Un Milagro de Januká Contemporáneo

januUn gran milagro sucedió allí. La semana pasada, dos equipos de científicos reprogramaron con éxito células de piel humana para que funcionen como si fueran células madres embrionarias. Muchos en la comunidad científica creen que esta brecha permitirá eventualmente la investigación de las células madre sin la necesidad crear y destruir embriones humanos, evadiendo de esta forma los dilemas éticos y políticos que han plagado este campo durante la última década. Las implicaciones de este grandioso descubrimiento impactan en la investigación médica de todo tipo, y acelera la carrera en búsqueda de la cura contra enfermedades que van desde el cáncer hasta el Alzheimer.

Por supuesto, el descubrimiento, que no ha sido considerado un milagro por la comunidad científica, no por ello deja de ser milagroso. No es el tipo de milagro que quiebra las leyes de la naturaleza, como la partición del mar. Es un milagro discreto, un milagro que entra dentro de los parámetros humanos y naturales, no obstante, es milagroso —y quizás más milagroso aun. Es un milagro que ocurre en el mes de Kislev, el mes de Janucá, un mes de milagros y luz, una época, según lo mencionado en la lectura de la Torá de este mes, en el que Di-s pone fin a la oscuridad.

El debate moral sobre la investigación de células madre abarca los aspectos éticos, morales y religiosos. Muchos vieron esto como un punto irreconciliable entre la ciencia y la religión, los defensores de ambos lados llevaron sus argumentos a los juzgados y a los comités gubernamentales, dispuestos a luchar hasta las últimas consecuencias. Una batalla moral que dividió a la sociedad en dos bandos, ambos separados por una razón moral.

Pero parece haber surgido una solución en el horizonte que reconciliaría estas dos fuerzas. Conducidos por un pragmatismo férreo restringiendo sus investigaciones a los parámetros éticos aceptables a todos, los investigadores científicos lograron una solución científica al problema. La solución sorprende por su simplicidad: Todo lo que tuvieron que hacer fue agregar cuatro genes. Estos cuatro genes reprogramaron los cromosomas de las células de la piel, dejándolas “en blanco”, lo que permitiría transformarlas en células de cualquier parte del cuerpo, sea el corazón, el cerebro, la sangre o los huesos.

El Dr. Yamanaka, uno de los principales responsables de este descubrimiento, calculaba que encontrar los genes correctos tomaría varios años. Milagrosamente, tomó solamente algunos meses.

Pero la solución no salió a luz hasta que preguntas teológicas fundamentales como: — ¿Cuándo comienza la vida? ¿Quién tiene derecho a definirla? ¿Di-s, alias “Diseño Inteligente”, existe? ¿La creación sucedió? —fueron discutidas en cada aula, en cada junta médica, en cada universidad, en cada legislatura nacional, en los niveles más altos del gobierno, registrados en publicaciones científicas, periódicos, y difundidas por los medios de comunicación del globo entero.

Entonces y solamente entonces, cuando la humanidad parecía a punto de aventurarse en la autodestrucción ética, un descubrimiento milagroso, aparentemente simple, marca el camino descubriendo células madres sin comprometer la santidad de la vida.

Quizás el milagro más grande de todos es cuando transformamos los obstáculos en oportunidades —cuando reconciliamos lo que pensamos irreconciliable, cuando transformamos oscuridad en luz.

Ocho minúsculas velas nos recuerdan que los milagros siguen ocurriendo.

¡Feliz Janucá!

POR FEYGL CYLICH
Feygl Cylich es una mujer jasídica, maestra, escritora, madre y abuela que vive en Melbourne, Australia. En sus años de estudiante en la Universidad de Chicago, compartió cátedra con el Dr Leon Kass quien fue recientemente elegido como Director del Comité Presidencial en Bioéticas.

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HISTORIAS DE JANUKA: El Candelabro de mi Abuela

ABUELAMi abuela es una mujer dulce y pequeña, de apenas un metro y medio de altura. Su candelabro, de más de medio metro de alto, era más que un simple candelero. Era un símbolo familiar, un imán que nos reunía.

En las vísperas de Shabat, Bobe se ponía un pañuelo de Shabat especial. Con gran fanfarria encendía cada vela. Cuando terminaba de encender la última candela, permanecía delante del candelabro con sus ojos cerrados. Lágrimas corrían por sus mejillas. Ella oraba por su marido, sus hijos casados y sus nietos. Hablaba en idish: “Estimado Padre en el Cielo, mira y protege a mi marido, hijos y nietos. Sea Tu voluntad que crezcan personas buenas, fieles a nuestra religión. Por favor concédele sustento y paciencia a mi estimado marido. Cuídanos a todos” .

Todos estábamos de pie alrededor de la mesa de Shabat con respeto. Bobe se parecía a una reina que hablaba al Rey de Reyes, a Di-s Omnipotente. Cuando terminaba su Plegaria, empezábamos nuestro Shabat.

Cuando nuestra familia creció, Bobe estaba más tiempo con sus velas. Cuando cumplió 94 años, tenía muchos nietos casados que también tenían hijos propios. Había cinco generaciones en la familia de Bobe. Al encender las velas, Bobe oraba por cada miembro de la familia.

Su candelabro estaba hecho de plata sólida con una base fuerte de plata. Todo el año tenía tres ramas de dos velas. En el medio un tallo era para otra vela. La costumbre tradicional para la víspera de Shabat es encender una vela por el padre, madre e hijos. Cuando nace un hijo, se agrega otra vela de Shabat. Mi abuela encendía cinco velas. Durante la semana de Janucá, ella agregaba dos ramas de dos velas cada una, haciendo un total de nueve velas. El candelabro estaba construido de forma que los posa-velas podían quitarse e insertarse en su lugar tacitas de aceite para el encendido especial de Janucá. Su candelabro de Shabat se convertía en Janukiá.

Durante la semana de Janucá ella le entregaba su preciado candelabro a mi abuelo para encender las velas de la fiesta. Janucá era nuestro tiempo más feliz. Todos los hijos, nietos y bisnietos venían a la casa de Bobe y Zeide para recibir el Janucá guelt (dinero de Janucá) y unirse al encendido de la Janukiá. Zeide estaba de pie orgullosamente, como un Cohen, el sacerdote del Gran Templo, cuando encendía la Menorá.

Cuando Zeide murió, Bobe pasaba sus inviernos en Miami. Y llevaba sus candelabros con ella. ¡Cada Shabat Bobe lustraba los candelabros de plata y oraba:”¡Que mi mazl (suerte) brille siempre!”

Todos esto se acabó cuando alguien robó su Candelabro. Bobe estaba marchita. Su cuerpo pequeño se agitaba como un sauce en la tormenta cuando hablaba sobre su más preciada posesión, su candelabro. ¿Cómo podían robarlo? Su única preocupación era cómo encendería sus velas.

Ella creía que su Candelabro volvería. “He orado para que el Candelabro nos protegiera, y estoy segura de que el Candelabro ha hecho eso.

Ahora rezo para que el Candelabro vuelva a mí.” Con determinación silenciosa ella oró y oró. La familia no sabía qué hacer. Inesperadamente un amigo de la infancia de Austria, el lugar de nacimiento de Bobe, nos visitó y avisó:

“Nunca había visto una Candelabro como la que vi hoy. Sorprendentemente vi una réplica de tu Candelabro, en la vidriera de una tienda de regalos”

Nos quedamos mudos.¿Podría ser que nuestro invitado había visto Candelabro robado? ¡Bobe saltó y dijo:”¡Vamos a recuperar mi Candelabro! ¡¡¡Pronto será Janucá y lo necesito!!!”

Bobe, mis padres, la dama de compañía de Bobe, y un policía fueron a la tienda de regalos. Con un destello en sus ojos y un grito de alegría Bobe tomó su Candelabro y dijo: “Nos has protegido y ahora regresas a casa conmigo.” Antes de que cualquiera pudiera decir algo, Bobe asió el Candelabro del estante y lo sostuvo cerca de su corazón. Nadie podía detenerla. Los vecinos de Bobe, judíos y no judíos, se unieron en su regreso triunfante a casa. Cuanto más se acercaba a su hogar, más personas se le unían. Bobe, vestida al estilo europeo, cargando un Candelabro casi tan grande como ella, seguida por una procesión de familiares y amigos, era un espectáculo memorable. Era de verdad un gran desfile de Janucá.

El Candelabro recibió una limpieza especial, y ese fue el Janucá más luminoso en la casa de Bobe.

¿Quién dijo que los milagros ya no suceden?

