Parashá Shavua: Sheminí (Octavo). Shabat 20 de Adar II 5771 (26 de Marzo 2011).Shabat Pará. Pará Adumá

En el Shabbat posterior a Purim se saca un segundo sefer Torá, para leer en Bemidbar 19:1 (hasta el pasuk 22) la mitzvá de la “pará adumá” – (vaca roja).
En el comienzo leemos:

“Entonces Hashem habló a Moshé [Moisés] y a Aarón, diciendo que éste es el estatuto de la ley que Hashem ha mandado diciendo: ”Di a los hijos de Israel que te traigan una vaca roja, sin defecto, en la cual no haya mancha y sobre la cual nunca haya sido puesto yugo.” (Bemidbar / Números 19:1,2)

Esta mitzvá es el más claro ejemplo de un “jok”, un decreto de la Torá que no está basado en el razonamiento humano, sino en la lógica de D-os. (Los mishpatim son los mandamientos que pueden ser captados por nuestro entendimiento limitado).

Los jukim deben ser hechos por la simple causa que Hashem así lo ordenó.

¿De qué se trata el jok de Pará Adumá?
En épocas del Mikdash las personas debían estar en estado de pureza para poder ofrecer los korbanot o concurrir al Templo. Los cadáveres, de acuerdo a lo que indica la Torá, impurifican. Por lo cual es necesario un proceso de purificación, para este tipo específico de impureza se logra a través de un ritual que incluye las cenizas de la “vaca perfectamente roja”, que fuera degollada e incinerada.

Fue ordenada la lectura especial de parashat Pará para esta época del año, para que los judíos que se aprestaban para peregrinar a Ierushalaim en Pesaj estuvieron en estado de pureza ritual, y pudieran ofrecer los korbanot del jag, especialmente: korbán Pesaj.

Otra razón tiene que ver con un concepto de la Haftará:

“Entonces esparciré sobre vosotros agua pura, y seréis purificados de todas vuestras impurezas. Os purificaré de todos vuestros ídolos.” (Iejezkel / Ezequiel 36:25)

que vincula la purificación con la teshuvá, el retorno a D-os.
Una de las razones para este vínculo, puede ser que la vista de una persona exánime (y cuyo contacto nos trasmite impureza) presenta “vivamente” la idea de que la vida es digna de ser vivida a plenitud, dejando de lado las cosas que pueden ser perjudiciales, porque, todas las personas tenemos un final, y luego, no podemos mejorarnos.

Aprendiendo de este mensaje, se puede llegar puro y en óptimo estado a celebrar nuestra Liberación en Pesaj.

Como con todas las Arbá parshiot (Sheklim, Zajor, Pará, HaJodesh) ni los menores de bar mitzvá, ni tampoco los jóvenes que la celebran ese día, pueden ser llamados a su lectura.

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El significado de la Pará Adumá

La tercera de las cuatro lecturas especiales de la Torá, Parshat Pará —la sección que enumera las leyes de la Vaca Roja—, se lee en el Shabat inmediatamente anterior al Shabat [en que se lee] Parshat HaJodesh. Así, si Rosh Jodesh Nisán coincide con Shabat [en cuyo caso se lee entonces HaJodesh], Parshat Pará se lee en el último Shabat del mes de Adar. Si Rosh Jodesh Nisán acaece en día de semana [en cuyo caso se lee Parshat HaJodesh el último Shabat del mes de Adar], Parshat Pará se lee el Shabat previo al último Shabat del mes de Adar.

En Shabat Parshat Pará se extraen del Arca dos Rollos de la Torá. Siete personas son llamadas para la lectura de la sección regular del primer Rollo, y luego, el maftir lee Parshat Pará [de la sección de Jukat (Números 19:1-17)] del segundo Rollo.
Según algunas autoridades halájicas, la lectura de Parshat Pará es un requerimiento bíblico, y por lo tanto somos más estrictos en todo lo que respecta a su lectura. Así, se acostumbra no llamar a un menor [de trece años] para que lea el maftir, pues como aún no está obligado a cumplir rnitzvot, no puede liberar de su obligación a aquellos que sí lo están.
La razón por la cual se estableció leer Parshat Pará antes del mes de Nisán es recordar a quienes se habían vuelto ritualmente impuros por el contacto con un cadáver, que se purificaran para poder ofrecer el sacrificio de Pesaj en el momento adecuado.
La lectura se fijó con suficiente antelación a Pesaj para que incluso los que vivían lejos de Jerusalén [y comenzaban su peregrinación en Rosh Jodesh Nisán] recordaran que si se habían vuelto impuros necesitarían purificarse con las cenizas de la pará adumá (Vaca Roja), proceso que requería de al menos ocho días y que era condición necesaria para poder ingresar en el Gran Templo y comer de los sacrificios; caso contrario, deberían esperar hasta Pesaj Shení —el 14 de Iyar— para traer la ofrenda de Pesaj.
El Talmud Ierushalmí expresa (Meguilá 3:5): Correspondería leer Parshat HaJodesh antes de Parshat Pará, puesto que el Tabernáculo fue erigido el primero de Nisán, mientras que la pará adumá fue preparada por primera vez en el segundo día de Nisán. No obstante, leemos primero Parshat Pará, ya que trata de la purificación del pueblo de Israel, lo cual le permite traer el sacrificio de Pesaj en el momento adecuado [y no postergarlo hasta Pesaj Shení].
En los libros sagrados está escrito que los días previos a Pesaj son propicios para que la persona alcance un alto grado de pureza (tanto en sus pensamientos, palabras, como acciones], al igual que el pueblo se ocupaba de estar puro antes de ofrecer el sacrificio de Pesaj en la época del Gran Templo, y como lo hace actualmente por medio del estudio de Parshat Pará.

LA PARÁ ADUMÁ

La Torá exige el uso de las cenizas de la pará adumá sólo para aquellos que se han vuelto impuros por haber estado en contacto con un cadáver. Todo aquel que se ha impurificado por medio de otras fuentes, se purifica con los métodos correspondientes especificados en la Torá, mas no a través de estas cenizas.

Esta mitzvá fue entregada a Israel en Rosh Jodesh Nisán, en el segundo año luego de haber salido de Egipto —día en que el Tabernáculo fue erigido y puesto en uso por primera vez—. Además, esta mitzvá también fue dada para servir como medio de expiación por el incidente del becerro de oro.
Cuando Di-s Se reconcilió con el pueblo de Israel y ordenó construir el Tabernáculo para que El pudiera morar entre ellos, les entregó esta mitzvá para que eliminaran todo rastro de impureza e idolatría que había quedado impregnado en ellos luego de este episodio. De esta forma, las cenizas de la Vaca Roja también logran la purificación por el grave pecado de idolatría —Avodá Zará, que confiere el mismo grado de impureza ritual que el contacto con los muertos— para que no quede ninguna huella de él en el alma del judío.
Desde el momento en que esta mitzvá fue dada por primera vez hasta la destrucción del segundo Beit HaMikdash, hubo nueve vacas rojas. La primera fue preparada por Moshé y sus cenizas se utilizaron durante todo el período en que existió el primer Beit HaMikdash. Luego sólo sobró una pequeña cantidad que fue conservada como recuerdo. La segunda pará adumá fue preparada por Ezrá el Escriba, y las siguientes siete se hicieron durante los años comprendidos entre Ezrá y la destrucción del segundo Beit HaMikdash. Pero la décima y última será preparada por el Rey Mashíaj, que llegue pronto en nuestros días.

