, estaba como en otro mundo.

Quería llegar aquí lo antes posible. Hasta pasé de largo frente a la hostería del camino para no perder ni un minuto.

En lugar de seguir mi viaje por las zigzagueantes rutas habituales, me pareció que ahorraría mucho tiempo si tomaba un atajo a través de los oscuros bosques, a pesar de la lluvia y el mal tiempo. Así, Di-s mediante, llegaría un día antes.

-Me parece un poco reprochable tu manera de actuar -le interrumpió Rabí Baruj- nunca hay que ponerse en peligro.

-Pronto comprendí mi error, Santo Rabí -replicó sombríamente el hombre- pues cuando cruzaba uno de tos espesos bosques, un súbito tirón me arrancó de mis pensamientos. Manos toscas me sujetaron fuertemente y me arrancaron del asiento, mientras otros revisaban minuciosamente mi carruaje y pertenencias.

Un grupo de bandoleros me había atacado, confundiéndome con un rico comerciante que acostumbraba transitar las espesuras del bosque en sus viajes de negocios.

Cuando no encontraron lo que buscaban, se ensañaron conmigo, empujándome y castigándome cruelmente.

Por fin, ante la inutilidad de sus “métodos”, decidieron llevarme ante su jefe, para que éste me hiciera revelar “la verdad”.

Dos de los hombres, fuertemente armados y enmascarados, se sentaron junto a mí en el pescante y uno de ellos tomó las riendas del carruaje.

Precedidos de los jinetes, cruzamos el camino, adentrándonos más profundamente en el bosque, avanzando sobre zanjas y piedras, corriendo a cada momento el peligro de chocar contra los árboles u Otros obstáculos, en alocada carrera.

Conducían la carreta con tal salvajismo que no pude permanecer con los ojos abiertos. Estaba mudo de terror.

Finalmente el carruaje descendió por la ladera de una hondonada hasta que se detuvo frente a una choza negra, bien disimulada tras unos altos matorrales.

Fui llevado ante el jefe de la banda, un hombre de aspecto tosco y cruel, cuyo salvajismo brillaba en los ojos.

-Si aprecias tu vida es conveniente qué me digas qué es lo que te llevó a desafiar a los rigores del tiempo adentrándote en el peligroso bosque, y lo más importante, dónde escondes el dinero.

-Señor Jefe – mi voz temblaba y me costaba articular cada palabra, por el miedo y el dolor de la paliza que me habían propinado-. No soy ningún comerciante no estoy en viaje de negocios. Mis escasas pertenencias ya han sido robadas por sus secuaces. Soy un simple hombre que viaja a ver a su Rabí, para la festividad judía de Janucá.

– Oyen amigos, la “biografía” de nuestro “invitado” -gritaba a carcajadas el jefe ante lo inverosímil de mi historia. Súbitamente su rostro se ensombreció y con una gruesa voz me dijo:

– Basta de tonterías. Si no quieres hablar, mi látigo hará que tu lengua sea más rápida que tu pensamiento. No me dirás que eres tan tonto como para viajar a pesar de la tormenta y el frío para estar con un viejo Rebe…

Yo repetía incansablemente mi historia, pero nadie estaba dispuesto a escucharme.

La angustia que pasé durante las horas siguientes, es inenarrable. Mi espalda estaba totalmente ensangrentada cuando los ladrones me encerraron en el húmedo sótano de la casa. Para colmo, ya no podía darles otra respuesta de la que les había dado anterior-mente. Sabía que era un castigo del cielo. Estaba tan dolorido y cansado, que en un santiamén me quedé dormido y durante todo ese día, y el siguiente permanecía cayendo en la inconciencia una y otra vez.

El sol ya se ponía cuando el jefe me despertó nuevamente, con muy poca delicadeza, interrumpiendo mis dulces sueños sobre Janucá en esta casa.

Nuevamente me interrogó y yo traté de convencerlo de que todo lo que había dicho hasta el momento era verdad. Tratando de conmoverlo un poco, le conté con sumo detalle la infinita felicidad que se siente por pasar Janucá con el Rebe y el lazo de afecto y devoción que nos une.

Cuando terminé, el jefe permanecía pensativo. Luego de algunos minutos de silenciosa reflexión, se levantó de un salto y me dijo:

-Veremos si tu historia es verdadera y si en realidad tienes fe infinita en Di-s y en tu Rabí. Sabes que este bosque está plagado de infinidad de peligros y ni siquiera mis hombres se atreven a cruzarlo solos. Hay lobos y otros animales feroces y el que se atreve a cruzarlo sin armas esta condenado a ser devorado vivo o a estrellarse contra algún árbol perdiendo la vida en su aventura. Te dejaré en libertad y te devolveré todo lo que te hemos quitado, tu caballo, tu carruaje y tus vestimentas. Pero recuerda que te lo advertí. No tienes la menor posibilidad de salir con vida de este bosque. ¿Tienes la fe suficiente como para intentarlo?

Quedé mudo ante la visión de reemprender un viaje a través de los incontables peligros que se cernían sobre mitras cada árbol y en cada centímetro del bosque.

Pero -continuaba relatando- pensé en Ud. querido Rebe, y en la gran piedad de Di-s. Me pareció verlo a Ud. de pie, ante la luz de Janucá, alabando a Di-s con sus bendiciones. Y sus ojos parecieron infundirme coraje para afrontar todos los peligros.