BY ELI HECHT

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A MODO DE RECORDATORIO: TODO LO QUE NECESITAS SABER SOBRE JANUKA

descargaJanuca, la fiesta de las Luces, comienza el día 25 del mes judío de Kislev, y dura ocho días. En el calendario gregoriano, generalmente cae en diciembre.

Esta guía explicará:
(1) Un poco de historia.
(2) Instrucciones para el encendido de velas.
(3) Otras costumbres.

Un Poco de Historia

La palabra hebrea Januca significa “inauguración”. En el siglo 2 AEC, la época del Segundo Templo Sagrado, el régimen sirio-griego de Antíoco pretendió alejar a los judíos del judaísmo, con la esperanza de asimilarlos a la cultura griega. Antíoco declaró ilegal la observancia del judaísmo – incluyendo la circuncisión, el Shabat y el estudio de Torá – castigando al trasgresor con pena de muerte. Muchos judíos – llamados helenistas – comenzaron a asimilarse a la cultura griega, tomando nombres griegos y casándose con no judíos. Esto comenzó a deteriorar la base de la vida judía y la práctica del judaísmo.

Cuando los griegos desafiaron a los judíos y les ordenaron sacrificar un cerdo a un dios griego, unos pocos judíos valientes tomaron las colinas de Judea en una flagrante revuelta en contra de esta amenaza a la vida judía. Liderados por Matityahu, y luego por su hijo Yehuda el Macabeo, esta pequeña banda de judíos devotos desató un conflicto armado en contra del ejército sirio-griego.

Antíoco envió miles de tropas bien armadas para aplastar la rebelión, pero después de tres años, los Macabeos tuvieron un éxito milagroso en contra de todos los pronósticos, y echaron de su tierra a los extranjeros. La victoria es equiparable a una victoria israelí en contra de todas las potencias del mundo de hoy en día, juntas.
Los guerreros judíos entraron a Jerusalem y encontraron el Templo Sagrado en ruinas y profanado con ídolos. Los Macabeos lo limpiaron, y lo reinauguraron el 25 de Kislev. Pero cuando llegó el momento de re-encender la Menorá, revisaron todo el Templo, y sólo encontraron una vasija de aceite puro que llevaba el sello del Sumo Sacerdote. De todas formas encendieron la Menorá, y fueron recompensados con un milagro: Esa pequeña vasija de aceite ardió por ocho días, el tiempo necesario para producir un nuevo suministro de aceite.

A partir de entonces, los judíos han observado una festividad durante ocho días, en honor a esta victoria histórica y al milagro del aceite. Para publicar el milagro de Januca, durante los ocho días se añaden al rezo de Shajarit las alabanzas especiales de Halel, y en las noches se enciende la janukiá.

Instrucciones para encender las velas de Januca

De acuerdo a la tradición ashkenazí, cada persona enciende su propia janukiá. En la tradición sefaradí se enciende una sola janukiá por familia.

¿Cómo debe ser la janukiá?

Para publicar qué noche de Januca es exactamente, todas las velas de la janukiá deben estar a la misma altura – y preferiblemente en línea recta. Si no es así, las velas podrían no ser distinguidas con facilidad, dando la impresión de ser una gran antorcha.

Además de las ocho velas principales, la janukiá tiene una vela auxiliar llamada “shamash”. Como tenemos prohibido utilizar las velas de Januca para cualquier otro propósito que no sea el “verlas”, cualquier beneficio que pudiéramos obtener de su luz se considera que proviene del shamash.

Como el shamash no cuenta como una de las ocho velas regulares, tu janukiá debe tener el shamash separado de algún modo – ubicado más alto que las otras velas o fuera de la línea recta.

¿Cómo deben ser las velas de Januca?

Lo más importante es que tus velas deben arder por al menos 30 minutos después de que oscurezca (¡las famosas velas de color con suerte duran eso!). En muchos lugares se pueden conseguir velas de colores más largas.
De hecho, es preferible utilizar aceite de oliva, porque el milagro de los Macabeos ocurrió con aceite de oliva. Se pueden poner vasos de vidrio con aceite en los soportes de las velas de cualquier janukiá común. En algunos lugares hasta se pueden conseguir kits de vasos descartables con el aceite dentro, ya medido.

¿Dónde se debe encender la janukiá?

Para publicitar el milagro de la mejor manera, lo ideal es encender la janukiá del lado de afuera del portal de entrada de tu casa, del lado izquierdo cuando se entra (la mezuzá está del lado derecho, de este modo estás “rodeado de mitzvot”). En Israel, mucha gente enciende afuera en cajas de vidrio construidas especialmente para una janukiá.
Si esto no es práctico, la janukiá debe ser encendida en una ventana que mire hacia la vía pública.

Quienes viven en un piso superior deben encender contra una ventana. Si, por alguna razón, la janukiá no puede ser encendida cerca de una ventana, debe ser encendida dentro de la casa sobre una mesa, esto al menos cumple la mitzvá de “publicar el milagro” para los miembros de la familia.

Como la mitzvá se cumple precisamente en el momento del encendido, si uno mueve la janukiá a un lugar más apropiado después de encenderla, entonces, no cumple con la mitzvá.

¿Cuándo se debe encender la janukiá

Preferiblemente, la janukiá debe ser encendida en el momento del anochecer. Sin embargo, es mejor esperar a que todos los miembros de la familia estén presentes. Esto aporta a la atmósfera familiar y también maximiza la mitzvá de “publicar el milagro”. La janukiá puede ser encendida (con las bendiciones) tarde en la noche, siempre que haya personas despiertas.

La janukiá debe permanecer encendida por lo menos 30 minutos después del anochecer, y durante dicho tiempo no se puede obtener beneficio de su luz.

En la tarde del viernes, la janukiá debe ser encendida 18 minutos antes de la puesta del sol. Y como la janukiá tiene que arder durante 30 minutos en la noche, las velas que se utilizan el viernes necesitan ser más grandes que las “velas de colores” normales (que por lo general no arden más de media hora).

¿Cómo se debe encender la janukiá?

La primera noche, coloca una vela en el extremoderecho, mirando de frente a la janukiá. Esto se aplica ya sea que la janukiá esté al lado de una puerta o frente a una ventana.

Otra vela es colocada como shamash (vela auxiliar más alta) que es utilizada para encender las otras. El shamash no cuenta como una de las velas.

Primero enciende el shamash, luego recita las bendiciones, y luego utiliza el shamash para encender la vela de Januca.
En la segunda noche, coloca dos velas en el extremo derecho – y utiliza el shamash para encender primero la que está más a la izquierda.

En la tercera noche, coloca tres velas en el extremo derecho – y utiliza el shamash para encender en orden, siempre de izquierda a derecha.

Sigue este mismo procedimiento cada noche de Januca… ¡hasta que todas las velas estén encendidas y resplandeciendo brillantemente!

Las bendiciones de Januca

Escucha las bendiciones del encendido de la janukiá.
Imprime el texto de estas bendiciones.
Las primeras dos bendiciones se recitan con el shamash ya encendido, inmediatamente antes de encender las velas de Januca.
Bendición #1BERAJA1

Baruj ata Ado-noi Elo-heinu melej ha-olam, Asher kid-shanu be-mitzvo-sav, Ve-tzi-vanu le-had-lik ner shel Januca.
Bendito eres Tú, Hashem, Dios nuestro, Rey del universo, que nos ha santificado con Sus preceptos y nos ha ordenado encender la vela de Januca.

BERAJA2Bendición #2

Baruj ata Ado-noi Elo-heinu melej ha-olam, She-asa ni-sim la-avo-seinu, Baia-mim ha-hem baz-man ha-ze.
Bendito eres Tú, Hashem, Dios nuestro, Rey del universo, que realizó milagros para nuestros antepasados, en aquellos días en esta época.

BERAJA3Bendición #3
Esta bendición se dice sólo la primera noche.

Baruj ata Ado-noi Elo-heinu melej ha-olam, She-he-je-ianu ve-ki-imanu Ve-hi-gi-ianu laz-man ha-ze.
Bendito eres Tú, Hashem, Dios nuestro, Rey del universo, que nos ha mantenido con vida, nos sostuvo y no ha permitido llegar a esta ocasión.

El siguiente párrafo se dice cada noche, después de que la primera vela ha sido encendida

hanerot2-Januca.

Estas velas encendemos por los milagros, las maravillas, las salvaciones y las batallas que realizaste para nuestros antepasados en aquellos días en esta época, a través de Tus santos sacerdotes. Durante los ocho días de Januca, estas velas son sagradas y no estamos autorizados para darles uso corriente, sino para contemplarlas y así poder expresar agradecimiento y alabanzas a Tu gran Nombre por Tus milagros, Tus maravillas y Tus salvaciones.