JUKIM: ENTENDER O NO ENTENDER

Muchas de las mitzvot de la Torá son llamadas jukím (decretos) —leyes para las cuales no hay una explicación racional aparente—. Sus motivos, así como también los significados místicos que éstas encierran, fueron revelados a los grandes Sabios de cada generación desde Moshé. No obstante, respecto de la pará adumá, el versículo declara (Números 19:2): Este es e/decreto de/a Tord; es decir, esta ley específica difiere de todas las demás, pues su explicación y significado perduran ocultos.

La esencia misma de la pará adumá parece señalar una contradicción que está más allá de nuestra capacidad para descifrarla. Nuestros Sabios enseñaron: Todos los involucrados en la preparación de la pará adumá —en cualquiera de sus etapas— se vuelven ritualmente impuros, ¡pero la pará adumá misma purifica a las personas! [Ello parecería ilógico, pues si la vaca roja purifica, ¿por qué los involucrados en su preparación se impurifican?] Di-s dijo: “Una ley he fijado, un estatuto he decretado, y no estás autorizado a ponerla en tela de juicio!” (Ialkut Shimoni, Jukát 759).
Todo esto procuré alcanzar/o a través de la sabiduría. Pensé que lo comprendería, pero esta muy lejos de mí (Eclesiastés 7:23). El Rey Salomón dijo: “Alcancé el nivel de comprender toda la Torá, pero esta sección de la pará adumá, por más que me esforcé, procuré interpretarla, investigué e indagué acerca de ella, Pensé que lo comprendería, pero está muy lejos de mí” (Ialkut Shimoni, ibíd.).
Y traerán a ti una pará adumá (Números 19:2) . Di-s dijo a Moshé: “A ti te he de revelar el motivo, pero para los demás será considerado un estatuto” (Ialkut Shimoní, ibíd.).

LA ACTITUD DIFERENTE DE ISRAEL

Venid y ved cómo el pueblo de Israel se diferencia de las demás naciones del mundo. Aquellas elogian una rnitzvá cuando comprenden su significado, mas si no, la desprecian. En todo caso, ellas no aceptan sobre sí la obligación de las mitzvot ni su observancia. Estas naciones, y el Satán, se mofan de Israel particularmente respecto de la mitzvá de pará adumá, diciendo: “¿Qué es esta mitzvá y cuál es su significado?”.

Pero la actitud de los judíos es diferente. Ellos aceptan el yugo de las mitzvot comprendan o no su significado, y muestran especialmente un gran aprecio por aquellas mitzvot cuyo motivo no ha sido aclarado y sólo son decreto Divino.
El pueblo de Israel muestra humildad frente a los decretos de Di-s y no busca comprender los significados que estos encierran. Incluso aquellos preceptos que parecen contradecir la razón humana les resultan preciados; se mantienen fieles a ellos pese a no comprender sus secretos, y siguen a Di-s solamente en virtud de su fe. Además, aun aquellas mitzvot cuyas razones sí comprenden, las cumplen sólo porque constituyen la voluntad de Di-s.
Gracias a esto el pueblo de Israel se hace merecedor de la pureza que desciende sobre éste desde el Cielo y que purifica sus cuerpos, sus espíritus y sus almas, convirtiéndose en una creación nueva capaz de trascender los límites naturales que para otros constituyen una restricción. Así como ellos anulan su propia naturaleza y razón frente a la voluntad de Di-s, El también anula los límites de la naturaleza en su favor, elevándolos a las alturas y grabando en ellos un espíritu de pureza y santidad más allá del entendimiento humano.

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Parashá Shavua: Sheminí (Octavo). Shabat 20 de Adar II 5771 (26 de Marzo 2011).Shabat Pará. Estudiando 2 pesukim (versículos) sobresalientes

Sheminí XI,3
3 – TODO AQUEL QUE ES DE PEZUÑA (QUE TIENE HENDIDAS LAS PEZUÑAS) Y QUE RUMIA, ENTRE LOS ANIMALES, ESE PODREIS COMER.

3 – TODO AQUEL QUE ES DE PEZUÑA Y QUE RUMIA. Las dos características mencionadas aquí son las señales de los animales permitidos, pero no indican el motivo de la autorización.

Don L Abarbanel emite la teoría de que los animales rumiantes no poseen aparato dentario que les permita triturar y masticar huesos. Además, se alimentan de vegetales y no tienen el carácter feroz de las bestias salvajes. Y el hecho de que sus cascos hendidos están desprovistos de garras los vuelve pacíficos e inofensivos.
Rabí S.R. Hirsch explica en un sentido análogo: “Dos acciones son esenciales para la vida del animal: la búsqueda del alimento y la defensa de la vida. Estas dos acciones son igualmente indispensables para la vida del ser humano. Pero el ideal judío las subordina a un fin espiritual. Esta es la razón por la cual la Toráh elimina todos los animales que poseen los órganos reservados a estas dos funciones bajo la forma más señalada: las garras de la bestia feroz y el estómago capaz de asimilar sin distinción todo alimento engullido apresuradamente. Los rumiantes con pezuñas en las patas no conocen estos órganos de rudeza y violencia. Una gran lección se desprende así de esta ley que, en su simplicidad y grandeza, ha contribuido sin ninguna duda a formar el carácter específico de Israel”.

ESE PODREIS COMER. Rashí subraya el carácter imperativo de estas palabras. El mandamiento de comer carne de tales animales puede parecer sorprendente a los adeptos al vegetarianismo. Entre los pensadores judíos, esta doctrina ha sido defendida por Rabí Yoséf Albo en su libro “Ikarím (III,15). El recuerda que en los orígenes de la humanidad, el consumo de carne estaba prohibido, y que únicamente los vegetales se destinaban al alimento de las criaturas (Gén. I,29). La matanza de víctimas inocentes comporta, en efecto, un acto de crueldad y de brutalidad susceptible de despertar malos instintos. La carne de los animales declarados, en consecuencia, impuros suscita además efectos nocivos sobre las disposiciones naturales de los hombres. Este es el motivo por el cual el consumo de cualquier clase de carne haya sido prohibido, aun cuando el de los animales puros sea un elemento nutritivo sano y útil. La licencia otorgada ulteriormente a Nóaj y a sus descendientes (Gén. IX,3) estuvo motivada por la necesidad de corregir el error generalizado que había conducido a la Humanidad al desastre del Diluvio. Los hombres creyeron, en efecto, que la prohibición de la carne se basaba en el hecho de la igualdad, en el seno de la creación, de los puestos respectivos que ocupan el ser humano y el animal. De esta creencia extrajeron la conclusión de que el hombre no es más responsable de sus actos que el animal de los suyos, y esta doctrina desembocó en la degeneración completa de las costumbres. La prohibición concerniente a la carne fue pues levantada después del diluvio, si bien los hombres tomaron conciencia en lo adelante de su superioridad sobre el mundo animal y de su grado de responsabilidad acrecentada con respecto a los animales. Sin embargo, cuando fue promulgada la Toráh, dejó en pie la prohibición de los animales impuros, y no permitió la carne de los animales puros más que para apaciguar los apetitos, como lo precisa en Deut. XII,21 y como lo señala el Talmúd (Tratado Julín 84a). Vista la cuestión desde esta perspectiva, la autorización concerniente a la carne aparece como una simple concesión a los deseos de los seres humanos.

En contradicción con estos puntos de vista, los autores cabalistas incluyen el alimento animal en su perspectiva general de la cosmología. Este forma parte de los elementos, gracias a los cuales se efectúa el ascenso de los factores de la creación, desde el grado o escala inferior de la materia hasta las cimas del espítitu.