Me repuse y enfrentándome con el bandolero, le dije:

-Que Di-s me proteja. Estoy dispuesto a intentarlo.

Nuevamente, los ojos del salvaje hurgaron la profundidad de mis pensamientos.

-Si llegas a la entrada del pueblo en el que vive tu Rabí a salvo, arroja tu pañuelo a la zanja que se encuentra tras el portón. Mis hombres estarán allí, esperando tu señal. Si ellos regresan con el pañuelo, ordenaré la disolución de esta banda, y regresaré a la civilización, para continuar por la senda del bien.

En ese momento chocaron en mí fuerzas dispares. Por un lado me invadía una tremenda alegría. Sabía que de mí dependía que un hombre, un criminal, retornara a la senda de la bondad y la rectitud. Pero, conjuntamente, me embargaba, el terror de las perspectivas que me ofrecía el peligroso viaje.

Finalmente, tomé mi carruaje, y me hice a la marcha presuroso por abandonar la hondonada.

Por todos lados se escuchaban aullidos de lobos, y por más que buscaba, no encontraba ningún camino que me llevase fuera del bosque.

La oscuridad se hacía cada vez más intensa, a medida que me alejaba del claro en que estaba situada la casa y me introducía en la espesura forestal. Cada vez veía menos.

Súbitamente, una pequeña llama se me hizo visible y me guió a través de la impenetrable oscuridad como si la luz misma de Janucá hubiera sido enviada por el Creador para protegerme y hacerme llegar sano y salvo a su destino.

Los caminos se sucedían uno tras otro, pero los milagros que pude vivir son inenarrables. Había lobos por todos lados, y era fácil saber que estaban prestos a abalanzarse sobre mí y sobre mi caballo. Pero, ni bien veían la luz, la pequeña llama que corría delante de mí, saltaban hacia atrás.

Pronto se hizo un camino y los caballos apuraron la marcha, hasta que salí del bosque, y continué mi viaje hasta aquí.

Al pasar por el portón, arrojé mi pañuelo tal como habíamos convenido. Que Di-s otorgue al ladrón la fuerza de voluntad y la sabiduría para abandonar su equivoco camino, enmendando el mal que haya cometido en su vida.

Rabí Baruj continuaba sumido en sus reflexiones, mientras la pequeña llamita de Janucá estaba por extinguirse. Su luz, sin embargo, era tan brillante como nunca e indicaba esperanza y seguridad a los Jasidim reunidos con su maestro.

-En Janucá, vivimos el milagro renovado eternamente, de la ayuda divina. Aprenderemos a creer en Su omnipotencia. Que Su eterna presencia nos traiga el milagro final de la redención de todo mal y que la luz de la fe brille en los cuatro puntos cardinales de la tierra -dijo Rabí Baruj.

Y sus discípulos contestaron:

-¡Amén!

(extraído del libro El Narrador , (C) Edit. Kehot Lubavitch Sudamericana)

JANUKÁ (25 KISLEV – 2 TEBET) (12-19 Diciembre 2009). El Factor Divino – Segunda Parte

En el tercer día de Januca, en el año 1997, el soldado israelí de diecinueve años Menajem L. y su compañero Donny estaban ubicados en un puesto militar en la punta más al norte de la zona de seguridad libanesa. Menajem, un judío religioso, llevaba en el bolsillo de su chaleco una tarjeta plastificada. Su padre había escrito a máquina una parte de un versículo de la Torá: “Hashem es Dios; no hay nada aparte de Él”. (Deuteronomio 4:35) Él le dio el versículo a su hijo Menajem cuando éste partió a la guerra, y le dijo que lo pronunciara cuando su vida estuviera en peligro.

Ahora Menajem y Donny estaban siendo atacados por los terroristas de Hezbolá, ubicados en una montaña cercana, más alta que ellos. De pronto Menajem vio un misil anti-tanque que venía directamente hacia él. Estos misiles miden dos metros de largo y llevan cerca de seis kilos de explosivos, suficientes como para penetrar un tanque – o en este caso, el concreto del puesto militar donde estaba Menajem.

Menajem pensó, “Seguro que estoy muerto”. Él rápidamente recitó el verso “Hashem es Dios; no hay nada aparte de Él”, pensando, “Lo que sea que Dios quiera sucederá. Si Él no quiere que suceda, entonces no será así”.

De pronto, a unos cuantos metros de Menajem, el misil cambió de dirección en pleno vuelo, como si hubiese chocado contra un campo de fuerza invisible. A plena vista de Menajem y de ocho soldados más que se encontraban en puestos adyacentes, el misil giró hacia arriba, en contra de la fuerza de gravedad, y voló 20 metros hacia arriba, luego hizo un arco sobre la cabeza de Menajem y aterrizó detrás de su puesto.

La fuerza de la explosión sacudió a Menajem y a Donny, pero las únicas heridas que sufrieron fueron causadas por unas municiones que se incrustaron en la parte trasera de sus rodillas.

Cuando terminó el enfrentamiento, el pelotón pasó por un interrogatorio. Los ocho soldados, incluyendo unos oficiales superiores, que habían atestiguado la asombrosa trayectoria del misil, estaban desconcertados y no sabían cómo explicar lo que había ocurrido. En sus carreras militares, ellos nunca habían visto un misil que se comportara así. Su impresión unánime era que… había sido un milagro.