Costumbres de Januca

Después de encender la janukiá de Januca, las familias disfrutan sentándose a observar la luz de las velas, cantando y recordando los milagros de ayer y de hoy. La primera canción cantada tradicionalmente después de encender las velas es Maoz Tzur .
También se desarrollaron muchas otras costumbres, incluyendo:
Comer comida “aceitosa” como latkes (panqueques) de papa fritos y sufganiot (rosquillas de mermelada) en conmemoración del milagro del aceite.
Dar Januca Gelt (monedas) a los chicos.
Hacer girar el Sevivón, un trompo de cuatro lados con una letra en cada uno de ellos.

¿Cuál es el origen del sevivón?

En tiempos de persecución, cuando el estudio de Torá estaba prohibido, los niños judíos estudiaban igual. Cuando los soldados investigaban, los niños sacaban un Sevivón y simulaban estar jugando.
Las letras en el Sevivón son nun, guimel, hei, shin – las iniciales de Nes Gadol Haiá Sham – “Un Gran Milagro Ocurrió Allí” (en Israel, la última letra es una pei – “Aquí”). Una forma de jugar con el Sevivón es ver quién puede mantener girando el suyo por más tiempo. O, como alternativa, ver cuántos Sevivón puedes hacer girar simultáneamente.
Otra versión del Sevivón es donde los jugadores utilizan monedas, nueces, pasas de uva o monedas de chocolate como fichas. Cada jugador pone una parte igual en el “pozo”. El primer jugador hace girar el Sevivón. Cuando el Sevivón se detiene, la letra que está arriba define:
Nun – no ocurre nada, el jugador siguiente gira el Sevivón.
Guimel – quien hizo girar el Sevivón se lleva el pozo.
Hei – quien hizo girar el Sevivón se lleva medio pozo.
Shin – quien hizo girar el Sevivón agrega al pozo la misma cantidad que hay.
En Januca añadimos “Al Hanisim” – un párrafo que describe el milagro de Januca – en el rezo de la Amidá y en la Bendición Después de las Comidas.
¡Feliz Januca!

por

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JANUKA 5775

HANUKA 5773 ( del 8 al 16 de Diciembre 2012). BERAJOT (Bendiciones) para encender la JANUKYA

janujanu

Antes de encender las luces de Jánuca y despues de haber recitado la Habdalá, En esta primera noche de Jánuca, Motzae Shabat  8 de diciembre de 2012, recitamos las tres bendiciones. En cada noche  subsiguiente se recitan solo las dos primeras bendiciones.

januka 1

1. Baruj Atá A-do-nai E-lo-heinu Melej Haolam asher kideshanu bemitzvotav vetzivanu lehadlik ner Janucá.

2. Baruj Atá A-do-nai E-lo-heinu Melej Haolam sheasá nisím laavotenu baiamim hahem bizmán hazé.

januka 2 

3. Baruj Atá A-do-nai E-lo-heinu Melej Haolam shehejeianu vekiemánu vehiguianu lizman hazé.

Traducción:

1. Bendito eres Tú, Di-s nuestro Señor, Rey del Universo, Quien nos ha santificado con Sus preceptos y nos ha ordenado encender la vela de Janucá.

2. Bendito eres Tú, Di-s nuestro Señor, Rey del Universo, Quien hizo milagros a nuestros antepasados, en aquellos días, en esta época.

3. Bendito eres Tú, Di-s nuestro Señor, Rey del Universo, Quien nos otorgó vida, nos sustentó y nos hizo llegar hasta la presente ocasión.

Después que se encendieron las luces de Janucá se acostumbra a recitar o cantar el himno Hanerot Halalu.

januka 3

Hanerot Halalu Anu Madlikim Al Hanisim Veal Haniflaót, Sheasita  Laavoteinu Baiamim Hahem Bazeman Haze, Al Iedei Kohaneja Hakedoshim. Vejol  Shemonat Iemey Ha-Januka. Hanerot Halalu Kodesh Hem, Veein Lanú Reshut Lehishtamesh Bahem, Ela Lireotam Bilvad, Kedei Lehodot ulehalel .Le-Shimja Ha-Gadol Al Niseja veal Nifleoteja Ve-Al Yeshuateja.

Traducción:

Encenderemos estas velas con motivo de las salvaciones, milagros, maravillas que has realizado con nuestros antepasados en aquellos días en esta época, por intermedio de tus santos sacerdotes. Estas luces son sagradas durante los ocho días de Janucá, y no nos es permitido emplearlas de ninguna manera sino solamente observarlas para agradecer y alabar tu nombre por tus milagros, maravillas y salvaciones.

Y por último el Salmo nº 30 de Tehelim

mizmor 1

MIZMOR SHIR JANUKAT HABAIT LEDAVID AROMIMJA ADONAY KI DILITANI VELO SIMAJTA OIVAI LI.  ADONAY ELOHAY SHIBATI ELEJA VATIRPAHENI ADONAY EELITA MIN SHEOL NAFSHI JIITANI MIIARDI VOR ZAMERU LADONAY JASIDAB VEODU LEZEJER KODSHO KI REGA VEAPO JAIM VIRTZONO BAEREV IALIN BEJI BELABOKER RINA VAANI AMARTI VESHALVI BAL EMOT LEOLAM ADONAY BIRTZONEJA EEMADTA LEARERI OZ, ISTARTA FANEJA AITI NIVHAL ELEJA ADONAY EKRA VEEL ADONAY ETJANAN MA BETZA BEDAMI BERIDTI EL SHAJAT AIODEJA AFAR AIAGUID AMITEJA SHEMA ADONAY VEJONENI ADONY EIE OZER LI AFAJTA MISPEDI LEMAJOL LI PITAJTA SAKI VATEAZERENI SIMJA LEMAAN IESAMERJA JABOD VELO IDOM ADONAY ELOHAI LEOLAM ODEKA.

Tradución

Te exaltaré, Señor, porque me rescataste; no permitiste que mis enemigos triunfaran sobre mí. Oh Señor, mi Dios, clamé a ti por ayuda,   y me devolviste la salud. Me levantaste de la tumba, oh Señor; me libraste de caer en la fosa de la muerte.

 ¡Canten al Señor, ustedes los justos! Alaben su santo nombre. Pues su ira dura sólo un instante, ¡pero su favor perdura toda una vida! El llanto podrá durar toda la noche, pero con la mañana llega la alegría.

 Cuando yo tenía prosperidad, decía:  «¡Ahora nada puede detenerme!».Tu favor, oh Señor, me hizo tan firme como una montaña; después te apartaste de mí, y quedé destrozado.

A ti clamé, oh Señor. supliqué al Señor que tuviera misericordia, le dije:Qué ganarás si me muero,si me hundo en la tumba? ¿Acaso podrá mi polvo alabarte? ¿Podrá hablar de tu fidelidad? 10 Escúchame, Señor, y ten misericordia de mí;  ayúdame, oh Señor».

 Tú cambiaste mi duelo en alegre danza;me quitaste la ropa de luto y me vestiste de alegría,para que yo te cante alabanzas y no me quede callado.  Oh Señor, mi Dios, ¡por siempre te daré gracias!

¡¡ FELIZ HANUKÁ !!

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Januka: Alejandro Magno y los Judíos

Manteniendo el espíritu de Hollywood, las películas se enfocan en la impresionante carrera militar de Alejandro, sus batallas colosales con el Imperio Persa y su sórdida vida personal. Lo que no verás en ninguna parte serán las fascinantes interacciones que Alejandro Magno tuvo con el pueblo judío y las complejas relaciones que se desarrollaron entre los griegos y los judíos que establecieron el escenario para la historia de Januca.

Un Poco de trasfondo

Alejandro Magno, nacido en 356 AEC, fue el hijo de Felipe II (382-336 AEC), el Rey de Macedonia en Grecia del norte (considerado un bárbaro según las ciudades de Grecia del sur). Felipe creó un poderoso ejército profesional, que unió en base a la fuerza a las fragmentadas ciudades-estado de Grecia en un sólo imperio.

Desde temprana edad, Alejandro demostró un enorme talento militar y fue nominado comandante en el ejército de su padre a la edad de 18 años. Habiendo conquistado toda Grecia, Felipe estaba a punto de embarcarse en una campaña para invadir al archienemigo de Grecia, el Imperio Persa. Antes de invadirlos, Felipe fue asesinado, posiblemente por Alejandro, quien luego se convirtió en rey en el año 336 AEC. Dos años más tarde en 334 AEC, cruzó el Hellespont (Turquía hoy en día) con 45.000 hombres e invadió al Imperio Persa.