Hemos descrito este proceso bajo la autoridad de Rabí Moshé Cordobero, en nuestro Com. Gén. IX, 3. El Malbím aunque es un pensador racionalista, comparte esta concepción (Gén. ibíd.). Según el punto de vista, la matanza de animales con el fin de consumir su carne aparece como “un perjuicio que produce un beneficio (Lajóv “al menát lizjót). Igual opinión expresa Najmánides en Igueret HaKodesh

44 – PORQUE YO SOY ADON_I, VUESTRO DI_S; POR ESO MISMO OS SANTIFICAREIS, Y SEREIS SANTOS, PORQUE YO SOY SANTO; Y NO HABEIS DE CONTAMINAROS CON NINGUNA CLASE DE ANIMALEJOS QUE ANDAN ARRASTRANDOSE SOBRE LA TIERRA.

44 – POR ESO MISMO OS SANTIFICAREIS. La búsqueda de una vida santa, a nivel del individuo y de la Nación, aparece aquí, lo mismo que en Deuteronomio (XIV, 1-2-21) como el motivo fundamental de las leyes alimentarias. Hemos hecho resaltar, en nuestras explicaciones, al comienzo de este capítulo, que estas leyes crean una predisposición del alma a una existencia sana, moralmente pura e impregnada de una alta espiritualidad, lo cual hace al hombre, apto para recibir el espíritu profético, (rúaj hakódesh). El respeto de las leyes alimentabas constituye una vía esencial hacia una vida sublimada por el ideal de la santidad. Tal es la conclusión que el final de nuestro capítulo viene a poner de relieve.

Y SEREIS SANTOS. Estas palabras no son un imperativo, pero significan la promesa Divina, dirigida a aquéllos que aportan el esfuerzo exigido, con vistas a la santificación de su vida. Este esfuerzo será coronado por el Eterno. Tal es la interpretación dada por nuestros Sabios al Tratado Talmúdico Yomá 39a. El esfuerzo de santificación emprendido por el hombre, aunque sea de poca envergadura, será completado por el Cielo y recompensado en el mundo del más allá. Esta concepción corresponde al adagio: Ayúdate, que el Cielo te ayudará, y representa lo contrario de las doctrinas no-judías que proclaman que la salvación del alma depende de la gracia. Al hombre corresponde, responde la verdad judía, elevarse hacia el ideal de sus propias fuerzas. El Eterno colmará entonces sus esfuerzos y lo ayudará a alcanzar sus objetivos supremos.

Los Sabios no dejan, es cierto, de ponderar la contrapartida con respecto a aquéllos que toman el camino negativo. Ellos quedan abandonados a su suerte y nada puede estorbar su voluntad. Pues “conduce al hombre hacia la vía que él quiere proseguir” (Makót 10b).

PORQUE YO SOY SANTO. D. Hoffman señala en su Levítico, pág. 354, que el adjetivo (kadósh… santo) atribuido al Eterno, siempre se escribe con todas sus letras, con (la letra vav, en hebreo), en el libro Levítico. Pero se escribe sin Vav cuando alude al hombre (por ejemplo XIX,2). Esto nos indica que la santidad no existe en estado absoluto más que en Dios; entre los hombres, no es más que un valor relativo, en virtud de sus contingencias terrestres.

Parashá Shavua: Ki Tisá – (Cuentes). Shabat Pará. 20 Adar 5760 (6 Marzo 2010). Comentarios

Primer comentario (Rab Daniel Oppenheimer: http://www.ajdut.com.ar)
Segundo comentario (Selección del Lubavitcher Rebe M.M. Schneerson, http://www.jabad.org.ar)
Tercer comentario (Rab Moshe Hoffer, fabibbk@einstein.com.ar)

Primer comentario – La vida en el desierto

¡Ud.! ¿Vivió alguna vez en el desierto? ¡Seguramente no! No, no es que tuviera algo de malo vivir en el desierto. Existen, sin duda, cosas peores en la vida. Lo poco que conocemos sobre el desierto, lo sabemos de las enciclopedias o de los textos de geografía. Sin embargo, muchos de los habitantes con quienes compartimos el planeta viven en condiciones de escasez y en el desierto mismo. El tema es, que hay que estar acostumbrado a vivir, o, mejor dicho, a sobrevivir allí. Para aquel que no está habituado, le costará un poco adaptarse a las condiciones climáticas. Si, de repente, estuviese allí desguarnecido de toda protección, o, peor, si tuviese consigo a la familia, a quienes no les pueda brindar una mínima ayuda para calmarles la sed, aliviarles del calor del sol, del frío de la noche, del hambre, etc…, bueno, yo nunca quisiera estar en su situación que no es menos que desesperante. ¿A qué viene esta introducción? – se pregunta Ud.

El tema es que esta semana leemos en la Parashá sobre un evento que modificó para siempre el curso de la historia del pueblo de Israel. Aun si nos esmeráramos por comprender los sucesos, nos va a ser muy difícil identificarnos con los protagonistas, pues estamos tan lejos de su realidad, que toda comparación sería meramente superficial. Se trata del episodio de la construcción del becerro de oro, sobre el cual se explaya la Parashá. No obstante, la Torá nos cuenta cómo se dieron las cosas, pues, sin duda, habrá mucho para aprender de las analogías que podamos establecer entre lo que sucedió entonces y nuestra propia vida. Por empezar, como dijimos antes, los judíos estaban en el desierto. Ya habían transcurrido tres meses desde que habían salido de Egipto. Desde hacía ya dos meses, cuando se les había acabado los víveres (las Matzot que no habían terminado de fermentar por el apuro al salir de Egipto), y a pedido de Moshé, D”s les proveía el pan celestial (Maná) y el agua que los mantenía vivos. Moshé realmente se había ocupado de todas sus necesidades y se sentían seguros y resguardados junto a él. Cuarenta días antes, a pedido de ellos mismos, habían escuchado la Voz de D”s que se les dirigía y les dictaba los diez mandamientos. Después de esta Revelación, Moshé les avisó que se iba a ausentar durante cuarenta días para estudiar la Ley de la Torá sobre la montaña con D”s mismo. “Por si acaso”, Moshé dejó a cargo a su hermano Aharón y a su sobrino Jur. “Total”, no se trataba de tanto tiempo. Según los cálculos de la gente (equivocados, por cierto), los días que había prometido Moshé ya habían transcurrido… y Moshé no había vuelto. “¿Qué le habrá pasado a Moshé?” “¡¡Qué le habrá pasado!!” “¡¡¡Qué será de nosotros!!!” – comenzaron a preocuparse con creciente impaciencia y ansiedad. Moshé era de cumplir siempre con todo lo que prometía. “¿No le habrá ocurrido algo sobre la montaña?” Moshé mismo les había advertido de no acercarse a la montaña más allá del límite, por el riesgo de morir y él mismo se había quedado con ellos durante la Revelación Di-vina. En “una de esas”, D”s se podía haber enojado con él por algo y lo castigó… (no sería la primera vez, pues antes de llegar a Egipto, Moshé casi se muere por demorar el Brit Milá de su hijo…) ¡Sr. Lector! ¿Sabe Ud. cómo funciona la histeria masiva cuando cunde el miedo a la incertidumbre? La gente está dispuesta a creer cualquier cosa y nadie los puede parar. Como dicen: “el miedo no es zonzo”. Si Ud. aplica esta situación a un pueblo que está varado en medio del desierto con sus familias, pues, no es muy difícil imaginar como reaccionarían. ¿Quién, acaso, les garantizaba que al día siguiente tendrían Maná, agua y protección contra el sol?