Milagros Y Naturaleza

¿Qué sucedió? ¿Cómo puede un misil, tras la recitación de un versículo de Torá, violar descaradamente las leyes de la física, aerodinámica, y gravedad? Para prevenir una producción en masa de tarjetas plastificadas con este versículo en particular, es esencial subrayar que el judaísmo desacredita la magia, Menajem L. no es Harry Potter, y este verso no es un conjuro mágico.

Debemos hurgar más profundamente en la comprensión de los milagros según el judaísmo.

Al parecer, superficialmente hablando, existirían dos tipos de milagros. Algunos eventos, como los que discutimos en la primera parte (la victoria de los Macabeos, o la mujer de 45 años que quedó embarazada con F.I.V. utilizando un solo huevo) son extremadamente improbables, pero aún así son posibles de acuerdo a las leyes de la naturaleza. Otros eventos, tales como un misil cambiando su trayectoria en pleno vuelo o el famoso milagro de Januca (que una pequeña cantidad de aceite suficiente para un día alcanzara para ocho), son simplemente imposibles de acuerdo al orden natural.

Así, para entender los milagros, debemos definir “el orden natural”. Muchas personas entienden “el orden natural” como las leyes de causa y efecto, como gravedad y electromagnetismo, que Dios estableció en la creación del universo. Estas leyes funcionan consistentemente, excepto cuando Dios decide hacer una excepción, que es llamada “un milagro”.

Según el judaísmo, esta visión es un mal entendimiento acerca de cómo funciona el mundo. En verdad, Dios constantemente hace que la realidad exista, cada segundo a segundo. Ninguna otra fuerza – no la naturaleza, no la fuerza de gravedad, no la física quántica – ninguna de ellas tiene poder causal en absoluto. A esto se refiere el verso de Menajem: “Hashem es Elokim (por lo general traducido como ‘Dios’, pero también significa ‘poderes’); no hay nada además de Él”.

Así como escribió el Rabino Eliyahu Dessler, un gran sabio de mediados del siglo 20: “La verdad es que no hay ninguna diferencia esencial entre lo natural y lo milagroso. Todo lo que ocurre es un milagro. El mundo no tiene ninguna otra causa, sino la voluntad de Hashem”.

Así, la distinción entre lo natural y lo milagroso es sólo una percepción humana. Escribe nuevamente el Rabino Dessler: “Llamamos ‘milagro’ a un acto de Dios cuando Él dispone que un acontecimiento sea novedoso y desconocido para nosotros, de esta manera tomamos consciencia de la mano de Dios. Llamamos ‘naturaleza’ a las acciones de Dios cuando Él dispone que ciertos acontecimientos ocurran de acuerdo a un patrón reconocible con el cual nos familiarizamos”.

Según el Rabino Dessler, la naturaleza es sólo una ilusión que Dios creó para que los seres humanos tengan libre albedrío y de esta manera puedan reconocer a Dios o no. Una vez que un ser humano se ha elevado por sobre la ilusión de la naturaleza como un poder independiente, él ya no está limitado por “las leyes de la naturaleza”.

El Talmud relata una historia sobre el Rabino Janina ben Dosa. Una vez, cuando era hora de encender la lámpara de Shabat, su hija se dio cuenta con espanto, que ella accidentalmente había llenado la lámpara con vinagre en vez de aceite. El rabino Janina le dijo que encendiera la lámpara de todos modos, diciendo, “Él, que le dijo al aceite que se encienda, también puede decirle al vinagre que se encienda”. El vinagre estuvo prendido durante todo el Shabat.

En otras palabras, el aceite no se enciende por tener propiedades combustibles. El aceite se enciende porque Dios dispuso que se encendiera. Ahora bien, dado que un ambiente de caos no sería óptimo para que los seres humanos vivieran y tomaran decisiones, Dios dispone que las cosas funcionen con un alto grado de consistencia. Así, cuando enciendes una lámpara con aceite, es de esperar que ésta se encienda. Pero Dios también puede disponer que el vinagre se encienda, porque la naturaleza no tiene realidad independiente.

La Idolatría de la Naturaleza

Nosotros, los “modernos” sofisticados, tendemos a reírnos disimuladamente cuando leemos la historia de Januca y vemos como el entusiasta sacerdote Matatías rechazó inclinarse ante un ídolo griego, y así comenzó su famosa rebelión. ¿Quién sino un primitivo se involucraría con idolatría?

Los antiguos griegos, avanzados en ciencia y filosofía, no eran gente religiosa. Mientras que ellos adulaban a sus dioses, su elite intelectual, como Sócrates y Platón, eran ateos. El Dios que ellos realmente adulaban era la naturaleza.

Por eso la primera prohibición que ellos lanzaron sobre los judíos impedía la circuncisión. Ellos creían que la naturaleza, y el cuerpo humano, eran perfectos; la circuncisión, según la visión griega, era mutilación. Muchos judíos de aquella época creyeron en las ideas griegas y revirtieron sus circuncisiones quirúrgicamente.

La idolatría es creer en el poder de cualquier fuerza “además” de Dios. La idolatría en nuestro mundo moderno – más allá del dinero o de las estrellas de cine – es la naturaleza.

Esto explica porque existen tantos libros y artículos escritos por biólogos, bioquímicos, y físicos de primer nivel que adulan casi poéticamente la increíble complejidad que han descubierto en su campo de estudio – la extraña combinación de elementos y factores que hacen posible el vuelo de las aves, o el oscilamiento de las partículas subatómicas, y luego concluyen su cántico con alguna frase como: “¡¿No es asombrosa la naturaleza?!”.