En tres colosales batallas – Granices, Issus y Gaugamela – entre los años 334 y 331, Alejandro brillantemente (y a menudo temerariamente) condujo a su ejército a la victoria frente al ejército persa que los superaba en número por diez a uno. En 331 AEC, el Imperio Persa fue derrotado, el Emperador Persa Darío murió, y Alejandro era el gobernante indiscutido del Mediterráneo. Su campaña militar duró 12 años y lo llevó a él y a su ejército 10.000 millas hasta el Río Indus en India.

Solo el agotamiento de sus hombres y la inoportuna muerte de Alejandro el 332 AEC a la edad de 32 años, pusieron fin a la conquista griega del mundo. Se dice que cuando Alejandro observó su Imperio, lloró porque ya no había nada más que conquistar. Su vasto Imperio no sobrevivió a su muerte, sino que se fragmentó en tres grandes trozos con centros en Grecia, Egipto y Siria, y controlados por sus antiguos generales.

En su máxima expansión, el imperio de Alejandro se estiró desde Egipto hasta India. Construyó seis ciudades griegas, todas llamadas Alejandría. (Sólo la Alejandría de Egipto sobrevive hasta el día de hoy). Estas ciudades, y los griegos que se asentaron en ellas, llevaron la cultura griega al centro de las antiguas civilizaciones de Mesopotamia.

Los griegos no sólo eran imperialistas militares sino que también imperialistas culturales. Los soldados y los pobladores griegos llevaron sus formas de vida – su lenguaje, arte, arquitectura, literatura y filosofía – al medio oriente. Cuando la cultura griega se mezcló con la cultura del medio oriente, se creó un nuevo hibrido cultural – Helenismo (Hellas es la palabra griega para Grecia) – cuyo impacto sería mucho más grande y duraría mucho más que el corto periodo del imperio de Alejandro. Ya sea a través de las fuertes batallas, el arte, la arquitectura o la filosofía, la influencia del Helenismo en el Imperio Romano, en el Cristianismo y en el Oeste fue monumental. Pero es la interacción entre los judíos y los griegos, y el impacto del Helenismo sobre el judaísmo lo que queremos ver más en profundidad.

Desvío Hacia Israel

Durante su campaña militar contra Persia, Alejandro se desvió hacia el sur, conquistando Tiro y luego Egipto, pasando por lo que hoy en día es Israel. Hay una historia fascinante acerca del primer encuentro entre Alejandro y los judíos de Israel, quienes se encontraban bajo el dominio del imperio persa.

La narración respecto a la primera interacción entre Alejandro y los judíos se encuentra registrada tanto en el Talmud (Yomá 69a) como en el libro “Antigüedades Judías” del historiador judío Flavio Josefo (XI, 321-47). En ambos relatos el Sumo Sacerdote del tempo de Jerusalem, temiendo que Alejandro fuera a destruir la ciudad, salió a su encuentro antes de que llegara a la ciudad. La narración describe como Alejandro, al ver al Sumo Sacerdote, se bajó de su caballo e hizo una reverencia (Alejandro raramente, quizás nunca, se postraba ante alguien). En el relato de Flavio Josefo, cuando el general Parmerio le preguntó la razón, Alejandro respondió: “No hice una reverencia ante él, sino ante el Dios que lo ha honrado con el Sumo Sacerdocio; pues he visto a esta misma persona en un sueño, con esta misma apariencia”.

Alejandro interpretó la visión del Sumo Sacerdote como un buen presagio, y por tanto se apiado de Jerusalem, absorbiendo pacíficamente a la tierra de Israel en su creciente imperio. Como tributo a su conquista apacible, los sabios declararon que los primogénitos de aquella época fueran llamados Alejandro – el cual sigue siendo un nombre judío hasta el día de hoy. Y el día de aquel encuentro, 25 de Tevet, fue declarado una festividad menor.

Judíos y Griegos

Así comenzó una de las más interesantes y complejas relaciones culturales del mundo antiguo. Los griegos no habían conocido nunca antes a nadie como los judíos, y los judíos nunca habían conocido a nadie como los griegos. La interacción inicial parecía ser bastante positiva. Para los judíos, los griegos eran una nueva y exótica cultura del oeste. Tenían una profunda tradición intelectual que producía filósofos como Sócrates, Platón y Aristóteles (quien fue el tutor de Alejandro por dos años). Su amor por la sabiduría, la ciencia, el arte y la arquitectura los separaban de otras culturas con las que los judíos habían interactuado antes. El idioma griego fue considerado tan hermoso, que el Talmud lo llamó en cierta forma el más hermoso de todos los idiomas y los Rabinos declararon que un rollo de la Torá incluso podría ser escrito en griego.

Los griegos nunca habían conocido a nadie como los judíos – la única nación monoteísta que tenía un concepto único de un Dios infinito, que ama, que se preocupa por su creación y que actúa en la historia. Los judíos tenían tradiciones legales y filosóficas increíblemente profundas y complejas. Tenían una tasa de alfabetización y una infraestructura de bienestar social nunca antes vista en el mundo antiguo. Los griegos estaban tan fascinados con los judíos, que fueron los primeros en traducir la Biblia en otro idioma cuando el Rey Ptolomeo II (c. 250 AEC) obligó a 70 Rabinos a traducir la Biblia hebrea al griego (conocida como la “Septuaginta”, que significa “70” en griego).

Dos imperios griegos emergieron en el medio oriente después de la muerte de Alejandro: Los Ptolomeos en Egipto y los Seléucidas en Siria. La tierra de Israel se encontraba en la frontera entre estos dos imperios. Inicialmente, los judíos se encontraban bajo el control de los Ptolomeos, pero luego de la batalla de Panias en 198 AEC, Israel pasó a estar bajo el dominio de los Seléucidas, y su rey Antíoco.

Mientras que la alta esfera de la sociedad judía, junto con el resto de la población del mundo mediterráneo, adoptó rápidamente la cultura helenista (algunos hasta el punto de renegar su identidad judía), la vasta mayoría de los judíos se mantuvieron leales al judaísmo. Este “rechazo” del estilo de vida helenista fue visto como una gran hostilidad por muchos griegos y fue considerado como una forma de rebelión. Las exóticas diferencias que alguna vez sirvieron como fuente de atracción entre las dos culturas, crearon ahora un quiebre que llevaría a una guerra civil. Para complicar las cosas, Israel era el estado fronterizo entre estos dos imperios griegos rivales, y los judíos, que rehusaban asimilarse, eran vistos como una población desleal en partes vitalmente estratégicas del Imperio Seléucida.

Sería errado ver el conflicto simplemente como Grecia contra los judíos. Tensiones internas en la comunidad judía contribuyeron de forma significativa al conflicto. Muchos de los judíos helenizados tomaron el asunto en sus manos, e intentaron “ayudar” a sus hermanos más tradicionalistas, “arrastrándolos” fuera de lo que ellos percibían como creencias primitivas, para introducirlos así al “moderno” mundo de la cultura griega. (Este patrón se ha repetido en varias ocasiones dentro de la historia judía – en Rusia en el siglo 19 y en Alemania, por nombrar algunos ejemplos). Para lograr su propósito, estos judíos helenizados solicitaron la ayuda de sus aliados griegos, incorporando finalmente al mismísimo rey, Antiocus IV Epifánes, al conflicto.

Milagro de Januca

A mediados del siglo II AEC, Antiocus publicó un decreto, que hasta ese entonces nunca había sido escuchado en el antiguo mundo multicultural y religiosamente tolerante: Derogó la religión de otras personas. El prohibió la enseñanza y la práctica del judaísmo. El libro de los macabeos (probablemente escrito por un judío cronista a principios del siglo I AEC) lo describe de la siguiente forma: mucho después, el rey mandó un senador ateniense para obligar a los judíos a abandonar la ley de sus padres y para que dejaran de vivir según las leyes de Dios, y también para profanar el Templo de Jerusalem y llamarlo el Templo del Zeus Olímpico”. Macabeos 6:1-2).