Lo que hubo en aquel momento, entonces, fue pánico colectivo. El pánico no tiene lógica. Hasta ese instante, en realidad, no les faltaba nada. Pero… ¿quién sabía lo que vendría? El Midrash aporta que en esa situación tuvieron “visiones” de Moshé que habría muerto y estaba siendo sepultado por los ángeles. Dado que Moshé era humano – ¿cómo podría haber sobrevivido, acaso, sobre la montaña durante cuarenta días sin comida? Así el rumor sobre la muerte de Moshé se convirtió en una “certeza”. “¿Qué hacer ahora?” – se preguntaron uno al otro. “¡Vayamos de Aharón y exijámosle que nos dé un sustituto de Moshé, una imagen para que nos saque de este lugar!” – propusieron algunos. Dicho y hecho. Aharón mismo estaba en un serio dilema. No es nada fácil frenar a una masa que no quiere entrar en razón. Hacía apenas cuarenta días habían escuchado claramente la prohibición de crear imágenes en el segundo mandamiento, aunque no fuesen objeto de adoración. (La mayoría de los comentaristas – Ibn Ezra, Ramba”n – explican que el pueblo no pidió adorar al becerro de oro que luego se creó.) Según el Midrash, su sobrino Jur intentó detener al gentío y lo “lincharon”. Dado que no había forma de disuadir a la gente, Aharón decidió por otra táctica. Intentó ganar tiempo. Primero pidió que traigan las joyas de sus familiares para donarlas. De este modo, pensó, habría oposición en las casas y se ganaría tiempo. No funcionó. Al rato estaban allí todos de vuelta con las joyas. Después fundió todo el oro que se había juntado. Algunos hechiceros (en Egipto, la magia siempre estuvo de moda) se ocuparon de darle forma de ternero (ciertos comentarios explican el porqué de la elección de aquella imagen). Entre los egipcios que acompañaron a los hebreos en su partida de Egipto (el “erev rav” de Shmot 12:38), algunos sugirieron a los judíos que esta nueva imagen era la que había sacado a Israel de Egipto: “estos son vuestros dioses…” – dijeron (32:4). Aharón esperaba que al amanecer del día siguiente Moshé con seguridad estaría de vuelta, y, con eso, ya estaría resuelto el problema. Dado que Moshé traería consigo las Tablas de la Ley, anunció que al día siguiente habría una gran fiesta (32:5). Alguna gente, sin embargo, se adelantó y comenzó a adorar al becerro, y, como sucede habitualmente en los cultos, se prestaron a toda clase de desenfreno cometiendo de las peores ofensas (32:6). Antes que Moshé bajara de la montaña, D”s le avisó que el pueblo había pecado seriamente (en distintos grados) y que estaba dispuesto a destruirlos a todos – si Moshé se lo permitiera – para comenzar a partir de él, de Moshé, una nueva nación. Moshé dedujo de las palabras de D”s, que de él dependía – es decir, de sus rezos – que D”s no aniquilara al pueblo. Inmediatamente se puso a la altura de los hechos y rezó por ellos. De ninguna manera iba a acceder a que D”s los reemplazara por él. Bajó de la montaña y rompió las tablas que contenían la evidencia del Pacto convenido con D”s. Fue al becerro, lo destruyó y juzgó a los culpables. Cuarenta días y noches volvió a estar con D”s para suplicarle que perdonara el pecado de su nación y otros cuarenta días y noches para que D”s le escribiera sobre nuevas tablas, los diez mandamientos que había escrito sobre las primeras. D”s perdonó y no destruyó, pero la marca quedó. En todos los futuros castigos, se les agregaría una pequeña cuota de la sanción del becerro de oro (32:34).

La historia sigue, y, obviamente, tuvimos que limitarnos a relatar únicamente una parte de ella. No obstante, ciertos conceptos ya nos debieran quedar claros. Uno de ellos es el peligro de la histeria colectiva. Cuesta, a veces, demostrar cordura y calma cuando todo alrededor está intranquilo y agitado. Pero, la quietud y la paz mental son indispensables para la salud mental, para el estudio, la Tefilá y la contemplación espiritual. A su vez, nos enseña el Rebbe de Karlin que si bien la Torá en ningún lugar menciona abiertamente una prohibición de estar desmoralizado o sombrío, nada es tan conducente al pecado como la depresión. En este caso, también, fue el temor y la incertidumbre lo que confundió a la gente y permitió una caída moral tan precipitada. (Rab. A. Twersky en “Living each week”). Por el lado de Moshé, aprendemos a que el líder debe estar siempre al lado del pueblo, aun cuando hacen las cosas mal y no esperar que lo llamen para que los ayude a salir de los problemas en los que se metieron. Moshé no se detuvo cuando tuvo que enfrentar la situación para sancionar a quienes debía, no dejó de defender su causa ante D”s – en lugar de llevar “agua para su propio molino” y rezó por ellos para restablecer el anterior vínculo con D”s. (Rebbe de Slonim. Ibid). El yerro del becerro de oro, no fue el único ni el último de su índole. Hacemos referencia en nuestras Tefilot (oraciones) a él y repetimos las palabras del rezo de Moshé una y otra vez en Iom Kipur. Una de las lecciones para todos los tiempos es que, más allá de la importancia de no caerse, debemos saber que, aun caídos – y muy profundo – siempre es posible levantarse. Eso es, si existe la voluntad de hacerlo.

Daniel Oppenheimer

Segundo comentario – Dentro del Tiempo

Y los Hijos de Israel cuidarán el Shabat, para observar el Shabat en el curso de sus generaciones como un pacto eterno… Pues en seis días hizo Di-s los cielos y la tierra, y en el séptimo día descansó…
Exodo 31:16-17

Para todo hay un tiempo y una temporada… Un tiempo para la guerra, y un tiempo para la paz…
Eclesiastés 3:1-8

¿Terminará alguna vez?

Parecemos estar siempre librando guerras. Están, por supuesto, las “verdaderas” batallas, libradas con tropas armadas y herramientas de combate cada vez más sofisticadas, guerras en las que una nación se alza en contra de un enemigo que amenaza sus “intereses vitales” o su existencia misma. Pero incluso en tiempos de paz política, estamos constantemente luchando contra los demonios que amenazan nuestro bienestar material y moral: libramos la guerra contra el crimen, las drogas, la enfermedad, el analfabetismo.

Internamente, libramos nuestras batallas personales, ya sea una guerra en contra de la propia pereza o el egoísmo, contra una adicción al tabaco, o una tendencia a comer en exceso. Y la cosa no termina en la batalla contra las fuerzas negativas y perversas: en la escuela, en el lugar de trabajo o en las arenas sociales, luchamos constantemente para abrirnos camino hasta la cima, combatiendo constantemente los obstáculos en nuestra procura por un éxito mayor.Pugnamos por obtener más por nuestro dinero, por emplear nuestro tiempo más eficientemente, por desarrollar nuestros talentos, por mejorar nuestra mente y refinar nuestro carácter. Intrínseco a nuestrocarácter humano está el incesante impulso por hacer más de nosotros mismos, por alcanzar más allá de los logros de ayer.

El hombre está por siempre en guerra con el pasado. Por lo que aun cuando por fin superemos las descaradas maldades que habitan nuestro mundo, aun cuando por fin triunfemos en traer a la superficie la bondad que es naturaleza esencial de la creación de Di-s, ¿experimentaremos alguna vez paz y tranquilidad?

Hacia dondequiera nos volvamos, encontramos alboroto. El sistema estelar gira como un trompo, las galaxias hierven y se revuelven. El núcleo de la tierra es un caldero, su atmósfera desata tormentas, sus océanos rugen. La vida física es sostenida por el movimiento perpetuo: el latido del corazón, la contracción y expansión de los pulmones. La materia aparentemente “inanimada” es un caldero de movimiento en sus niveles nucleares, atómicos y sub-atómicos. El movimiento significa cambio, y cada cambio es una lucha; la lucha por vencer el status quo y reemplazarlo con una nueva realidad.