Sólo la devoción idólatra podría impedir que mentes tan brillantes reconozcan la irracionalidad de darle crédito a la fuerza ciega de la naturaleza con tal precisión teleológica.

El judaísmo afirma, en las palabras del Rabino Dessler: “La naturaleza no tiene ninguna existencia objetiva”. O como la Torá dice: “Hashem es Dios; no hay nada además de Él.”

En la primera parte, demostramos que las predicciones de los expertos que dejan fuera el factor divino no pueden ser exactas. Veíamos la voluntad de Dios como un factor entre muchos otros. Ahora resulta que el factor divino es el único factor. A pesar de la ilusión de múltiples fuerzas, la verdad de la existencia es “no hay nada además de Él”.

Las Ocho Luminarias De Januca

Ahora podemos entender por qué la mitzvá de Januca es encender ocho luminarias, en vez de siete. Después de todo, los macabeos encontraron una cantidad de aceite que era suficiente para un día, por lo tanto, el milagro fue que esta cantidad durara siete días más, no ocho.

Nuestros sabios contestan que incluso el primer día fue un milagro, ya que el hecho de que el aceite se encienda no es un atributo de la naturaleza, sino que es un milagro de Dios.

Ahora también podemos entender como ocurrió el milagro que le salvó la vida a un soldado de 19 años en una colina en el Líbano. No fueron las palabras del verso que mágicamente desviaron el misil. Mejor dicho, las palabras del verso, “Hashem es Dios; no hay nada además de Él”, le recordaron a Menajem la verdad que había sido inculcada en él por su educación religiosa. Tan pronto como Menajem pensó, “Lo que sea que Dios quiera, así sucederá. Si Él no quiere que esto suceda, entonces esto no sucederá”, él reconoció que el misil no posee ninguna existencia independiente de Dios. Este reconocimiento le quitó el poder al mortal misil que se acercaba rápidamente hacia él. Menajem entendió que el mismo Dios que hace que los misiles vuelen en forma recta puede hacer que los misiles den saltos en el aire como un delfín. Entonces Dios hizo esto por Menajem.

Cuando el interrogatorio terminó, Menajem volvió a su puesto y encendió sus velas de Januca.

JANUKÁ (25 KISLEV – 2 TEBET) (12-19 Diciembre 2009). El Factor Divino – Primera Parte

“Las mujeres a su edad tienen un 5% de probabilidad de quedar embarazadas utilizando Fertilización In Vitro”, me decía la Dra. C. mientras yo estaba sentada frente a ella en una clínica de F.I.V (Fertilización In Vitro) israelí de renombre. Yo tenía 45 años y, desde el nacimiento de mi primer hijo a la edad de 40, había estado tratando de concebir un segundo bebé utilizando métodos espirituales, médicos y todo tipo de método alternativo disponible. La Dra. C. continuó: “De ese 5% solamente la mitad llega a término y tiene al bebé. Por ello, usted tiene sólo 2½% de probabilidad de tener éxito”.

Miré a la buena doctora. Yo pensaba: “Dios maneja el mundo. Si Dios quiere que yo tenga un segundo hijo, lo tendré. Y si Dios no lo quiere, no lo tendré. Mi trabajo es hacer el máximo esfuerzo, mi máximo esfuerzo es hacer F.I.V. Si tengo éxito o no, eso depende de Dios”.

Le dije a la Dra. C: “De cualquier forma, me gustaría intentarlo”

La primera vez que me hice F.I.V., falló.

La clínica ofrece dos pruebas por el mismo precio. Traté nuevamente. Esto implica recibir dos inyecciones de drogas de fertilidad muy poderosas cada día durante dos semanas para generar tantos huevos como sea posible; se requiere un mínimo de tres huevos para continuar con el proceso. Entonces la doctora extrae quirúrgicamente los huevos del ovario, los fertiliza, y luego los reinserta dentro del útero.

El día anterior a mi programada extracción, me hice un ultrasonido para determinar el número de huevos. El doctor del ultrasonido tristemente me informó que yo solo tenía dos huevos, no era suficiente para siquiera molestarse con la extracción. Después de todo el esfuerzo, las drogas, el costo… Llorando le supliqué que finja el resultado escribiendo que habían tres huevos. “Si Dios quiere que yo quede embarazada”, pensé, “Él puede hacerlo con sólo dos huevos”. El doctor del ultrasonido consintió.

Cuando la Dra. C. procedió a la extracción el día siguiente, ella encontró sólo un huevo.

Mis posibilidades de éxito disminuyeron de 2½% a cero.

Como ya estaba en la mesa de operaciones, la Dra. C. hizo una humorada. Ella extrajo y fertilizó el único huevo. Dos días más tarde, cuando lo reinsertó, mí doctora no religiosa me miró directo a los ojos y me dijo una sola palabra: “Reza”.

Recé y lloré y le hice un promesa a Dios. Dos semanas más tarde, obtuve positivo en el examen de embarazo. Al día siguiente vi a la Dra. C. en la clínica. Yo estaba radiante de alegría. Ella estaba escéptica. Siendo una científica meticulosa, ella sabía que una mujer no podía quedar embarazada con F.I.V. utilizando un sólo huevo. “Creeré que usted está embarazada”, me dijo, “cuando vea un ultrasonido con los latidos del corazón”.