Las brutales persecuciones griegas provocaron la primera guerra religiosa/ideológica en la historia – la rebelión de los macabeos. La revuelta fue liderada por la familia sacerdotal de Matatías y sus cinco hijos, de los cuales el más famoso fue Yehudá. Contra todas las probabilidades, el diminuto ejército guerrillero de los macabeos venció al profesional, más grande y mejor equipado ejército griego. Luego de tres años de batalla, Jerusalem fue liberada. El templo, que había sido profanado, fue limpiado y dedicado nuevamente a Dios. Fue durante este periodo de limpieza y re-dedicación del Templo que ocurrió el milagro de Januca. Un pequeño frasco de aceite utilizado por el Sumo Sacerdote para encender la menorá del Templo, que debería haber sido suficiente tan sólo para un día, milagrosamente duró ocho días.

El conflicto se extendió durante varios años más y cobró la vida de muchos judíos, incluyendo Yehudá el macabeo y varios de sus hermanos. Finalmente, los griegos fueron vencidos y el judaísmo sobrevivió.

Discutiblemente, la victoria militar de los judíos por sobre el imperio griego, fue un milagro mucho más grande que el aceite que duró durante ocho días. Pero la luz de Januca simboliza la real victoria – la supervivencia de la luz espiritual del judaísmo. Su milagrosa subsistencia permitió que los judíos generaran un monumental impacto en el mundo que ha excedido por mucho el minúsculo tamaño del pueblo judío, entregándole al mundo el concepto de un Dios único y los valores de la santidad de la vida, la justicia, la paz y la responsabilidad social, que son los cimientos morales/espirituales de la civilización occidental

Rab Ken Spiro. http://www.aishlatino.com

SHABAT SHALOM VEJANUKA SAMEAJ

JANUKÁ (25 KISLEV – 2 TEBET) (2-9 Diciembre 2010). En Alas de la Menorá

Janucá recién había pasado y blandos copos de nieves llenaban el aire duro y helado del mes de Tevet. David salió de la cama con su tibio pijama y apretó la nariz contra el ventanal observando cómo la calle se tornaba blanca. Si la nieve seguía apilándose durante la noche, por la mañana podría divertirse, construyendo hombres de nieve, jugando batallas… Pero David no estaba demasiado excitado ante estas ideas, como podría esperarse de un chico que ve caer la primera nevada de la temporada. En realidad, se sentía triste en ese momento.

David era hijo único. Janucá significaba mucho para él. Amaba cada minuto de sus ocho días. Amaba ver a su padre encendiendo las velas de Janucá y amaba encender su propia lámpara. Esta era la época en que sus primos lo visitaban. David no tenía hermanos, pero si muchos primos. Cada noche de Janucá muchos de ellos lo visitaban y mientras las luces de Janucá ardían, ellos jugaban. Comían buñuelos calientes para disfrutar aún más de esos momentos. Papá siempre llegaba a casa temprano en esos días, pues nunca salía en viajes de negocios durante Janucá, y a menudo tomaba parte en los juegos. También estaba el Januque Guelt (dinero) y los regalos. Pero ahora todo eso había terminado. La casa estaba tranquila nuevamente y las noches se hacían largas. ¡Cómo le hubiera gustado a David que Janucá durase toda la vida!
Pero, un momento… ¿qué es eso? David se frotó los ojos. No podía ser. Miró una y otra vez pero no había error. Allí estaba, la hermosa Menorá de plata de Janucá, flotando en el aire, en medio de los copos blancos. Debo estar soñando, pensó David. ¡Si hace un momento vi a la Menorá de plata tras la vitrina del armario, bien lustrada y lista para esperar hasta el año siguiente!
Pero no había posibilidad de equivocación. Era su hermosa y amada Menorá flotando en el aire, con el brillo de ocho velas alumbrando alegremente en el viento, cada vez más y más … y mientras David abría grandes los ojos por el asombro, la Menorá le hizo señas para que saliera.

-“Vete” balbuceó David. “No seas tonta. La Menorá sin duda está en el armario. Y de todas maneras como puede salir caminando a través del ventanal y caminar por el aire flotando como un copo de nieve? A lo mejor una Menorá puede hacerlo, pero yo no…

Pero esperen, ¿qué es lo que está ocurriendo? Las llamas de la Menorá se desprendían de ésta y volaban hacia él, haciéndole señales para que saliera. Era tan fácil después de todo… La ventana se abrió y enseguida se encontró flotando hacia la Menorá.
¡Qué fantástico! Mañana podría contárselo a sus compañeros en la escuela, aunque sin duda nadie le creería. Ven David, cantaban alegremente las llamas. -Te mostraremos cosas sobre la vida de la Menorá y todo lo que hace durante el año mientras aguarda Janucá.
-Eso debe ser interesante, dijo David mientras se dejaba llevar por las afables lucecitas. Flotando fácilmente sobre los techos, David vio las casas de la ciudad perderse bajo su cuerpo. Ahora ya no había nada más que un cielo estrellado encima y luces tenues abajo, que decrecían constantemente.
-¿A dónde me llevan?, preguntó David a las llamitas. Mi mamá se preocupará cuando llegue a mi dormitorio para apagar las luces y darme las buenas noches. -Volveremos a tiempo, te lo prometo. No tienes nada de que preocuparse. ¿Te gusta el vuelo?
-Es maravilloso. Nunca pensé que sería así, replicó David entusiasmado, aunque en lo profundo de su corazón estaba algo preocupado acerca del fin que tendría esa extraña aventura. Más rápido flotaron por el espacio, llevados por una fuerte brisa. David miró para abajo y no vió más que un vasto océano, pero arriba las estrellas brillaban alegres y sintió como las lucecitas le asían fuertemente por las manos, con seguridad.
Y dirigiendo el camino estaban las ocho brillantes luces de Janucá que resplandecían más que nunca en la noche oscura. Ahora comenzó a sentir brisas calientes en sus mejillas. La oscuridad de la noche comenzó a disiparse y el amanecer ya irrumpía frente a ellos. Los primeros rayos del sol asomaron tímidamente. Los copos de nieve había desaparecido hacia mucho y abajo David podía ver pastos y palmeras, agitadas por el viento. Colinas ondulantes y verdes valles pasaban ante sus ojos, bañados por el tibio resplandor dorado del sol matutino.
Todo esto parece familiar, pensó David. Es como los dibujos en mi libro de historia de la Biblia. Como leyendo sus pensamientos, las llamas dijeron: -Estás en lo cierto, David, estamos ahora en Tierra Santa, pero no podemos detenernos aquí esta vez, aún tenemos mucho camino que hacer, pero llegaremos enseguida.
Ahora atravesaban un vasto desierto, con arena dorada hasta donde el ojo podía ver. Luego fueron altas montañas y más allá David pudo escuchar el sonido de aguas rugientes. Este debe ser el Río Sambatyon, pensó David. Las velitas sonrieron: -Shalom David, dijo una voz cálida.
David se dio vuelta sorprendido; no se había dado cuenta de que ya habían descendido y se encontraba parado sobre tierra blanda. Se encontró mirando el rostro de un hombre viejo, de larga barba, todo vestido de blanco. -Shalom nuevamente y saludos de las Diez Tribus más allá del Sambatyon. Debes amar mucho a Janucá para merecer este tratamiento, dijo el hombre.
-Así es, amo mucho a Janucá dijo David. Pero dígame por favor señor, ¿dónde estoy y quién es usted? -Sin duda, David, tu habrás oído hablar de las Diez Tribus “perdidas” de Israel. Pues bien, como ves, no estamos perdidos para nada. Estamos todos aquí.
-SI, sin duda he escuchado hablar de ustedes. Anoche mismo mi padre me leyó una historia sobre ustedes. Pero, ¿fue ayer a la noche? Ya no sé. Parece que hubieran pasado siglos. De todas maneras, yo sé mucho sobre ustedes. Luego de la caída del Reino de Israel, desaparecieron y nadie sabe qué les ocurrió. Me alegro de que estén a salvo.