El principal culpable de esto es el fenómeno llamado Tiempo: el tiempo es lo que nos brinda un pasado para abandonar, un presente con el cual no contentarnos, un futuro hacia el cual anhelar. El tiempo es la madre del movimiento, el cambio, y la lucha. El tiempo es el lienzo sobre el que se graban todas de batallas de la vida. Parecería que mientras tanto existamos en el tiempo, mientras nuestras vidas se definan por su flujo y reflujo, la batalla de la vida continuará bramando.

¿Podemos trascender el tiempo? Una existencia eterna sería libre de movimiento, tensión y lucha. Pero, ¿permitiría una existencia eterna eldesafío, la mejora y el progreso? ¿Terminará alguna vez? ¿Debería terminar?

La Creación del Tiempo

Cada día tiene su función particular.
Zohar III, 94b

El tiempo, nos dicen nuestros Sabios, es una entidad creada. Al igual que todas las demás creaciones, fue llamado a ser por voluntad del Omnipotente a partir de un estado anterior de inexistencia. En otras palabras, el hecho de que el tiempo no existió con anterioridad a la creación del universo por parte de Di-s no fue simplemente porque no había fuerzas o seres físicos, y por lo tanto ningún suceso para marcar el paso del tiempo; más bien, fue porque la entidad “tiempo” -su naturaleza, su substancia, su noción misma- no había sido creada todavía por Di-s[1].

La creación del universo por parte de Di-s abarcó siete días, cada uno de los cuales vio la creación de una nueva clase de elementos vinculados particularmente a la naturaleza intrínseca de aquel día. Pues estos siete días sirvieron (y continúan sirviendo) como canales para los siete Atributos Divinos (sefirot) que el Omnipotente eligió investir en Su creación de nuestra realidad: las cosas creadas en el primer día de la Creación son de una naturaleza “otorgante” o “concededora”, correspondiéndose con el Atributo Divino de jésed que define las creaciones de ese día; aquellas creadas en el segundo día encarnan la “limitación” y la “severidad”, según el atributo de guevurá; y así sucesivamente.

Lo que es cierto de la Creación como un todo, lo es también de la creación particular llamada “tiempo”. El tiempo, como el universo al que subyace, fue creado en siete días porque posee siete cualidades distintas; en cada día de la Creación, otra dimensión del tiempo fue llamada a ser.

En otras palabras, no solamente es el tiempo per se una creación original, sino también lo son las divisiones y ciclos con que se mide y define; también son entidades creadas por el Omnipotente. El día, la semana, el mes y el año no son medidas arbitrarias de tiempo. No son manijas artificiales de una realidad básicamente teórica, inventadas por el hombre de manera que pudiera concertar citas o planificar sus vacaciones. Más bien, reflejan el carácter y la textura intrínseca del tiempo.

El más básico de estos es la semana. La creación del tiempo en el curso de siete días significa que el tiempo es un espectro de siete matices: el tiempo-jésed fue creado en el primer día, el tiempo- guevurá en el segundo, y así sucesivamente. No fue sino hasta que “Di-s concluyó, en el séptimo día, la obra que El había hecho”[2] que los siete componentes básicos del tiempo fueron completados y fijados en su lugar como un ciclo de siete días.

Esto explica por qué, en hebreo, el domingo se llama Iom Rishón, “el primer día”, lunes es Iom Shení, “el segundo día”, etcétera. Esta no es meramente una referencia a la primera semana del tiempo, en la que el domingo fue el primer día que existió y el lunes el segundo. Cada domingo es literalmente un primer día, el primero de un nuevo ciclo de tiempo que repite, desde el principio, las siete cualidades del tiempo.

El Elemento Descanso

Di-s concluyó en el séptimo día la obra que había hecho; y descansó en el séptimo día de toda la obra que había hecho.
Génesis 2:2

Este versículo parece contradecirse a sí mismo: ¿Concluyó Di-s Su obra en el séptimo día o antes de éste? ¿Hubo seis días de creación o siete?

Nuestros Sabios explican: “¿Qué faltaba al mundo? El descanso Cuando vino el Shabat, vino el descanso” [3]. En Shabat Di-s creó el descanso, el ladrillo final y culminante en el edificio de la Creación.

En la víspera del primer Shabat, también la creación del tiempo estaba casi completa, faltándole solamente el elemento descanso. Con la creación del tiempo-Shabat -el tiempo que posee la cualidad del descanso- se cerró el ciclo.¿Pero puede considerarse el “descanso” una característica del tiempo? ¿No es el tiempo -y su fenómeno hermano, el movimiento- la antítesis misma del descanso? Esa es precisamente la cuestión. El shabat representa un área en el tiempo que trasciende la propia definición básica del tiempo. El tiempo, aunque sinónimo de movimiento y cambio, también incluye un elemento de descanso; un potencial para crear, dentro de la estructura del tiempo, un área de permanencia y serenidad. Un potencial para traer armonía y tranquilidad a las luchas y fluctuaciones de la vida.

De modo que mientras el aspecto de “día laboral” de nuestras vidas es definido por la Torá como “saliendo a la guerra contra tus enemigos”[4], del Shabat se ha dicho: “Siéntese, cada hombre, en su lugar; ningún hombre saldrá de su lugar en el día de Shabat”[5]. Si la misión de nuestra vida consiste en “salir”, en vencer lo negativo, en perfeccionar lo imperfecto, en extenderse uno mismo más allá de las limitaciones de nuestro ser definido por el presente, incluye también el potencial de descanso, de reposar, de la paz de encontrar los propios auténticos “yo” y lugar. La vida incluye no solamente el desafío de llegar hasta allí, sino también la satisfacción de estar allí.

Un Saboreo Previo

En el primer Shabat de la historia, no hubo oscuridad. La luz duró 36 horas.
Midrash Rabá, Bereshit 11:2

El shabat ejerce un profundo efecto sobre toda la semana. Si en nuestras vidas diarias experimentamos no solamente el impulso hacia el logro sino también la satisfacción por lo que se ha logrado; si tenemos la capacidad no solamente de vencer la realidad prevalente sino también la de transformarla en una amiga y aliada; si nuestra vida no es solamente una permanente búsqueda sino también una serie de logros – es porque el Shabat, una isla de descanso en un mar de flujo, irradia de su esencia a los demás seis componentes del tiempo.

Pero si todos los días de nuestra semana tiene algo de Shabat en sí, en el Shabat mismo ingresamos a una dimensión del tiempo cuya esencia es el descanso y la tranquilidad.”Seis días trabajarás”, ordena la Torá, “y harás todo tu trabajo; el séptimo día es Shabat para Di-s…”[6]. ¿Pero cómo podemos decir a una persona que “haga todo su trabajo” en seis días? Incluso concluir “todo su trabajo” en el curso de toda una vida no es ninguna hazaña pequeña! Pero en Shabat, explican nuestros Sabios, “todo tu trabajo” está, en efecto, “hecho”[7].