Tres semanas después, extasiadamente le mostré un ultrasonido con los latidos del corazón.

Al cabo de nueve meses, a la edad de 46 años, di a luz a un saludable varón, que viva largos días y que esté bien, bli ayin hará.

Expertos Y Predicciones

Desde el 11 de septiembre mi e-mail siempre está lleno de predicciones de expertos en relación a cada posible aspecto de la guerra, bio-terror, y guerra química.

Cuántos americanos morirían en una epidemia de viruela lanzada por bio-terroristas.
Qué porcentaje de israelíes sobrevivirían si Mahmud Ahmadinejad nos lanzara cabezas nucleares.
Por qué es imposible ganar una guerra en el terreno accidentado de Afganistán – esto, antes de que los aliados americanos expulsaran a los talibanes.

Sin embargo, todas estas predicciones, dejan fuera un pequeño factor, sin embargo, este factor es el más crucial de los factores: ¡Dios maneja el mundo!

Cualquier ecuación que no considere el factor divino está destinada a terminar en una conclusión errada.

En 1967, mientras el egipcio Gamal Abdul Nasser proclamaba la inminente destrucción del estado de Israel, todos los expertos en política y los estrategas militares predecían la derrota de Israel. Las cifras eran formidables. El estado de 19 años estaba en contra del inminente ataque combinado de Egipto, Siria, Jordania e Irak. Los cuatro ejércitos Árabes juntos ostentaban 810 aviones contra los 350 de Israel; 2.880 tanques contra los 800 de Israel; y 465.000 tropas contra 265.000 de Israel. Tan convencidos estaban los Israelíes de un inevitable baño de sangre que el rabinato oficialmente designó todos los parques de Jerusalem como cementerios.

Aparentemente, Dios tenía una idea diferente, y todos los expertos quedaron tartamudeando.
Aparentemente, Dios tenía una idea diferente. En vez de perder, Israel experimentó una victoria sorprendente. En solo seis días, Israel no sólo empujó hacia atrás a las fuerzas Árabes, sino que recapturó la mayoría de los lugares sagrados para el judaísmo, incluyendo el Templo del Monte, el Muro Occidental, la Cueva de los Patriarcas en Hebrón, y la Tumba de Rajel en Belén. Los expertos quedaron tartamudeando.

Mi sobrino Phil es un ejecutivo corporativo retirado, él es un hombre pragmático, altamente inteligente y entendido, que se mantiene bien informado y llega a claras y equilibradas conclusiones a partir de los hechos. En los años 80, él predijo que el estado de Israel iba a dejar de existir en el año 2013.

En un principio, este pronóstico fatal estaba basado en la amenaza demográfica: la taza de natalidad de los árabes en ambos lados de la ‘línea verde’ era abrumadoramente mayor que la taza de natalidad entre los judíos. Los números eran indiscutibles; para el año 2013 el estado judío tendría mayoría de habitantes árabes.

Todo esto, excluyendo el factor divino. En la Torá Dios claramente declara su intención de traer a los judíos de vuelta a Israel de los más lejanos rincones de la tierra. En 1990, la Unión Soviética colapsó, casi de la noche a la mañana, y a través de la andrajosa ‘cortina de hierro’ 450.000 judíos salieron hacia Israel. En una década, la población judía de Israel ha aumentado en una taza del 10% y toda mención acerca de la amenaza demográfica ha desaparecido de los medios de prensa.

Ahora Phil, que ama profundamente a Israel, está convencido de que va a cometer un suicidio político. Después del fracaso de Oslo y las casi fatales ofertas en Camp David, columnistas pro-Israel en los medios de comunicación Americanos advirtieron que si EE.UU. y Europa continúan presionando a Israel a hacer concesiones peligrosas, el mapa del medio oriente que aparece en los textos palestinos – con Israel totalmente ausente – puede resultar exacto. Estando de acuerdo con ellos, Phil opina que a los líderes israelíes les falta la voluntad política de tomar los pasos políticamente incorrectos necesarios para quitarle poder a la autoridad palestina. Sin esas evidentes medidas, el futuro de Israel es sombrío.

No puedo discutir con los argumentos y las cifras de Phil, pero sé que Dios no está circunscrito a ellas. La historia de Januca viene a enseñarnos cómo la historia puede tomar direcciones tan remotas y producir las victorias más improbables.

Januca

¿Qué hubiesen dicho los expertos en el año 167 A.E.C acerca de las posibilidades del viejo sacerdote Mattathias junto a su familia y amigos venciendo al grandioso ejército del imperio greco-sirio? Puedo imaginar perfectamente sus declaraciones:

“Un sacerdote ultra-ortodoxo y sus compatriotas reaccionarios levantaron la bandera de la revolución no sólo contra el prevaleciente dominio del imperio Seléucida, sino que también contra toda la cultura moderna Griega y la ilustración. Esta heterogénea banda de guerrilleros era sobrepasada en número por más de 4-1 por el ejército Seléucida, el cual ostentaba alrededor de 40.000 tropas profesionales equipadas con tecnología militar de punta, y también lo último en armas – una manada de elefantes entrenados para el combate – que ningún guerrero puede enfrentar”.