El hombre sonrió. Eres un niño inteligente, David. Sí, aquí estamos a salvo y vivimos felices, sirviendo en verdad a Di-s, como cualquier hijo de Abraham, Isaac y Jacob. Ningún extraño llega a este lugar. Sólo de vez en cuando algún niño que realmente ama Janucá y los otros Días Sagrados tanto como tú, tiene el privilegio de poder ver este lugar. Pero no falta mucho para que el justo Mesías llegue; entonces nos uniremos al resto de nuestros hermanos judíos y marcharemos a Tierra Santa…

-Quieres decir…. balbuceó David excitado
-Sí, mi joven amigo, dijo el hombre significativamente.
-Pero debes tener hambre luego de un viaje tan largo. Diciendo así, golpeó las palmas y al instante un joven, también vestido de blanco, salió de una tienda cercana, portando una bandeja dorada. Sobre ella había un vaso de gran belleza. “Sírvete”, dijo el hombre.
-¿Qué es?, preguntó David.
-“Maná”, contestó el hombre con un brillo pícaro en sus ojos.
¿Cómo? ¿Maná?, exclamó David temblando de emoción.
-Sí, maná. Sin duda sabes de que se trata.
-¡Como no voy a saberlo!, afirmó David. Recordó la jarra de Maná que Moisés había guardado como recuerdo de aquel maravilloso milagro en el desierto’, luego de haber dejado Egipto los hijos de Israel. Pero eso ocurrió hace más de tres mil años. A ver. ‘ . fue en el año 1948 luego de la Creación que los hijos de Israel salieron de Egipto. ¡Que maravillas
-Me alegro de que te acuerdes del Jumash tan bien. Pero vamos, prueba un poco; tienes hambre. David vaciló. -¿Qué bendición debo decir antes de comer Maná?, preguntó.

Es bueno que te hayas acordado de la bendición. Podrías haberlo arruinado todo de no ser así. Pues bien, ¿cuál es la bendición que dices por el pan?

-Todos los chicos saben eso. Pero este no es pan de la tierra. Es pan del cielo.
-Exactamente. De manera que así debes hacer la bendición.
David cerró los ojos. Quería realizar la bendición con todo su corazón. “Bendito eres Tú… que traes el pan del cielo”. Entonces tomó al Maná y lo llevó a la boca y su corazón saltó de alegría, pues nunca, nunca, había probado algo tan maravilloso.
Por un momento David pensó que se iba a desmayar de la emoción, pero sintió el Maná disolverse en su boca y extenderse por su cuerpo, otorgándole una sensación de gran poderío, y un gran amor por Di-s, como nunca antes lo había sentido.

Mientras David saboreaba el Maná, el anciano dijo:

-Cuando llegue el Mesías, y todos los muertos se levanten y vuelvan a la vida nuevamente, Moisés mismo traerá el Maná y todos los que hayan vivido una buena vida judía, realizarán esta misma bendición lo ingerirán y les dará fuerza y sabiduría…

-¿Cuándo ocurría todo ello?, preguntó David. Antes de contestar el hombre besó a David en la frente con gran afecto… David sintió el beso en su frente y escuchó el “click” de la luz. Mamá había apagado las luces.

Se sentó en la cama. -¡Oh mamá, fuiste tú! ¿Porqué tuviste que despertarme justo ahora? Tenía tantas preguntas más que hacerle… David se recostó sobre la almohada y dos lágrimas, como perlas, bajaron por sus mejillas.
Mamá se sentó en la cama. Con ternura enjugó las lágrimas de David. -¿Quiéres contarme que pasó?, preguntó suavemente. Pero los ojos de David se llenaron nuevamente de lágrimas. Mañana te lo contaré todo. Ahora quiero cerrar los ojos y pensar en ello.
-¡Fue maravilloso! Buenas noches, mamá. Soy muy feliz.

(extraído del libro Maase Abot – Relatos Jasídicos , (C) Edit. Benei Sholem)

JANUKÁ (25 KISLEV – 2 TEBET) (12-19 Diciembre 2009). Janucá: expresión de auténtico judaísmo

En Janucá, la Fiesta de las Luminarias, es cuando mejor se puede comprender la concepción judía del mundo, en cuyo espíritu está siempre el predominio de la ética sobre la estética, contrariamente a lo que sucede entre los pueblos gentiles, donde la belleza exterior es lo primordial.

Janucá es, de por sí, un profundo estudio del pensamiento judío que, habiéndose encontrado en determinado momento con una cultura tan dispar y opuesta como la griega, después de confluir durante corto tiempo, se separa totalmente y siguió su propio rumbo trazado por las generaciones precedentes.

Con la ayuda del Altísimo, logramos evadirnos de la atrayente pero engañosa cultura helénica, con su vana suntuosidad, y nos purificamos de la nociva influencia que aquella había ejercido sobre nuestro pueblo durante el breve lapso de la dominación ptolomea.

Aunque considerables porciones del pueblo judío fueron arrancadas por el helenismo, que las encandiló con su lujo, triunfó finalmente el sano pensamiento judío encarnado en los Macabeos. Estos bravos luchadores tomaron su nombre de las iniciales del versículo: “¿Quién es como tu entre los dioses, Eterno?” (Éxodo, XV-11).

Según el relato bíblico, que sirve de base al pensamiento judío, el hombre fue creado a imagen y semejanza de D-os. Acerca de ello, dijeron nuestros maestros: Puesto que el Creador carece de forma e imagen, se quiere significar que el ser humano fue creado con las cualidades divinas. Igual como D-os es misericordioso, debe serlo el hombre; igual como El es clemente, debe serlo el hombre. Esto significa que fuimos hechos con los atributos espirituales divinos, y por lo tanto, debemos tratar de asemejarnos lo más posible a la Fuente que nos ideó.

Entre los griegos sucede exactamente lo contrario: Ellos hicieron sus ídolos “a imagen y semejanza del hombre”, otorgándoles forma y cualidades humanas, tanto en lo físico como en lo espiritual.

Los dioses de la mitología griega son antropomorfos, luchan, aman, odian y matan como seres humanos. En cambio, nosotros elevamos al hombre a la categoría de D-os; Moisés subió al Monte Sinaí para acercarse en la medida de lo posible al Eterno. Los griegos proceden exactamente a la inversa: Hacen descender a sus divinidades al nivel humano, haciéndolos morar sobre el monte Olimpo que cualquier individuo puede alcanzar.

En ésto radica la diferencia fundamental entre ambas culturas: la judía y la helénica. Puesto que sus dioses se asemejan en todo a los mortales, también sus poderes sobrenaturales son sumamente limitados. Esto consta incluso en los dogmas de la filosofía griega. Así vemos, por ejemplo, que existe un dios denominado “del mar”, otro “del fuego”, un tercero “del amor”, etc. Ninguno de los dioses invade las jurisdicciones de los demás; cada uno se halla limitado en su dominio, al igual que los hombres.

Todo lo contrario sucede en la concepción judía; D-os es Omnipotente y Todopoderoso, no tiene principio ni fin, ni existe lugar donde Él no se encuentre. Todo el mundo está lleno de Su magnificencia.

El Rabí de Kotzk solía decir:
“¿Donde está la morada de Dios? En una casa pequeña, en un corazón puro.”

En efecto, de acuerdo con la concepción judía, D-os se encuentra en todas partes; en la casa más humilde y en el corazón de todo individuo, especialmente cuando es puro.

Dice Ibn-Pakuda en el “Libro de los Deberes de los Corazones”: “Y me harán un santuario y moraré entre ellos” (Éxodo, XXV-8). Así dice D-os; y debe entenderse de la siguiente manera: el santuario es el corazón del hombre que es lo más sagrado que existe. A esto se debe que entre los gentiles toda la vida esté basada en la estética, en las formas exteriores, que en apariencia, dan idea de belleza En cambio entre nosotros, la ética juega el papel principal; nos esforzamos en parecemos a D-os. La cultura griega se perpetuo en estatuas, esculturas, objetos caducos, mientras que nosotros inmortalizamos nuestro arte y cultura, en el mismo modo de vida; hicimos de nuestra vida un arte.

Por eso, lo único que nos ha quedado hoy en día de la antigua cultura griega, son columnas torcidas, restos de estatuas y templos en ruinas. Las figuras escultóricas que han quedado de aquellos tiempos semejan ex-hombres; a todas les falta algo: un brazo, una pierna, la nariz etc. Estamos en presencia de verdaderos inválidos, que han caído victimas de la acción del tiempo. Nuestra ética, que es una parte vital del pensamiento judío, ha permanecido íntegra e invariable en el curso de lo siglos.

Mientras la cultura helénica se manifiesta en esculturas defectuosas, nuestra Tora ha sido siempre perfecta. Es más: los Cinco Libros de Moisés se han multiplicado con el correr del tiempo, y de ellos derivaron las obras de Maimonides, el Shuljan Aruj, y muchos otros.

Los gentiles entregaron al mundo un arte de piedra que, al fin y al cabo, no dura eternamente; Pero nosotros legamos a la humanidad una Ley de la Vida (Torat Jaim), es decir un conjunto de normas para una mejor convivencia entre los hombres. Y este legado es perenne.

He aquí un magnífico ejemplo de la diferencia radical entre ambos enfoques: El más grande artista no-judío, el pintor y escultor Miguel Ángel, entrego al mundo un “Moises” de mármol, un objeto inanimado (por más que muchos digan que parece dotado de vida); el pueblo judío, en cambio, produjo un Moisés de carne y hueso, cuya Ley perdura a través de las generaciones.