El Shabat no es solamente una ruptura en la faena de la vida, sino un saboreo previo y un vistazo de su máxima concreción.En Shabat, dejamos de luchar con el mundo no porque la tarea de perfeccionarlo esté “en espera”, sino porque en Shabat el mundo es perfecto: nos relacionamos con aquello que es perfecto e inmutable en él. Dejamos de librar batalla contra la oscuridad no apenas para recuperar nuestras fuerzas para el próximo asalto, sino porque no hay oscuridad. La luz que hemos creado a través de nuestros actos positivos, oscurecida a lo largo de la semana por el velo de la mundanalidad que envuelve nuestras vidas de días laborales, es ahora perceptible a nuestro ser más refinado.Esto explica mejor por qué cada domingo es, de hecho, un “primer día”. El shabat es un emprendimiento en el plano de la atemporalidad, un plano que se encuentra más allá de las luchas que caracterizan nuestras vidas de los días laborales. A continuación de cada Shabat, regresamos a una existencia atada al tiempo. El tiempo, en el sentido de movimiento y flujo, comienza de nuevo.

El shabat, sin embargo, no es sino un saboreo previo del “día que es totalmente Shabat y descanso, para vida eterna”[8]. La semana de siete días es un microcosmos de un lapso de tiempo todavía mayor: también la totalidad de la historia es una “semana”, compuesta por seis milenios de “día laboral” y un séptimo milenio de descanso, la era del Mashíaj[9].

En el Shabat semanal, experimentamos la perfección que se ha logrado en los pasados seis días a través de nuestros esfuerzos por desarrollar y refinar nuestro mundo; la era del Mashíaj es el tiempo en el que los combinados logros de todas las generaciones de la historia se concretarán. Un tiempo en el que cada acto, palabra y pensamiento positivo de los seis milenios de la
experiencia humana resultarán en un mundo verdaderamente sereno, un mundo libre de rencilla y disenso, un mundo unido a la sabiduría, bondad y perfección de su Creador.

La Inversión del Tiempo

Los estudiosos de la Torá no tienen descanso, ni en este mundo ni en el Mundo Venidero, pues está escrito: “Ellos van de fortaleza en fortaleza”[10].
Talmud, Berajot 64a

Sin embargo, el Shabat es parte integral del tiempo. Incluso la era mesiánica es una era dentro del tiempo, un séptimo milenio de la historia. Obviamente, también éstas son arenas para el progreso y logro. Pues de representar estados totalmente estáticos, ¿por qué habríamos de considerarlos épocas en el tiempo?

En el nivel más básico podríamos explicar que, de hecho, ambos, la semana de trabajo y el Shabat, tanto como los seis milenios de la historia y la era del Mashíaj, son tiempos de adelanto y progreso. La diferencia radica en la manera en que ello se logra.Los desafíos de nuestra “semana de trabajo” incluyen tratar con el mal y la negativitidad llanas, de modo que el progreso involucra inevitablemente la lucha. En Shabat, sin embargo, y en un grado aún mayor, en la era del Mashíaj, adelanto y progreso significan la graduación tranquila de bueno a mejor, la obtención de alturas mayores dentro del plano infinito del bien mismo.

Si hoy peleamos por eliminar la guerra y el odio, en la era del Mashíaj, cuando “trocarán sus espadas en arados”[11], la procura de paz significará encontrar maneras más profundas y significativas para que la gente una y fusione sus diferencias en una totalidad sinfónica.

Si hoy debemos pugnar por derrotar la enfermedad, la “medicina” del séptimo milenio se preocupará con la perfección adicional de la ya intachable salud y la mejora del nexo entre cuerpo y alma.
Si hoy debemos luchar contra la ignorancia, en la era en que “el mundo se colmará del conocimiento de Di-s como las aguas cubren el mar”[12], la búsqueda de sabiduría estará puesta en grados cada vez mayores de conocimiento en la infinita verdad de todas las verdades.

No obstante, esto no responde totalmente la pregunta. Pues cualquier cambio, cualquier alejamiento de un estado previo, es finalmente una batalla y pugna, si bien una mucho más sutil que la conquista del mal. Nuevamente preguntamos: ¿cómo puede definirse cualquier forma de progreso como un estado de descanso?

Pero el progreso puede tener dos direcciones: hacia afuera y hacia adentro. La ecuación de progreso con lucha, de graduación con cambio, es valedera si hablamos de “salir de nuestro lugar”, de llegar más allá de lo que somos para hacer de nosotros más que lo que somos. Pero también hay un progreso que es una travesía interior, un viaje para descubrir dimensiones más profundas de nuestro propio ser. En semejante viaje interior, cada estación sucesiva no es un “cambio”, sino todo lo contrario: es un estado más consistente con quién y qué somos verdaderamente. Es “descanso” en el sentido más genuino de la palabra: un asentarse en el propio y auténtico “lugar” e identidad.

“Di-s creó al hombre a Su imagen”[13], creándolo para que reflejara Su propia perfección y bondad. En las fases de “día laboral” de nuestra existencia, el manto de corporeidad que envuelve nuestro mundo y encierra nuestras almas nos hace llevar vidas que se las ven de figurillas con nuestra verdadera esencia e identidad. De modo que nuestro propio perfeccionamiento y el de nuestro mundo es una lucha, una batalla para cambiar la realidad (o sea, aquello que es la realidad en nuestra percepción) en lo que está (nuevamente, en nuestra percepción) más allá de nosotros.

Pero, en verdad, esta “realidad” es una distorsión de nuestro verdadero ser, mientras el escurridizo “más allá” es nuestra verdadera personalidad.

De modo que cuando seis milenios de pugna y logro toquen a su fin, cuando seis milenios de luchar contra la oscuridad revelen la luz interior, experimentaremos una era “que es totalmente Shabat y descanso”. Esta no es una edad de oro de jubilación para la humanidad, pues el potencial dentro de nosotros es tan infinito como la perfección Divina que refleja. Pero la dirección de “progreso” se revertirá: de una búsqueda exterior -plagada de conflicto- por el cambio, al sereno e interior encuentro con el propio ser.

Pero esta “inversión” de la corriente del tiempo no está restringida al séptimo milenio. Cada Shabat es un saboreo previo de este tiempo futurista, y un proveedor de su tranquilidad a la semana entera. Mientras estamos todavía en medio de la guerra de la vida, se nos capacita para experimentar momentos de verdadero “descanso”. Incluso mientras pugnamos por trascender las imperfecciones de un ser más externo, podemos tocar base con la bondad y perfección que se esconden en el núcleo de todos y cada uno de nosotros.

Basado en Likutéi Sijot, Vol. XVII,págs. 59-61; Sefer HaSijot 5752

Notas:
1. Rabí DovBer de Mezritch, citado en Sidur Im Daj, Sháar HaKriat Shemá, 75d y ss.
2. Génesis 2:2.
3. Rashi sobre el versículo.
4. Deuteronomio 21:10; Likutéi Torá, Tetzé 35c; y en otros lugares.
5. Exodo 16:29.
6. Ibíd., 20:9-10.
7. Mejilta sobre el versículo.
8. Agradecimiento Después de las Comidas, agregado para Shabat.
9. Comentario de Najmánides a Génesis 2:3.
10. Salmos 84:8.
11. Isaías 2:4.
12. Ibíd., 11:9.
13. Génesis 1:26.