“Estos rebeldes reaccionarios, llamados macabeos, se oponen no sólo a la considerable población Griega de las llanuras costeras, sino que también a una gran proporción de los habitantes judíos que, durante el siglo y medio pasado, se adaptaron a la hegemonía mundial de la lengua griega, cultura, y religión. Así, los macabeos iniciaron una guerra civil, contra sus propios compañeros judíos progresistas, quien fueron llamados helenistas. Sin embargo, los helenistas componen los segmentos más ricos e influyentes de la sociedad judía, por lo tanto, el esfuerzo por derribarlos no es nada menos que pretencioso”.

“En breve, el intento de los macabeos de anotarse una victoria militar, derrocar la cultura progresista que dominaba al mundo entero, y reestablecer su antigua religión en el suelo de Judea será en vano”.

Los expertos hubiesen sido exactos en su análisis. Después de todo, ¿quién podría haber vaticinado que tres años después de haber proclamado su grito de adhesión, “Síganme, todos ustedes que están a favor de la ley de Dios y apoyan el pacto”, los seguidores de Mattathias reconquistarían de nuevo Jerusalem, purificando el Templo de profanaciones paganas, e instituyendo de nuevo el servicio sagrado?” Aunque la victoria final fue costosa – los enfrentamientos duraron más de veinte años y en ellos murieron cuatro de los cinco hijos de Mattathias – los macabeos finalmente triunfaron sobre los griegos.

Los rezos a Dios que agregamos durante los ocho días de Januca enfatizan la inverosimilitud de la victoria judía: “Entregaste a los fuertes en las manos de los débiles, a los muchos en las manos de los pocos…”

Januca celebra la victoria de lo remoto, lo improbable, lo virtualmente imposible. Es la antítesis de la cosmovisión griega predominante que alaba y que considera a la lógica y a las leyes de la naturaleza como absolutas. Januca demuestra que en un mundo dirigido por Dios, los milagros pueden ocurrir.

El máximo esfuerzo

El judaísmo prohíbe confiar en milagros. Un judío siempre debe ejercer el máximo esfuerzo razonable para lograr el efecto deseado. Los macabeos no se recostaron a esperar que ocurriera un milagro. Pero tampoco ellos fueron intimidados por las probabilidades, ni desalentados por las perspectivas.

La regla de oro en la historia judía ha sido siempre que cuando hemos sido desafiados espiritualmente, así como fuimos desafiados por los griegos, quienes querían exterminar nuestra religión, no nuestras vidas, luchamos físicamente, así como hicieron los macabeos. Y cuando la amenaza es física, así como fuimos amenazados durante los sucesos que desencadenaron la celebración de Purim, cuando Hamán quiso exterminar a todo el pueblo judío, luchamos espiritualmente haciendo teshuvá (retorno espiritual), así como hicieron los judíos de Shushán bajo el mando de Mordejai y Ester. Y por lo tanto, como hoy estamos siendo amenazados físicamente, debemos – adicionalmente a las medidas de autodefensa del ejército israelí – luchar espiritualmente.

Las lanzas de los macabeos son las mitzvot de hoy en día. Cada momento en que un judío se compromete a respetar Shabat o entabla amistad con un judío de una estirpe diferente, se produce una fuerza espiritual que puede hacer que la bomba de un terrorista puesta en una calle de Jerusalem falle y no se detone. (La gran mayoría de las bombas terroristas en Israel milagrosamente no detonan, o simplemente estallan en avenidas públicas llenas de gente sin herir a nadie).

Mi primo Phil me acusa de ser pasiva. En verdad, soy una guerrera espiritual. Sé que Dios ayudará a Israel si me esfuerzo en cumplir las mitzvot que no son fáciles para mí, y si otros judíos también hacen lo mismo. Si supero mi deseo de vengarme de mi desagradable vecino, entonces habré lanzado un proyectil bastante capaz de rebajar los misiles más mortales de Irán. El tiempo ha llegado para emprender una guerra espiritual contra nuestros enemigos. Cada mitzvá es un arma infinitamente más potente que cualquier arma que Bin-Laden tenga en su arsenal.

De este modo, cuando enciendas las velas de Januca, en vez de pensar que estás llevando a cabo una costumbre pintoresca de la tradición judía, date cuenta de que estás realizando un mitzvá, y las mitzvot son el antídoto espiritual contra cualquier producto bioquímico que los terroristas elaboren en sus infames laboratorios. Dios, que dirige el mundo, espera que nosotros nos esforcemos al máximo en el cumplimiento de las mitzvot. La victoria en esta guerra, así como en la guerra macabea que estamos conmemoramos, vendrá de Él.

JANUKÁ (25 KISLEV – 2 TEBET) (12-19 Diciembre 2009). Encendido y canción

JANUKÁ (25 KISLEV – 2 TEBET) (12-19 Diciembre 2009). Relato:Un gran milagro ocurrió aquí

Esto ocurrió en la víspera de Janucá, y casi arruinó el espíritu de Janucá de Móishele. No era éste un Janucá cualquiera, era el Janucá de su Bar Mitzvá, porque él había tenido la suerte de nacer en el Shabat de Janucá.

Móishele estaba apurando su regreso al hogar para no perderse el encendido de las luces de Janucá. El, al igual que los demás alumnos de la Ieshivá, había recibido permiso para salir antes de hora ese día, pero en lugar de dirigirse directamente a su casa, primero quería comprar un dreidl -una perinola-. No pensó que resultaría tan difícil, pero en cada negocio al que iba le contestaban que se habían quedado sin dreidls.
Finalmente tuvo la suerte de encontrar un negocio que aún tenía un solitario dréidl, y se sintió tan entusiasmado y aliviado que olvidó su habitual regateo del precio.