Leonardo da Vinci logro la más bella pintura de una mujer, la “Gioconda”, pero ¿que es, al final de cuentas? Un lienzo muerto, que tampoco ha de subsistir eternamente. Ya se ha tratado innumerables veces de robarla y secuestrarla; puede, incluso, ser irreparablemente dañada, pero la imagen femenina que el judaísmo dio al mundo con su “mujer que teme al Eterno, esa será alabada” (Proverbios, XXXI-30), vivirá por siempre.

Ya lo dijo el gran “filósofo” del Eclesiastés, el sabio rey Salomón: “Falsedad es la gracia y vanidad la hermosura” (Proverbios, XXXI-30). Nuestros sabios comprendieron que la fuerza del hombre no reside en la materia, sino en el espíritu. La materia es efímera y fenece a corto plazo. “Los pliegos se queman y las letras flotan en el aire”; los pergaminos podrán consumirse en las llamas – es cierto -, pero las letras, es decir, el espíritu de las Escrituras, no desaparece jamás.

Antiguamente se escribía sobre tablillas de barro, sobre papiros, luego sobre pergamino y por fin, sobre papel; así seguirá cambiando la materia sobre la cual se trazan las letras, pero no las ideas que aquellas expresan. Las ideas permanecen indelebles a través de los siglos, sin importar la clase de material que las sustenta.

Cuando Moisés descendió del Monte Sinaí y vio el becerro de oro que los judíos habían levantado durante su ausencia, rompió en mil pedazos las Tablas de la Ley donde se hallaban grabados los Diez Mandamientos. Moisés comprendió que la fuerza de la palabra divina no radica en la piedra, sino en el corazón de todos y cada uno de los integrantes del pueblo. No se trataba de esculpir la palabra de Dios sobre la piedra; éste era sólo un paso previo para lograr que se grabara en lo más profundo de los corazones. Y ésta fue la tarea que Moisés se impuso durante los cuarenta anos que condujo a los judíos por el desierto.

Ya lo dijo el profeta Zacarías: “No con ejército ni con fuerza, sino con mi espíritu, dijo el Eterno de los Ejércitos” (Zacarías, IV-5). Sólo en el espíritu reside la fuerza.

El triunfo del espíritu sobre la fuerza bruta, está cabalmente expresado en la fiesta de Janucá. Esta celebración es la manifestación del predominio constante de la ética sobre la estética, del contenido sobre la forma, del espíritu sobre la materia.

Las luminarias de Janucá simbolizan de manera admirable lo que acabamos de expresar: las velas propiamente dichas arden y se consumen, simbolizando la caducidad de la materia. En cambio, la llama que irradia luz, permanece indeleble; es la luz espiritual. Y por eso está prohibido servirse de las velas de Janucá para cualquier fin, porque son sagradas; sólo está permitido contemplarlas, pues en ellas veremos la luz del pensamiento judío.

Recuerdo haber leído en cierto lugar, una buena explicación de la diferencia entre Janucá y Purim:
Mientras el rey persa Asuero se propuso exterminar físicamente al pueblo hebreo, el griego Antíoco trató de destruirlo también en su integridad espiritual. Por ello se festeja Purim con un ágape, es decir, una fiesta para el cuerpo, mientras que Janucá se celebra encendiendo velas; esto es, un regocijo para el espíritu.

La luz que irradia la ética judía, y que sirve de ejemplo a todos los demás pueblos, o al menos, debiera servir como tal, esta por encima de cualquier concepto restrictivo de tiempo y espacio. Por ello es la antítesis de la estética, que juega un papel tan importante entre los pueblos gentiles, pero no sirve mas que para servirse materialmente de ella.

Tratemos de que la luz del judaísmo no se apague jamás, e ilumine siempre el camino de nuestra vida.

JANUKÁ (25 KISLEV – 2 TEBET) (12-19 Diciembre 2009). Relato:La luz de Janucá extraviada

Era una tormentosa noche invernal, cuando Rabí Baruj encendió su primera luminaria de Janucá.

Un halo de santidad flotaba en el ambiente, mientras Rabí Baruj pronunciaba, con especial devoción, las bendiciones anteriores al cumplimiento de la Mitzvá.

Los discípulos, reunidos a su alrededor, observaban con reverencia la emoción de su querido maestro y Rabí, embelesados ante la pequeña llama chispeante que parecía bailar al son de las inspiradas palabras del Rabí.

Apenas el santo hombre habla concluido de entonar la plegaria de Hanerot Halalu -estas luminarias…-, cuando la pequeña llama, que habla crecido hasta llegar a ser grande y firme, comenzó a decaer hasta que finalmente desapareció por completo.

Como si algún poder extraño se la hubiera llevado…

Los discípulos quedaron anonadados.

Atemorizados ante el extraño incidente, miraban de soslayo a Rabí Baruj, esperando oír alguna explicación.

Pero él continuaba inmóvil, como sumido en profundas cavilaciones, su mirada pérdida en él vacío, como si mirara a lo lejos, en busca de una explicación del extraño hecho.

Su Shamash -ayudante-, se acercó para encender nuevamente la apagada mecha.

Ya se disponía a hacerlo, cuando Rabí Baruj lo detuvo, y con un gesto silencioso le indicó que se alejara.

Luego de algunos minutos de ansiosa espera, súbitamente el rostro del Rabí se encendió. Con radiante rostro comenzó a entonar el conocido himno de Janucá, “Maoz tzur…”, y sus discípulos, aliviados de su anterior temor, lo acompañaron con alegres voces.

-Sentémonos a celebrar Janucá, como corresponde -dijo Rabí Baruj, luego de que hubiera terminado de cantar la expresiva melodía de fe y confianza en la siempre presente ayuda Divina- La luz de Janucá volverá. Ahora está ocupada en una importante misión al servicio de Di-s.

Los discípulos de Rabí Baruj sabían que de él no se oían palabras vanas. Confiaban ciegamente en la sabiduría y santidad de su maestro.

Se congregaron alrededor de la mesa, alegres y con ansias de conocer qué se había hecho de la desaparecida luz de Janucá.

Rabí Baruj leyó en los ojos de sus discípulos la intriga que éstos sentían.

-Tened paciencia. Pronto escucharéis que ocurrió…

Se enfrascaron en las palabras de su maestro, quien no cesaba de explicar diversos aspectos de la festividad. A la luz de sus interpretaciones ésta adquiría un esplendor especial.

Era casi medianoche cuando los discípulos ubicados cerca de la ventana exclamaron repentinamente:

-¡Rabí! ¡Rabí! ¡La luz de Janucá ha vuelto!

Todos se pusieron de pie, mirando en dirección a la Menará, el candelabro de Janucá de su maestro.

Efectivamente, vieron que la pequeña llama parpadeaba como antes, bailando una danza de alegría, como si hubiera llevado el mensaje de Janucá desde un extremo de la tierra al otro.

Esperad sólo unos instantes más, y sabréis que ha acontecido.

No había terminado de pronunciar estas palabras, cuando un ruido se escuchó afuera. Se trataba de un carruaje que se aproximaba velozmente.

El sonido de los azuzados caballos haciendo trepidar la tierra bajo sus patas fue creciendo, hasta llegar a la puerta de la casa de Rabí Baruj donde se detuvo.

La puerta se abrió y entró al recinto uno de los Jasidim más cercanos y leales a Rabí Baruj, que vivía en una pequeña ciudad, más allá de las montañas y los bosques.

Sus vestimentas estaban desarregladas y su rostro distorsionado, como si hubiera tenido que soportar terribles momentos.

Pero sus ojos brillaban y su expresión denotaba gran felicidad.

Rabí Baruj lo saludó cordialmente y le indicó que se lavara las manos, dijera las oraciones y encendiera su luz de Janucá.

Los discípulos no podían reprimir su curiosidad mientras el hombre cumplía lo que el maestro le había ordenado.

Cuando hubo concluido, se sentó junto a Rabí Baruj, mientras en el cuarto se bacía un expectante silencio.

Finalmente, el hombre comenzó a hablar:

-Hace ya varios días que me encuentro en el camino. Mi intención era la de pasar Janucá junto a mí querido maestro. De acuerdo a mis cálculos, y teniendo en cuenta la tormenta, salí con la suficiente antelación como para poder estar aquí antes del comienzo de la festividad, y poder compartir con ustedes la sagrada atmósfera de este lugar, que lo impregna todo.