Tercer comentario – Servir a Hashem con simpleza

Para muchos iehudim, una de las maneras mas dificiles de cumplir con Hashem es haciendolo con simpleza. El libro Meshej Jojma da una explicacion maravillosa: “La entrega del alma” a D”s debe ser sin tantas investigaciones, sin tanta sabiduria. La tribu de Iehuda se arrojo al mar con una entrega absoluta pues la investigacion impide en el sentimiento de voluntad interno, entregar la vida por santificar el Nombre de Hashem. Por eso en nuestra perasha, sobre aquel que no investigo y empleo su ingenio, Hashem lo colmo de sabiduria e inteligencia. Hay personas que tienen Zejut Abot (merito de sus padres), es decir que sus padres llevaron una linea de conducta que la heredaron sus hijos. Este es el caso de Betzalel; el tuvo una ascendencia como la de Jur y Najshon ben Aminadab. El primero lucho para que sus hermanos judios no hagan el becerro y lo mataron. El segundo fue el primero en arrojarse al mar. Ambos tzadikim sirvieron al Creador con simpleza y dejaron de lado sus conocimientos, entonces por ese merito Hashem los recompenso con Betzalel, quien tuvo el merito de ser descendiente de la tribu de Iehuda: con una gran sabiduria. Debemos aprender de las palabras maravillosas del Rab Iahbetz en su libro Meshej Jojma, el camino para servir a Hashem debe estar regido por la simpleza y la poca investigacion. La misma impide el desarrollo de la voluntad interior de entregarse a D”s por santificar Su Nombre. El libro Daat Jaim relaciona lo expuesto segun la Guemara (Julin 5b) “Al hombre y al animal salvara Hashem”. Alli se explica: “se trata de aquellas personas sagaces que se ponen a si mismos como animales”. Son individuos verdaderamente llenos de sabiduria, sin embargo al tratarse de algo relacionado con D”s dejan de lado sus conocimientos y se entregan con simpleza para el servicio de Hashem. Por tal motivo D”s los llena de sabiduria, como esta escrito (en Mishle 2 pas 6) “Porque Hashem dara sabiduria, de Su boca inteligencia y entendimiento”. Esto fue precisamente lo que ocurrio con Jur y Najshon ben Aminadab, que por haberse entregado al Creador dejando de lado los calculos e investigaciones, sin tener en cuenta la propia inteligencia de la que fueron dotados, tuvieron el merito de recibir una sabiduria celestial. Reiteradamente nos va diciendo la Tora que Hashem colmo a Betzalel con sabiduria y que a todo “sabio de corazon” tambien lo doto de la misma. Surge una pregunta: ¿Por que la Tora vuelve varias veces
a decirnos aparentemente lo mismo, que la sabiduria es una entrega de Hashem? Nosotros podriamos creer que a la inteligencia de ellos, se les sumo la sabiduria que D”s les otorgo y entre ambas construyeron el Mishcan. Estos versiculos nos indican lo contrario, que el Mishcan fue construido solamente con la sabiduria con que los doto Hashem, por el merito de haber dejado sus conocimientos de lado y aceptar con simpleza lo que el dijo. Podemos ilustrar toda esta explicacion con el siguiente ejemplo: Dos enfermos con un mismo cuadro acuden a un medico. Uno de ellos posee conocimientos generales de medicina, el otro no. Cuando el doctor medico al “entendido”, este -segun sus conocimientos- comenzo a analizar que medicinas tomar y cuales no, obedeciendo parcialmente al medico y muriendo al poco tiempo. El otro paciente estaba conciente de que el no entendia absolutamente nada de medicina y acato por completo las indicaciones del medico, recuperandose en un corto tiempo. De cuantos decretos malos nos salvamos cuando obedecemos a D”s con simpleza, cuando en cierta forma el hombre deja de lado sus conocimientos y acata las indicaciones de nuestro verdadero medico que es D”s. En el Midrash Tanjuma esta escrito que la vaca roja viene a expiar por el pecado del becerro de oro. Se compara a aquella sirvienta que ensucio el palacio del Rey. Dijeron: que venga su madre y limpie lo que ensucio su hija. Aqui tambien decimos, que venga la vaca y expie sobre el becerro. Segun el Ramban y el Cuzari, otros exegetas explican que los judios incurrieron en este pecado por su alto nivel y sus grandes conocimientos y a causa de esto les falto servir al Creador con simpleza, pues mezclaban sus opiniones con las ordenes de Hashem. Por tal razon la mitzva de la vaca roja (que es un “jok”, una ley de la que se desconocen sus motivos), debemos cumplirla por el solo hecho de que Hashem nos lo ha ordenado. Hay que acatarla con simpleza. Precisamente esta mitzva expia por el pecado del becerro de oro. Aquel que quiere a su alma debe acatar las ordenes de Hashem con simpleza, como un siervo de D”s. A traves de esto es posible alcanzar los niveles mas altos.

Rab Moshe M Hoffer

Parashá Shavua: Ki Tisá – (Cuentes). Shabat Pará. 20 Adar 5760 (6 Marzo 2010).

En el Shabbat posterior a Purim se saca un segundo sefer Torá, para leer en Bemidbar 19:1 (hasta el pasuk 22) la mitzvá de la “pará adumá” – (vaca roja).
En el comienzo leemos:

“Entonces Hashem habló a Moshé [Moisés] y a Aarón, diciendo que éste es el estatuto de la ley que Hashem ha mandado diciendo: ”Di a los hijos de Israel que te traigan una vaca roja, sin defecto, en la cual no haya mancha y sobre la cual nunca haya sido puesto yugo.” (Bemidbar / Números 19:1,2)

Esta mitzvá es el más claro ejemplo de un “jok”, un decreto de la Torá que no está basado en el razonamiento humano, sino en la lógica de D-os. (Los mishpatim son los mandamientos que pueden ser captados por nuestro entendimiento limitado).

Los jukim deben ser hechos por la simple causa que Hashem así lo ordenó.

¿De qué se trata el jok de Pará Adumá?
En épocas del Mikdash las personas debían estar en estado de pureza para poder ofrecer los korbanot o concurrir al Templo. Los cadáveres, de acuerdo a lo que indica la Torá, impurifican. Por lo cual es necesario un proceso de purificación, para este tipo específico de impureza se logra a través de un ritual que incluye las cenizas de la “vaca perfectamente roja”, que fuera degollada e incinerada.

Fue ordenada la lectura especial de parashat Pará para esta época del año, para que los judíos que se aprestaban para peregrinar a Ierushalaim en Pesaj estuvieron en estado de pureza ritual, y pudieran ofrecer los korbanot del jag, especialmente: korbán Pesaj.

Otra razón tiene que ver con un concepto de la Haftará:

“Entonces esparciré sobre vosotros agua pura, y seréis purificados de todas vuestras impurezas. Os purificaré de todos vuestros ídolos.” (Iejezkel / Ezequiel 36:25)

que vincula la purificación con la teshuvá, el retorno a D-os.
Una de las razones para este vínculo, puede ser que la vista de una persona exánime (y cuyo contacto nos trasmite impureza) presenta “vivamente” la idea de que la vida es digna de ser vivida a plenitud, dejando de lado las cosas que pueden ser perjudiciales, porque, todas las personas tenemos un final, y luego, no podemos mejorarnos.

Aprendiendo de este mensaje, se puede llegar puro y en óptimo estado a celebrar nuestra Liberación en Pesaj.

Como con todas las Arbá parshiot (Sheklim, Zajor, Pará, HaJodesh) ni los menores de bar mitzvá, ni tampoco los jóvenes que la celebran ese día, pueden ser llamados a su lectura.

http://serjudio.com/

El significado de la Pará Adumá

La tercera de las cuatro lecturas especiales de la Torá, Parshat Pará —la sección que enumera las leyes de la Vaca Roja—, se lee en el Shabat inmediatamente anterior al Shabat [en que se lee] Parshat HaJodesh. Así, si Rosh Jodesh Nisán coincide con Shabat [en cuyo caso se lee entonces HaJodesh], Parshat Pará se lee en el último Shabat del mes de Adar. Si Rosh Jodesh Nisán acaece en día de semana [en cuyo caso se lee Parshat HaJodesh el último Shabat del mes de Adar], Parshat Pará se lee el Shabat previo al último Shabat del mes de Adar.