Ahora sí regresaba sonriendo de felicidad, con una mano en su bolsillo acariciando el dréidl mientras balanceaba la otra a la manera de los soldados marchando, y con una canción de Janucá en sus labios.
Sí, Móishele se sentía feliz y despreocupado mientras volvía a su hogar, esperando ver a su padre encender las luces de Janucá con Leá, su pequeña hermana, entonando todos juntos la plegaria de Hanerot Halalu. Luego extendería frente a su hermana su puño cerrado y le preguntaría:
“¿Adivina qué tengo en mi mano?”
Y ella trataría de adivinar.
¿Una manzana? ¿Una banana?”
¡Una manzana! Sí. Realmente debería comprar algunas manzanas y bananas para compartir con mi hermana”, pensó Móishele. “Nos deleitaremos con las frutas mientras jugamos al dréidl.
Precisamente en ese momento llegaba a la esquina donde había una frutería, a cargo de un anciano ocupado en la lectura del periódico. Móishele eligió rápidamente una manzana y una banana, preguntó el precio, pagó y salió corriendo.
En su apuro, Móishele no vio que un grupo de jóvenes se avalanzaba sobre el puesto de frutas, arrebatando algunas y huyendo rápida y velozmente.
Todo sucedió tan rápido que ni se dio cuenta qué había pasado cuando oyó al frutero gritar con todas sus fuerzas:
“¡Detengan al ladrón! ¡Apresen al ladrón!”
Casi al mismo tiempo, sintió que una mano se posaba pesadamente sobre su hombro. Miró hacia arriba y vio un policía de aspecto furioso sacudiéndolo.
“Déjame ir”, gritó Móishele. “Yo pagué por la fruta. ¡No soy ladrón! Estudio en una Ieshivá y conozco el mandamiento: “No robarás””.
“¿Así? Entonces, ¿quién robó frutas del puesto del pobre anciano? Y si tú has pagado por ella, ¿cómo es que no está envuelta, sino en tu mano?”
“Estaba apurado por volver a casa”, dijo el pobre Móishele.
“Claro que lo estabas”, dijo el policía con sarcasmo. “Cuéntale eso al Juez”.
Apenas terminó de decir esto, dio a Móishele un empujón que casi lo voltea. “Ahora, muévete. Ya te llevaré a un lugar hecho para truhanes como tú, que se aprovechan de gente pobre, anciana e indefensa como el frutero”.
Pronto llegaron a un enorme edificio que tenía un inmenso cartel con las palabras “Juzgado de Menores”.
Entraron, y el policía entregó a Móishele a otro policía, mientras decía: “Un ladrón”. El segundo policía llevó a Móishele a una habitación, descorrió el cerrojo de la puerta, lo empujó adentro, cerró la puerta nuevamente, y se fue.

2.

Móishele miró a su alrededor en la habitación, en la que ya había un buen número de jóvenes que parecían tener su misma edad. Ciertamente su aspecto era el de un grupo de truhanes. Se apartó hacia a un rincón, lo más lejos posible de los otros jóvenes, y se sentó sobre un banco.

“Obviamente se trata de un principiante”, dijeron los otros muchachos, y se acercaron para estudiarlo con interés.
“Es tu primer trabajo como ladrón, ¿verdad? No te preocupes. Pronto aprenderás a hacerlo mejor”, le dijeron.
“No soy ladrón”, dijo Móishele. Al oír esto, todos comenzaron a reírse estrepitosamente.
“No nos cuentes historias fantásticas. ¿Te gustaría ser miembro de nuestra pandilla? Te enseñaríamos cómo triunfar”.
“No soy ladrón. ¡Déjenme solo!”, dijo Móishele.
¿Con que así es la cosa? Entonces te enseñaremos una lección que no olvidarás”, dijeron, y se abalanzaron sobre el pobre Móishele, golpeándolo por todos lados.
Móishele estaba indefenso contra los salvajes rufianes, pero se mordió los labios y trató de no llorar. Finalmente, se cansaron de pegarle y lo dejaron solo.
Móishele se levantó penosamente y volvió, arrastrándose, al banco del rincón más alejado de la habitación. Se sentó, pensando: “Estos son realmente criminales, a pesar de su juventud. Entre ellos no encontrarás un joven de Ieshivá”.
Miró a su alrededor, estudiando con calma los rostros de sus “compañeros” de habitación. Buscaba una cara judía, pero se sintió feliz al no hallarla. Sin embargo, no se sentía seguro en cuanto a uno de los muchachos. Pero no tenía ganas de hacerle semejante pregunta. Sus pensamientos volvieron a su familia y a su hogar. Seguramente estarían preocupándose, ignorando qué le habría ocurrido y dónde estaría. ¿Cuánto tiempo quedaría encerrado aquí? Quería llorar, pero se recordó a sí mismo que ya era un muchacho de bar mitzvá, demasiado grande para lagrimear. Y después se recordó que era Janucá, ciertamente no era momento para llorar.
Entonces sacó su dréidl, lo miró, y observó las letras nun, guimel, hei, shin (nes gadol haiá sham, “Un gran milagro ocurrió allí”). Di-s había realizado un milagro y ayudado a los Jashmonaim contra los griegos. Di-s seguramente le ayudaría también a él, a Móishele, a salir de su problema actual.
¡A no preocuparse!”, decidió Móishele. “Todo saldrá bien, si Di-s quiere”.