El tiempo era frío y tormentoso, mientras ascendía con mi carreta los empinados senderos que conducen a la ciudad.

A pesar de lo crudo del clima, yo no sentía nada. El calor y entusiasmo de lo que me esperaba aquí, me hacia olvidar de la lluvia que caía torrencialmente sobre mí, estaba como en otro mundo.

Quería llegar aquí lo antes posible. Hasta pasé de largo frente a la hostería del camino para no perder ni un minuto.

En lugar de seguir mi viaje por las zigzagueantes rutas habituales, me pareció que ahorraría mucho tiempo si tomaba un atajo a través de los oscuros bosques, a pesar de la lluvia y el mal tiempo. Así, Di-s mediante, llegaría un día antes.

-Me parece un poco reprochable tu manera de actuar -le interrumpió Rabí Baruj- nunca hay que ponerse en peligro.

-Pronto comprendí mi error, Santo Rabí -replicó sombríamente el hombre- pues cuando cruzaba uno de tos espesos bosques, un súbito tirón me arrancó de mis pensamientos. Manos toscas me sujetaron fuertemente y me arrancaron del asiento, mientras otros revisaban minuciosamente mi carruaje y pertenencias.

Un grupo de bandoleros me había atacado, confundiéndome con un rico comerciante que acostumbraba transitar las espesuras del bosque en sus viajes de negocios.

Cuando no encontraron lo que buscaban, se ensañaron conmigo, empujándome y castigándome cruelmente.

Por fin, ante la inutilidad de sus “métodos”, decidieron llevarme ante su jefe, para que éste me hiciera revelar “la verdad”.

Dos de los hombres, fuertemente armados y enmascarados, se sentaron junto a mí en el pescante y uno de ellos tomó las riendas del carruaje.

Precedidos de los jinetes, cruzamos el camino, adentrándonos más profundamente en el bosque, avanzando sobre zanjas y piedras, corriendo a cada momento el peligro de chocar contra los árboles u Otros obstáculos, en alocada carrera.

Conducían la carreta con tal salvajismo que no pude permanecer con los ojos abiertos. Estaba mudo de terror.

Finalmente el carruaje descendió por la ladera de una hondonada hasta que se detuvo frente a una choza negra, bien disimulada tras unos altos matorrales.

Fui llevado ante el jefe de la banda, un hombre de aspecto tosco y cruel, cuyo salvajismo brillaba en los ojos.

-Si aprecias tu vida es conveniente qué me digas qué es lo que te llevó a desafiar a los rigores del tiempo adentrándote en el peligroso bosque, y lo más importante, dónde escondes el dinero.

-Señor Jefe – mi voz temblaba y me costaba articular cada palabra, por el miedo y el dolor de la paliza que me habían propinado-. No soy ningún comerciante no estoy en viaje de negocios. Mis escasas pertenencias ya han sido robadas por sus secuaces. Soy un simple hombre que viaja a ver a su Rabí, para la festividad judía de Janucá.

– Oyen amigos, la “biografía” de nuestro “invitado” -gritaba a carcajadas el jefe ante lo inverosímil de mi historia. Súbitamente su rostro se ensombreció y con una gruesa voz me dijo:

– Basta de tonterías. Si no quieres hablar, mi látigo hará que tu lengua sea más rápida que tu pensamiento. No me dirás que eres tan tonto como para viajar a pesar de la tormenta y el frío para estar con un viejo Rebe…

Yo repetía incansablemente mi historia, pero nadie estaba dispuesto a escucharme.

La angustia que pasé durante las horas siguientes, es inenarrable. Mi espalda estaba totalmente ensangrentada cuando los ladrones me encerraron en el húmedo sótano de la casa. Para colmo, ya no podía darles otra respuesta de la que les había dado anterior-mente. Sabía que era un castigo del cielo. Estaba tan dolorido y cansado, que en un santiamén me quedé dormido y durante todo ese día, y el siguiente permanecía cayendo en la inconciencia una y otra vez.

El sol ya se ponía cuando el jefe me despertó nuevamente, con muy poca delicadeza, interrumpiendo mis dulces sueños sobre Janucá en esta casa.

Nuevamente me interrogó y yo traté de convencerlo de que todo lo que había dicho hasta el momento era verdad. Tratando de conmoverlo un poco, le conté con sumo detalle la infinita felicidad que se siente por pasar Janucá con el Rebe y el lazo de afecto y devoción que nos une.

Cuando terminé, el jefe permanecía pensativo. Luego de algunos minutos de silenciosa reflexión, se levantó de un salto y me dijo:

-Veremos si tu historia es verdadera y si en realidad tienes fe infinita en Di-s y en tu Rabí. Sabes que este bosque está plagado de infinidad de peligros y ni siquiera mis hombres se atreven a cruzarlo solos. Hay lobos y otros animales feroces y el que se atreve a cruzarlo sin armas esta condenado a ser devorado vivo o a estrellarse contra algún árbol perdiendo la vida en su aventura. Te dejaré en libertad y te devolveré todo lo que te hemos quitado, tu caballo, tu carruaje y tus vestimentas. Pero recuerda que te lo advertí. No tienes la menor posibilidad de salir con vida de este bosque. ¿Tienes la fe suficiente como para intentarlo?

Quedé mudo ante la visión de reemprender un viaje a través de los incontables peligros que se cernían sobre mitras cada árbol y en cada centímetro del bosque.

Pero -continuaba relatando- pensé en Ud. querido Rebe, y en la gran piedad de Di-s. Me pareció verlo a Ud. de pie, ante la luz de Janucá, alabando a Di-s con sus bendiciones. Y sus ojos parecieron infundirme coraje para afrontar todos los peligros.

Me repuse y enfrentándome con el bandolero, le dije:

-Que Di-s me proteja. Estoy dispuesto a intentarlo.

Nuevamente, los ojos del salvaje hurgaron la profundidad de mis pensamientos.

-Si llegas a la entrada del pueblo en el que vive tu Rabí a salvo, arroja tu pañuelo a la zanja que se encuentra tras el portón. Mis hombres estarán allí, esperando tu señal. Si ellos regresan con el pañuelo, ordenaré la disolución de esta banda, y regresaré a la civilización, para continuar por la senda del bien.

En ese momento chocaron en mí fuerzas dispares. Por un lado me invadía una tremenda alegría. Sabía que de mí dependía que un hombre, un criminal, retornara a la senda de la bondad y la rectitud. Pero, conjuntamente, me embargaba, el terror de las perspectivas que me ofrecía el peligroso viaje.

Finalmente, tomé mi carruaje, y me hice a la marcha presuroso por abandonar la hondonada.

Por todos lados se escuchaban aullidos de lobos, y por más que buscaba, no encontraba ningún camino que me llevase fuera del bosque.

La oscuridad se hacía cada vez más intensa, a medida que me alejaba del claro en que estaba situada la casa y me introducía en la espesura forestal. Cada vez veía menos.

Súbitamente, una pequeña llama se me hizo visible y me guió a través de la impenetrable oscuridad como si la luz misma de Janucá hubiera sido enviada por el Creador para protegerme y hacerme llegar sano y salvo a su destino.

Los caminos se sucedían uno tras otro, pero los milagros que pude vivir son inenarrables. Había lobos por todos lados, y era fácil saber que estaban prestos a abalanzarse sobre mí y sobre mi caballo. Pero, ni bien veían la luz, la pequeña llama que corría delante de mí, saltaban hacia atrás.

Pronto se hizo un camino y los caballos apuraron la marcha, hasta que salí del bosque, y continué mi viaje hasta aquí.

Al pasar por el portón, arrojé mi pañuelo tal como habíamos convenido. Que Di-s otorgue al ladrón la fuerza de voluntad y la sabiduría para abandonar su equivoco camino, enmendando el mal que haya cometido en su vida.

Rabí Baruj continuaba sumido en sus reflexiones, mientras la pequeña llamita de Janucá estaba por extinguirse. Su luz, sin embargo, era tan brillante como nunca e indicaba esperanza y seguridad a los Jasidim reunidos con su maestro.

-En Janucá, vivimos el milagro renovado eternamente, de la ayuda divina. Aprenderemos a creer en Su omnipotencia. Que Su eterna presencia nos traiga el milagro final de la redención de todo mal y que la luz de la fe brille en los cuatro puntos cardinales de la tierra -dijo Rabí Baruj.

Y sus discípulos contestaron:

-¡Amén!

(extraído del libro El Narrador , (C) Edit. Kehot Lubavitch Sudamericana)

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