En Shabat Parshat Pará se extraen del Arca dos Rollos de la Torá. Siete personas son llamadas para la lectura de la sección regular del primer Rollo, y luego, el maftir lee Parshat Pará [de la sección de Jukat (Números 19:1-17)] del segundo Rollo.
Según algunas autoridades halájicas, la lectura de Parshat Pará es un requerimiento bíblico, y por lo tanto somos más estrictos en todo lo que respecta a su lectura. Así, se acostumbra no llamar a un menor [de trece años] para que lea el maftir, pues como aún no está obligado a cumplir rnitzvot, no puede liberar de su obligación a aquellos que sí lo están.
La razón por la cual se estableció leer Parshat Pará antes del mes de Nisán es recordar a quienes se habían vuelto ritualmente impuros por el contacto con un cadáver, que se purificaran para poder ofrecer el sacrificio de Pesaj en el momento adecuado.
La lectura se fijó con suficiente antelación a Pesaj para que incluso los que vivían lejos de Jerusalén [y comenzaban su peregrinación en Rosh Jodesh Nisán] recordaran que si se habían vuelto impuros necesitarían purificarse con las cenizas de la pará adumá (Vaca Roja), proceso que requería de al menos ocho días y que era condición necesaria para poder ingresar en el Gran Templo y comer de los sacrificios; caso contrario, deberían esperar hasta Pesaj Shení —el 14 de Iyar— para traer la ofrenda de Pesaj.
El Talmud Ierushalmí expresa (Meguilá 3:5): Correspondería leer Parshat HaJodesh antes de Parshat Pará, puesto que el Tabernáculo fue erigido el primero de Nisán, mientras que la pará adumá fue preparada por primera vez en el segundo día de Nisán. No obstante, leemos primero Parshat Pará, ya que trata de la purificación del pueblo de Israel, lo cual le permite traer el sacrificio de Pesaj en el momento adecuado [y no postergarlo hasta Pesaj Shení].
En los libros sagrados está escrito que los días previos a Pesaj son propicios para que la persona alcance un alto grado de pureza (tanto en sus pensamientos, palabras, como acciones], al igual que el pueblo se ocupaba de estar puro antes de ofrecer el sacrificio de Pesaj en la época del Gran Templo, y como lo hace actualmente por medio del estudio de Parshat Pará.

LA PARÁ ADUMÁ

La Torá exige el uso de las cenizas de la pará adumá sólo para aquellos que se han vuelto impuros por haber estado en contacto con un cadáver. Todo aquel que se ha impurificado por medio de otras fuentes, se purifica con los métodos correspondientes especificados en la Torá, mas no a través de estas cenizas.

Esta mitzvá fue entregada a Israel en Rosh Jodesh Nisán, en el segundo año luego de haber salido de Egipto —día en que el Tabernáculo fue erigido y puesto en uso por primera vez—. Además, esta mitzvá también fue dada para servir como medio de expiación por el incidente del becerro de oro.
Cuando Di-s Se reconcilió con el pueblo de Israel y ordenó construir el Tabernáculo para que El pudiera morar entre ellos, les entregó esta mitzvá para que eliminaran todo rastro de impureza e idolatría que había quedado impregnado en ellos luego de este episodio. De esta forma, las cenizas de la Vaca Roja también logran la purificación por el grave pecado de idolatría —Avodá Zará, que confiere el mismo grado de impureza ritual que el contacto con los muertos— para que no quede ninguna huella de él en el alma del judío.
Desde el momento en que esta mitzvá fue dada por primera vez hasta la destrucción del segundo Beit HaMikdash, hubo nueve vacas rojas. La primera fue preparada por Moshé y sus cenizas se utilizaron durante todo el período en que existió el primer Beit HaMikdash. Luego sólo sobró una pequeña cantidad que fue conservada como recuerdo. La segunda pará adumá fue preparada por Ezrá el Escriba, y las siguientes siete se hicieron durante los años comprendidos entre Ezrá y la destrucción del segundo Beit HaMikdash. Pero la décima y última será preparada por el Rey Mashíaj, que llegue pronto en nuestros días.

JUKIM: ENTENDER O NO ENTENDER

Muchas de las mitzvot de la Torá son llamadas jukím (decretos) —leyes para las cuales no hay una explicación racional aparente—. Sus motivos, así como también los significados místicos que éstas encierran, fueron revelados a los grandes Sabios de cada generación desde Moshé. No obstante, respecto de la pará adumá, el versículo declara (Números 19:2): Este es e/decreto de/a Tord; es decir, esta ley específica difiere de todas las demás, pues su explicación y significado perduran ocultos.

La esencia misma de la pará adumá parece señalar una contradicción que está más allá de nuestra capacidad para descifrarla. Nuestros Sabios enseñaron: Todos los involucrados en la preparación de la pará adumá —en cualquiera de sus etapas— se vuelven ritualmente impuros, ¡pero la pará adumá misma purifica a las personas! [Ello parecería ilógico, pues si la vaca roja purifica, ¿por qué los involucrados en su preparación se impurifican?] Di-s dijo: “Una ley he fijado, un estatuto he decretado, y no estás autorizado a ponerla en tela de juicio!” (Ialkut Shimoni, Jukát 759).
Todo esto procuré alcanzar/o a través de la sabiduría. Pensé que lo comprendería, pero esta muy lejos de mí (Eclesiastés 7:23). El Rey Salomón dijo: “Alcancé el nivel de comprender toda la Torá, pero esta sección de la pará adumá, por más que me esforcé, procuré interpretarla, investigué e indagué acerca de ella, Pensé que lo comprendería, pero está muy lejos de mí” (Ialkut Shimoni, ibíd.).
Y traerán a ti una pará adumá (Números 19:2) . Di-s dijo a Moshé: “A ti te he de revelar el motivo, pero para los demás será considerado un estatuto” (Ialkut Shimoní, ibíd.).

LA ACTITUD DIFERENTE DE ISRAEL

Venid y ved cómo el pueblo de Israel se diferencia de las demás naciones del mundo. Aquellas elogian una rnitzvá cuando comprenden su significado, mas si no, la desprecian. En todo caso, ellas no aceptan sobre sí la obligación de las mitzvot ni su observancia. Estas naciones, y el Satán, se mofan de Israel particularmente respecto de la mitzvá de pará adumá, diciendo: “¿Qué es esta mitzvá y cuál es su significado?”.

Pero la actitud de los judíos es diferente. Ellos aceptan el yugo de las mitzvot comprendan o no su significado, y muestran especialmente un gran aprecio por aquellas mitzvot cuyo motivo no ha sido aclarado y sólo son decreto Divino.
El pueblo de Israel muestra humildad frente a los decretos de Di-s y no busca comprender los significados que estos encierran. Incluso aquellos preceptos que parecen contradecir la razón humana les resultan preciados; se mantienen fieles a ellos pese a no comprender sus secretos, y siguen a Di-s solamente en virtud de su fe. Además, aun aquellas mitzvot cuyas razones sí comprenden, las cumplen sólo porque constituyen la voluntad de Di-s.
Gracias a esto el pueblo de Israel se hace merecedor de la pureza que desciende sobre éste desde el Cielo y que purifica sus cuerpos, sus espíritus y sus almas, convirtiéndose en una creación nueva capaz de trascender los límites naturales que para otros constituyen una restricción. Así como ellos anulan su propia naturaleza y razón frente a la voluntad de Di-s, El también anula los límites de la naturaleza en su favor, elevándolos a las alturas y grabando en ellos un espíritu de pureza y santidad más allá del entendimiento humano.

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