3 .

Móishele hizo girar el dréidl: ¡se detuvo en la letra nun, “nes”, un milagro!

De pronto, se le ocurrió una brillante idea que trajo una sonrisa a su rostro. Se olvidó del policía y de los rufianes en la habitación que de pronto parecían mudos. Hasta llegó a olvidar la fuerte paliza que le habían dado.
Móishele parecía estar viviendo en un mundo diferente, ¡el mundo de los Jashmonaim!
Uno de los muchachos se separó del grupo, se acercó lentamente a Móishele y levantó el dréidl, mirándolo curiosamente.
“Yo sé qué es esto”, dijo. “Es un dréidl”.
¿Eres judío?”, le preguntó Móishele con el corazón latiendo aceleradamente.
“Sí. Yo también soy judío”, dijo el muchacho en tono serio. “Ven, siéntate conmigo y hablemos”, dijo Móishele ansioso. El muchacho se sentó, pero no dijo nada más.
“Cuéntame sobre ti”, dijo Móishele. “Yo siento que tú no perteneces a este lugar”.
“Mi historia es triste”, dijo el muchacho.
Entonces le contó que había quedado huérfano a la edad de diez años, y que no quiso seguir estudiando más en la Ieshivá.
Fue criado por una tía que mostraba muy poco interés por él. Así se mezcló con malas compañías, uniéndoselas en sus asaltos contra puestos de frutas, etc., para proseguir luego con intentos más serios de robo.
Fue apresado dos veces, traído al “Tribunal de Menores” y encarcelado. Ahora, en su tercer arresto, probablemente recibiría un castigo mayor.
“Yo no soy bueno. Es demasiado tarde para que cambie”, concluyó tristemente.
“No digas eso”, dijo Móishele. “Nunca es demasiado tarde. Cuando hay un deseo, hay un camino”, concluyó alentadoramente.
Móishele le contó entonces la historia de Resh Lakish, quien había sido un hombre salvaje, un gladiador. Pero cambió tan rotundamente que llegó a convertirse en uno de los más grandes alumnos y seguidores de Rabí Iojanán, y hasta llegó a casarse con la hermana de éste.
Las serias y alentadoras palabras de Móishele causaron una profunda impresión sobre el muchacho.
“Oye”, le dijo Móishele, “si te interesa, creo que tengo una buena idea. Mi padre es abogado. Cuando sea interrogado por la Corte, me hallarán inocente y seré liberado. Pediré a mi padre que te defienda. ¿Quisieras quedarte con nosotros? Tendrías que prometer que abandonarás tus viejos malos hábitos y te comportarás decentemente. Verás que es una forma mucho más feliz de vivir, y te gustará”.
Los ojos del muchacho se llenaron de lágrimas. Brillaron, y después nuevamente se vieron tristes cuando dijo:
“Temo que realmente ya es muy tarde”.
“NO es muy tarde”, dijo Móishele. “Si tú haces tu parte, Di-s te ayudará”.
En eso se abrió la puerta y un policía entró a la habitación, indicando a Móishele que lo siguiera.
Móishele dirigió al muchacho una mirada amistosa, alentadora, y siguió al policía.
Fue llevado ante el Juez, quien comenzó a interrogarlo. Móishele contestaba con calma. Dio su nombre, su dirección, el nombre de su padre y su número de teléfono. El policía dijo al Juez que había telefoneado al hogar de Móishele, hablado con su papá, y que estaba convencido de que había dicho la verdad.
Poco después llegó el padre de Móishele. El Juez se disculpó

por el disgusto que el error del policía les había causado y dijo a Móishele que por supuesto estaba libre de regresar a su hogar.

Pero Móishele no tenía apuro. Contó a su padre acerca del muchacho que estaba aún bajo arresto en el “Juzgado de Menores”.
“Papá”, rogó, “¡sácalo de aquí! Es un muchacho judío y tiene un buen corazón. No se le puede echar la culpa por su situación actual. Es tan triste su historia…… Móishele no pudo contener las lágrimas que rodaron por sus mejillas.
Su padre no perdió tiempo en obtener también la libertad del muchacho que ya no fue más “Jack, el ladrón”, sino Iaacov, un muchacho judío con un corazón judío.
Cuando los tres llegaron a casa, el padre y los jóvenes encendieron las luces de Janucá y todos juntos cantaron “Hanerot Halalu”.
Móishele dirigió una mirada furtiva a su nuevo amigo y vio lágrimas rodando por su rostro, que continuamente enjugaba.
“Vamos a jugar al dréidl”, propuso Móishele alegremente, y los niños se sentaron a la mesa. Leá fue la primera en hacer girar el dréidl, seguida por Móishele. Cuando llegó el turno a Iaacov, éste se lo llevó a los labios y lo besó.
“Debo mi recientemente encontrada buena fortuna al dréidl”, dijo seriamente.
Móishele vio ahora claramente cómo la Providencia Divina había provocado toda esta situación: que él fuera falsamente arrestado, la paliza que recibió, etc. Todo llevó a que nes gadol haiá sham, “Un gran milagro ocurrió allí”.
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